ARTÍCULO

Un maestro del cuento

Alianza, Madrid
252 pp. 17 €
 

Antonio Pereira (1923) pertenece a la generación del medio siglo y, como sus coetáneos, ha cultivado diversos géneros pero, sobre todo, la poesía y la narrativa, siendo en este último, con su persistencia y tenacidad, uno de los responsables del renacimiento del cuento en España durante la segunda mitad del siglo xx. Pereira ha ido forjando a lo largo de casi cincuenta años una amplia obra de narrativa breve que ha progresado desde el realismo a la sugerencia y de la escritura transparente a la sutileza y la concisión extremas.
Porque el motor de su creación cuentística ha sido siempre el inconformismo frente a fórmulas hechas y modelos establecidos, lo que le ha llevado a indagar en las teorías clásicas del cuento y a introducir las innovaciones textuales que fueran acordes con el asunto y el sentido de lo que en cada momento quería contar, ya con el punto de mira puesto en conseguir el efecto final, ya para alcanzar ese grado de suspensión que obliga al lector a implicarse en el texto y convertirse en cóm­plice. El resultado ha sido un conjunto en el que cada cuento, para alcanzar su propia voz, se proponía huir del estancamiento literario y evitar los moldes del anterior.
Fruto de la madurez más espléndida del autor, La divisa en la torre (serie de relatos o todo narrativo fragmentado) puede ser considerado en principio como el más íntimo y personal de sus libros, no sólo porque el manadero de los asuntos sea la memoria de lo vivido (recuerdos tamizados por el tiempo de sucesos y personas enmarcados en su paisaje), sino también porque se funden de tal manera en una las voces del narrador y del autor para expresar la subjetividad que no pocas veces, como sucede a menudo en la narrativa breve, estos cuentos se acercan a la lírica.
Una subjetividad lírica, por otra parte, que no tiene como motivo prioritario la pura efusión de los sentimientos o la preeminencia del yo. Lo nuclear no es el yo, son los demás. En los recuerdos contados, aun narrados en primera persona, el autor/narrador cede a los otros personajes el protagonismo y el eje medular de la historia, mientras él se presenta como un observador y narrador periférico que, aun centrándose en la peripecia de otro, se permite siempre intervenir en ella.
Lo importante, pues, no es la afirmación personal. El escritor mantiene intactos, si bien en progresión ascendente hacia la esencialidad y la depuración de lo superfluo en la escritura, los rasgos que le han caracterizado a lo largo de sus obras. En primer lugar, y salvo excepciones, la concepción del cuento como un texto abierto a la interpretación del lector. Pereira no presenta acciones, historias, peripecias o episodios cerrados y sorprendentes. Lo de menos es la sólida construcción de la historia, carente de grietas que impiden al lector meter las narices: la historia se centra en una anécdota mínima que se expande a través del lenguaje hacia la complicidad del lector.
En segundo lugar, consecuencia de lo anterior, la condensación de la anécdota. Si hace ya años, en alguno de sus libros (los que se situaban en la llamada renovación narrativa), bifurcaba sus cuentos con varias líneas argumentales, en los últimos el escritor persigue –y logra– la condensación de la anécdota para que sea ella, y no la narración de acciones, la que diversifique y amplíe las connotaciones. Sus cuentos, entonces, son como auténticos chispazos cuya concisión multiplica los sentidos y las significaciones.
En tercer lugar, la expresión implícita y el efecto de la sugerencia. Antonio Pereira es un maestro en contar sin llegar nunca a la narración explícita de la anécdota. En sus cuentos hay que bucearla y hasta adivinarla, incluso buscar las claves y las piezas para su comprensión y descodificación. Esto se nota especialmente en el tratamiento del erotismo y de los recuerdos eróticos: todo se comprende sin llegar a contarse y todo se llega a contar sin el concurso de las palabras, mediante los silencios, las elipsis y los guiños narrativos. Y esto, en los tiempos que corren de narración explícita, es de agradecer.
En cuarto lugar, el humor. Siempre se ha caracterizado la narrativa del autor por la tendencia al humor sutil y velado, aunque no escaseen los cuentos en que se busca el efecto humorístico desde el comienzo. No obstante, no cabe buscar aquí salidas de tono o procacidades gruesas a que suelen llevar con frecuencia asuntos como los eróticos, por ejemplo. Antes al contrario, se acumulan, con excepciones mínimas, agudezas susurradas, enunciaciones a media voz y referencias adelgazadas por las elipsis que suscitan la sonrisa, nunca la carcajada. Es el suyo un humor que requiere, como en los restantes aspectos anotados, la interpretación inteligente del lector.
Por último, el ritmo y la musicalidad de la prosa. Es posible percibir en su escritura la mano del poeta (y él lo es), capaz de dotar al lenguaje de un ritmo similar al de los versos. No es afirmación gratuita. Existe tal empeño en lograr la concisión, la palabra justa y la frase armoniosa, que puede afirmarse que por este libro fluye un hilo conductor que hilvana una fuerte voluntad de estilo y de compromiso estético para conseguir la belleza; en definitiva, de hacer literatura, y no otra cosa. 

01/12/2007

 
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