ARTÍCULO

La dinámica cultural de la transición

 

Este libro de Antonio López Pina, catedrático de la Universidad Complutense, y sus dos colegas norteamericanos P. McDonough y S. H. Barnes, se centra sobre los cambios en la cultura política que acompañaron a (o produjeron, o resultaron de) los procesos de transición y consolidación de la democracia en España, cambios que permiten entender la democratización española «de abajo arriba», aunque sea a costa de poner abrumadoramente de relieve la baja implicación política de los españoles. Los datos de la investigación proceden de cuatro encuestas llevadas a cabo entre 1978 y 1990, analizados en un cuidado escenario histórico, económico, político y social que toma en consideración cuestiones de legitimidad y trata de explicar la alternancia al socialismo que tuvo lugar en 1982.

No son pocas las teorías que tratan de describir y explicar el proceso de la transición a la democracia en España, y entre ellas podría hablarse de un primer grupo que subraya un principio de racionalidad, bien sea que se suponga presente en la llamada «madurez política» del pueblo español o, por el contrario, en unas elites que llevan a cabo transacciones de todo tipo en un marco propio de la teoría de juegos. En un segundo grupo habría que clasificar las teorías que destacan como factor clave el del conflicto, ya revistiendo la forma de impotencia para imponerse al adversario, ya la del miedo a la repetición de un enfrentamiento civil cruento. Por último, un tercer grupo podría incluir a las que insisten en la continuidad con el régimen autoritario, sea bajo la forma de una democracia otorgada, o como mero maquillaje de una situación de dominación de clase sin democracia real. Pues bien, no creo que ninguna de tales teorías sea «verdadera», y «falsas» las restantes, sino que cada una de ellas permite identificar y entender aspectos diferentes, más o menos importantes, de un proceso tan extraordinariamente complejo como el de la democratización de nuestro país. No estoy diciendo en modo alguno que crea que todas las teorías en cuestión tengan el mismo valor, que sean igualmente plausibles: pero, claro está, no es cosa de discutir eso ahora.

El approach de López Pina y sus colegas, centrado en el estudio del papel desempeñado por una dinámica cultural favorable al régimen democrático, lleva a una de las investigaciones más sugestivas y con más capacidad explicativa de que disponemos, susceptible de constituir el núcleo de un cuarto grupo de teorías que intentaría identificar en lo posible esquemas tentativamente causales. Según datos muy conocidos, en 1966 sólo el 35 por 100 de los españoles afirmaba que las decisiones políticas deberían ser tomadas por personas elegidas por los ciudadanos, aunque para 1974 el porcentaje había crecido hasta el 60 por 100, y en mayo de 1976, seis meses después de la muerte de Franco, era ya del 78 por 100. Pese a todo, quienes creían que la democracia es siempre preferible a cualquier otro régimen no eran más del 50 por 100 en 1980, aunque para 1985 se acercaban al 70 por 100, tres años más tarde eran el 75 por 100, y para 1992 igualaron, como recuerdan Morlino y Montero, el porcentaje medio de la Unión Europea: el 78 por 100.

Tras el 23-F de 1981, sólo un 2 por 100 dijo preferir un gobierno militar a otro civil, lo que permitió a Linz y Stepan sostener que para 1982 la democracia estaba ya consolidada en España. Todo ello hace posible mantener que lo que estaba teniendo lugar no era sólo la socialización democrática de las generaciones más jóvenes, sino una resocialización del conjunto de la población. Hasta el punto, como señala Diamond, de que la legitimidad del nuevo régimen democrático parece descansar más sobre sus cualidades políticas que sobre sus resultados económicos o sociales, harto deficientes al principio por las consecuencias de la crisis económica de la primera mitad de los setenta. ¿Cabe, pues, estar de acuerdo con Richard Rose, según el cual la gente podría estar insatisfecha con su nivel de vida o con sus dificultades en el mercado de trabajo, pero no olvidaría lo que ha ganado en libertad? Si no me equivoco, Montero, Gunther y Torcal creen que, en efecto, puede ser así a largo plazo, aunque no a corto. Pero no puede olvidarse que los datos que acabo de recordar son de corto, de cortísimo plazo tras la muerte de Franco, y que en líneas generales coinciden con los del libro que comento.

Por otra parte, los sociólogos hemos insistido siempre en que los cambios culturales son lentos, produciéndose lags o rezagos culturales cuando otros elementos (como los económicos) cambian con rapidez. Pero posiblemente estábamos equivocados, como puede pensarse a la vista de la rapidez del desarrollo de la cultura democrática en España. Ahora bien, ¿hemos de considerar a esa cultura democrática como la variable independiente que ha permitido la institucionalización del régimen democrático en nuestro país? ¿O será más bien la implementación de instituciones democráticas la que ha propiciado el rapidísimo florecimiento de la correspondiente cultura? Quizás ambas cosas se explican mutuamente, y si en ese proceso circular ha de atribuirse alguna prioridad, por pequeña que sea, creo que ha de ser asignada a la cultura.

El libro trata, como dicen los autores, del enfriamiento de las pasiones políticas de los españoles, esto es, de la despolarización de sus cleavages, de la moderación, en una palabra. Claro está que señalan explícitamente que tal proceso fue estimulado por cambios sociales a largo plazo. Y yo quisiera insistir en que el proceso de desarrollo económico de los años sesenta es el factor decisivo para explicar el apaciguamiento de las tensiones políticas. Pero ello no implica, de ninguna manera, que el franquismo haya sido partero de la democracia, sino sólo que el desarrollo y la modernización fueron los enterradores de las pasiones de la guerra civil. La nueva cultura política creció bruscamente en un tiempo inverosímilmente corto porque florecía sobre el desierto de una severa deflación ideológica y en un marco económico y social que había dejado de ser diferente al de los países avanzados del entorno.

Creo que McDonough, Barnes y López Pina han hecho una importante aportación al conocimiento e interpretación del proceso de cambio de la cultura política que ha acompañado a (y eventualmente originado, y sido consecuencia de) la transición a la democracia y a su consolidación en España. Desde el punto de vista de la sociología política, no puede por menos de celebrarse la aparición de este libro, del que hemos tenido de vez en cuando el grato anticipo de algún artículo.

01/05/2000

 
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