ARTÍCULO

La esencia de la derecha

 

Alejo Vidal-Quadras ha escrito lo que bien puede considerarse el primer panfleto de la derecha democrática en la reciente historia política española. Partiendo de que la derecha ha estado sometida al fielato intelectual de la izquierda, Vidal-Quadras ha decidido abandonar los postulados analíticos de lo que llama «derecha contrita» y, de modo un tanto quijotesco, la ha emprendido con la izquierda y con el centro. En un breve texto lleno de ironía (con el que es difícil evitar la carcajada en varias ocasiones) ha compuesto un retrato atractivo y tal vez imposible de una derecha consciente y sin complejos.

Para que no queden dudas de la insolencia de la empresa, el panfleto constituye una burla permanente del centrismo al que se presenta sin mayores miramientos, como una mera consecuencia del vasallaje moral que la derecha se ha sentido en la obligación de rendir a la izquierda bien pensante. Tan rudo proceder es elegantemente displicente con los centrismos hodiernos (con su fraseología y también con las políticas que Vidal-Quadras estima como propias de la izquierda), aunque se matiza levemente cuando se refiere al centrismo de la transición y de los años setenta.

Según el autor, la negación del binomio derecha-izquierda «suele darse en políticos profesionales de pragmatismo desbordante, escrúpulos descriptibles y lecturas escasas», de manera que, para evitar al lector cualquier riesgo de confusión, la caracterización de la derecha que nos ofrece este breve texto se recrea en lo que Vidal-Quadras denomina, de modo bien barroco, «tratamiento axiológico».

¿Cuáles son los valores de la derecha? Según Vidal-Quadras, y se citan en el orden que el libro los aborda, la reticencia ante la igualdad, el carácter sagrado de la propiedad privada, el libre mercado, el imperio de la ley, la garantía de los derechos políticos y civiles, la igualdad de oportunidades, la seguridad, el bienestar absoluto de los individuos, las libertades (sobre todo en tanto que libertad-de o libertad negativa), y el aprecio al delicado sistema de contrapesos (separación de poderes y algo más) que es necesario sostener para evitar abusos del principio de la mayoría, además de la inaplazable reforma del Estado de bienestar. Se trata, pues, de la descripción de un liberal que asume con claridad que la democracia es un procedimiento altamente recomendable, pero no más que eso.

Tras un examen ágil y episódico de tales principios, el último capítulo se lanza a la definición de la esencia de la derecha colocándose bajo los auspicios de la sensata proclama de Constant: «Que el Gobierno se limite a ser justo, nosotros nos encargaremos de ser felices». En este trance casi postrero se recurre incluso a las cursivas para establecer que «la derecha es el conjunto de ideas y actitudes que derivan de la elección de la libertad negativa como objetivo moral primordial», mientras que, lógicamente, la izquierda queda disecada en el retrato contrario, «el conjunto de ideas y actitudes que derivan de la elección de la libertad positiva como objetivo moral primordial». Armado con este escrutinio, Vidal-Quadras estima que se podrá «evitar el engorro que representa ir por el mundo arrastrando el maquillaje centrista y su estela de cautelas e indefiniciones». Con el centrismo reducido a lo que debe ser (un talante, algo tan aplicable a la derecha como a la izquierda cuando se practica el diálogo civilizado), el autor se lanza a desenmascarar el sucio truco de la izquierda que consiste en asemejar la derecha a su extremo autoritario cuando se razona sobre el eje de la igualdad proponiendo, por el contrario, un doble eje (igualdad/desigualdad, autoritarismo/libertad) que permite refulgir a la derecha democrática en el cuadrante correcto (y lejos de su caricatura) mientras la izquierda (siempre algo más ambigua) continúa apareciendo astutamente en ambos lados del eje de la igualdad. El autor proporciona unos elegantes diagramas que pueden inundar de gozo a los consultores y hacer levemente más largas (y probablemente más caras) un buen número de sesiones de formación.

Concluye Vidal-Quadras su alegato a favor de la claridad pegando un nuevo puntapié a la componenda: «la verdad política no está en el compromiso, que es un tosco y necesario peldaño en su viaje hacia la luz», lo que no le impide proporcionar unos treinta renglones más abajo un notable ejemplo de apaño semántico cuando expresa su esperanza de que «tras una dilatada apoteosis de la igualdad que ha dejado una herencia plagada de zonas oscuras, la derecha centrada (la cursiva no es del autor) en el Gobierno tiene una gran ocasión de demostrar que la libertad no teme al porvenir».

Es difícil no dejarse llevar por la simpatía hacia quien tanto estima y practica la claridad, inapreciable virtud si se trata de escribir con coherencia y amablemente. Además, a la hora de la verdad, una política sin razones ni valores es poco más que un ejercicio desnudo de arribismo. Hay que agradecer, por tanto, el caudal de entusiasmo y de ironía que Vidal derrocha en su intento de reforzar el argumentario liberal.

01/05/1997

 
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