ARTÍCULO

Marruecos, entre tradición y modernidad

Agencia Española de Cooperación Internacional, Madrid, 354 págs.
 

Una de las causas que suelen aducirse para explicar las quiebras y fracasos de los modelos de organización social y política occidental en el mundo árabe en general y en el Magreb en particular es el peculiar proceso de formación de las elites políticas en esas sociedades. Por lo general, tales elites han estado vinculadas durante el período colonial e, incluso, tras la independencia a las ideas y prácticas de las sociedades occidentales, pero, al mismo tiempo, se han visto condicionadas por las tradiciones de sus sociedades nativas, por sus costumbres y sus valores morales y religiosos, especialmente el islam.

La vinculación a Occidente respondía, en muchos casos, a una política explícita de la potencia colonial para impartir una educación moderna, a las elites locales, elites (económicas y militares sobre todo) que más tarde protagonizarían no sólo los procesos de descolonización sino, también, los tímidos intentos de modernización en las sociedades árabes.

En el segundo plano se encontraban las pautas de autoridad tradicional de origen tribal y religioso que, sobre todo en las periferias, se mantendrían prácticamente inalteradas con el paso de los años, constituyendo uno de los factores de resistencia a la modernización. Su ineptitud para articular una vía de integración en el nuevo sistema de relaciones, así como la incapacidad del propio sistema para innovar nuevos mecanismos de promoción y renovación de los grupos tradicionales, habría dado al traste con el mismo proyecto de modernización. Así nos lo relata Mª Angustias Parejo (pág. 79), cuando describe el momento de la emergencia de las elites magrebíes, situando en los poderes tradicionales la principal resistencia a una auténtica renovación de la elite dominante. «Los movimientos de resistencia tribal no logran enunciar una ideología, ni preparar las bases de un movimiento político de carácter más permanente», propiciando, cuando no favoreciendo, «la monopolización de las actividades políticas por la intelligentsia urbana» e impidiendo, en consecuencia, una verdadera red nacional de nuevos intereses y demandas diferenciadas en sus contenidos y canales de transmisión de las secularmente establecidas en estas sociedades.

La joven politóloga granadina nos ofrece un estudio del sistema político de Marruecos a través del análisis de su elite parlamentaria. Su trabajo se articula en torno a tres grandes núcleos: un primer bloque de carácter teórico metodológico sobre las posibilidades y relevancia del estudio de las elites políticas en Marruecos y los precedentes en las Ciencias Sociales Occidentales (Parte Primera, Cap. I); un segundo bloque constituido por un acertado análisis de las elites parlamentarias marroquíes a través de sus representantes en las legislaturas de 1977, 1984 y 1993 (Parte Segunda, Caps. II y III); por último, en la tercera y última parte nos presenta sus aportaciones más singulares con los resultados de su trabajo de campo realizado a lo largo del proceso electoral de 1993, siguiendo la actividad de los principales partidos y las opiniones de los parlamentarios que resultaron elegidos (Parte Tercera, Caps. IV y V).

La primera parte tiene un carácter pluridisciplinar, e integra las diversas aportaciones que desde la sociología, la antropología, la historia, el arabismo y, en mucha menor medida, la Ciencia PolíticaDe especial interés son los análisis de los trabajos del estadounidense John Waterbury (1975), Le Commandeur des croyants. La Monarchie marocaine et son elite y, de otra parte, del autor del prólogo de este libro de la profesora Parejo, el politólogo francés Rémy Levau (1985), Le fellah marocain défenseur du Trône, PFNSP., se han realizado sobre el estudio de las elites para el análisis del poder o del Estado en las sociedades árabes en general y en la marroquí en particular.

El bloque segundo estudia la dinámica política en Marruecos tanto desde la visión de sus actores como desde el diseño institucional. Las elecciones parlamentarias de 1977 y de 1984 constituyen la excusa para abordar las características del proceso político en Marruecos, con sus puestas en escena y sus opacidades, sus manifestaciones tradicionales y sus destellos de modernización. La focalización de este análisis en los rasgos definitorios de la elite parlamentaria, permite a la autora trazar los sucesivos cambios de alianzas y los nuevos pactos políticos sociales que entre 1977 y 1993 tienen lugar en Marruecos. De ellos se deducen dos constantes en su evolución. En primer lugar, la supervivencia del Majzen como reflejo de la estructura más tradicional del ejercicio del poder en Marruecos, con independencia de los cambios que en este período se han producido. Junto a esta pervivencia de pautas de poder tradicionales, la ubicua presencia del poder real, representado por la ambigua y múltiple actuación de Hassan II, que supervisa la acción de todos los poderes y actores del sistema, confiere al régimen los rasgos personalistas y autoritarios que lo han singularizado durante los últimos treinta años.

El acertado ejercicio de los resortes del poder, por estos dos núcleos imbricados, no impide que en el régimen marroquí exista un alto grado de pluralismo e incluso de competencia política, y en menor medida electoral, entre los actores políticos, partidos, sindicatos, elites e instituciones, de una parte, y los representantes tradicionales del modelo de ejercicio del poder ancestral basado en los estatus sociales, religiosos y económicos amparados por el Majzen, de otra.

Con el estudio de sus elites, Mª Angustias Parejo nos ofrece un hilo conductor para comprender el ejercicio del poder en un país que desde su independencia se debate y cuestiona, permanentemente, entre su gradual y siempre pendiente liberalización y democratización política y la contención, cuando no paralización, que los grupos más tradicionales y más reacios al cambio proyectan sobre él.

Si el análisis de las cuestiones políticas clásicas pudieran ser relevantes para un caso como el de Marruecos, del libro se desprende la imagen de un sistema con pluralismo político muy elevado, de competencia extrema y polarizada, pero con un limitado y supervisado ejercicio de los derechos y libertades. En cuanto a sus elites, su alto grado de renovación parlamentaria nos induce a inferir el elevado nivel de movilización y adecuación del sistema. De la tercera parte del trabajo de la profesora Parejo se deduce que entre 1984 y 1993 se produce una renovación casi total de la elite parlamentaria marroquí (96%), que, en consonancia con la voluntad de liberalización manifestada por el rey en las reformas constitucionales de 1992 y 1996, se trasladó al conjunto del sistema. Pero este proceso no se verifica con la conciencia de un intento de transformación del sistema, sino más bien como la puesta en práctica de la voluntad de los poderes tradicionales encarnados en el Emir alMumenin, Príncipe de los creyentes y Rey de Marruecos. En la base de la cultura política de la elite parlamentaria, como revelan las entrevistas realizadas a más de la quinta parte de los miembros de la Cámara, se encuentra la convicción unánime «de la supremacía monárquica». Una vez más la propia elite reconoce la combinación de los aspectos tradicionales y modernizantes en lo que a su propia selección afecta, de forma que como la autora concluye, «la presencia de una cierta democratización es percibida en los nuevos criterios de selección de las elites, el mérito y la competencia, si bien se admite la persistencia del clientelismo y las estrategias majzenianas de cooptación» (pág. 331).

En definitiva, este cuidado estudio nos ofrece una radiografía dinámica de la sociedad y la política marroquí. La calidad del trabajo se completa con la oportunidad de su publicación en un momento crucial de la evolución política marroquí donde la retórica de la permanente democratización de lademocracia se va a poner a prueba con la nueva etapa iniciada en 1998 con el gobierno Yusufi y ratificada por el destino con la reciente sucesión de Hasan II en la persona de su heredero, y no necesariamente continuador, Mohamed VI.

01/08/2000

 
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