ARTÍCULO

Un edificio en ruinas

 

Avalada por el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos de este año, esta reflexión crítica de Víctor Pérez Díaz tiene el doble mérito de enfocar su complejo tema en una perspectiva de amplios horizontes y una larga y personal experiencia. Hablar o escribir sobre la universidad es algo que suele hacerse en nuestros días desde premisas muy limitadas o bien con vagos tonos retóricos, ya sea en ensayos periodísticos o en pasquines pedagógicos de escasa utilidad. De ahí el valor de este libro, en contraste con tantos mezquinos o interesados panfletos semioficiales, informes semieconómicos o insulsas propagandas: afronta los problemas a fondo y nos invita a meditar en serio sobre el sentido de esta institución europea de venerable prestigio, sobre qué quiso ser y fue en otro tiempo y cuál es hoy, ahora, en su discutible y bastante descarriado presente. Quisiera decir, ya de entrada, que es uno de los ensayos más claros y más interesantes que he leído en estos años, y que lo he leído con enorme admiración por su intensa claridad conceptual y su preciso estilo, así como con el apasionamiento de quien ha creído en la función intelectual de la empresa y mantenido alguna ilusión por los viejos ideales universitarios que, al menos aquí y ahora, parecen olvidados o ya arrumbados.
El ensayo comienza reivindicando la universidad como una asociación libre y cívica, una «comunidad de buscadores de la verdad» que avanza en busca de nuevos horizontes de progreso y comprensión crítica, con audaz entusiasmo intelectual. Con discreto tono idealista, en su primer capítulo, que lleva el título de «Un elogio matizado de la universidad liberal», evoca su dinámico papel en una sociedad abierta y confiada en el cultivo colectivo de la inteligencia y el progreso de la ilustración y la ciencia. Es por ello por lo que la educación universitaria –y la universidad pública– adquirió su actual prestigio social en ese contexto que había dejado atrás la hipoteca de sus orígenes clericales para hacerse una institución liberal y progresista, crítica, de docta raigambre humanista, lo que incluía, de algún modo, una cierta elegancia moral. Y Pérez Díaz cree aún posible, y conveniente, recuperar esa orientación y tarea común: «Hoy más que nunca, en estos tiempos de la globalización y de sociedades obsesas por la utilidad práctica y desconcertadas por un debate interminable, se precisa volver a esa idea originaria».
En una segunda parte viene un examen, global y esquemático, de la realidad de las universidades en la actualidad. En primer lugar, de la universidad norteamericana, que Pérez Díaz conoce bien, con experiencia propia, y que representa, en sus palabras, «una aproximación razonable al ideal» anteriormente señalado. Con su autonomía financiera y su estímulo tenaz a la investigación y la selección de profesores y alumnos, abierta a contratar a los mejores y a la crítica, la institución universitaria, que ha conservado y renovado en Estados Unidos el espíritu liberal heredado de sus modelos europeos, es el más claro exponente de las persistentes virtudes académicas (aunque, desde luego, hay un gran trecho entre las universidades más famosas, ricas y destacadas, y las muy numerosas mediocres). Como contraste, en un aleccionador juego de luces y sombras, analiza a continuación «la experiencia de penumbra» de la universidad española, su actual situación y su ardua evolución en los últimos decenios, desde el tardofranquismo hasta nuestros días. (Entre el ejemplo de la universidad norteamericana y la española queda, como sabemos, la universidad europea, que tiene muy notables variantes nacionales.) No puedo aquí glosar como se merecen estos análisis rápidos, siempre sugerentes y acertados: remito a esas páginas muy bien matizadas. En todo caso, un plan como el ahora impuesto con el nombre de la vieja Universidad de Bolonia puede reflejar bien los mediocres horizontes que la Unión Europea desea implantar como modelo único, económico y burocrático de la universidad. En capítulo aparte se trata la vital relación de la universidad y el desarrollo de la ciencia. Se trata ya del capítulo final, que no aporta grandes novedades, sino que subraya cuán importantes resultan para su futuro los apoyos e impulsos a la investigación en el marco universitario y su función social.
Pérez Díaz no es optimista respecto del presente de nuestra universidad, cada vez más cerrada en sus cuadros profesorales, y sin ningún espíritu comunitario, con sus aires cansinos, su blindaje gremial y sus perspectivas limitadas. Cada vez parece más alejada de afanes críticos y cualquier visión de conjunto, cada día más atenta sólo a la especialización profesional y a lo que se supone rentable de manera próxima. Y, además, persiste un reducto de provinciana endogamia, que acentúa su mediocridad.
Las páginas sobre «la consolidación masiva del profesorado» a través de una conocida serie de decretos oficiales y trucos para beneficiar a los no numerarios son muy instructivas. Incluso lo que quiso venderse como un avance, como parecía la supresión de las oposiciones, no ha resultado una apertura, sino lo contrario. La búsqueda de los mejores profesores queda reducida a promocionar a los de la casa: los nómadas se quedarán fuera. «El dramatismo de la oposición pública desapareció –escribe– y, con él, un grado sustancial de transparencia y de selección por méritos probados, y discutidos, en público. En un contexto poco propicio a la movilidad geográfica de los profesores y con tribunales dominados por la fuerte presencia de los departamentos locales, el resultado ha sido reforzar la endogamia local: de hecho, su tasa en las universidades españolas es desmesuradamente alto». El fenómeno es bien conocido: siempre salen los candidatos locales y llegan a catedráticos sólo los antiguos asistentes (así se pagan al cabo los años de servicio, como en las fábricas o los bancos). Como dato significativo se cita a propósito de la endogamia universitaria, en nota de la página 152, una estadística de hace pocos años sobre la procedencia de los investigadores universitarios: «En Estados Unidos quienes procedían de la misma en que publicaban eran el 7%, en el Reino Unido del 17 %, en Francia del 50%, y en España del 95%». No creo que el futuro sea mejor. A los políticos y las autonomías les gusta una universidad como la que ya tenemos, de funcionarios sumisos y atentos al papeleo para medrar dentro de un sistema que favorece a los que están ya dentro.
No quisiera alargarme más, ni puedo analizar aquí otras cuestiones. ¿Queda algo del antiguo sentido comunitario en nuestras fragmentadas universidades? ¿Importa algo que no sea la bárbara especialización atenta sólo a las salidas profesionales? ¿Quién se preocupa ya por el penoso descenso del nivel cultural de los alumnos, tras la fuerte crisis de la educación secundaria? ¿Quién estimula o defiende la búsqueda de un saber que no sea utilitario y socialmente rentable? ¿No se confunde por doquier educación con información? Sí, hemos copiado muchas cosas de los norteamericanos, pero estamos muy lejos de ellos en los aspectos más positivos de su mundo universitario, igual que nos hemos distanciado mucho del humanismo que inspiró la educación universitaria liberal. He aquí unas cuantas cuestiones suscitadas no sólo por este aguzado ensayo, sino por la propia experiencia. Pérez Díaz lanza una meditada llamada de alerta. Nos invita a tomar clara conciencia crítica de la situación. No es poco, a falta de otro remedio.
Una vez más, al igual que en su libro anterior, El malestar de la democracia (Barcelona, Crítica, 2008), el autor sabe combinar sus conocimientos históricos y cuestiones muy actuales con el mejor oficio sociológico, y lo hace con buen estilo, admirable lucidez y dominio de la bibliografía reciente, como atestiguan sus referencias y sus bien escogidas notas.

01/12/2010

 
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