ARTÍCULO

CURTIS HANSON L.A. Confidential

 

Hay una pregunta que los tres personajes centrales de esta historia, tres policías, se hacen en algún momento del film: ¿Por qué te hiciste policía? Es la pregunta que está en el fondo de la historia. Me recuerda otra película estrenada no hace mucho y de la cual hablé aquí: La noche caesobre Manhattan. Es una pregunta que encubre otra: ¿Qué es la honestidad y qué vale? La noche... era un soberbio trabajo acerca del sentido de la pureza en un mundo como el nuestro, donde la incertidumbre parece abocar a la corrupción y donde el pacto con tal realidad, única salida práctica, sólo restablece una nueva forma de incertidumbre a la espera de un algo mejor que nadie sabe en qué consiste. Esta L.A. Confidential se mueve en ese territorio moral.

Heredera del mejor cine negro americano, la película maneja un sistema de narración verdaderamente eficaz, pero muy complejo. Imaginemos un puzzle de miles de fichas del cual hemos perdido la lámina que nos orienta. En cada uno de los cuatro ángulos un personaje se pone en marcha. Las piezas van encajando a su alrededor, pero no conocemos el dibujo, de manera que, si bien cada uno de los ensamblajes es efectivo, no logramos ver su función. O, más exactamente: en muchas ocasiones los ensamblajes parecen funcionar hasta que, avanzado el proceso, descubrimos que una sola pieza que no continúa lo que hasta entonces hemos armado nos demuestra que veníamos armando mal desde mucho antes de llegar a ella. Sin embargo, no todo el trabajo es trabajo perdido: al reajustar, vemos que, a pesar de todo, habíamos ganado terreno.

Así es cómo funciona esta película. Cuatro tipos, tres policías y un periodista sin escrúpulos, tejen la trama. Uno de los policías es uno de esos que se saltan las normas para conseguir una confesión; el segundo es un vividor que vende sus detenciones al periodista y se exhibe en la televisión; el tercero persigue a la vez la honestidad y una brillante carrera política en la policía. Cada uno tiene sus bazas que jugar y, obviamente, el primero, el más brutal, es, paradójicamente, el más recto en su modo de ser; el segundo sólo aspira a seguir viviendo a su modo; y el tercero tiene todas las cartas para acabar convirtiéndose en un manipulador. Los cuatro se mueven en un escenario, el puzzle, que conduce al centro, a la última pieza que completa el juego y que es la cabeza del crimen organizado en Los Ángeles.

Dentro de la policía se encuentran dos clases de corrupción: la del dinero y la del poder. La primera termina al embolsarse la pasta y esperar a la siguiente vez; la segunda es más bien de orden moral: es la que justifica muchas acciones innobles porque prefiere la injusticia al desorden. La película plantea, además, una tercera: la que une poder y dinero; y ésa es su principal debilidad, porque mientras las dos anteriores justifican a la perfección la trama, la tercera se limita a ofrecernos a un malvado de la categoría de los de la organización Espectra que siempre trae en jaque a James Bond.

L.A. Confidential nos muestra un mundo policial y un mundo gansteril. Este último apenas sirve como decorado, pues sólo funciona como el aceite engrasador de la maquinaria policial. La verdadera lucha de caracteres y de actitudes opera dentro del ámbito policial y judicial y ahí es donde se plantea, como en un microcosmos de conflictos morales y sociales, el drama de la corrupción como consecuencia de la inseguridad que impera en todos los órdenes de la vida moderna. Entonces, la máquina de contar que arma Curtis Hanson es un ejemplo extraordinario de la narración en forma de puzzle que opera hacia el centro en la forma que mencionaba antes. Pieza a pieza, escena a escena, avanzando, deshaciendo y reconstruyendo desde los cuatro puntos de origen a la vez, la narración se convierte en un complejísimo y apasionante rompecabezas armado con verdadera maestría.

El pulso que hay que tener para llevar cuatro líneas de relato y completar a la vez, por medio de personajes adyacentes, el escenario de la acción, requiere una sabiduría fuera de lo común. Las escenas, cortas, secas, eficaces, sugerentes, rivalizan en eficiencia. La película es un «cine negro» clásico contada con total modernidad. A nuevos tiempos, nuevos métodos. La mentalidad del narrador es totalmente del presente, por más que utilice un ambiente del pasado. Hasta tal punto se busca una referencia temporal de la tradición y del pasado que en la película aparecen dos personajes reales: Lana Turner y su amante, Johnny Stompanato, pistolero al que mató, en medio de una turbia historia nunca aclarada del todo, la hija de la actriz, Cheryl.

Pero no todo es saber contar una historia. Son la figura del malvado, la balacera final propia del exhibicionismo de los actuales thrillers, la súbita y gratuita vuelta a la corrupción moral del poder que prefiere la injusticia al desorden y la reaparición y despedida del policía duro dado por muerto por el espectador –todo ello apretado en los minutos finales–, los elementos que hacen pensar que ese puzzle tan bien resuelto era sólo un puzzle; que la carencia de pensamiento debilita de modo considerable lo que pudo ser una obra maestra. Porque, por seguir con la comparación inicial, es en la potencia de exposición del sentido moral de un problema de nuestro tiempo donde el veterano Sidney Lumet de La noche cae sobreManhattan le gana la partida al mucho más joven Curtis Hanson de L.A. Confidential.

01/01/1998

 
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