ARTÍCULO

La crisis española del siglo XX

 

Hace ya bastantes años publicó Carlos M. Rama un ensayo histórico con ese título que tuvo bastante repercusión (La crisis española del siglo XX , México, 1960). Su idea subyacente era que España tenía aún pendientes –por aquella época, claro– los grandes problemas que habían aflorado en 1898. Más adelante aparecieron otras muchas obras con la misma pretensión de analizar las razones del fracaso de la convivencia política –y de la tolerancia y de la libertad, naturalmente– en España durante tres cuartas partes del siglo XX , es decir la frustración de un gran proyecto conciliador. En una de estas obras –la muy conocida Historia política de las dos Españas, Madrid, 1976–, J. M.ª García Escudero acotaba el problema en estos términos: «¿Por qué los españoles, que en 1874 pretendían resolver su problema político volviendo la espalda a una guerra civil, cincuenta años después buscaban la salida de su problema político en una guerra civil?». Parecía que la cuestión así planteada había quedado diluida –si no superada– en las nuevas coordenadas de la España democrática de fin del siglo XX . Pero he aquí que José María Marco retoma de raíz el tema desde la perspectiva de una peculiar historia de las ideas, para diseccionar las razones del fracaso de un proyecto liberal y patriótico semejante al de otras grandes naciones europeas... antes y ahora. Y lo hace en unos términos que, después de la reciente literatura laudatoria y acrítica sobre la transición y hasta el «milagro español», no puede menos que sorprender por su virulencia: «Desde 1898, la historia de la cultura española es la historia de una demolición. Hoy la destrucción está cumplida» (pág. 269).

El problema es que Marco no necesita investigar sobre las causas, contexto y artífices de esa supuesta aniquilación porque tiene claro desde el principio quiénes son los responsables (maticemos más exactamente, culpables): los intelectuales españoles del primer tercio del siglo XX (secundados después, se sobreentiende, por la apisonadora franquista y la desmemoria actual, pero esto apenas aparece en el libro). El veredicto está dictado de antemano, no hay apelación posible: el autor nos lo hace saber en el mismo prólogo, y lo reitera machaconamente en el epílogo. ¿El gran pecado de todos ellos? La crítica radical a ese modelo de libertades y convivencia que fue la Restauración canovista. Obsérvese el tono de la diatriba: «Todos estos intelectuales burgueses, instalados en casas y barrios burgueses, hijos, nietos y en más de un caso bisnietos de industriales, periodistas y políticos burgueses, representantes quintaesenciados de la burguesía liberal, gastarán el ocio que les permite el trabajo de sus mayores en revolverse contra la herencia recibida» (págs. 284-285).

Aludíamos antes, y no por casualidad, a la perspectiva estrictamente ideológica en la que se inscribe el ensayo de Marco. No vamos a reivindicar a estas alturas un ingenuo positivismo, pero no estaría de más recordar algo tan elemental como que un mínimo respeto a los hechos hubiera evitado al autor tergiversaciones inaceptables de la realidad. No nos referimos a detalles menores o cuestiones anecdóticas, como que Sagasta aparezca aludido de pasada en tres páginas y Cánovas reiteradamente exaltado en treinta y dos, o que se atribuyan siempre a este último todos los méritos, como la introducción del sufragio universal masculino, que es un producto del Parlamento largo fusionista que los conservadores, entre ellos Cánovas, sólo aceptaron a regañadientes. Más allá de inexactitudes más o menos graves (el turnismo no empieza en 1890, la Ley de Jurisdicciones está mal datada, Cánovas nunca llegó a formar gobierno con la participación del Partido Liberal, etc.), hay cosas absolutamente inadmisibles para cualquier conocedor de la historia contemporánea: decir que los soldados españoles iban a Cuba de buen grado para «defender la integridad y la independencia de su país» (pág. 42) es una deformación monstruosa, máxime cuando se silencia que, debido a la «redención a metálico» sólo iban a defender aquella «patria» (?) de allende el océano los que no tenían las 2.000 pesetas necesarias para librarse del servicio en ultramar. Justificar a estas alturas al gobierno Maura en el asesinato jurídico de Ferrer Guardia (pág. 139) –por más que se pueda criticar y rechazar su figura y su obra– produce, más que otra cosa, auténtico asombro.

Pero, por encima de todo, el gran fallo histórico de Marco es que se refiere continuamente a la Restauración canovista como si fuera un período uniforme, olvidando que el régimen que trae sosiego y estabilidad tras las agitaciones del Sexenio termina por cuartearse en la crisis del 17 o se consume en la impotencia al comienzo de los años veinte. Más aún, sin necesidad de aludir al último tramo de la Restauración, no es cierto que a la altura de los años noventa «el sistema funcione bien, demasiado bien tal vez» (pág. 41). Un historiador que no le resultará sospechoso a Marco, Gabriel Maura Gamazo, escribe en su Historia crítica del reinado de don Alfonso XIII que, por esas fechas, el Parlamento español «evolucionaba rápidamente hacia el régimen polaco de liberum veto. Cuando quiera que los proyectos ministeriales toparon con la protesta de una minoría, lo bastante audaz, por exigua que fuese, para impedir su inmediata aprobación, jamás prevaleció el poder público».

El lector que haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí pensará que seguirán más objecciones y que, en cualquier caso, por todo lo dicho, se trata de una obra carente de interés. Nada más lejos de la realidad. El ensayo de José María Marco es de los que se sobrepone a sus propios fallos de partida para alzarse como un alegato feroz que merece ser tenido en cuenta. Desde este punto de vista constituye un error el modo displicente con que ha acogido el libro algún sector de la intelectualidad progresista, quizás porque se ponen en solfa sus valores y sus valedores más intocables. Pero esto es precisamente lo más interesante de la argumentación de Marco. En esencia, su tesis es que el radicalismo de gran parte de la intelectualidad española llevó a ésta al callejón sin salida de la crítica estéril, condujo el sistema político a un crisis brutal y arrastró al país en su conjunto al drama fratricida de 1936.

Para demostrar e ilustrar esa proposición, el autor hace una lectura a veces sorprendente, y otras más que discutible, de siete pensadores españoles de la época, desde Costa a Ortega. Lo que Marco dice de estos autores –¡tan contradictorios muchos de ellos!– no es falso, pero sí parcial en demasiadas ocasiones. Basta comparar el feroz retrato de Unamuno («mezquino, sin rastro de compasión ni de caridad, irresponsable, profeta máximo de la guerra civil») con el catedrático de Salamanca que aparece en la obra más reciente de Juan Marichal («el liberal que supo legar a su patria un renovado liberalismo», El secreto de España, Madrid, 1995), para calibrar la vehemencia de Marco. Y es que, paradójicamente, el autor se ve arrastrado por el mismo defecto que tanto critica en sus biografiados, no deja títere con cabeza y, sobre todo, carga las tintas innecesariamente: para trazar el cuadro de la responsabilidad de los intelectuales no hacía falta adjudicarles a ellos todo lo negativo y al sistema político todas las bondades, del mismo modo que resulta inverosímil –hasta para el sentido común– que todos los males de España de comienzos del siglo XX procedan de la intelligentsia, y no del caciquismo, del militarismo y hasta de la propia incapacidad del sistema político.

No olvidemos a este respecto que el nexo común a todos los pensadores que aparecen en el libro es que se vieron abocados a la cosa pública a fuer de tomarse en serio su papel de intelectuales. Porque eran primariamente esto último, y no políticos (hasta en el caso de Azaña, el más político de todos). Sin duda erraron, pero si ellos tuvieron una gran responsabilidad, ¿qué decir entonces de los políticos profesionales y de los partidos que fueron incapaces de estar a la altura de las circunstancias? Es verdad, como señala Marco, que entre nosotros se ha solido entender el papel del intelectual como profeta tronante; el intelectual con demasiada frecuencia ha blandido la espada de la crítica contra todos y contra todo, en un empeño nihilista casi suicida. El intelectual posibilista por el contrario ha tenido mala prensa: los proyectos positivos, modestos, pragmáticos, se han arrumbado como mediocridades poco dignas de consideración. Aquí el patriotismo siempre se entendió como oposición, incluso contra la propia patria. Faltó casi siempre el paso siguiente al «¡Me duele España!», que sólo era un punto de partida. Estéril si no hallaba continuación.

Y vuelve a tener razón José María Marco cuando señala que ése es un problema todavía mal resuelto, porque la democracia cerró en falso la herida. De ahí la amargura que destilan las últimas páginas del libro. La transición, en efecto, como ha argumentado recientemente Paloma Aguilar (Memoria y olvido de la guerra civil española, Madrid, 1996), se fraguó sobre el silencio para no despertar viejos fantasmas, pero ello ha implicado que esta nación cuyo nombre muchos no quieren ni pronunciar, sigue sin disponer de un verdadero proyecto a escala nacional a la altura de los tiempos, es decir, sin miedos, sin un patriotismo huero, del pasado: «nunca padeció España una minoría rectora tan profundamente ignorante, tan ajena a lo que es su deber y su historia», termina diciendo Marco con el radicalismo que ya nos es familiar.

Acaba el siglo XX en paz y con un horizonte afortunadamente descargado de más confrontaciones civiles, pero con la crisis abierta, la famosa crisis del siglo XX , que adopta hoy en día la forma de problema de identidad, de falta de un proyecto cohesionador, ilusionante o, como diría Marco, patriótico. Aunque sólo fuera por la manera lúcida y brillante con que está planteada esa denuncia, el libro merecería la pena. Desde la discrepancia con muchos de sus planteamientos, quede aquí expresa constancia del reconocimiento de esta obra valiente y necesaria.

01/08/1997

 
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