ARTÍCULO

Estados Unidos Hispanos

 

En 1968, el presidente Lyn­don B. Johnson propuso al Congreso de Estados Unidos la proclamación de una Semana Nacional de la Herencia Hispánica. La idea arraigó y en 1988 se decidió que las celebraciones tuvieran lugar a lo largo de todo un mes, del 15 de septiembre al 15 de octubre. La finalidad era poner de relieve la fuerza del legado cultural hispánico, sin el que no es posible entender Estados Unidos. Este año, con ocasión del Mes de la Herencia Hispánica, la Oficina del Censo norteamericana hizo públicos una serie de datos que reflejan la fuerza que está adquiriendo la comunidad hispana de aquel país.
En 1990 había 22,4 millones de hispanos en Estados Unidos, cifra que se había duplicado en un período de veinticinco años, con lo que la minoría latina pasó a ser la más numerosa del país. A fecha de 1 de julio de 2006, el número de hispanos alcanzó los 44,3 millones, es decir, el 15% del cómputo nacional, que no incluye a los 3,9 millones de puertorriqueños que viven en el Estado libre asociado. Según cálculos de los expertos, el 1 de julio de 2050 habrá 102,6 millones de hispanos en Estados Unidos, cifra que equivaldrá al 24% de la población total. Esta explosión demográfica obedece a dos factores: a) la elevada tasa de natalidad que se da en la comunidad hispana, y b) la fuerza de los flujos migratorios procedentes de América Latina. En cuanto al primer vector, la tasa de natalidad de los hispanos es cuatro veces superior a la media nacional. En el período comprendido entre el 1 de julio de 2005 y el 1 de julio de 2006, de cada dos niños que nacían en Estados Unidos, uno era hispano. Durante el mismo período de tiempo, el número de latinos se incrementó en un 3,4%, la mayor tasa de crecimiento de todos los grupos de población estadounidense. Por otra parte, en 2006 la edad media de los latinos era de 27,4 años, en tanto que la media nacional era de 36,4, factor que influirá en el crecimiento numérico de la comunidad hispana.
El fuerte aumento demográfico de la comunidad hispana es la causa directa de la formidable expansión que está experimentando el español en Norteamérica. En estos momentos, Estados Unidos es el segundo país del mundo por lo que a población hispana se refiere, tan solo por detrás de México. Por otra parte, se calcula en algo más de 32 millones el número de habitantes que residen en territorio norteamericano cuya primera lengua es el español, lo que a fecha de hoy convierte a Estados Unidos en el quinto país del mundo en cuanto a número de hispanohablantes, después de México, Colombia, España y Argentina. Se trata de una posición provisional. Dado el mayor crecimiento demográfico de la comunidad hispana con respecto al de Colombia, España y Argentina, se prevé que en un período breve de tiempo Estados Unidos pase también a ser el segundo país del mundo en número de hispanohablantes.
En mayor o menor grado, ya que hay una considerable fluctuación por lo que se refiere al dominio del inglés o el español, una buena parte de los latinos de Estados Unidos son bilingües. Lo llamativo, dentro de esta situación, es que, independientemente del grado de dominio de una u otra lengua, en todos los puntos de la escala bilingüe, está produciéndose un claro desplazamiento hacia el refuerzo del español. En el vértice superior de la ecuación, el de los bilingües perfectos, grupo constituido por profesionales con titulación superior, se da una preocupación por un dominio cualificado del español. En el punto más bajo, el de los inmigrantes recién llegados, el desconocimiento del inglés tiene dos efectos beneficiosos para la expansión del español: por una parte, renuevan la vitalidad de la lengua en el seno de la comunidad latina; por otra, provocan un aumento de la demanda de español como lengua extranjera entre la población anglófona, que necesita comunicarse con ellos en el ámbito laboral.
En los puntos intermedios de la escala, como es el caso de los latinos que han perdido en mayor o menor medida el español, se observa una preocupación creciente por recuperar la lengua de sus ancestros. Este fenómeno tiene un efecto positivo colateral, por cuanto supone un refuerzo de la retención del español entre los inmigrantes de primera generación, quienes a su vez ponen particular empeño en mantener la lengua viva entre sus hijos.
Todo ello obedece a un fenómeno relativamente reciente: el cambio de actitud de los latinos hacia su lengua de origen por razones de orgullo cultural. En las dos últimas décadas, la actitud de los hispanos hacia su asimilación en la sociedad norteamericana ha experimentado un cambio dramático. Hasta hace poco, la tendencia era a abandonar el español, como parte de un proceso de asimilación urgente a la cultura dominante, proceso que pasaba por abrazar el inglés a expensas del español. Cada vez es menos así. No es que nadie considere que el inglés no es importante, ya que tal figura no se da (aunque hay regiones de Estados Unidos, como Miami, donde sí existen bolsas enteras de población hispana que habitan en un universo paralelo donde no hace falta el inglés). Lo que sí se da de manera notoria es una resistencia cada vez mayor a renunciar a la lengua castellana y a las culturas de que es vehículo.
Hoy día se constata entre los latinos un vivo deseo por preservar y reforzar la cultura en español, legado que se considera como un territorio de afirmación y resistencia. Cuando hablo de afirmación y resistencia me refiero a la adherencia a una visión del mundo característicamente latina, por contraposición a una visión del mundo anglosajona. El español es la marca de identidad más visible de una cultura panhispánica que es el resultado de una amalgama e integración de elementos de diverso origen nacional.
En Estados Unidos el español goza de un estatus fronterizo entre las categorías de lengua materna y lengua extranjera. En realidad es y no es las dos cosas a la vez, y cuando es una u otra, lo es de una manera sumamente peculiar. Que el español no es ni ha sido nunca una lengua extranjera en América del Norte lo ponen de relieve la toponimia y la historia. Una fugaz mirada al mapa basta para constatar la inconfundible filiación de nombres como Colorado, San Francisco, Nevada o Los Ángeles, por citar sólo unos pocos lugares. Los primeros textos acerca de cualquier parte de lo que es hoy territorio estadounidense no se redactaron en inglés sino en castellano, por autores españoles de los siglos xvi y xvii como Alvar Núñez Cabeza de Vaca y ­Gaspar Pérez de Villagrá, entre otros. Hoy día, el español se habla en el 12% de los hogares norteamericanos, lo que lo convierte por derecho propio en la segunda lengua materna del país. En cuanto que lengua extranjera, el estatus del español es también sumamente peculiar. El primer dato a resaltar es que la demanda de su enseñanza se sitúa muy por encima del resto de las lenguas extranjeras. Tanto dentro como fuera del sistema educativo, e independientemente del nivel que se consi­dere, la predominancia del español sobre las demás lenguas es tan absoluta que en círculos políticos y académicos ha habido quienes han expresado preocupación por un posible descuido con respecto a la enseñanza de los demás idiomas.
No hay tal cosa. Lo que hace que la demanda de español se sitúe tan por encima de la de otras lenguas es que las razones que llevan a los norteamericanos a estudiarlo no son las que normalmente se tienen para querer adquirir una lengua extranjera. De hecho, los norteamericanos siguen teniendo la misma falta de curiosidad por aprender idiomas que siempre. Su interés por aprender español es muy real, no hay duda de ello, pero no obedece al deseo de adquirir una nueva lengua, sino a la acuciante necesidad por parte de amplios sectores de la sociedad de comunicarse con el ingente número de hispanos que no habla inglés. Esta urgencia ha sido la causa directa de la creación de una industria dedicada a la enseñanza rápida de un español básico. Se calcula en un centenar el número de empresas cuyo objetivo es facilitar a profesionales cualificados las destrezas mínimas que les permitan comunicarse a nivel elemental con trabajadores hispanos que no saben inglés. Se trata de una enseñanza que no se ajusta para nada a estándares académicos de calidad. Su objetivo es satisfacer necesidades primarias de comunicación en el mundo laboral, en ámbitos como las finanzas, la sanidad y las instancias legales o gubernamentales, entre otras.
A la fuerza numérica de la inmigración de origen latinoamericano, hay que añadir su dispersión geográfica, un fenómeno relativamente reciente. Hasta hace poco, la población hispánica estaba circunscrita a enclaves perfectamente localizados, en su mayoría urbanos. Hoy día los latinos se encuentran distribuidos por la totalidad del territorio nacional, incluidas amplias áreas rurales. En una zona tan remota como el Estado de Washington, en el extremo occidental de la frontera con Canadá, la población hispana, no hace mucho inexistente, ronda ya el diez por ciento. La dispersión por todo el país de sucesivas oleadas de inmigrantes que no hablan inglés está transformando de manera radical el mapa nacional estadounidense, confiriéndole un rostro cada vez más latino.
La dispersión demográfica lleva consigo la diseminación lingüística y cultural. Por toda la geografía nacional surgen sin cesar nuevos medios de comunicación y expresión cultural, en sus formas más diversas. En este ámbito también hay que hablar de una verdadera explosión. Las emisoras de radio han doblado su número en una década. En la actualidad rondan las 550. El aumento de emisoras de televisión es de un 70%, unas 55, según estimaciones de la industria. Estas cifras no incluyen la televisión por cable o por satélite, ni las numerosas radios y televisiones que emiten un segmento de su programación en español. Walt Disney World –lo digo a título de síntoma– tiene una página web en español.
Las cifras que manejo, incluidas las del censo, son aproximativas, en el sentido de que crecen a tal velocidad que se quedan casi instantáneamente obsoletas, pero, por llamativo que resulte, no se trata de una mera cuestión de números. Uno de los aspectos más interesantes de la expansión del español en Estados Unidos tiene que ver con la mejora de su calidad. De manera gradual, el español está convirtiéndose en una lengua de prestigio. Hasta hace poco, se tendía a pensar en lo hispánico, lingüística y culturalmente, como una manifestación de segundo orden, en parte porque la inmigración se debía a razones de extrema pobreza, y la inmensa mayoría de los recién llegados habían tenido un acceso muy limitado a la educación y a la cultura.
Por poner un ejemplo, el establecimiento de una sólida comunidad hispanohablante está reforzando el uso y mejora del español literario. La existencia de un público lector ha hecho que la industria editorial en español tenga cada vez más peso. Es en esta área donde se hace más patente la preo­cu­pa­ción por la calidad del español. De hecho, cada vez hay más lectores. Hace unos meses la organización America Reads Spanish y el Instituto Cervantes de Nueva York publicaron una guía esencial de los quinientos títulos de obras literarias más importantes de todos los tiempos escritas en español. La publicación está en inglés porque responde a una demanda urgente por parte de los bibliotecarios que tienen que atender a usuarios que leen en nuestra lengua. Otro fenómeno que vale la pena destacar es la existencia de un número considerable de escritores que escriben en español y residen en Estados Unidos.
No puede hacerse una reflexión de conjunto sobre lo que está sucediendo con el español en Estados Unidos sin señalar que el país del norte es profundamente consciente del valor de nuestra lengua como vehículo de expresión de las distintas culturas de América Latina. La lengua española alcanzó su plenitud y verdadero ser cuando se trasladó al otro lado del Atlántico y se hizo americana. La fuerza del español es consecuencia directa del hecho de que es la lengua de expresión de una veintena de países americanos. Desde mi punto de vista, Estados Unidos está experimentando un proceso creciente de latinización y la expansión del español constituye una parte esencial de dicho fenómeno.
Al contrario de lo que ocurrió con el latín medieval, que se disgregó dando origen a las diversas lenguas romances, en Estados Unidos está surgiendo actualmente una segunda latinitas de signo integrador. Postulo que está forjándose en aquel país una nueva nacionalidad latinoamericana y una nueva variedad lingüística del español. La comunidad latina de Estados Unidos es un conglomerado resultante de la fusión de los hispanos que llevan tiempo instalados en el país (algunos más de siglo y medio) con los emigrantes que siguen llegando sin cesar de las más diversas regiones del Caribe, América Central y Suramérica. Las distintas culturas nacionales tienden a relacionarse entre sí de manera espontánea, y están creando una entidad híbrida de signo panhispánico, claramente diferenciada de la de los países originarios. Se trata de un fenómeno en pleno proceso, que tardará en cristalizar, pero ya son palpables muchos signos de la nueva identidad. De manera semejante a lo que sucede con la cultura, defiendo que en Estados Unidos está forjándose una variedad de español autóctona, resultante de la amalgama de sus distintas variedades regionales. La necesidad de dar con una modalidad de español con la que se sientan cómodos todos los hispanos empieza a ser perceptible en los medios de comunicación. Un buen ejemplo son las emisiones de la CNN en español, retransmitidas desde Atlanta para todo el mundo hispanohablante, en las que se recurre a una suerte de español neutro. Otros ejemplos son el lenguaje que se busca en ciertos sectores de la prensa escrita (como ocurre en Nueva York), o el de las traducciones de las obras escritas por narradores latinos cuya lengua de expresión es el inglés, y que buscan verterse a un español que trascienda las marcas de identidad regional.
Por supuesto, lo tangible es la existencia de enclaves específicos ocupados por comunidades diferenciadas: mexicano-americanos, dominicanos, puertorriqueños, colombianos o cubanos, entre otros. Podría considerarse que grandes zonas de California, Texas, Nuevo México o Miami, así como barrios enteros de Washington, Chicago, Nueva York y otras ciudades son provincias o comarcas delimitadas por fronteras porosas, que forman parte de una macrorregión panhispana estadounidense. En todas ellas está dándose de manera incipiente un movimiento transversal de acercamiento lingüístico y cultural. Puede considerarse que estas regiones son zonas de fricción donde está en marcha, junto a los procesos de unificación lingüística, un proceso de uniformización cultural. Así mismo puede hablarse de cine español, literatura chilena o teatro argentino, puede hablarse de arte, cine, teatro, música y literatura específicamente hispano-norteamericanos. En general, en todas las áreas de expresión artística y cultural están creándose movimientos autóctonos, que llevan el sello de lo hispano. Puede considerarse que los latinos de Estados Unidos constituyen una nación dentro de una nación, una unidad con una entidad cultural propia, integrada sin traumas y de manera positiva en la gran nación norteamericana, a la que se sienten orgullosos de pertenecer. Estados Unidos es, crecientemente, un país bilingüe y bicultural. Cuanto tiene que ver con la lengua española y una visión hispana o latina de las cosas es parte integral de la realidad de cada día de una manera cada vez más poderosa y prestigiada.

Este texto aparecerá como prólogo de la Enciclopedia del Español en Estados Unidos que publicará próximamente el Instituto Cervantes.

01/11/2007

 
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