ARTÍCULO

Los de abajo

Funambulista, Madrid
234 pp. + CD. 16,95 €
 

El propósito de expresar la realidad de una época, una sociedad o un país mediante la ficción literaria es, por decirlo sin sutilezas, casi tan viejo como nuestra concepción de la cultura. En formulación más actual, ese mismo principio partiría de la convicción, teorizada por Vargas Llosa y otros muchos narradores contemporáneos, de que a veces –a menudo, matizarían ellos– puede revelarse más o se puede llegar más lejos con la fantasía que con la disposición notarial o, dicho en términos que han hecho fortuna, que sólo mediante imaginativas «mentiras» se puede llegar a construir o acceder a las «grandes verdades». De hecho, sin ir más lejos, una parte considerable de la novelística que hoy se hace en español –y en otras lenguas y otras latitudes, claro– alberga más o menos resueltamente ese mismo designio de alcanzar el corazón de la rea li dad que parece esquivo a aproximaciones más convencionales (las de las ciencias humanas, para entendernos).
La España que te cuento anuncia ya desde el doble sentido de su título ese objetivo de «contar la España de hoy a través de una recopilación de relatos». Para ello se ha acudido al método más elemental, el de reunir doce colaboraciones cortas de otros tantos autores, que han cedido fragmentos de obras ya publicadas, tan diversas en forma y fondo, tan heterogéneas –eso se pretendía, no es una censura– que abarcan desde el cuento clásico hasta la composición poética, pasando por el ya inevitable blog. Así, encontramos, por ejemplo, a José María Merino con uno de los Cuentos de los días raros, el tenebroso noticiario del Colectivo Todoazen, los Poemas del Mercado Común de Mercedes Cebrián, las «ficciones reales» de José Machado o el tono intimista y melancólico de Isabel Núñez.
El responsable del empeño es uno de los participantes, José Ovejero, que tiene la modestia de hacerse pasar por uno más sin resaltar su nombre en la portada como editor al modo anglosajón o, si se prefiere, y deberíamos decir aquí, como coordinador o recopilador. A cambio, se reserva un prólogo y un epílogo muy explícitos, casi didácticos, en los que da el paso de la ficción al análisis político y, desde una perspectiva que no es difícil identificar con una izquierda moderada, desgrana los problemas, retos y vicios hispanos. El recorrido comprende desde esa transición imperfecta («reconciliación ficticia») que está, en su opinión, en el origen de muchos de nuestros males, hasta la lacra casi endémica de la violencia política, pasando por la destrucción del paisaje, la corrupción generalizada (incluso en esa izquierda que presumía de «cien años de honradez») o las pulsiones insolidarias y particularistas, siempre prontas a retoñar en el solar ibérico. Con ello no hace más que recorrer e iluminar los temas que han ido abocetando literariamente los autores convocados: el peso del pasado (Cristina Grande), la normalización de las relaciones homosexuales (Luisgé Martín), la cobardía o, mejor dicho, la ruindad ante los atentados de los cachorros de ETA (Fernando Aramburu), la violencia juvenil y la inseguridad ciudadana (Rosa Montero) y el Prestige como gota que colma el vaso (Antón Castro), entre otros asuntos de impacto de las tres o cuatro últimas décadas.
El objetivo –ya se ha señalado– no es otro que trazar en pinceladas sueltas, un tanto anárquicas, un cuadro de la España actual, con su complejidad, sus claroscuros, sus contradicciones. Eso, en principio. Pero, como era por otro lado previsible con las premisas apuntadas, el sentido crítico se hipertrofia y el lienzo sale muy, pero que muy tiznado. No es la España negra, desde luego, pero sí una sociedad de sa bri da y bronca, tan alejada del tópico turístico de sol, playa y vacaciones que corre el peligro de recalar en el extremo opuesto, una nación que sigue siendo «diferente» a fuer de cutre, antipática y mezquina.
«España se está yendo a la mierda»: así comienza textualmente el posfacio, con esa frase puesta en boca de una escritora a la que no se identifica; el autor de estas páginas, el antes citado Ovejero, contextualiza luego ese dictamen, se distancia de él y hasta reconoce que «a pesar de todo, la mayoría de los españoles vivimos mejor de lo que se vivía hace treinta años». Sin embargo, no es ésa la impronta que quedará en el lector de las colaboraciones precedentes. «Este país –como se dice en el relato inicial de Enrique Vila-Matas– aparece como una tierra baldía, sin demasiado futuro, casi yerma, muerta para la gracia de la vida» (p. 22); un país, en efecto, de tunantes, en el que hasta las manifestaciones más celebradas, como la Expo del 92, no son más que oropeles que ocultan el trapicheo de siempre; un país, en fin, en el que la modernidad sólo se ha traducido en poder orinar por las esquinas, consumir drogas como quien se toma un chato y partirle la cabeza al vecino por un quítame allá esas pajas. No es extraño por ello que sus habitantes consideren que la famosa capital de la movida no es más que «una ciudad fea y tabernaria» (p. 104) o que huela «a sexo en venta y a portales meados y a esquinas desconchadas y a esperanzas podridas» (p. 84).
El libro parece estar dirigido a un público extranjero que desee familiarizarse con nuestra lengua, con nuestra historia reciente y con nuestro país. Sólo así se entienden, desde luego, unas prolijas notas finales que explican que el Retiro es un «parque madrileño» o que ETA es una «organización terrorista». La cuestión esencial entonces, a mi entender, se desdobla: no es ya sólo la imagen que tenemos, sino la imagen que transmitimos de nosotros mismos. A estas alturas sería ocioso preguntarnos por «la realidad» o, peor aún, no pasaría de ser un brindis retórico. Esto es lo que hay, esta es la España que, con razón o sin ella o, si se prefiere, con más o menos fundamento, perciben «los de abajo» (tomando prestado el título del relato con el que se abre el volumen). Los de abajo, en efecto, «caravana de fantasmas ambulantes, ciudadanos anónimos, hombres de zapatos desatados » (p. 25), pueden reconocer que España ha avanzado y se ha modernizado, pero lo que perciben y sienten, por encima de todo, es la «vulgaridad del presente», o que les toca recoger los «añicos tras la fiesta»... de los otros. Los de abajo, en definitiva, tienen, por expresarlo con una metáfora eficaz, los «pies llenos de dolorosas púas de erizo, algunas envenenadas» (p. 124). En las encuestas sociológicas, una mayoría de españoles se declara feliz y satisfecho de la existencia. Es uno de tantos misterios de la vida éste de la felicidad en un marco en el que sólo se distinguen rencor, insolidaridad, atropello, desánimo y fracaso.

01/10/2008

 
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