ARTÍCULO

Vivir en la diversidad

Espasa Calpe, Madrid
348 págs. 21,50
 

Que haya que hilar tan fino en un libro sobre la diversidad lingüística española, como consecuencia de la opresión nacionalista y el terror en el País Vasco, dice mucho sobre por qué hay que insistir en que los conflictos no son de lenguas, sino de hablantes. El temor aflora permanentemente en cualquier bar grande, restaurante o café del País Vasco. La gente no habla de política cuando hay alguien cerca y, si se plantea el asunto, se recibe una mirada desaprobatoria. Esas conversaciones –normales en el resto de España, monolingüe o bilingüe– no existen: desde fuera el hueco se percibe, mientras que desde dentro está asumido y se sobrevive con la amputación de un trozo de la libertad.

Como un científico debe sacar partido de todo y la autora lleva muchos años trabajando y publicando sobre estos aspectos, este libro se decanta por la objetividad. Se expone, se describe, se presenta. Faltan, en consecuencia, el análisis y la opinión. El resultado se agradece, pero hay que saber leer entre líneas para llegar al meollo. La elección en el título del término diversidad frente a pluralidad muestra ya una intención de señalar que no se trata de un amontonamiento, sino de una variación bien definida, que se puede vivir en un mundo ordenado en el bilingüismo, conociendo y apreciando los valores del contexto general. Esa actitud justifica, sin duda, el respaldo a la autora, porque ni siquiera el terror en el que vive su universidad puede cerrar todas las rendijas a la luz.

La verdad científica es, por lo general, implacable. Hay que enseñar, primero, que este mundo de todos es un mundo de todas las lenguas, que lo general es la diversidad, que es normal ser bilingüe y que, dentro del respeto de todos los idiomas y a todos los idiomas, el ámbito de actuación de las lenguas es distinto y que, cuando se está en un entorno de bilingüismo como el español, es beneficioso saber para qué sirve cada idioma que se habla, y rentable educativa y culturalmente saber aprovecharlo. España, en el contexto general de Europa, no es diferente: el contacto de lenguas es natural, es también histórico, es garantía de diversidad cultural que vale la pena mantener ­­añádase– frente a cualquier energúmeno. La reflexión, por cierto, es de doble dirección. Si no se tiene derecho a imponer una lengua, tampoco se tiene a suprimirla.

A partir de ahí se desarrolla una detallada y completa exposición, plenamente objetiva, de la situación española. Se utilizan profusamente las aportaciones de las encuestas coordinadas por Siguán, aunque se aprecian de vez en cuando algunas inconsistencias en la construcción (autores que aparecen en el texto y no en la bibliografía, ausencia de referencia a trabajos que, seguro, son conocidos y estimados por la autora). Son fallos de acabado de los que no se resiente el conjunto, porque el panorama descriptivo es muy amplio y se aborda con asepsia, más allá de la mera objetividad. Se sigue un orden de lenguas y geopolítico. Cada lengua se analiza en su comunidad, no en su conjunto, porque se trata de dar una visión completa de los aspectos legislativos, educativos y demográficos, censales, ordenada en torno a la estructura autonómica. La opción es rentable y especialmente clara en casos como el del vascuence en el País Vasco y Navarra.

Así queda caracterizado, por ejemplo, un vascohablante de lengua materna: «Nacieron en el País Vasco o Navarra de padres vascohablantes. En cuanto a su edad, están algo por encima de la media de la población. Su lugar de vida es de menos de veinticinco mil habitantes. Su medio familiar y social es vascohablante. Son activos en el interés y la promoción del euskera». La conclusión del lector, que la autora no pronuncia, es evidente: si su mundo es tan reducido desde que nacieron, si no quieren salir de él, limitan su vida a ese reducido universo, una vida que, además, los hace más viejos que su entorno general. Así, es explicable que quieran que todo se limite al vascuence: a ellos no les hace falta nada más y tampoco les interesa nada más de la vida. Lo curioso del caso es que el interés por el euskera y la actividad a favor de su promoción se manifiesta con la misma fuerza entre quienes lo conocen pero no lo tienen como lengua materna.

Los datos permiten al lector descubrir la verdad y advertir el terrible peligro que supone para lenguas débiles entre su población someterlas a la tensión de un uso total, impuesto. Los hablantes no pueden asimilar tantas vitaminas, el resultado puede cuartearse y generar un híbrido. Claro que es difícil moderar el entusiasmo. El científico debe señalar las cosas que los políticos no quieren oír. España tiene una serie de comunidades bilingües y otras que pretenden presentar variantes lingüísticas reducidas, marginales o inventadas como ejemplos de bilingüismo (los casos de Asturias y Aragón). Las comunidades bilingües de España, las auténticas, han demostrado algo que no era tan previsible: que los hablantes, como contribuyentes, han estado dispuestos a asumir un costo elevadísimo para mantener su patrimonio lingüístico. Esa realidad de la vida cotidiana española debe ser reconocida, porque es cierta. Las lenguas cuestan dinero y, si su uso es limitado, ese dinero es inversión en cultura, en identidad.

Se llega entonces al punto crítico. Los hablantes/contribuyentes han hecho su esfuerzo, la lengua minoritaria está ahí, en la escuela, en la universidad, en todas partes, incluso hay asociaciones que, temerosas, ven a la lengua internacional en peligro y la defienden, se lamentan de sus limitaciones en una sociedad de todos. Justo en ese momento se produce una ruptura que podía estar prevista, pero que se había soslayado, porque siempre hay científicos que dicen lo que los políticos quieren oír. La sociedad absorbe las dos lenguas, las tres lenguas, las que sean, porque el hablante ha pasado a un plano de interlengua. La lengua que habla es su lengua materna, pero junto a ella están las otras lenguas aprendidas, su experiencia cultural, su identidad lingüística compleja. Si no se produce un corte defensivo abrupto, que lleve a la eliminación de la lengua internacional, la lengua menor irá cediendo hablantes a la interlengua. Esos hablantes creerán durante mucho tiempo estar hablando una lengua (o, más exactamente, dos), y lo harán, pero instalados en ese territorio interlingüístico, en el que, por otra parte, vive la mayoría de los seres humanos en todo el planeta. Las sociedades monolingües, dígase alto y claro, son pocas y algunas, como los Estados Unidos de América, se presentan ya con una clara definición de plurilingüismo y multicultura, aunque el país profundo esté todavía lejos de lo que esos conceptos significan.

Que nadie piense que lo que se está diciendo es algún tipo de profecía. Lo que puede ocurrir con las lenguas y su evolución es siempre un misterio. Mil años después, lo que parecía consolidado y fuerte ha desaparecido, algo que no contaba tomó fuerza y se impuso y ocupa el lugar de máxima expansión. Lo que ocurre es que carece de sentido hacer sufrir a las personas, hasta el asesinato, por pretender imponer comportamientos, actitudes, lenguas cerradas, porque, al menos en lo que se refiere a las lenguas, ese adjetivo es impracticable.

Estamos ante un libro útil y completo: un libro de datos. Cuando el terrorismo no sea más que una vergüenza del pasado, libros como éste habrán servido para seguir estudiando y conociendo. Las conclusiones las añadirá el tiempo.

01/02/2004

 
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