ARTÍCULO

El espíritu del oso

RBA, Barcelona
Trad. de Esther Roig
288 pp. 18 €
RBA, Barcelona
Trad. de Luis Alvear
 

Es raro que una enfermedad encuentre a un gran escritor que se ocupe de ella, que relate su experiencia y consecuencias con dignidad y lucidez. De la neurodegenerativa esclerosis lateral amiotrófica (ELA), también denominada la enfermedad de Lou Gehrig, no puede decirse nada bueno: no tiene tratamiento, es agresiva y mortal. Este cruel callejón sin salida, hasta ahora poco conocido salvo por los que tienen la mala suerte de padecerla o sus familiares, sin embargo, ha generado en tiempos recientes textos admirables. Entre ellos están los ensayos escritos por el historiador británico Tony Judt, que tiene sesenta y un años y le diagnosticaron la ELA hace dieciocho meses. Sus artículos sobre la enfermedad, que describe como «una prisión progresiva sin fianza», se han traducido a varias lenguas y aquí se han publicado hace poco en El País. El gran historiador e intelectual sólo tiene un consuelo: la memoria. «Mi solución ha sido repasar mi vida, mis ideas, mis fantasías, mis recuerdos, mis recuerdos equivocados y otras cosas semejantes hasta dar con hechos, personas o historias que puedo utilizar para distraer mi mente del cuerpo en que está encerrada».
Judt tiene un compañero en el novelista norteamericano Jim Harrison. A diferencia de Judt, Harrison no padece la ELA, pero Donald, el protagonista de su última novela traducida al castellano, Regreso a la tierra, está muriéndose de la enfermedad y, ya en la última etapa, se dedica, como Judt, a repasar su vida –no puede hacer otra cosa– y a escribir unas memorias (la primera parte de la novela) con la ayuda de su mujer, Cynthia. Donald ya no puede escribir, ni apenas comer ni respirar.
La obra de Harrison está muy lejos del mundo literario del establishment neoyorquino. El autor ha sido algo menospreciado en Estados Unidos; en cambio, es una figura mítica en Francia. Los franceses siempre se han enaltecido de saber apreciar a los genios que los propios estadounidenses rechazaban (músicos de jazz, directores de películas de serie B, escritores) y Harrison es el ejemplo perfecto del norteamericano como genio adoptivo. La pasión por Harrison en Francia trasciende las generaciones y las diferentes páginas de fans creadas en la red social Facebook son todas de origen francés. Su diversidad (poeta, crítico, novelista), su fama de bebedor, fumador, mujeriego, cazador, gourmet, sus raíces en el Oeste, y su humor vitriólico y provocador no entran en los cánones de lo políticamente correcto ni del refinado mundo literario de la costa Este. Sólo los franceses han sabido venerar esta figura que, para ellos, es una especie de Hemingway tejano de la generación posterior a los escritores beat.
A pesar de su imagen de vividor, la obra de Harrison es de una enorme sensibilidad, y se ha ganado a pulso su oficio de escritor. No se crió rodeado de libros, y hay en él un asombro y un aprecio excepcional por las posibilidades de la literatura. En la introducción a sus memorias, Off to the Side, define el poder unificador de la literatura: «Me he fijado en que cada uno habla una lengua ligeramente distinta a la de los demás. Supongo que una forma en la que un escritor puede unirnos es gracias a la veneración instintiva que tiene la gente inteligente por la maestría de la lengua». También recalca lo ajeno que le era en su infancia el mundo de las letras. Recuerda cuando se enteró de que –para gran sorpresa suya– cerca de la granja de sus abuelos había otra granja que era de una mujer escritora que había publicado un relato en la revista Colliers (gran revista ya desaparecida para la cual la mujer de Hemingway, Martha Gellhorn, hizo de corresponsal durante la Guerra Civil española). Al pequeño Harrison no le cabía en la cabeza el misterio de que una persona pudiera escribir algo que luego llegase a un gran público, y que encima pudiera vivir de eso y sacar dinero para comprarse una granja.
Regreso a la tierra encierra las múltiples facetas del autor: creador de espacios y figuras míticas en el territorio estadounidense menos conocido, amante y conocedor de la naturaleza, y literato sofisticado, aunque ésta no sea su intención. La novela es coral, con cuatro capítulos que llevan como título los nombres de los personajes que los narran: «Donald», «K» (el primo de Donald), «David» (su cuñado) y «Cynthia» (su mujer). A través de los otros tres personajes vemos las consecuencias de la enfermedad y la muerte de Donald en quienes lo rodean.
En la primera y más importante parte de la novela, «Donald», éste nos cuenta su historia de una forma muy directa, como si estuviera hablándonos. Harrison establece una fuerte intimidad entre el lector y el personaje, pues Donald no es escritor y habla como la persona que es: un hombre relativamente joven de poca educación que está muriéndose, un tipo que ha sido quarterback y linebacker de fútbol americano, que ha trabajado con su cuerpo (en la construcción) durante veinticinco años y que ahora contempla sus piernas y ve que han desaparecido literalmente: «Estoy echado en el sofá, tengo cuarenta y cinco años y padezco la enfermedad de Lou Gehrig» (p. 13).
Sus músculos han muerto antes que él y, aunque la enfermedad sería trágica en cualquier contexto, es lamentable para un hombre como Donald. Un tipo de la Península Norte, en el Estado de Michigan, a la «antigua usanza», como dice Cynthia, de esos hombres que dependen de su cuerpo y de su capacidad de aguante y que durante generaciones han trabajado en las minas, talando árboles o como obreros. Su narración se interrumpe con comentarios editoriales entre paréntesis de Cynthia –en otro tipo de letra y firmados por ella–, que está haciendo la transcripción de lo que va rememorando. Pero, aunque Donald se presente como un tipo sencillote, está profundamente ligado a la tierra y a la naturaleza y por eso sus palabras son a menudo poéticas, de una forma que para nada desentona con el personaje: «Tengo la sensación de que hablo por los codos, pero Cynthia dice que no. Debería volver al principio de la historia, pero todavía estoy de un humor raro, porque me he despertado de madrugada con esta cálida mañana perfumada por las lilas en flor» (p. 22).
Quizá lo más llamativo del protagonista, aparte de su enfermedad, es que es un seminativo norteamericano, de la tribu chipewa. Estos orígenes influyen a lo largo de su vida –desde pequeño se enfrenta con los chicos del colegio que lo insultan llamándole Donny Piel Roja–, pero es especialmente importante a la hora de la muerte. En sus primeros recuerdos cuenta que su bisabuelo, un chipewa llamado Clarence, creía que los espíritus vivían y pasaban de un ser vivo a otro, incluso entre los humanos y los animales. Cuando a Clarence se le muere su adorado caballo Sally, recicla el nombre para los caballos y perros que tiene después, e incluso cuando se casa con una mujer de sangre mixta llamada Lucretia, la rebautiza como Sally.
Aparte de las historias que sabe de sus antepasados –y la tradición oral figura como parte importante de su identidad–, ha tenido una segunda madre (la suya se pasó la vida encerrada en un manicomio sin que él pudiera verla) chipewa llamada Flower. Ésta, que es en realidad su prima, es la auténtica «Mujer que Vuela en la Noche» que llena la imaginación de Donald de bestias voladoras, que para él son osos con alas enormes. Flower es el eslabón que une a Donald con los elementos que ha perdido el mundo moderno: los espíritus de sus antepasados indígenas y la tierra. Con ella va al bosque a buscar hierbas o frutos, se baña en el río y pesca lucios. El mundo de Flower es un universo puro, en el que el dinero y la educación occidental no cuentan. Ella vive de casi nada: limpiando cabañas de veraneantes o vendiendo tartas caseras de frutos del bosque. En sus memorias, Harrison declara su fascinación por los norteamericanos nativos, cuya supervivencia dependía íntegramente de su relación con el mundo natural, con sus peligros y sus posibilidades. El autor, que siente pasión por la pesca, la caza y el estudio de los territorios salvajes, se identifica con las tribus norteamericanas –cita al poeta Wallace Stevens, que decía: «Todos fuimos indios»–, aunque es muy consciente de las diferencias entre su destino y el de sus propios antepasados, pues los suyos no fueron liquidados entre 1500 y 1900. Su homenaje a la historia de los norteamericanos nativos no es sentenciosa, ni políticamente correcta. Es una celebración de sus tradiciones y de la naturaleza que les rodea, palpable en el vocabulario sencillo y evocador que caracteriza la novela: osos voladores, pinos blancos, bayas, ciervos, linces, ranas, cerezos silvestres y cornejos. La novela también tiene una geografía muy suya –la Península Norte, el Lago Superior, Grand Marais, Marquette, Sugar Island–, con distancias, nombres y lugares que resultarán exóticos para la mayoría de los lectores, pero que acabarán sintiendo como familiares y fundamentales.
El mundo de Donald y su familia también se define (de forma muy característica en Harrison) por la comida, que en esta cultura no abunda y se valora: la leche de vaca, macizos de fresas salvajes, la mantequilla y el limón, los nabos, coles y zanahorias del huerto, los tomates tan difíciles de cultivar en esa zona, la pesca, los huevos fritos con beicon, las costillas de cerdo. El lenguaje de Harrison no es fácil de traducir y, tras haber leído la novela en inglés, tenía curiosidad por ver cómo quedaría en castellano. La traducción de Esther Roig es en general amena y legible, aunque hay fallos desconcertantes que quizá sean lapsus de conocimiento de la cultura y vida norteamericanas. Por ejemplo, en las páginas 142-143 llama la atención su uso de la palabra «tocino» tres veces, cuando en el original no se menciona el tocino ni una sola vez. Las costillas «de tocino» deberían ser costillas de cerdo (spareribs), el «tocino» cortado fino es en realidad «carne de cerdo» (pork) y los «bocadillos de tocino» ni siquiera son cerdo en el original, son bocadillos de pot roast, que en castellano es carne (de buey) asada.
Ninguno de los restantes personajes –su mujer Cynthia, sus hijos Clare y Herald, su primo «K», su cuñado David– es tan puro como Donald. David –el hermano de Cynthia– es un tipo inquieto que lucha contra sus imperfecciones e intenta acercarse a algún tipo de cristianismo, aunque está lleno de dudas filosóficas y no se encuentra bien en Estados Unidos. Sus padres eran ricos y moralmente corruptos (Cynthia conoce a Donald porque su padre, Clarence, era el jardinero de su casa) y David tiene mucho del complejo de culpa «del blanco». Su historia es compleja y sólo encuentra la paz residiendo en México, donde vive «cerca de la tierra» (p. 153), algo que no puede hacer en su propio país. A pesar de su educación, la espiritualidad de su cuñado le impacta quizá más que todo lo que sabe o lo que le queda por saber. Después de la muerte de Donald, David tiene un encuentro con un oso. Al verlo se lleva un gran susto –el oso es tan respetado como temido–, pero, en vez de correr, David saluda al animal con un tímido «Hola», pues de repente se le ocurre que pudiera tratarse de Donald.
«K» está medio liado con Clare, pero su pasión imposible es Cynthia, la mujer de Donald. Ha vivido en Nueva York, ha tenido problemas con drogas, le encanta el cine francés y ha estudiado en la Universidad de Michigan. A pesar de estas experiencias «lejos de la tierra» y de su juventud, está ligado al pasado de su familia y a la naturaleza.
Cynthia conoce a Donald mejor que nadie, y ella es, naturalmente (junto a su hija Clare), el personaje más impactado por la enfermedad y muerte de su marido. Es un personaje femenino complejo y realista. A través de la enfermedad de Donald, y después de su muerte, lucha con el hecho de seguir siendo una mujer atractiva y llena de deseo. Si llegara a hacerse un guión de cine (se ha hecho con otras obras de Harrison como Legends of the Fall), el personaje de Cynthia será un consuelo para las actrices de cierta edad que lamentan siempre la falta de papeles interesantes.
A Harrison le preocupa el distanciamiento del mundo actual de la naturaleza. Como dice en sus memorias, «lo que era la distribución de la población –treinta por ciento urbano o semiurbano y setenta por ciento rural– ha pasado a ser lo opuesto en el tiempo que llevo vivo, de ahí el alejamiento de metáforas e imágenes terrestres». Lo suyo no es una nostalgia retrógrada. No es que quiera volver, sino que parece decirnos que nos hemos desconectado de nuestras raíces a cambio de una «evolución» dudosa, y a menudo destructiva. La historia de Donald –situada en 1995– deja claro que la civilización actual occidental tiene fallos graves, sobre todo en los temas más importantes, como son la vida y la muerte. ¿Quién sabe lo que nos pasa después de la muerte? ¿Hay alguna religión dominante que nos ofrezca una respuesta convincente? Donald sí tiene su propia religión, ligada a su pasado nativo y a lo que ha aprendido de Flower. Gracias a sus creencias, puede aceptar la muerte y decidir cómo y cuándo quiere morir y, gracias a su fe, su mujer, su primo y su hijo pueden ayudarle a morir con la conciencia tranquila. A pesar del avanzado estado de deterioro causado por su enfermedad, Donald puede decidir cómo será su muerte –su regreso a la tierra– y contar con su familia para acompañarlo y darle la inyección final, que lo dejará muerto en cuestión de minutos. Desde el punto de vista de la sociedad estadounidense (y de la mayoría), la eutanasia no sólo está mal vista, sino que es ilegal. Difícilmente podemos considerar criminales a los miembros de la familia de Donald. No es fácil, pero saben que es lo que Donald quiere, su última voluntad, y como cuenta «K» al final de su capítulo, «ayudamos a Donald a echarse sobre el lecho de ramitas de cedro [...]. Clare había ido a recoger flores y las echó, como una lluvia, sobre la tierra fresca del montículo» (p. 146).

01/12/2010

 
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