ARTÍCULO

Los jardines y los días

Destino, Barcelona
190 pp. 18,50 €
 

Hay diaristas que hacen pensar; otros, sólo escribir. Pero unos y otros hacen compañía, civilizan el de­sierto de los días». Esta clasificación de José Carlos Llop (Mallorca, 1956) en el último volumen de sus diarios, que lleva por título La escafranda y hace el número cinco de los publicados hasta la fecha, fuerza la pregunta: ¿a cuál de los dos tipos pertenece él? La respuesta, creo, pasa por ampliar la taxonomía para incluir a los diaristas anfibios que, como Llop, provocan la reflexión y también incitan a la escritura.
En sus anteriores diarios, y quiero mencionarlos todos con sus respectivas fechas porque merecen recuerdo y relectura: La estación inmóvil (1990), Champán y sapos (1994), Arsenal (1996) y El Japón en Los Ángeles (1999), ya se percibían esas ganas de equilibrio entre el pensar y el hacer que trae de cabeza a todos los escritores que aspiran a la sabiduría. En La escafandra ese equilibrio se hace más tenso y apremiante, como si con los años la escritura hubiera ido llenándose de unas ganas menos dulces y mundanas de aprender a vivir.
Sea como fuere, es labor de literatos experimentar y observar la vida, y reflexionar en otro plano sobre ella. Llop lo hace junto y por separado, y valiéndose de todos los recursos del arte. El componente más reflexivo de este diario encuentra cauce en aforismos: «La ciudad es la piel y la nación donde caben todas las naciones»; en paradojas: «Los zapatos nos separan del animal que fuimos, pero también del paraíso que habitamos antes de ser animales»; en teorías literarias: «Porque en literatura sólo la poesía es verdadero arte. La novela es arquitectura, que por mucho que se empeñen arquitectos y políticos es algo sólo emparentado con el arte, pero no arte en sí mismo».
Pero estos ejemplos no agotan la naturaleza esencialmente libresca de estas memorias. Abundan las noticias sobre literatura: ahí están las llamadas de los amigos escritores separados del yo mallorquín por el Mediterráneo, o la publicación de las obras propias. Ahí están las necrológicas, que a veces se prolongan en ensayos extensos, como el que surge sobre la Generación del 27 a raíz de la muerte de Alberti, o el que lo lleva a preguntarse por qué hoy no se producen obras como El jardín de los Finzi-Contini, tras anunciar el fallecimiento de Giorgo Bassani en Roma en 2000. Por cierto, entre las causas apunta «el enfermizo voluntarismo de ser moderno», esa gran peste borgiana que nos acosa desde que las ingeniosas y hueras tonterías del ciego porteño parieron sus primeros epígonos.
La necrológica de Ernst Jünger es transcripción directa del obituario que el autor tiene que escribir para un periódico. Y tiene su prolongación vital cuando a Llop le sucede lo que a los literatos metidos a periodistas: que se ven abrumados por la conciencia de que lo escrito es cojo y eternamente mejorable. Por fin, también nos recuerda la muerte de Anthony Powell, en cuya literatura Llop dice «a mí me habría gustado vivir».
Por lo que respecta a la vida, ésta se presenta en todas sus formas: como pulsión erótica (esas rachas de deseo) y amor paternal (poner un cierto orden en los vástagos, escuchándolos); como piedad de buen hijo y fidelidad para con los amigos. Y lo mismo sucede con la Historia (la guerra de Yugoslavia y el bombardeo de Belgrado en 1999; la figura de Milosevic y las patologías ultranacionalistas) y la historia (Palma y Mallorca, íntegras pese a las violaciones y los cambios; los jardines perdidos y el trabajo de recoger la hojarasca).
Pero lo sobresaliente de La escafandra está en que, bajo todos estos elementos más o menos habituales en un diario, se barrunta una guía moral que quizá tenga su origen en la caridad que inventó san Pablo para el cristianismo, y esto pone a las memorias de José Carlos Llop en otra esfera de la reflexión sobre la realidad. Al final es cierto que los diaristas hacen compañía y, sin embargo, este diarista que habla de «civilizar el desierto de los días» no parece estar solo ni habitar ningún desierto. Tal vez se deja llevar por la tentación de amplificar algunos encuentros fugaces con ese desierto, de cultivar una cierta dosis de melancolía, porque el suyo parece un espacio de luz (Guillén), bien vallado (Éluard) y de miradas sinceramente curiosas (Proust). 

01/09/2007

 
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