ARTÍCULO

Gil de Biedma: las cenizas y el verbo

Galaxia Gutenberg, Barcelona
1.374 pp. 39,90 €
 

Coincidiendo con el vigésimo aniversario de su muerte, la figura de Jaime Gil de Biedma (1929-1990) ha conseguido despertar el interés del gran público. Obviamente, ello obedece al estreno de la película El cónsul de Sodoma, inspirada en su vida, y cuyo planteamiento –entre descarnado y manierista– suscitó uno de los debates culturales más agrios del invierno pasado. Tras la tormenta, la aparición de estos dos libros del poeta nos permite transitar por un paisaje más amable, recuperando de paso la palabra biedmaniana sin otro artificio que el de la palabra misma. En Jaime Gil de Biedma. El argumento de la obra se publica una valiosísima selección de sus cartas, un libro largamente esperado no sólo por la dimensión «mítica» del autor sino por la creencia fundada de que estamos ante una de las correspondencias literarias más brillantes de la literatura española del siglo XX. En efecto: desde la primera carta dirigida a su amigo Carlos Barral en 1951 –donde declara «Quand je n’aime rien, je ne suis rien»– hasta la carta de adiós enviada a la empresa por razones de salud en 1989, el lector asiste a un festín de primer orden. Podría decirse que estamos ante una verdadera autobiografía intelectual, un libro pensado para poner en solfa las mejores ideas y donde tampoco faltan las emociones y los sentimientos. Si El cónsul de Sodoma destacaba su tormentosa vida sentimental a través de las negruras de su vida secreta, estas cartas orientan el foco hacia su perfil más culto y benigno. En términos generales, pues, el lector no hallará aquí grandes incursiones en el plano íntimo, tan rico por lo demás y tan útil para comprender parte de su obra. No era ese el propósito.
Con todo, las excepciones rayan a gran altura. Así, el extraordinario duelo dialéctico con el ensayista Joan Ferraté, en el que las esporádicas referencias a los amores prohibidos se alternan con reflexiones muy hondas sobre el quehacer poético; también son destacables las cartas a Gustavo Durán, el exiliado romántico, a quien un Gil de Biedma abrumado por los heraldos de la edad madura abrió su corazón. Dado el carácter inédito de este fragmento de su correspondencia, vale su peso en oro. El acierto del editor Andreu Jaume, artífice no sólo de la selección sino de la primorosa arquitectura del libro, poblado de fotografías, reside en componer el retrato canónico de un poeta en su mundo. No es un secreto que Gil de Biedma buscó el magisterio de los grandes –Jorge Guillén, María Zambrano o Luis Cernuda–, que intervino en los debates literarios de su época –poesía como comunicación o poesía como conocimiento–, que ironizó sobre su perfil de poeta social, que mantuvo su afecto por otros compañeros de viaje –el citado Barral, José Agustín Goytisolo, Gabriel Ferrater, Ángel González o Caballero Bonald–, que luego se recluyó en su mundo privado para crear un álter ego cuya voz guarda un asombroso parentesco con la nuestra. Y que al final supo erigirse en sagaz administrador de sus silencios. Tampoco es un secreto que Gil de Biedma no fue un personaje fácil: como todo gran artista, era una criatura habitada por demonios a los que no tenía reparo en dar rienda suelta. Pero en los mejores momentos era un caballero culto, distinguido, brillante, inteligente, sensible y seductor. Este libro nos devuelve precisamente a ese caballero, un tipo de perfil alto de escuela anglosajona pero hondamente enraizado en la cultura española, ya sea libresca o popular. Parte de ello se percibe en sus deliciosas cartas a Jesús Aguirre, el duque de Alba, donde el señorío y el humor se dan la mano de manera admirable. También despiden un aroma similar las escritas a Paco Mayans, su primer anfitrión en Londres, que evocan toda la frescura de una juventud intrépida y cultivada.
Con el tiempo, la agenda de sus corresponsales va ampliándose. Las cartas a sus colegas de generación dan paso a un carteo con autores más jóvenes que sienten la gran cercanía de su palabra: Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, Luis Antonio de Villena, entre los «novísimos», y más tarde Luis García Montero, entre los paladines de «la nueva sentimentalidad». A todos ellos brinda sus generosos consejos, pero sin excesivas contemplaciones. Hacia el final, su correspondencia con Dionisio Cañas nos descubre a un hombre a las puertas de la muerte, más preocupado por mantener su homosexualidad oculta que por el poema perfecto. Para entonces Gil de Biedma ya sabía que el poema perfecto no existe, pero que no hay nada más dulce que empeñar la vida en ello.
Poesía y prosa, por su parte, reúne los tres libros canónicos del escritor. Las personas del verbo, Retrato del artista en 1956 y El pie de la letra. Poco puede añadirse ya a todo lo dicho. El primero sigue siendo el volumen poético más importante e influyente de los últimos cincuenta años en castellano. El segundo inauguró el género diarístico en nuestra literatura democrática, sin excluir el recuento de andanzas eróticas en Extremo Oriente. El tercero descubrió a muchos una obra crítica basada en la inteligencia, la sutileza y la claridad de juicio. Precedido por la inevitable introducción de un experto de la talla de James Valender, este tomo concede definitivamente al poeta –por si quedaran dudas– los honores de un clásico. Gil de Biedma siempre se tuvo a sí mismo por un escritor perezoso y selecto. Pero al final su paso vibrante por la literatura se saldó con estas mil páginas que nos acompañarán siempre. No importan los géneros, porque en todos ellos deja su marca singularísima. Especial relieve adquieren sus artículos, piezas que fue destilando en cuentagotas y donde el fulgor de su inteligencia aborda los temas que afectaban –y lamentablemente aún afectan– a nuestra sociedad. La edición aporta, además, textos ignorados o fuera de circulación, como sus traducciones de los poetas ingleses de entreguerras (Eliot, Auden, Isherwood o MacNeice) o de autores como Brecht. Otro tanto vale para prólogos y algunas entrevistas que suelen ser modelo de ingenio. Falta, en cambio, un texto sobre las Odas de Claudel, que quien suscribe aquí habría facilitado de mil amores. Pero ni esa levísima ausencia ensombrece un tomo deslumbrante. Más allá del estruendo, en fin, vuelve a imponerse la palabra. El hombre que, según propia confesión, no quiso ser poeta sino poema, resulta que al final es puro verbo. Después de todo, un puñado de cenizas y unos cuantos buenos poemas son resumen suficiente de una vida.

01/11/2010

 
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