ARTÍCULO

Outsiders

Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación - Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 1997
520 págs. 2.200 ptas.
 

Aunque no figura en el Diccionario de la Real Academia, el término outsider goza hoy en día de un uso generalizado. Con él se suele designar a aquellos individuos cuyo comportamiento no es el que marcan las normas de un determinado grupo, organización o sociedad y que, en consecuencia, están fuera o en los bordes de tales grupos, sometidos a su marginación o rechazo.

Cabe hablar, pues, de tantos tipos de outsiders como de grupos sociales, pero aquí nos referiremos concretamente al de los científicos, esto es, aquellos investigadores que por cultivar enfoques y temas considerados excéntricos, no centrales, por los miembros de la comunidad científica se sitúan fuera o en los márgenes de la misma.

No resulta difícil adivinar el destino habitual de estos específicos outsiders. La mayoría de ellos nunca pierden la condición de tales, con la marginación y rechazo consiguientes, y tan sólo una privilegiada minoría consigue que los temas y enfoques por ellos cultivados pasen a ser centrales. Minoría que, en consecuencia, suele conseguir un reconocimiento y un papel central en la comunidad científica cuyo paradigma han modificado.

Entre esos dos destinos extremos cabe, sin embargo, uno intermedio: el de quienes sin haber conseguido en su época dejar de ser outsiders, sí logran cierto reconocimiento de comunidades científicas posteriores para las que los temas, y a veces incluso los enfoques, que aquellos outsiders cultivaron se convierten en centrales.

Tal puede ser el caso del «hidrobiólogo» Celso Arévalo y del «geobotánico» Emilio H. del Villar, dos naturalistas españoles de principios de siglo, considerados excéntricos por la comunidad de naturalistas de su época y ahora, en calidad de «ecólogos precursores», protagonistas principales de la tesis de Santos Casado de Otaola, Los naturalistas del cambio de siglo y la introducción de la ecología en España, de 1868 a 1936 publicada por la Residencia de Estudiantes y el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, bajo el título, algo modificado, de Los primeros pasos de la ecología en España.

Frente a la tradicional opinión de que la presencia de la ecología en la comunidad científica española se remonta, a lo sumo, a las tres o cuatro últimas décadas, Casado sostiene que la ecología habría dado sus primeros pasos en España mucho antes: concretamente en el momento mismo de constitución de la comunidad científica naturalista española moderna, en donde ya podrían apreciarse enfoques protoecológicos. Sin embargo, paradójicamente, tales primeros pasos, en conjunción con las específicas circunstancias de la actividad científica en España en el siglo XIX y de la propia comunidad científica naturalista, habrían dificultado los pasos siguientes y ello hasta el punto de provocar la marginación de ecólogos avant la lettre como Arévalo y Del Villar.

En apoyo de esta tesis, Casado se embarca en un fascinante recorrido histórico que acaba por ser una ilustración no sólo de la problemática recepción de la ecología en España sino de aspectos generales de la historia de la ciencia española. Un recorrido cuyos iniciales protagonistas son algunos de los primeros naturalistas españoles modernos, formados durante el sexenio revolucionario y que comenzaron su actividad prácticamente al tiempo de la fundación de la Sociedad Española de Historia Natural. Naturalistas cuyo principal representante sería Ignacio Bolívar y en quienes se aprecia cierta recepción de los enfoques protoecológicos que por entonces estaban apareciendo en distintos campos de las ciencias de la naturaleza, teniendo como telón de fondo la radical revisión de puntos de vista que supuso el evolucionismo darwiniano.

El decidido propósito de tales naturalistas de «investigar las relaciones que entre sí y con los medios exteriores guardan las diferentes especies», por decirlo con las palabras de Bolívar, exigía, sin embargo, una tarea previa: la descripción y catalogación de los conjuntos naturales a estudiar. Tarea que estaba ya bastante avanzada en otros países de Europa pero muy retrasada en España por el período de mínimos científicos que había supuesto gran parte del siglo XIX, y por la especial riqueza natural hispana. Todo lo cual hizo que esa descripción y catalogación se convirtieran en la tarea central de esa primera generación de naturalistas españoles modernos, a quienes por ello, paradójicamente, no cabría atribuir, según Casado, los primeros pasos de la ecología en España. Tales pasos habrían sido dados por una segunda generación de naturalistas, quienes, algo más tarde, en la década de 1880 a 1890, bajo la influencia del evolucionismo, mostraron un gran interés por los problemas de la distribución de los organismos, las relaciones con su medio y las relaciones entre sí. Odón de Buen, Tomás André y Tubilla, José Gogorza, José Pérez Maeso serían los principales representantes de esta recepción inicial de los enfoques ecológicos en España.

Una recepción, sin embargo, frustrada, pues a partir de 1890, en paralelo al «eclipse del darwinismo», desaparece el interés por incorporar a la investigación naturalista problemas ecológicos, al tiempo que los naturalistas recién aludidos pierden personalidad como grupo generacional y se integran en el conjunto de los naturalistas españoles y en la orientación descriptiva y taxonómica predominante. La primera etapa de la integración de la ecología en España se cierra con el triunfo académico e institucional de un enfoque metodológico que le era adverso.

La segunda etapa tiene lugar, ya en nuestro siglo, a partir de 1914, desde presupuestos completamente diferentes a los de la primera: la influencia del darwinismo no resulta decisiva y las emergentes disciplinas ecológicas han perfilado ya su personalidad y alcanzado notable desarrollo en otros países. Con todo lo cual, se trata ahora, básicamente, de introducir nuevas disciplinas en la comunidad científica española y de recabar para su cultivo el correspondiente soporte profesional e institucional.

Podría pensarse que tras la creación, en 1907, de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, se contaba ya con un marco apropiado para esa tarea, pero eso sería olvidar el peso de la orientación dominante en la comunidad naturalista de la época y su, por lo dicho, escasa receptividad para las orientaciones ecológicas. Tan escasa que los principales protagonistas de esta segunda etapa de la recepción de la ecología en España no fueron investigadores universitarios sino un profesor de instituto, Celso Arévalo, y un autodidacta sin formación universitaria, Emilio Huguet del Villar. Dos auténticos outsiders para la comunidad naturalista española de la época.

La descripción de esa segunda etapa se convierte así en el relato de las dificultades del «hidrobiólogo» Arévalo y del «geobotánico» Del Villar para introducir, respectivamente, la limnología y la ecología vegetal en España. Y en efecto, en sendos capítulos, a lo largo de más de doscientas páginas, Casado, tras una breve aproximación biográfica, va describiendo la lucha de ambos investigadores contra la indiferencia y el rechazo de las principales instituciones científicas. Relata cómo intentaron salir de su situación periférica en la comunidad de naturalistas procurando medios de publicación autónomos, buscando contactos en el extranjero o con científicos independientes... Y da cuenta, asimismo, del relativo éxito del empeño anterior, ya que, si bien lograron integrarse en el Museo de Ciencias Naturales y en el Museu de Ciències Naturals, respectivamente, tal integración no tardó en mostrarse conflictiva hasta el punto de acabar en ruptura. Describe, en fin, cómo, ante las dificultades encontradas en el ámbito puramente científico de la historia natural, ambos recurrieron a la vertiente aplicada de la ecología como alternativa para su institucionalización, acudiendo a organismos técnicos de investigación. Estrategia que, por cierto, se reveló la más efectiva dado que Arévalo y Villar fueron acogidos por el Instituto Forestal de Investigaciones y Experiencias, donde además trabajaron algunos de sus escasos colaboradores, Luis Pardo entre ellos, a quienes se debió la continuidad de sus proyectos ecológicos, definitivamente truncados por la guerra civil.

Tras constatar el fracaso de Arévalo y Del Villar, se describe, de forma ya muy sucinta, cómo habría de ser otro outsider ilustre, ciertamente más afortunado, R. Margalef, quien, en las especiales circunstancias de vacío científico provocadas por la guerra civil hizo posible la emergencia de la ecología primero en Cataluña y luego en el resto de España. Una tercera y definitiva etapa sin continuidad con la inmediatamente anterior.

A la vista de todo lo expuesto no resulta difícil explicar, como hace Casado para concluir su investigación, por qué no hay, en el caso español, una especial vinculación de la ecología en la emergencia de nuevos fenómenos sociales como el excursionismo, los deportes de montaña, la protección de espacios naturales e incluso el propio ecologismo.

En resumen, un espléndido recorrido histórico que, dando cuenta de cómo la ecología topó como principal obstáculo para su asentamiento en la comunidad científica española con esa misma comunidad, supone un merecido reconocimiento a dos ilustres outsiders, pioneros de la ecología en nuestro país.

01/01/1999

 
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