ARTÍCULO

Egipto, entre el sable y el turbante

The American University in Cairo Press, El Cairo y Nueva York
Bellaterra, Barcelona
Trad. de Elena Benítez
322 pp. 20 €
Vintage Books, Nueva York
Trad. ing. de Jonathan Wright
 

Los egipcios son un pueblo antiguo con una his-toria que se remonta siete mil años y, como todo anciano, tiene sabiduría para evitarse problemas en tanto en cuanto pueda vivir y criar a sus hijos. Solo cuando tienen la certeza de que no hay compromiso posible, hacen la revolución. Los egipcios son como los camellos: pueden soportar palos, humillaciones y hambre mucho tiempo, pero cuando se rebelan lo hacen de repente y con una fuerza imposible de controlar», escribe el novelista Alaa al Aswany, autor de la aclamada El edificio YacobiánTrad. de Álvaro Abella, Madrid, Maeva, 2007. Recensionada por Nieves Paradela en Revista de Libros, núm. 133 (enero de 2008), p. 44. en su reciente obra, On the State of Egypt. What Made the Revolution Inevitable, antología de los artículos periodísticos que ha ido publicando en la prensa egipcia en los dos últimos años. Toda la rabia ante la ineficacia del Estado que causa miles de muertos en accidentes evitables, la humillación de un pueblo tratado como granja de animales que puede dejarse en herencia, la oleada de huelgas en una escala no vista desde los primeros años cincuenta: una situación que hace la revolución inevitable e inminente, como escribió un día sí y otro también, en árabe, en las páginas de Ad Dustur y As Shouruk.
Lo que no supieron ver los gobiernos occidentales y era tan obvio para activistas como el prestigioso novelista, fue contado, apenas un año antes de que estallara el volcán de rabia que rugía bajo la aparente estabilidad del régimen, por el periodista británico John R. Bradley en Inside Egypt. The Land of the Pharaohs on the Brink of a Revolution. De fácil lectura, como el de Al Aswany, todas las lacras políticas y sociales son expuestas, desde la tortura brutal hasta la corrupción omnipresente, pasando por la dignidad perdida en lugares turísticos como Luxor, donde buena parte de la economía se basa en la prostitución masculina. Una faceta poco conocida, al igual que el acoso sexual que sufren las mujeres en las vías públicas de Egipto, denunciado repetidamente por Al Aswany y del que fue víctima una periodista norteamericana en la plaza Tahrir en los momentos finales de la llamada «Revolución del 25 de enero».
Ambos, además de clarividentes, son optimistas. Frente al discurso de Mubarak sobre la amenaza fundamentalista –«usted no entiende la cultura egipcia y lo que sucedería si yo me fuera», le dijo el presidente egipcio a Barack Obama en la única conversación telefónica que mantuvieron durante la revolución–, Bradley recuerda que el islam mayoritariamente practicado por el pueblo es una religiosidad sufí (mística y milagrera), dique espiritual de contención tanto del fundamentalismo político de los Hermanos Musulmanes como del ultraconservadurismo de las emergentes corrientes salafistas. Al Aswany recuerda también que en las elecciones libres previas al golpe de Estado de los Oficiales Libres en 1952, los votantes, por muy campesinos iletrados que fueran, siempre dieron la victoria al liberal partido Wafd.
Además de estos dos libros periodísticos dirigidos al gran público, merece la pena detenerse en otras dos obras, de naturaleza académica, que tratan extensamente los treinta años del régimen de Mubarak, no solo los tormentos cotidianos, sino también las tensiones internas que pueden estar aflorando en el momento posrrevolucionario actual y los desafíos económicos que deberá afrontar el liderazgo que surja tras la «transición ordenada» que pedía Obama. El título de la obra de la profesora francesa Sophie Pommier, afortunadamente traducido al castellano, es ya una declaración de principios: Egipto. Las cadenas de Prometeo. Cadenas económicas: la mitad de la población sobreviviendo con menos de dos dólares diarios; una economía incapaz de crear los ochocientos mil puestos de trabajo anuales imprescindibles para acoger a las cohortes de jóvenes que hinchan la población hasta niveles imposibles; una élite económico-política ciega a los crecientes desafíos.
Las cadenas políticas están muy bien subrayadas en el libro de Pommier, que apunta a las tensiones existentes entre «la vieja guardia», figuras tutelares del régimen, que desde hace unos años sufría la competencia de «la joven guardia», los «Gamal boys» seguidores del hijo del presidente y su presunto delfín. Una fachada civil del régimen militar instaurado por Nasser, parte de la cual se ha derrumbado tras el huracán que ha acabado con los Mubarak, padre e hijos, y buena parte del equipo dirigente del partido hegemónico, el Partido Nacional Democrático (PND, disuelto por orden judicial a mediados de abril), ahora en la cárcel. Es clarificador analizar las purgas que están teniendo lugar en Egipto a la luz de esas luchas dentro del PND entre «antiguos y modernos», entre inmovilistas y adeptos al «nuevo pensamiento» neoliberal, empresarios aglutinados en torno a Gamal Mubarak. Son, sobre todo, estos quienes están dando con sus huesos en prisión acusados de corrupción y, en algunos casos, de ordenar disparar contra los manifestantes en los recientes sucesos causando 846 muertos y más de seis mil heridos.
Una vez que en los años noventa quedó en evidencia el fracaso de la política económica nasserista –basada en la propiedad pública de las empresas y la sustitución de las importaciones más los subsidios a las necesidades básicas y una burocracia gigantesca que aspiraba a garantizar un puesto de trabajo a todos los graduados universitarios–, el régimen optó por la ortodoxia del llamado «consenso de Washington». Fue Gamal Mubarak, el hijo menor del presidente, el impulsor de esta política de liberalización económica y privatizaciones que comienza a aplicar en 2004 un gobierno diseñado por él y apoyado por el ascenso dentro del PND de sus protegidos procedentes del mundo empresarial.
El problema no fue solo la falta de transparencia y corrupción con que se implementó esta política y la oleada de protestas sociales que provocó, sino que el régimen se quedó sin legitimación, sin razón alguna que lo sostuviera más allá de la inercia de la continuidad, creando un vacío que es la razón última de los recientes acontecimientos. En su haber: un significativo crecimiento económico. En su debe: un endurecimiento político plasmado en 2007 en una reforma constitucional regresiva que privó a los jueces de toda capacidad de contrapeso al ejecutivo y dejó a los individuos sin protección ante la arbitrariedad del Estado.
Pommier habla también de recelos –y celos– entre el Ejército y los servicios de seguridad, apuntando al auge de estos últimos gracias a su papel en «la lucha contra el terror» impulsada por Washington mientras que el Ejército pasaba a un segundo plano en ausencia de amenazas militares creíbles. No está claro, sin embargo, que se pueda diferenciar tajantemente: los Servicios de Inteligencia General los dirigen los militares. Los últimos años estaban en manos del general Omar Sulayman, el brevísimo vicepresidente de Mubarak en los días previos a su caída y miembro significado de la vieja guardia. Es probable que esos recelos tengan más que ver con celos personales que con asuntos profesionales.
Según sabemos por Wikileaks, la embajada estadounidense en El Cairo consideraba al mariscal de campo general Tantaui (setenta y cinco años), ministro de Defensa con Mubarak durante veinte años y en la actualidad presidente del Consejo Supremo Militar que dirige el país hasta que se celebren elecciones legislativas y presidenciales el próximo otoño, «simpático y cortés», pero «muy conservador en lo político y en lo económico». Siempre según Wikileaks, los jóvenes oficiales denunciaban que primaba la obediencia sobre la eficiencia a la hora de los ascensos y lo llamaban «el caniche de Mubarak». Al parecer, tampoco le gustaba al general Petraeus, que quería una transformación técnica del Ejército para hacer frente a desafíos nuevos y diferentes al conflicto armado tradicional.
Esa lealtad supuestamente perruna no ha impedido al general Tantaui –en nombre del interés del país y bajo la presión de la revolución en la plaza Tahrir– empujar a Mubarak a marcharse y luego a arrestarlo, detener a sus hijos y a muchos de sus excompañeros civiles de gobierno. E incluso llamar a declarar, como testigo, al otrora poderosísimo general Omar Sulayman (¿celos?), al que la embajada estadounidense apreciaba por su cooperación en la «guerra contra el terror». Hay que constatar que, de «la banda de los cuatro», que según Pommier lideraba la «vieja guardia», solo queda Tantaui, quien, además de humillar a Sulayman, ha encarcelado a los otros dos miembros: Atef Abeid, antiguo primer ministro, y Zakariya Azmi, director del gabinete presidencial.
Parece obvio que las purgas que están produciéndose en Egipto son un ajuste de cuentas interno, además de una «respuesta a las demandas de los jóvenes revolucionarios del 25 de enero». El Ejército tiene muchos privilegios que defender, además de un presupuesto cuya cifra real se desconoce, aunque se presume muy importante, que se suma a los mil trescientos millones de dólares anuales en ayuda militar que reciben de Estados Unidos desde que se firmó la paz israelo-egipcia de Camp David en 1979: un emporio empresarial significativo heredado de la época de Nasser, importantes lotes de suelo costero urbanizable, viviendas subsidiadas, buena sanidad gratuita. Y puestos como consejeros de grandes empresas y como gobernadores cuando se jubilan. El Ejército, tradicionalmente opaco, exige discreción: en paralelo al encausamiento por la justicia civil de parte del círculo más íntimo de los Mubarak, un tribunal militar ha condenado a tres años de cárcel a un joven bloguero crítico con la institución y ha prohibido que se publique nada que le concierna sin antes darle el visto bueno.
Muy en línea con el fundador del régimen –Nasser mandó ahorcar a dos sindicalistas en cuanto llegó al poder y prohibió las huelgas–, el Supremo Consejo Militar ha vetado manifestaciones, protestas o paros que «perjudiquen la marcha del país». La unidad militar es la línea roja que ha impuesto a la nación: la violencia que provocó incluso muertos durante el desalojo de los manifestantes de Tahrir la madrugada del 9 de abril tiene que ver con el hecho de que en las filas de la protesta había varios oficiales de uniforme. Los propios jóvenes revolucionarios hicieron público después un comunicado pidiendo que los uniformados que tuvieran reivindicaciones las hicieran en los cuarteles, no en Tahrir. Washington confía en que los lazos creados en estas tres últimas décadas entre los militares egipcios y estadounidenses, más la significativa ayuda económica, le otorguen cierto margen de influencia en el devenir político egipcio.
A lo que no van a poder escapar las fuerzas armadas egipcias que ahora se distancian de las políticas neoliberales corruptas y represivas del período Mubarak –el periódico Al Ahram ha filtrado un presunto exabrupto de Tantaui hace tres años en un consejo de ministros presidido por el ahora encarcelado Ahmad Nazif, según el cual se estaría «vendiendo a precio de saldo la tierra que hemos liberado con nuestra sangre»Galal Nassar, «The army’s side of the story», Al-Ahram Weekly, núm. 1.043, 14-20 de abril de 2011, accesible en http://weekly.ahram.org.eg/2011/1043/eg4.htm. – es a la terca realidad económica, que analiza muy bien otro libro importante, Egypt and the Politics of Change in the Arab Middle East, obra del embajador Robert Bowker, que ha desempeñado sus funciones en El Cairo y otras capitales árabes.
Se trata de un estudio pausado y reflexivo, de amplio alcance, que, entre otras cosas (lleno de datos, cuenta, por ejemplo, que en España se traducen anualmente más libros que los traducidos al árabe en los últimos mil años), pone el dedo en la llaga de la dificultad de conciliar la democracia con la dura política económica considerada necesaria para sacar adelante al país. «Hay que reconocer que, sin un mandato democrático cierto, los reformadores económicos necesitan protección política. Si a las poblaciones se les diera más libertad política en las actuales, y potencialmente aún más duras, -condiciones económicas habría presiones para dar marcha atrás en varias reformas económicas claves –sobre todo la desaparición de los subsidios a la gasolina y los alimentos– y para suavizar la estricta disciplina fiscal en el gasto del Gobierno», escribe Bowker.
Para quien desee profundizar en ciertos aspectos que en general están bien tratados tanto por Pommier como por Bowker, habría que recomendar Political and Social Protest in Egypt y Egypt After Mubarak, excelentes obras académicas, con el mérito añadido de basarse en fuentes, orales y escritas, árabes. La primera es un libro colectivo que, como su nombre indica, recorre el reciente panorama político y social, y permite interpretar mejor los titulares que desde enero llegan de Egipto y que –previsiblemente– seguirán llegando los próximos meses, si no años.
La obra presenta el pacto en la mitad de la pasada década entre demócratas liberales, izquierdistas y la joven guardia de los Hermanos Musulmanes, plasmado en el movimiento Kefaya (¡Basta!), una especie de ensayo general de la reciente revolución, y un análisis detallado de los desafíos y escisiones dentro de sus filas a que se enfrentan los Hermanos Musulmanes en su intento de ser todo para todo el mundo en todo momento. Su eslogan «El islam es la solución» no define los problemas y permite la libre interpretación: para el obrero es la justicia social; para el empresario, ley y orden; con Nasser se defendía una política y con Mubarak, la contraria. Se analiza también el activismo copto y los riesgos de incremento en los conflictos sectarios y el movimiento sindical independiente.
De gran interés es Egypt After Mubarak, que lleva el sugerente subtítulo Liberalism, Islam and Democracy in the Arab World, del profesor Bruce K. Rutherford, quien, tras un riguroso análisis del constitucionalismo liberal egipcio defendido por el Club de Jueces desde 1968, único contrapoder efectivo durante las décadas de dictadura, lo compara con el constitucionalismo islámico desarrollado por cuatro intelectuales próximos a los Hermanos Musulmanes. Uno de ellos es el conocido telepredicador de la cadena al Yasira, Yusuf al Qardaui, que acudió desde Qatar a dirigir la oración del viernes en la plaza de Tahrir al día siguiente de la caída de Mubarak. Otro es el historiador y juez Tariq Al Bishri, uno de los miembros elegido por el Consejo Supremo Militar para el restringido equipo que elaboró las reformas constitucionales aprobadas en referéndum el pasado 19 de marzo.
La conclusión de Rutherford, muy convincentemente explicada, es que en la práctica hay convergencia entre ambos constitucionalismos: imperio de la ley, limitación del poder del Estado, independencia judicial. Esto, junto al liberalismo económico, debería facilitar el advenimiento de la democracia en Egipto incluso en caso de victoria electoral de los Hermanos Musulmanes. Un problema insalvable, sin embargo, es la diferencia filosófica radical del punto de partida: el constitucionalismo liberal protege al individuo del poder del Estado, mientras que en el islámico el Estado es un agente moralizador que debe propiciar una sociedad de individuos piadosos. En resumen, una teoría de la «hisba» (imponer el bien y prohibir el mal), un Estado invasivo.
«Dictadura, remedio extremo en las desgracias extremas, era una divinidad que descendía del cielo para solucionar las cosas confusas», escribió Montesquieu. Una alianza entre el sable –los militares– y el turbante –los Hermanos Musulmanes– es un posible desenlace que asusta a los demócratas. Sería una variante del régimen derrocado en el que el presidente Mubarak tenía el poder y los Hermanos Musulmanes la sociedad. La dictadura parece, a día de hoy, imposible. Y la democracia liberal, improbable. Solo existe la certeza de que los egipcios, como escribe la profesora egipcio-estadounidense Afaf Lufti-al Sayyed Marsot, son «un pueblo resistente; cualquier país que sea capaz de soportar un incremento de población de más de veinte millones de personas en una década sin que sus cimientos se vengan abajo es que tiene mucha entereza»Historia de Egipto. De la conquista árabe hasta el presente, trad. de Carlos Ossés, Madrid, Akal, 2008. Véase también Bárbara Azaola Piazza, Historia del Egipto contemporáneo, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2008..

01/06/2011

 
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