ARTÍCULO

Dos mujeres, una casa

Anagrama, Barcelona, 240 págs.
 

La enredadera fue la primera novela publicada por Josefina Aldecoa. Sorprende, por ello, la pulcritud y la precisión de su lenguaje, excepto cuando detectamos un excesivo pulimento. La enredadera cuenta el devenir de dos mujeres que vivieron en épocas distintas y a las que une un espacio común, una casa de campo. Hay cien años de distancia entre Clara y Julia. De la primera conocemos su historia de primera mano, contada por ella misma, mientras que en la de Julia penetramos mediante una voz narrativa interpuesta. La novela se vertebra en cuatro partes que corresponden a las cuatro estaciones del año y el desarrollo narrativo es contrapuntístico, de modo que a un «episodio» de Julia le sigue otro de Clara y ambos se van alternando.

Desde el inicio se establece una fuerte oposición entre las circunstancias de una y otra: Clara, casada con un indiano mayor que ella, está sujeta al talante sojuzgador de los tiempos, en tanto que Julia, separada, domina el rumbo de su propia vida. Ahora bien, esa oposición es sólo aparente pues la psicología de ambas es parecida si no idéntica. Las dos mujeres proclaman la dificultad –sea física o mental– de prescindir de los lazos que las ligan a sus nombres: «Ella, Julia –leemos– desearía pertenecer al monte, a los ríos y al mar, única pertenencia segura, fusión posible y única». Clara expresa lo mismo de otra manera: «Las ataduras que tenemos las mujeres no se rompen así, tan fácilmente».

La enredadera está escrita en un lenguaje cuidado, lo que otorga inusual densidad a las dos voces femeninas que alternan sus discursos existenciales dirigidos al vacío, en el caso de Julia, o a la hija metida a monja, en el caso de Clara. La prosa tiende en ocasiones a un registro poético pero nunca pierde su funcionalidad narrativa. El estilo, limpio y algo monótono, sin altibajos ni grandes efectos, se aplica a revestir de cierta «belleza» al tono elegíaco y confesional que predomina por encima de los ensayos bastante logrados de expresar retazos de vida, diálogos o características diferenciadoras de los personajes masculinos: el temperamento visceral de Andrés, la ligereza de Diego, la simplicidad de Juan. Al final, sin embargo, ese estilo consigue conmover poco, porque el lector queda enredado en una trama de frases correctas y fluidas que se marchitan al poco tiempo de ser leídas. La enredadera, por su corrección y su notable voluntad narrativa, puede formar parte de uno de esos casos sutiles, nada extremos, que son los únicos capaces de arrojar alguna luz sobre la línea de sombra que existe entre redactar bien y escribir.

Cabe preguntarse por qué a un libro tan trabajado y serio –tan, a su modo, inteligente– le sucede esto. Y la respuesta es sencilla o debería serlo. ¿Qué se propuso la autora? En apariencia, ilustrar la sospecha de que en el lapso de casi tres generaciones lo esencial de la condición femenina no ha cambiado. Es una tesis interesante, quién lo duda. Interesante y puede que terrible. Pero ¿de veras suscita «interés» narrativo de una manera tan explícita? Hay en La enredadera mucha pirotecnia intimista: las protagonistas –quizá habría que hablar de heroínas– se lastran de eso que se denominaba en otro tiempo «sensibilidad femenina». Tal vez Josefina Aldecoa se equivocara en la elección del punto de vista: si Julia, la moderna, hubiese hablado en primera persona en lugar de Clara, el retrato de esta última hubiera sido más «indirecto» y, por otro lado, Julia hubiera puesto todavía más en evidencia sus contradicciones en tanto que mujer de su tiempo. Y también uno se pregunta si no hubiera sido mejor introducir los detalles íntimos de las dos mujeres a través de la misma casa, tan poco presente en realidad, salvo por la enredadera. A veces en las cicatrices de las cosas inanimadas se escriben los acontecimientos grandes.

01/02/2000

 
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