ARTÍCULO

El avispero vasco

 

Para estos dos profesionales del periodismo, Lizarra constituye una «frontera» en la vida política y social del País Vasco, cuyas razones, circunstancias y consecuencias analizan con precisión y profundidad. Estamos ante una recopilación de artículos periodísticos de los dos corresponsales del diario El País, excelentes y apasionados conocedores de la sociedad vasca de las últimas tres décadas. José Luis Barbería, después de su corresponsalía parisina, sigue observando lo que nos pasa a los vascos desde su atalaya donostiarra. Patxo Unzueta, aunque acabó su estancia bilbaína en 1986 para trasladarse a la sección de opinión en Madrid, nunca ha abandonado realmente el botxo, porque no ha cejado en su empeño de, al menos, entender mejor lo que nos rompe a los vascos, ayudándonos a todos a hacerlo y, por supuesto, a manejar esta situación tan compleja y dramática. Ambos comparten muchas cosas, pero, sobre todo, una misma pasión de ejercer un periodismo comprometido con la verdad, la justicia y la libertad, como fundamentos del pluralismo de una sociedad plenamente democrática y moderna. José Luis Barbería ha publicado con Joaquín Prieto El enigma del «Elefante». La conspiración del 23-F (1991) y Patxo Unzueta se ha prodigado más en escritos sobre el País Vasco: Sociedad vasca y política nacionalista (1987), Los nietos de la ira (1988), El terrorismo: ETA y el problema vasco (1997) y, con Jon Juaristi y Juan Aranzadi, Auto de Terminación (1994), verdaderamente premonitorio de lo que nos habría de pasar. El libro se estructura en seis capítulos, que ordenan los treinta y tres escritos y artículos de distinta procedencia, publicados previamente por ambos a partir, precisamente, del acuerdo nacionalista de Lizarra. La mayoría son artículos y reportajes publicados en el diario El País, pero los cuatro más densos proceden de la adaptación de trabajos de factura distinta, ocupando casi un tercio de las cerca de trescientas páginas dedicadas al análisis. El primer capítulo sobre «La frontera de Lizarra» comienza, precisamente, por uno de éstos, cuyo título emula el clásico de Lenin, «¿Qué hacer?», recuperando gran parte de los argumentos utilizados en la polémica sostenida por Patxo Unzueta con Juan Aranzadi y recogida en el número 109 de la revista Claves a principios de 2001. El segundo capítulo sobre «El jardín nacionalista» lo ocupa casi íntegramente «Kain eta Abel», actualización de una ponencia presentada en el simposio sobre Comunidad/Contracomunidad celebrado en la Duke University (Carolina del Norte) en la primavera de ese mismo año. Los otros dos jalonan el principio y el final del capítulo quinto sobre el «Soberanismo sobrevenido», en los que se adaptan «Crítica y autocrítica de la autodeterminación» y «El discurso de la satisfacción», publicados en 1999 y 2002, respectivamente, en Cuadernos de Alzate (números 21 y 25). La obra acaba dedicando casi una cuarta parte de sus 367 páginas a los apéndices documentales, estadísticos y analítico. En «Euskadi en cifras» seleccionan, de una forma no siempre ortodoxa ni con las fuentes más adecuadas, los indicadores que sirven para ilustrar sus argumentos de tipo demográfico, lingüístico, económico, policial, violento, electoral o de opinión, constituyendo una guía muy práctica para lectores poco conocedores de la sociedad vasca. El apéndice documental proporciona, muy acertadamente, documentos publicados por los medios de comunicación en esta etapa que constituye el objeto de su análisis: el PactoPNV-ETA de agosto de 1998 y sus adendas, la llamada Declaración de Lizarra-Garazi de 12 de septiembre de 1998 y la relación de sus firmantes, el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo entre los dos grandes partidos nacionales (PP y PSOE) de diciembre de 2000 y un extracto de la primera propuesta de Ibarretxe sobre el Nuevo estatus de libre asociación para Euskadi de septiembre de 2002, que constituye el anticipo del texto articulado de reforma (?) estatutaria presentado en el Parlamento Vasco en octubre de 2003. El libro termina con un utilísimo índice analítico que ayuda al lector a encontrar respuesta rápida a muchos de los temas e interrogantes que enredan y ensombrecen esta compleja realidad vasca, especialmente en su última etapa. El hilo conductor y argumental de esta sarta de temas y artículos nos lo ofrecen los autores en el prólogo de la obra. En él argumentan de forma convincente el porqué de Lizarra y su fracaso. Ante todo, para los autores, con el giro de Lizarra no se hace más que recuperar una continuidad con planteamientos anteriores del nacionalismo gobernante, en los que, ya desde la transición, se ligaba el fin de la violencia y el asentamiento de la convivencia a la obtención de nuevas cotas de autogobierno. De otra manera, paz por más nacionalismo, concretado desde mediados de los noventa por Juan María Ollora con la hipótesis de que la clave de la solución era el reconocimiento del derecho de autodeterminación. Acabado el ciclo socialista e iniciado el del PP, el PNV decide «moverse y arriesgar» y, como bien dicen los autores, «la idea parecía ser que había que tomar iniciativas a favor del fin de la violencia pero evitando que implicasen un enfrentamiento directo del nacionalismo democrático con el nacionalismo violento». No habiendo sido posible ni funcional hasta ese momento la unidad nacionalista, lo que sí se había evitado por todos los medios era la ruptura de fondo en la comunidad nacionalista, como una salvaguarda estratégica ante eventuales riesgos. Pero, en efecto, los riesgos comenzaron a aparecer, primero, con el golpe asestado a ETA por el último gobierno socialista en Bidart (1993), más tarde (1995) con la activación del terrorismo de sustitución (o kale borroka ), que era especialmente dañino para los intereses y la seguridad del tejido local del nacionalismo gobernante, pero, sobre todo, tras el triunfo del PP y la rebelión cívica provocada por el secuestro y asesinato (1997) del concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco. En palabras de los autores, «esa movilización alertaría al PNV del riesgo de que la derrota política de ETA arrastrase la de todo el nacionalismo», empezando por producir una alternancia en las instituciones del autogobierno. Así pues, el vértigo ante la pérdida del poder, más, si cabe, que el de convertirse en víctimas directas de ETA y su red de persecución, o que ésta llegase a su fin sin ningún beneficio político, es lo que está detrás del giro político que encamina al nacionalismo hacia Lizarra. Lo que los autores no dicen es que, en el fondo, este vértigo y este recurso al pacto con los violentos para salvar el control institucional del país no es más que el reconocimiento del fracaso del nacionalismo para «nacionalizar» una sociedad que se les resiste, a pesar del miedo y de su control social omnímodo. Si estas eran las razones del porqué de Lizarra, su fracaso tras el final de la mal llamada «tregua» de ETA, dejó en evidencia y sin sentido todo el montaje del nacionalismo, pero, sobre todo, la política vasca entró en una nueva fase caracterizada por la división «entre quienes consideran necesario derrotar a ETA y quienes temen que tal cosa ocurra». Esta división rompe no sólo la política vasca, sino a la propia sociedad civil, a pesar de lo cual el nacionalismo institucional protagoniza una huida hacia delante en clave de deslegitimación institucional del autogobierno, de rechazo a la persecución del entramado civil de terrorismo y de ruptura soberanista del actual marco estatutario y constitucional sin la más mínima posibilidad de consenso y, en todo caso, con una dudosa y artificial mayoría parlamentaria. Pero, como dicen los autores, «lo que fracasa en Lizarra no es sólo una estrategia del PNV, sino un planteamiento compartido por la mayoría de los partidos, la prensa democrática, con algunas excepciones, y buena parte de la opinión pública: la idea de que es posible hacer entrar en razón a ETA con una combinación de medidas políticas y policiales». La experiencia demostró que era una ilusión esperar del totalitarismo tal ejercicio de racionalidad y que tales concesiones no sólo no sirvieron para convencer a ETA, sino que tampoco consiguieron que su brazo político se distanciase de ella y su legitimación, a pesar del riesgo de su disolución judicial. La persecución judicial y la ilegalización política de Batasuna no es más que la consecuencia lógica de tal fracaso, a pesar de lo cual el nacionalismo gobernante no hace más que profundizar en su estrategia de exclusión y control nacionalista, en tanto en cuanto «tal vez el PNV desea la ilegalización con su voto en contra; para garantizar que será el destinatario de los votos de esa formación, una vez disuelta». En efecto, lo que no sirvió para acabar con la violencia, sino, por el contrario, para oxigenarla y exacerbarla, resultó muy funcional para reforzar-unificar la hegemonía electoral del nacionalismo bajo la cínica coartada de restarle apoyos a los violentos, permitiéndole al nacionalismo institucional salvar sus muebles con una mayoría parlamentaria que no le permite gobernar con normalidad. En estas condiciones, el nacionalismo gobernante, en lugar de revisar su estrategia, la acelera sin importarle, o quizá buscándolo, que «la iniciativa de Ibarretxe traslada la fractura que ya existía entre los partidos a la sociedad» en una clave plebiscitaria y excluyente. Como bien dicen nuestros autores, «se trata por tanto de un planteamiento sectario y peligroso. No se argumenta por qué sería necesario modificar un marco que ha sido capaz de suscitar el consenso de partidos que representan a más del 80 por 100 de la población, para sustituirlo por otro que, como máximo, contaría con el acuerdo de los representantes del 50 por 100, y ello para dar satisfacción al 10 por 100 por el único motivo de que lo que reclama lo hace mediante la violencia». De este modo, la deslegitimación, la ruptura, la crispación, la inestabilidad y la incertidumbre se han enseñoreado de la sociedad vasca, además del miedo y la falta de libertad que una parte muy importante lleva décadas padeciendo, sin que tal anomalía pareciera tener suficiente importancia para los responsables institucionales. El miedo y los estragos de la violencia son, precisamente, los argumentos del primer capítulo del libro sobre «La frontera de Lizarra», en el que, tras explicar en «¿Qué hacer?» cómo el fracaso de la estrategia nacionalista de convencer a ETA era algo perfectamente previsible, se pasa revista a los efectos de la cultura de la violencia sobre la Ertzantza, los socialistas, los periodistas o el conjunto de la sociedad, en términos de miedo, de pérdida de libertad, donde miles de ciudadanos viven con escolta y donde la kale borroka es otra forma de terrorismo. En «El jardín nacionalista», título del segundo capítulo, los autores dedican sus dos epígrafes («Kain eta Abel» y «La lengua del paraíso») a los mecanismos desplegados por el comunitarismo nacionalista, incluida la violencia y la instrumentalización política y social del euskera, para crear artificialmente e imponer una identidad étnica vasca, radicalmente incompatible con la española. Son muy reveladoras las palabras con las que los autores comienzan y cierran este capítulo. Lo inician diciendo que «ETA asesina para poner de manifiesto el conflicto vasco, su gravedad; para evidenciar la incompatibilidad entre la identidad vasca y la española. Sin embargo, lo que sus crímenes desvelan es la artificialidad de esa incompatibilidad y de ese conflicto». Y lo concluyen con otra constatación significativa en relación a la política forzada de euskaldunización: «De hecho, la extensión del euskera no está trayendo consigo un incremento del nacionalismo, como lo prueban los datos electorales y las encuestas que indican que la pertenencia afectiva de la población, declarada en su mayoría vasca y española, sigue más o menos inmutable». En los cuatro epígrafes del tercer capítulo, titulado «Mutatio interrupta», abordan los autores la reacción de los principales actores políticos y sociales ante el fracaso de Lizarra y la visualización de la alternancia política. Sobre todo, la quiebra de la primera legislatura encabezada por Ibarretxe y la política de frentes que en ella se activa ante unas elecciones anticipadas que se presentaban decisivas. En los seis siguientes del capítulo cuarto, etiquetado «A la intemperie», analizan las circunstancias y consecuencias del relativo fracaso electoral de la alternancia posible en esas elecciones. Quizá el quinto capítulo sobre el «Soberanismo sobrevenido» es uno de los más densos del libro. Sobre todo, el primero («Autocrítica de la autodeterminación») y el último («El discurso de la insatisfacción») de sus cinco epígrafes, en los que se analiza el porqué, el cómo y el qué del giro y la convergencia soberanista del nacionalismo institucional y el violento, que está detrás de las propuestas que Ibarretxe promueve en esta legislatura. Analizan los autores con profusión la cuestión de la autodeterminación, el confuso impacto que sobre el nacionalismo han tenido los procesos secesionistas en la Europa oriental, el victimismo patológico y funcional del nacionalismo, el estilo político de Ibarretxe y el inicio del debate social sobre los costes de la independencia. Los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington marcan un antes y un después en el mundo. La lucha contra el complejo fenómeno del terrorismo, aun definida de manera ambigua y confusa, se convierte en una prioridad en la agenda política de las grandes potencias. El gobierno español sabe aprovechar bien la circunstancia para reforzar su estrategia interna y, sobre todo, para obtener la comprensión y la asistencia internacional en su particular lucha contra ETA. En su último capítulo, titulado precisamente «12-S», los autores se centran sobre los efectos colaterales que tal acontecimiento tiene en Euskadi. Sus ocho epígrafes se centran en las nuevas circunstancias de la lucha contra el terrorismo en España, caracterizada por éxitos notables en los últimos años. En el epílogo, y aprovechando uno de los tantos acontecimientos (la agresión a la alcaldesa socialista de Lasarte en un acto público en el verano de 2002) que a diario se convierten en metáfora de todo lo que pasa en Euskadi, los autores recapitulan su línea argumental: «El temor de los dirigentes del PNV, tras la movilización de Ermua, en 1997, a que la derrota de ETA fuera también su derrota explica el pacto del nacionalismo democrático con el nazismo etarra: el plasmado en Lizarra y cuyo objetivo es la exclusión, voluntaria o forzada, de las formaciones no nacionalistas de la política vasca. Ese temor está también detrás de la oposición del nacionalismo instalado a la ilegalización del brazo político de ETA». Terminan su relato evocando una reveladora viñeta del siempre agudo dibujante Juan Carlos Eguillor para ilustrar su amargo diagnóstico final de la enfermedad moral de la sociedad vasca: «La mayoría acogotada por la minoría audaz, la falta de autoridad de las instituciones, el chantaje de que sólo hay tranquilidad si mandan los nacionalistas». Así, mientras unos siguen con su devaneo soberanista, a todas luces (democráticas) inviable, ocupando las instituciones y mirando para otro lado, los otros sufren el acoso terrorista y el agobio de la incertidumbre centrándose en lo verdaderamente importante, que es cómo acabar cuanto antes con la causa de todos nuestros males, que no es otra que el etnicismo violento. Entretanto, nos encontramos con una sociedad rota. La pregunta (y la respuesta) de los autores es clara y está al final de su prólogo, rememorando la reacción de las mujeres de Itziar ya en 1975: «¿Cómo es posible, cómo hemos llegado a esto? Pues así: mirando para otro lado». Estamos, pues, ante una obra de lectura obligada para quien quiera entender la política y la sociedad vascas y, desde luego, el lector obtendrá muchos más elementos de juicio sobre lo que aquí está pasando a partir de este relato explícitamente comprometido, que del artificio, arteramente «objetivo» y absurdamente publicitado, de lo que podríamos llamar el «complejo Médem».

01/03/2004

 
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