ARTÍCULO

La emergencia barcelonesa

Espasa Calpe, Madrid
560 pp. 23,50 €
Angle, Barcelona
616 pp. 23,90 €
 

Barcelona nutre una literatura catalana de emergencia. Nunca, desde los tiempos hegemónicos de Marsé y Mendoza, la ciudad deparó tantos prodigios narrativos. Mientras Barcelona coquetea con el multiculturalismo coyuntural, imán de turistas y okupas, los escritores van en busca del tiempo perdido. Pero, como reza el dicho, roda el món i torna al Born («da la vuelta al mundo y vuelve al Borne»). El Borne: ruinas premodernas, a la sombra de Santa María del Mar, «la catedral del mar» de Ildefonso Falcones. En 2001, Carlos Ruiz Zafón ya dio la piedra filosofal del best seller barcelonés con La sombra del viento, una brumosa ciudad gótica respirando por todos sus poros dickensianos. Por el maelström zafoniano navegó también Roser Caminals: crónicas barcelonesas del primer siglo xx en El carrer dels Tres Llits y La petita mort. Al plantearse la «gran novela de Barcelona» que rozó Sagarra en Vida privada, Rodoreda en La plaça del Diamant o Mendoza en La ciudad de los prodigios, Ruiz Zafón, Falcones o Caminals intuyeron lúcidamente que la narrativa debe proveerse justamente de los materiales que el buenismo del Fòrum lanzó a las depuradoras de la autocomplacencia.
La «emergencia barcelonesa» nace en veneros diversos: desde la crítica ácida hacia la progresía senil, esa «gauche divine» que disecciona Valentí Puig en La gran rutina; o la supervivencia de la cultura catalana en la metrópoli globalizada que describe con fragmentos de Apocalipsis Joaquim Pijoan en Sayonara, Barcelona. La lista arrojaría una docena de títulos. Hablamos de «emergencia» como conjunción del azar y la necesidad. El primero, por la concurrencia afortunada del repertorio simbólico de una ciudad que atraviesan miradas y estilos heterogéneos; lo segundo, como recurrencia, ante la falta de propuestas más sugestivamente ligadas a la memoria colectiva y las señas de identidad. Si retrocedemos sesenta años, nos encontramos con otra emergencia barcelonesa, no tan motivada por la demanda, sino por la perentoriedad de resituar el catalanismo en un contexto político adverso. En eso estaban Josep Vergés, Néstor Luján y los colaboradores que hicieron del premio y el semanario Destino la cabecera de una catalanidad posibilista expresada en castellano, doctrina que en los años treinta ya propagó el Gaziel periodista desde La Vanguardia. El «barcelonismo» como sucedáneo de un «catalanismo» condenado por el régimen de Franco.
En los años cuarenta, Lluïsa Forrellad (Sabadell, 1927) era una escritora veinteañera ligada a la novela realista que cultivaban Carmen Laforet, Mercedes Salisachs, Luis Romero, Ignacio Agustí, Sebastián Juan Arbó o José María Gironella. Laforet recorrió en Nada los crepúsculos de una sociedad vencida; Gironella se atrevió con la Guerra Civil y Romero compuso la sinfonía de una ciudad de posguerra en La no­ria, premio Nadal en 1951. Dos años después, Forrellad obtenía el galardón de la editorial Destino con Siempre en capilla, novela ejemplar de ambiente decimonónico.
Forrellad llegó, vio, venció y de­sa­pa­re­ció. En 2006, la autora vallesana publicaba en catalán este Fuego latente que reaviva las ascuas de la tradición realista tras un paréntesis de cinco décadas. Su trama no coquetea con la originalidad, es puro xix: iniciación personal, educación sentimental y escalada social: Pol Caselles es un joven de comarcas huérfano, pobre e inculto: pasará de criado a señor, acogido por un aristócrata lisiado; a la muerte de éste, se casará con Amelia Baigual, la bella viuda que remedia así una vida de malcasada. Sería injusto quedarse en la sinopsis, con esos personajes y cronología. Esa Barcelona convulsionada por el anarquismo, ese emporio de la propaganda por el hecho, esa urbe preferida por Malatesta, la «ciudad de las bombas» del atentado del Liceo de 1893 y la Semana Trágica de 1909 ya había sido novelada en el exhaustivo ciclo que Ignacio Agustí inau­gu­ró con Mariona Rebull. Ciertamente, hay ingredientes comunes: de­si­gual­da­des sociales, burguesas malmaridadas, fábricas, bombas y odio anticlerical; una forma de contar realista: sobriedad, diálogos y muchos puntos aparte como los episodios nacionales o las novelas por entregas... ¿Dónde reside, pues, la diferencia entre Agustí y Forrellad? Que el primero condicionó su obra a una celeridad impuesta por su carácter de ciclo y a la imposibilidad de decirlo todo en un tiempo de censura; la escritora ha cocinado su novela a fuego lento; ha hecho acopio de una exhaustiva documentación; va más allá de la simple pincelada que sitúa la acción y reflexiona sobre los hechos. Una opción arriesgada: si no se dosifica, puede pesar como una losa sobre el ritmo narrativo. Pero Forrellad no falla. Se apoya sin complejos en la novela clásica, pero renuncia al trazo en brocha gorda de buenos y malos, tan frecuentado por los promotores de la memoria histórica.
La autora de Fuego latente es políticamente incorrecta, algo que puede permitirse con ochenta años. Los diálogos deparan ecos didácticos: «Al nuevo siglo le dejaremos la herencia de las dos Españas. La conservadora y la revolucionaria. Derecha e izquierda, patrones y obreros, católicos y laicos, jerarquía y acracia. Todos radicales. No cederán. Es una grieta que se va agrandando hasta que a cada lado se concentre el odio suficiente para hundirlos juntos en el abismo, sin que ninguno de ellos sea inocente». El anarquista que tiró la Orsini en el Liceo fue ejecutado, pero su figura siniestra recorrió la Semana Trágica, cuando ardieron los conventos de Barcelona y en el verano del 36 cuando se asesinó a miles de católicos. Guarismos diferentes, hechos redundantes. Demagogia y gimnasia revolucionaria; pronunciamientos y cuartelazos; burguesía entre la perplejidad y el oportunismo. Forrellad disecciona los males de la Restauración; anuncia la República, aunque la trama finalice en 1909. Los unos: «Los comités revolucionarios no se ocupan para nada del jornalero. Únicamente organizan a las masas para hacer una oposición frontal». Los otros: «Cuando acude la Guardia Civil dicen que es dura la represión. Cuando no acude, dicen que permite las matanzas». Y el fabricante catalán que conjetura sobre la solución militar (reflexión de 1902 aplicable a Primo o a Franco). «Enseguida nos pondrían un tapón en la boca para que no se nos escapara ni una sola palabra en catalán... Podríamos escoger entre el tapón en la boca o el berenjenal libertario». No hay en Fuego latente ni un gramo de parodia, como en La ciudad de los prodigios mendociana y sí mucho de experiencia. Personajes que reflexionan para el presente. Emergencia barcelonesa: pedagogía histórica que no aburre. 

01/06/2007

 
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