ARTÍCULO

La derecha latinoamericana, a debate

 

La situación de la derecha en América Latina es paradójica. Por un lado, su triunfo parece ser irrefutable en lo económico, lo político y lo discursivo. La implantación de programas económicos de un ortodoxo corte neoliberal ha sido apoyada electoralmente por unas sociedades que parecen haber sido convencidas de lo arcaico de sostener otras viejas tradiciones políticas. Pero paralelamente a esta victoria, hasta cierto punto es hoy en día una tarea infructuosa la búsqueda de quien se identifique a sí mismo como «persona de derechas». Liberal, nacionalista, de centro o moderado son los adjetivos que emplean para sí aquellos que comulgan con sus ideas. En el caso de Argentina, he aquí la expresión social del trayecto histórico de una categoría política que ha sido fuertemente cuestionada y desprestigiada en las últimas décadas. Sus claras vinculaciones con todas las dictaduras militares, el antisemitismo, el elitismo y ultramontanismo que se descubre en sus comportamientos le hicieron perder el apoyo de amplios sectores de la amplia clase media.

Pero este inicial rechazo moral que generan las derechas ha sido superado en dos libros centrados en la experiencia histórica de la derecha en América Latina. Si bien las conclusiones a las que llegan no parecen disentir demasiado, es posible percibir dos enfoques sustancialmente diferentes de los temas. Uno ha centrado su exploración en algunos nudos problemáticos, sin atender demasiado a los vaivenes históricos con respecto a tiempos pasados o posteriores, afincándose en una comparación sincrónica entre la experiencia argentina y la brasileña. La otra publicación se pretende como un recorrido de la derecha en el siglo XX argentino, señalando etapas, continuidades y quiebras en esa trayectoria. Esta perspectiva diacrónica agiliza la comparación entre períodos y situaciones históricas.

El libro del historiador paulista José Luis Bendicho concentra su énfasis en la comparación entre los intelectuales nacionalistas de Brasil y Argentina en el período de entreguerras. La preocupación central del libro reside en la comprensión de «la racionalidad inscrita en la producción ideológica de la derecha nacionalista o, en otros términos, en dilucidar ciertos elementos constitutivos de la dominación simbólica proyectada por este segmento del campo intelectual». Hay una preocupación por conceptualizar las ideas de los nacionalistas, concluyendo que «la ideología de la mayoría de las corrientes aquí estudiadas puede ser definida como autoritaria, en la versión estatista-orgánica o fascista», aunque había elementos totalitarios del nacionalismo de derecha, sobre todo en intelectuales argentinos y entre los integralistas, como el antisemitismo, el militarismo, el recurso a la movilización, y la identidad absoluta entre Estado y colectividad.

La obvia influencia de Bourdieu le permitió a Bendicho elaborar un mapa de los subcampos intelectuales, sosteniendo que Argentina tuvo una estructura diádica asentada en un polo fascista y un polo católico; para McGee y Dolkart no se trata de un polo católico sino liberal-conservador, ligado al intento de restauración oligárquica. Brasil, en cambio, tenía una estructura triádica, ya que a católicos y fascistas se unía un polo cientificista, que retomaba el pensamiento positivista, el biologicismo y el evolucionismo. Este polo congregaba a los intelectuales como Oliveira Vianna o Azevedo Amaral, que consideraban la realidad social como un fenómeno evolutivo regido por leyes naturales.

Las diferencias entre la experiencia histórica y la configuración del campo intelectual brasileño y argentino explica la conformación asimétrica de esa derecha en ambos países. Los intelectuales nacionalistas de ambos países se consideraban a sí mismos los únicos capaces de evitar la catástrofe nacional. Pero la autojustificación de ese rol provenía de distintos elementos: en Brasil, de «poseer saberes relativos a las ciencias del hombre, especialmente la sociología, que permitían el acceso a los diagnósticos y las terapias para los problemas del país». En Argentina, donde el anticientificismo reinaba entre los nacionalistas, su papel lo legitimaba ser parte de una élite tradicional, ya que «con una tradición estatal extremadamente laica, no había lugar para una derecha antiliberal y fuertemente católica en el aparato de Estado argentino».

El diagnóstico que estos grupos elaboraron sobre el período de entreguerras apuntaba a que la responsabilidad de la crisis recaía en el liberalismo, que había instalado una institucionalidad que desconocía al país real, sus tradiciones y su génesis racial, generándole traumas al espíritu de la nación. Se trataba de un caos promovido por las contradicciones de la modernización y/o de una conspiración global destinada a soliviantar los fundamentos de la nación. Concatenado con esta discusión, en Sob o signo se presentan las cuatro alternativas que se propusieron a la crisis del orden liberal: un estado corporativo autoritario, intervencionismo estatal con nacionalismo económico, una cruzada católica y el imperialismo militar. Un punto que había quedado escasamente mencionado, y que Bendicho retoma, tiene que ver con el hincapié en el peso del militarismo y el imperialismo bélico en el nacionalismo argentino.

Asimismo, el historiador brasileño plantea los grandes ejes de la discusión de los nacionalistas de derecha. Por un lado, el problema de la fundamentación del poder ante la crisis de la legitimidad democrática. Desafiando la noción de soberanía popular y la organización liberal del Estado, se pretendía sustentar el nuevo orden. Pero no todo era concordia, ya que chocaron los nacionalistas que propiciaban la adopción de soluciones corporativas y aquellos que exaltaban la figura del líder carismático. El resguardo de espacios de autonomía y derechos para individuos y corporaciones (sobre todo la Iglesia) le permite a Bendicho caracterizar el pensamiento de la derecha brasileña como autoritario y no como totalitario. Los argentinos, en cambio, parecen haberse inclinado más por la supresión de todos los derechos civiles.

Otro gran debate de estos intelectuales giró en torno a la definición de la nacionalidad, reemplazando el concepto político de nación por otro más ligado a la cultura, el medio, la raza o la religión. Las diferencias eran palpables entre ambos países: «Mientras que la nación brasileña era representada como algo incompleto, cuya conclusión estaba proyectada en el futuro, la nación argentina era encarada como una entidad cuyos elementos formadores ya estaban dados en el pasado». Si los nacionalistas brasileños prometían un futuro venturoso, los argentinos presentaban un país en decadencia frente a una imaginada nación ideal, en tiempos de los caudillos y de Rosas. En este sentido, buena parte de las energías de los nacionalistas se trasladaron, como señala Bendicho, hacia las discusiones y reinterpretaciones de la historia nacional que, en opinión de uno de ellos, Ernesto Palacio, había sido «falsificada».

Si el historiador paulista ha intentado establecer una imagen congelada de la derecha nacionalista de entreguerras, el libro coordinado por McGee Deutsch y Dolkart es un intento de ofrecer una historia general del pensamiento de la derecha argentina en todo el siglo XX. En este volumen se encuentran traducidos del inglés algunos trabajos que ya habían compilado en The Argentine Right (Scholarly Resources, 1993), a los que han sumado dos nuevos artículos. La compilación se centra en la primera mitad del siglo XX, más allá de las referencias a las relaciones entre la derecha y las dictaduras de los años sesenta y setenta. Por eso, el vocablo «neoliberales» inserto en el subtítulo del libro (¿estrategia de marketing editorial?) llama a engaño en cuanto al contenido de la publicación, que poco dice con respecto al pensamiento y acción de los devotos de Von Hayek en el Río de la Plata. La foto de la portada, de la revista Caras y Caretas de septiembre de 1930, que muestra al fascistoide general Uriburu, a un sonriente y aristocrático Matías Sánchez Sorondo y a monseñor De Andrea, parece funcionar mucho más correctamente como un resumen de La derecha argentina.

El ordenamiento cronológico de sus ocho artículos muestra la intención de generar una historia de las dos derechas (nacionalista y conservadora) con una carga ideológica menor a la que usualmente ha generado, centrándose en la investigación de sus prácticas y organizaciones políticas antes que de sus aspectos doctrinarios. Para los compiladores de La derecha argentina, fue notable la coherencia de esta corriente ideológica en el rechazo radical al proceso de modernización, siendo el antiobrerismo su piedra de toque a lo largo de la centuria. En ese sentido, McGee Deutsch considera que «desde sus orígenes hasta hoy, el antiizquierdismo fue la principal preocupación de la ultraderecha argentina, más preocupada por reprimir a las masas inmigrantes que por brindarles bienestar» (pág. 74).

El artículo inicial, de David Rock, revisa las características de la derecha a fines del XIX, así como la influencia del pensamiento reaccionario europeo. Burke y Maurras, De Maistre, Bonald, Donoso Cortés o Menéndez Pelayo, así como la generación del 98 (Ganivet y Unamuno), se contaban entre los autores que balizaban la formación ideológica de entonces. El dogma contrarrevolucionario, deseoso de la redención del orden moderno, fue más fuerte que el fascista, y se diferenciaba en su acentuado clericalismo y la oposición férrea a la movilización de masas. Una inseminación ideológica para estos primeros derechistas provenía del tradicionalismo, receloso de la inmigración y la «decadencia urbana». De ahí una incipiente preocupación por rescatar la hispanidad y el castellano, paradójicamente, a partir de los festejos por el centenario de la independencia de España.

Sandra McGee Deutsch retoma sus investigaciones sobre la derecha durante los primeros gobiernos radicales (1916-1930), que «fueron testigos del surgimiento de la ultraderecha en la política argentina». Entre los puntos tratados destacan las diferencias en los orígenes socioeconómicos y culturales de los miembros de la Liga Patriótica Argentina (1919) y los nacionalistas de los años veinte, más jóvenes, más homogéneos, más desposeídos y más extremistas que sus precursores, deseosos de un Estado corporativo y afines al antisemitismo. El desprecio por la izquierda empujó a muchos jóvenes intelectuales de alta alcurnia a la militancia católica.

Precisamente, los orígenes de esta publicación son estudiados por María Ester Rapalo. Este artículo permite apreciar una experiencia editorial de ultraderecha que fue girando hacia formas radicalizadas de antisemitismo, xenofobia y represión política. En «La derecha durante la Década Infame, 1930-1943», Ronald Dolkart analiza lo que puede ser considerado la edad de oro de los nacionalistas. Sin embargo, obstáculos como la fragmentación de las organizaciones y la ausencia de un líder carismático les impidió la imposición de un programa nacionalista y los condenó a desaprovechar la favorable coyuntura de los años treinta. Dolkart sostiene que la derecha estuvo partida en dos bloques durante esos años. Ambas vertientes, frecuentemente enfrentadas, tenían «principios y objetivos en común y períodos de cooperación, pero con importantes diferencias en programas, actividades y prácticas políticas». Además de la relación con Inglaterra, otros temas dividían a ambas ramas de la derecha: la interpretación del pasado nacional, la influencia comunista, la guerra civil española, el fascismo en Europa, el papel de la Iglesia católica y la «cuestión social».

Por su parte, Daniel Lvovich desgrana las prácticas antisemitas de las organizaciones nacionalistas y las propiciadas por las propias agencias estatales. Tal fue el peso del antisemitismo en las organizaciones nacionalistas «que llegó a conformar un elemento central de su cosmovisión, junto al antiliberalismo y el anticomunismo». Hacia los años cuarenta «resultaba impensable intentar desarrollar una prédica nacionalista exitosa que no recurriera como arma de agitación al odio contra los judíos. El nacionalismo y el antisemitismo se habían vuelto inseparables, fuera por convicción ideológica de sus dirigentes y militantes, por una consideración oportunista derivada de lo que parecía ser un inminente triunfo del Eje en la guerra o por la imposibilidad de competir exitosamente por la fidelidad del público con otras organizaciones de extrema derecha sin recurrir al odio contra los judíos como herramienta movilizadora». En cambio, la derecha conservadora se mantuvo a distancia del antisemitismo nacionalista.

Richard Walter ofrece un panorama de las tensas relaciones entre la derecha nacionalista y el peronismo, entre 1943 y 1955. Estos vínculos estuvieron caracterizados sobre todo por el pragmatismo demostrado por Perón, que «lo llevaría al poder pero poco colaboraba en ganarle el aprecio de los nacionalistas, más ideológicos e inflexibles». Según Walter, Perón cooptó a los nacionalistas, se apropió de apartados de su programa y «sus apelaciones a la grandeza nacional, la soberanía y el liderazgo de una nueva generación», pero los relegó a puestos secundarios en sus gobiernos. A los nacionalistas les atraía el ataque a la oligarquía y al capital extranjero, y la educación religiosa promovida por Perón. Pero les resultaba intolerable el desarrollo de una base electoral amplia, su excesivo democratismo, su «benevolencia» con los judíos, así como su política exterior y el protagonismo de Eva Perón. Pero quizás lo que más les irritaba era la poca influencia que tenían en el gobierno y el partido peronista. Fue por eso que 1955 encontró a buena parte de los nacionalistas en la oposición, junto a varios sectores políticos que habían sido objeto de injuria permanente: izquierdistas, socialistas y radicales. En este artículo se intenta retomar la vieja discusión acerca del supuesto carácter fascista del peronismo, pero el debate aparece más esbozado que desarrollado. Walter esquematiza, brevemente señaladas, las dos posiciones y se apunta entre los que consideran el peronismo como una experiencia no fascista.

Los últimos dos trabajos, de Leonardo Senkman y Paul Lewis, respectivamente, sondean la vida de la derecha entre 1958 y la última dictadura militar. La caída de Perón en 1955 significó la transformación de la derecha en un organismo con tres rostros: liberalismo, sindicalismo peronista y nacionalismo, con crecientes niveles de violencia. Aquí Senkman vuelve a esgrimir la idea de la incapacidad de la derecha para establecer conexiones orgánicas fuertes entre las distintas fracciones burguesas, propiciando la «salida militar». Paul Lewis da cuenta de la participación de la derecha en los regímenes militares. En una suerte de división de tareas que se ha mantenido hasta hace pocos años, las áreas «técnicas» (como el Ministerio de Economía) eran asignadas a los liberales, y las áreas «políticas», como el Ministerio de Interior o Educación, a nacionalistas y católicos, más preocupados por el espíritu y el cuerpo político de una nación que siempre presentaban como asaltada por complots comunistas, masónicos y/o sionistas.

En El péndulo de Foucault, unos intelectuales viven una horrible pesadilla: todas sus fábulas e invenciones terminan por convertirse en realidad. En algún sentido que es también quijotesco, los protagonistas de esa novela son poseídos por sus propias lecturas en medio de una inquietante disolución de límites ente ficción y realidad. El remate de La derecha argentina («los esfuerzos desestabilizadores de los sectores derechistas no han cesado por completo; en una democracia "sitiada" y todavía en construcción, siempre parece estar al acecho el espectro de la tradición centenaria de la derecha argentina») parece retomar, como en un juego de espejos, la misma perspectiva conspirativa que caracterizó la mirada nacionalista de la historia.

01/11/2003

 
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