ARTÍCULO

De lirios y cruces

Espasa Calpe, Madrid, 1999
207 págs. 2.300 ptas.
 

Habrá lectores que, embargados, seguramente, por su propio sentido de la responsabilidad histórica, se calzarán los coturnos más altos y más clásicos que tengan a mano para leer esta obra, La cruz y el lirio dorado. No es esa la lectura que yo recomiendo. De hecho, los Médicis y los Pazzi de esta novela, su santidad Sixto IV, los truculentos asesinos a sueldo y los no menos truculentos frailes, a pesar de los Maquiavelo, Alfieri y Poliziano, a pesar de las reflexiones sobre el papado y la burguesía florentina, a pesar de la tranquilizadora presencia del Duomo de Florencia, a lo que más se asemejan es al F.F. Coppola de El Padrino III. Recuerdan, y mucho, los líos de la Banca Vaticana, los líos de la compañía Immobilare, los desamores del matrimonio Corleone (Al Pacino y Diane Keaton), recuerdan incluso la carrera artística del joven Tony Corleone, que decide que su vocación lo llama por los caminos de la ópera, y, por consiguiente, lo aleja de los turbios negocios de la mafia. No se piense que es mala comparación.

Fernando Fernán Gómez no se ha propuesto establecer una verdad histórica, no se lo ha propuesto, al menos, en lo que se refiere a las distribuciones de las culpas de los implicados en los sucesos que relata, asunto que ha apasionado a cuantos han narrado los incidentes que dan cuerpo a la historia; antes al contrario, parece desprenderse de la lectura de la obra que si los resultados hubieran sido diferentes, si Lorenzo el Magnífico hubiera sido asesinado, el rumbo moral de todos y cada uno de los personajes supervivientes no se habría alterado de forma significativa; a fin de cuentas, el asunto habría quedado en familia, y unos primos habrían salido más beneficiados que otros, pero eso habría sido todo. Las circunstancias de la colectividad no habrían sufrido un cambio perceptible. La ciudad y el mundo habrían seguido su curso ordinario exhibiendo toda la indiferencia de un cuerpo social que tenía más que previstos y más que descontados acontecimientos como los que se describen en la novela. Pero, entonces, si no lo es la verdad, ni la reconstruccion erudita del pasado, ¿cuál es la naturaleza del interés histórico que esta narración solicita del lector? Es algo que inevitablemente también ha buscado buena parte de los narradores de novelas históricas. No se trata de hallar en estas páginas una época del pasado en la que se cumpla todo lo que en el presente se eche de menos, no se trata de recrear una época que se añore, nada de eso, el pasado que se recrea en esta obra brinda una correspondencia minuciosamente sórdida con los peores momentos del presente. Las luces del Renacimiento se enriquecen con la luz indirecta de Brooklyn o Las Vegas, con luces algo más remotas de Hollywood. Los intereses y pasiones renacentistas se asimilan a los intereses y pasiones del siglo XX.

Pero si el interés histórico es relativo, el interés por los personajes no llega a arrancar al lector nada más que un moderado entusiasmo. Por ejemplo, un asesino, Montesecco, con una impecable ejecutoria de fechorías, pero con un corazón tan bueno y tan noble que se niega a cometer un asesinato en una iglesia, no es cosa que pueda provocar pasiones por el estudio de la fenomenología del arrepentimiento. Algo más de gimnasia freudiana (de mantenimiento) exigirá del lector dar cuenta de la curiosa pirueta moral de un joven, Stefano Maffei, quien profesa como dominico, y, para obedecer a su padre, renuncia, al convertirse en fraile, al amor de su vida, Claudia; y renuncia asimismo a seguir una vocación secreta que lo empujaba hacia el tablado de los teatros. A este dominico cobardón lo halla el lector, a la vuelta de la esquina, como quien dice, dispuesto, lisa y llanamente, a asesinar nada menos que a Lorenzo el Magnífico, en la iglesia, para dirimir una disputa de influencias de las dos familias más poderosas de Florencia. El escrupuloso dominico que no se atrevía a llevar la contraria a su padre se traduce de la noche a la mañana en el desalmado asesino que se atreve a hacer lo que ni siquiera el encallecido rufián Montesecco tuvo valor para hacer. Una flaqueza de última hora, cobardía, no arrepentimiento, le impide al dominico consumar el crimen. Pero no es del todo imposible que Freud sepa explicar también esto: «Yo he obrado sin mi cerebro y sin mi corazón. Yo estoy libre de culpa. ¡Salvadme a mí! ¡Yo no soy un asesino! Soy sólo una cosa, un arma esta vez, pero no mía, ¡un arma de la Iglesia! ¡De la Santa Iglesia de Dios!». Con una ironía acaso excesiva, el destino de Stefano Maffei se cumple ahora en la horca sobre el tablado del patíbulo, no sobre el tablado de un teatro; pero si al teatro no le dejó llegar su pusilanimidad, tampoco es manca ironía que su cobardía lo conduzca ahora al patíbulo. Sin embargo, sí llegó a los tablados del teatro Claudia, el amor juvenil del dominico, quien supo hallar el sentido de su vida en la farándula, «se la veía feliz, radiante...», porque ella sí tuvo el valor necesario para romper con los lazos familiares, porque tuvo valor también para romper con el sucedáneo del amor, el amor platónico, que le proponía el joven Stefano Maffei. A pesar de tamaña suerte, una consideración piadosa del destino de Tony Corleone (El Padrino III), quien se atrevió a desobedecer a un padre (Al Pacino) seguramente no menos formidable que el de Stefano Maffei, y quien tuvo el valor de consagrar su vida a su pasión por la ópera, no deja de informar al lector de que la obediencia a la propia vocación no es necesariamente una salvaguardia contra la desdicha y la infelicidad; y el lector, acaso animado por un puñado de buenos sentimientos, al recorrer las últimas páginas de la novela, desearía tener la misma fe que el autor de esta obra en esas virtudes más que terapéuticas que graciosamente se le atribuyen al teatro.

01/05/1999

 
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