ARTÍCULO

Construyendo demócratas

 

¿Merece la pena que un estudiante de ingeniería lea a Séneca? ¿Podemos admitir que el maestro de nuestros hijos ignore el estado actual de los debates entre comunitaristas y liberales? Estas preguntas alguna vez se han debido de pasear en las discusiones que últimamente han aparecido en los medios de comunicación bajo el rótulo «el debate sobre las humanidades», y desde ellas Martha Nussbaum ha escrito un informe sobre la educación universitaria estadounidense centrado en una característica primordial de ésta, a saber, la incorporación de algunas asignaturas «de humanidades» en el estudio de cualquier carrera. Mas, junto al informe sobre las distintas experiencias educativas, Nussbaum ha reflexionado acerca del carácter formativo necesario de las humanidades estudie el alumno lo que estudie, y es por ello (amén de que son cada vez más las universidades españolas que ya exigen en el currículo de algunas carreras haber cursado algunas asignaturas humanísticas) por lo que aun centrado en una experiencia ajena a nuestro país, este trabajo arroja no poca luz sobre nuestros debates educativos.

A las preguntas con las que se iniciaba esta reseña, la respuesta de Nussbaum es que muy posiblemente un ingeniero, un maestro o un médico no necesite conocer ni siquiera haber oído nombrar a Séneca, Foucault o san Agustín, pero tal ignorancia no se la puede permitir el ciudadano de una democracia. En esencia, lo que de forma continua articula el libro de Nussbaum es el hecho de que la educación (no sólo la superior, sino cualquier educación) aparece en Estados Unidos (y aquí vale poner cualquier país democrático) para formar ciudadanos libres, autónomos y capaces de realizar las potencialidades que les sean propias; por ello mismo el objetivo de la educación no es sólo dar conocimientos que capaciten para realizar la vocación deseada (el oficio que se quiere desempeñar en la vida), sino que además ha de aportar ciertas maestrías en el arte de la vida que, caso de quedarse limitada al desempeño de la profesión deseada, desde luego que no sería la vida propia de un ciudadano democrático. «Mientras nos encontremos entre los seres humanos, cultivemos nuestra humanidad» es el lema de este libro (con esta cita de Séneca concluye), que en definitiva dirime precisamente el hecho de que la educación, lejos de ser una educación enciclopédica que acumule saberes y capacitaciones –profesionales–, ha de ser una educación capaz de habilitar el mundo en el cual se puede vivir como un auténtico ciudadano democrático. Lo que los gobiernos olvidan muy a menudo cuando se está hablando de la educación, advierte Nussbaum, es que ésta sólo tiene sentido si provee para la ciudadanía que soportará a esos mismos gobiernos. ¿Puede ser un buen ciudadano democrático alguien que ignora las cuestiones de género, las diferencias nacionales o nuestra tradición intelectual? No, pues primordial para tal ciudadano ha de ser la tenencia de tres habilidades: «la primera es la habilidad para un examen crítico de uno mismo y de las propias tradiciones»; la segunda es la capacidad de verse «como seres humanos vinculados a los demás seres humanos por lazos de reconocimiento y mutua preocupación»; y la tercera es la imaginación narrativa o «la capacidad de pensar cómo sería estar en el lugar de otra persona [...] para entender el mundo desde el punto de vista del otro» (págs. 19-31). Estas habilidades no son únicas, y resulta evidente que la ciudadanía necesita pertrecharse del saber científico y de la economía, por ejemplo, pero sí que son necesarias para el buen funcionamiento de una democracia, y para ellas se provee tan solo desde «la educación liberal que hasta ahora se ha asociado con las humanidades y hasta cierto punto con las ciencias sociales» (pág. 31).

Este es el sentido que tiene estudiar humanidades; del modo en que se cultiva la ciudadanía se ocupa la mitad del libro de Nussbaum. La otra mitad resulta una recopilación –de una manera personal, no de una socióloga de oficio– de datos acerca del modo en que se incorporan las ciencias humanísticas en el currículo de diversas universidades estadounidenses. Quizás en este punto el lector sienta la tentación de leer transversalmente el libro, amparándose en la distancia que media entre aquel sistema universitario y el nuestro, pero tal opción no sabría ver que aunque esté exponiéndose el modo en que en una universidad estadounidense determinada se han establecido los estudios sobre la mujer, pongo por caso, lo que se dirime en realidad en tal exposición es, en primer lugar, la necesidad que tenemos de ciudadanos críticos y no siempre calladamente sometidos y, en segundo lugar, por qué interesa tal actitud antes que la contraria a los gobiernos de las sociedades democráticas. En realidad, bajo la apariencia de un informe de experiencias académicas Nussbaum plantea que la educación humanística no puede ser la introducción en nuestras cabezas de la gran enciclopedia de conocimientos (no podemos imaginar que educar democráticamente sea, pongo por caso, enseñar la Constitución en la escuela); tampoco será la enseñanza de los meros conocimientos adecuados para «ganarse la vida»; educar al ciudadano es, entre otras cosas, cultivarlo, enseñarle a dudar de todas aquellas asunciones con las que da cuenta de sí y de los demás de una manera primera –e ingenua por no cuestionada–, es mostrarle que vive en un mundo complejo y es ayudarle a imaginar las visiones de la realidad de los demás. Como se puede apreciar, cuando Nussbaum habla de humanidades está hablando no de un canon establecido (no de una enciclopedia), sino de capacidades, de creación de un espíritu disconforme consigo mismo y con los demás. Este es el espíritu típico de un ciudadano democrático y es el espíritu que, a decir de la autora, se cultiva con los estudios interculturales, los estudios de género, la literatura y la filosofía leídas de una manera cercana y «no profesional». Tal y como nos explica hablando de la literatura, no se trata tan solo de enseñar lo diferentes que somos; se trata sobre todo de sentir lo que sienten aquellos que no somos nosotros y de plantearnos desde ese sentimiento si realmente estamos conformes con el modo en que vivimos: «Por esta razón la literatura es tan importante para el ciudadano, como un medio de expansión de afinidades que la vida real no puede cultivar de modo suficiente. La promesa política de la literatura es que nos puede transportar, mientras seguimos siendo nosotros mismos, a la vida de otro, revelando las similitudes, pero también profundas diferencias» (pág. 153).

Con un apunte de realismo y otro de optimismo termina este libro. El primero: «El futuro de estos proyectos es, sin embargo, altamente incierto [...] a ojos de muchos administradores (y padres y estudiantes), parece demasiado costoso permitirse el aparentemente inútil lujo de aprender para el enriquecimiento de la vida [...]. En una época de ansiedad económica, a menudo estas propuestas encuentran poco apoyo. Pero con ello desvalorizan nuestra democracia» (pág. 332). Además –y aquí viene el apunte optimista–, en aquellas universidades en que se quebró el canon, en que se comenzó a introducir en el currículo estudios sobre minorías, sobre sexo o sobre lecturas «situadas» de clásicos de la filosofía, los alumnos asistieron con otra actitud a las clases de humanidades y las encontraron formativas aunque no les dijeran nada específico en relación con la profesión que deseaban estudiar. Para mostrar esto último, Nussbaum expone testimonios que de una forma u otra corroboran, por un lado, que aquellas clases les sirvieron a los alumnos para conocerse mejor y conocer mejor a los demás y el mundo en que después se iban a desarrollar como adultos; y, por otra parte, que las clases de humanidades les resultaron gustosas y placenteras. Aunque sólo fuera por esto último merece la pena dedicar atención a lo que en este libro se propone.

01/10/2001

 
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