ARTÍCULO

Una buena novela sobre la posguerra

Ediciones Epígono, Alicante, 1997
253 págs. 2.500 ptas.
 

Escritor preocupado desde sus inicios, en la década de 1960, por la renovación narrativa –recuérdese su obra Cinco variaciones (1963-1971)– y por el compromiso ideológico –recuérdese su novela Pro patria mori (1980)–, Antonio Martínez Menchén ha sido más conocido entre el gran público, no obstante, por su contribución a la literatura infantil y juvenil. Por encima de esta valoración circunstancial de los lectores, es conveniente decir que su obra narrativa requiere, como la de otros contemporáneos, una revisión más precisa, y más aún a la luz de esta su última novela.

Es La edad de hierro, sin duda, una buena novela sobre la inmediata posguerra española, a la altura de otras que gozan, a veces por razones extraliterarias, de un enorme prestigio. Martínez Menchén ha recreado, con un estilo rico en el léxico y sobrio en la denuncia, y por tanto nada efectista ni afectado por la nostalgia, el sentimentalismo o el rencor, la historia de una familia y de un pueblo andaluz en unos tiempos duros, tiempos de hierro, que cubrieron de óxido inerte a muchos adolescentes y jóvenes, impidiendo el desarrollo natural de su edad y, lo que es aún peor, sus ilusiones de futuro. Es el ayer muy cercano de los niños de la guerra que soportaron inermes sus consecuencias a causa de las miras estrechas que marcaba la arbitrariedad política e ideológica de sus mayores.

No es la primera vez que el novelista recurre a la memoria de aquellos años, pues ya incluso algunas de sus obras dirigidas al público infantil o juvenil comparten contenidos y puntos de vista con La edad de hierro. El punto de vista narrativo parte de la memoria y se proyecta a través de la mirada de los jóvenes y adolescentes protagonistas, una mirada al tiempo ingenua y asombrada, silenciosa y rebelde. Sus ojos funcionan como cámaras que enfocan y retratan el exterior de la sociedad que soportan y rechazan, pero también como sondas que extraen los sentimientos enérgicos o abatidos de sus propias galerías interiores. Sin embargo, la realidad en esta novela es mucho más descarnada, cruda y brutal que en las obras anteriores.

Por un lado, en aras de la verosimilitud, Martínez Menchén realiza un recuento del funcionamiento social de la inmediata posguerra en el que se entraman, como un único y excluyente mosaico de valores, los fanatismos religiosos, políticos, morales y educativos. Falangistas prepotentes, beatas hipócritas, señoritos caraduras, caciques déspotas, jueces al servicio del poder y parásitos de casino pasan factura de la victoria fascista en la guerra y en sus días triunfales hacen ley de sus propios caprichos y desmanes. Por otro, se introduce en el interior de los jóvenes protagonistas –Laura, Federico y Gerardo–, para expresar su enfrentamiento con la realidad incómoda en que viven o el conflicto de su educación sentimental, y en la memoria de la anciana chacha Mariquita para convertirla en narradora indirecta de los hechos.

En la creación de estos cuatro personajes, en su carácter contrastivo y su incidencia en la narración, alcanza la novela sus mejores logros. Ellos representan en principio la única salida posible a la asfixia circundante, la única posibilidad de desbordar los cauces marcados por la hipocresía y las normas unívocas; pero, a la postre, también simbolizan la utopía abortada por la represión y la intolerancia, ya que sucumben ante las mismas fuerzas que ellos intentan evitar. Así, Gerardo, tal vez el más modelado de todos, progresa en su impotencia hacia la locura desde su torturado pensamiento, Laura destroza sus ilusiones cediendo a las convenciones sociales, Federico amaga su rebeldía en sus ensoñaciones, y chacha Mariquita se encierra, apartada de todos, en la soledad de su memoria para contar historias del pasado o peripecias imaginarias.

Y a través de ellos, de su memoria y su mirada, de sus voces y sus ilusiones perdidas, discurre el relato. El pensamiento, la mirada y la memoria del narrador, y por tanto del autor, actúan ocultos e indirectamente se proyectan en los de sus personajes: en el pensamiento de Gerardo, en la mirada de Laura y Federico, y en la memoria de chacha Mariquita. Con esta técnica consigue Martínez Menchén una sólida narración verosímil y austera, aunque enormemente dramática, de esa parte de nuestra historia que conviene entender y no olvidar.

01/01/1999

 
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