ARTÍCULO

Crónica de una amistad

Biblioteca Nueva/Fundación José Ortega y Gasset, Madrid
Trad. María Isabel Peña Aguado
282 pp. 16 €
 

Para el conocimiento de la vida y obra de un filósofo, el conocimiento de su correspondencia suele tener una importancia decisiva. En el caso de Ortega y Gasset, la publicación de las Cartas de un joven español y la correspondencia con Unamuno fueron decisivas para entender el período de formación del filósofo madrileño antes de Meditaciones del Quijote. La edición por parte de Gesine Märtens de la correspondencia entre José Ortega y Helene Weyl nos abre otra faceta de la vida de Ortega nada desdeñable, incluso más apasionante que las anteriores. Si en las primeras se nos abría la formación del Ortega de veinte años al Ortega de en torno a los treinta, ahora tenemos acceso a amplios aspectos de la biografía íntima de un Ortega maduro, de poco más de cuarenta años, pues las cartas van de 1926, cuando Ortega tiene cuarenta y tres años, hasta la mortal enfermedad de Helene Weyl, en 1946, de la que moriría en 1948. Toda la madurez de la vida del filósofo discurre por estas páginas de un considerable valor para conocer ese período de Ortega.
En esta breve nota sólo pretendo suscitar la curiosidad del lector por esta publicación. Si en las publicaciones citadas aparece el filósofo en formación aquí aparece el hombre Ortega. Las cartas tienen un indudable interés teórico para conocer algunos datos de alcance para la filosofía de Ortega, por ejemplo, sobre la estructura de su libro más famoso, La rebelión de las masas, pensado, de acuerdo con estas cartas, en tres partes. Un interés terminológico, sobre el significado de la vocación (Sendung o Berufung) o de la vitalidad como Leib. Y un enorme interés histórico y político para conocer, aquilatar y profundizar en los matices políticos de la postura de Ortega en los turbulentos años de nuestra Guerra Civil. Pero creo que todos estos puntos importantísimos para adentrarse en la vida del filósofo pasan a segundo plano frente a lo que suponen las cartas para conocer la relación humana de Ortega con Weyl, una relación que pasa de puramente profesional a una relación de coqueteo amoroso, para terminar en una amistad cuyo carácter será objeto de estudio.
Entretanto las cartas son un verdadero monumento literario, tanto por parte de Ortega como de Helene Weyl, que muestran los diversos momentos por los que va pasando su relación. Desde esta perspectiva, los interesados en Ortega tenemos que agradecer, por haber hecho posible esta publicación, primero a Jaime de Salas, a quien debemos el haber llamado la atención sobre la existencia misma de un muy significativo corpus epistolar de Helene Weyl, al que debía corresponder el respectivo de Ortega, y en consecuencia haber contactado con el ya octogenario hijo de Helene Weyl, ciudadano estadounidense. Segundo, a Gesine Märtens, por continuar la línea anterior, accediendo a las cartas de Ortega; y, a continuación, a Jesús Sánchez Lambás, que gestionó con decisión la adquisición de ese legado para la Fundación Ortega y Gasset, con la autorización de su traducción y publicación. Tampoco es menor el mérito de la traductora, María Isabel Peña Aguado.
Se cuenta en la introducción de Gesine Märtens que, cuando Jaime de Salas localizó las cartas de Ortega en posesión de Michael Weyl, éste «en ese momento no estaba dispuesto a permitir su publicación» (p. 24). Leídas las cartas, se entiende la reticencia del hijo a publicar intimidades de su madre. Baste un detalle, éste de la otra parte, para comprender los reparos de la familia. Por la carta del 1 de julio de 1938 (p. 231) sabemos que Ortega y el «chico» José, junto con Helene, estuvieron en los sanfermines de Pamplona. Desde ninguna de las perspectivas parece un viaje menor. José había nacido en 1916 y tenía, por tanto, ya veintiún años; pues bien, en el libro Los Ortega escrito por este último ni se menciona ese viaje.
Las cartas están agrupadas por la editora en cuatro partes. Una, que abarca los años 1926 a 1928 y que se corresponde con los inicios, lleva el significativo título «De filósofo español a autor alemán». En efecto, el impacto que Ortega causó en la esposa del célebre matemático Hermann Weyl durante la visita de ambos a Madrid en 1923 configura el deseo de la señora Weyl de dar a conocer a Ortega al público alemán, lo que consigue con creces, si bien, como dice Gesine Märtens, «Helene Weyl quería transmitir “el sentimiento vital” y no la teoría de Ortega» (p. 37), lo que acarrearía ciertas «limitaciones de la versión de Weyl de la obra de Ortega» (Jaime de Salas, prólogo, p. 15). Es Helene Weyl la que convierte a Ortega en un autor alemán.
La segunda parte, que va de 1929 a 1933, se titula «Los años de éxito»; en ella yo distinguiría dos secciones, una hasta el viaje de Helene a Madrid, en la primavera de 1932, y que es una parte fundamentalmente profesional, en la que hay algunos datos muy importantes sobre La rebelión de las masas que en adelante deberemos incorporar a la interpretación de tan decisivo texto; así, las páginas 100 y 101 de la Correspondencia –junto con las páginas 154 y 172, sobre el mismo tema– pasarán a ser cita obligada de todo lector o investigador sobre la estructura de La rebelión de las masas. De todos modos, ese período profesional es motivo de algunos malentendidos que provocan un alejamiento sentimental, hasta el punto de que Hella (nombre familiar y epistolar de Helene) le pregunta si puede seguir llamándole amigo (p. 93). La segunda sección se correspondería con las cartas después del citado viaje de la alemana a Madrid. Hella, que se alojó en la Residencia de Señoritas, sede de la actual Fundación Ortega y Gasset, se va enamorada de Ortega, pero éste sabe enfriar esos ardores y en febrero de 1933 ella le reconoce que el contacto entre ellos «está roto desde que en una noche de junio de hace pronto un año, saliera mi tren de la Estación del Norte» (p. 146).
Con acierto y pertinencia, la tercera parte, que ocupa los años 1933 a 1939, se titula «Los exilios», años de exilio tanto para los Weyl como para Ortega; los primeros que, por ser judíos, tienen que abandonar su patria –ella le recuerda a Ortega que sus antepasados ya habían sido expulsados por nuestros propios antepasados, pues se apellidaba Joseph (p. 165)–; y Ortega, primero en un autoimpuesto exilio interior, luego en el duro exilio en el extranjero. Posiblemente es la parte en la que más aflora un sentimiento de verdadera amistad con un trato muy cariñoso. Ortega le dice en alemán «Liebe, liebe Hella» (p. 182), y ella le contesta alguna vez «Querido, querido, querido Ortega», y en otra carta «Ortega, querido, queridísimo amigo» (p. 186). En cuanto a la situación personal de Ortega, las cartas dan testimonio del inmenso drama en que se ha convertido su vida y la de los suyos. En ese contexto los esfuerzos que hace su querida amiga por ayudarle conmueven a Ortega: «Repito la infinita gratitud por su carta» (p.186). Pero también empiezan los motivos de discrepancia, fundamentalmente por la opuesta situación política de ambos, ella exiliada por la persecución nazi, y él, deseoso de que en España ganen los rebeldes que estaban siendo apoyados por los nazis. Esta discrepancia tenía que tener consecuencias, y en la cuarta parte, que comprende el período 1940-1946, «Un final en fragmentos», se hace patente en las diversas peripecias que deja aflorar la correspondencia.
La edición viene precedida de un acertado prólogo de Jaime de Salas, una pertinente introducción de la editora y una elegante nota de la traductora.

01/04/2009

 
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