ARTÍCULO

Francia, ¿modelo para Estados Unidos?

 

Paul Krugman es un muy conocido, premiadoRecibió en 1991 el premio norteamericano más prestigioso para economistas jóvenes, la medalla J. B. Clark, y en 2004, el Príncipe de Asturias. Muchos en la profesión creen que, antes o después, le darán el Nobel, aunque su estilo agresivo y original puede ser un obstáculo en ese camino, como lo fue, al parecer, para su nombramiento en el Consejo de Asesores Económicos en la época de Clinton. y prolífico profesor de economía, actualmente en la Universidad de Princeton, autor de unos cuantos libros y de centenares de artículos de diferente interés y calidad. Pero su fama no viene de sus aportaciones académicas, sino de su segunda profesión: la de comentarista de la actualidad política y económica, que ejerce desde 1999 en el buque insignia de los medios de comunicación «liberales» o de izquierda de Estados Unidos, el New York Times. Ya se hizo famoso en los años noventa del pasado siglo por sus peleas contra los proteccionistas de los gobiernos de Bill Clinton, que consideraban gravísimo el déficit comercial con Japón, y contra los economistas y políticos republicanos o demócratas partidarios de la «economía de la oferta», y una de su tesis, según la cual la bajada de impuestos es muchas veces la mejor receta para impulsar el crecimiento económico.
En su último libro, The Conscience of a Liberal, se propone dos cosas: primero, explicar las claves de la hegemonía política republicana durante las últimas tres décadas –incluso durante presidencias demócratas–, una hegemonía muy escorada a la derecha que ha llevado, en su opinión, a un grave aumento en las desigualdades económicas (que, afirma, son ahora tan grandes como en los años veinte del pasado siglo), a un serio deterioro social y a una vida política menos democrática; segundo, señalar que el establecimiento de un sistema público universal de salud «a la europea» podría y debería ser el elemento fundamental de otro New Deal, un programa que devuelva el poder al Partido Demócrata y a los movimientos «liberales» o de izquierdaKrugman expuso sus ideas sobre esta cuestión en «The Health Care Crisis and What to Do About It», The New York Review of Books, vol. 53, núm, 5 (23 de marzo de 2006), firmando junto con Robin Wells y que puede consultarse en http://www.nybooks.com/articles/18802..
Para Krugman, el balance de fuerzas bajo el que Estados Unidos ha vivido políticamente durante los últimos tres decenios quedó establecido tras el triunfo de Ronald Reagan en las elecciones de 1980. Cree que la desiderata del programa que llevó a ese triunfo (que fue un gran triunfo personal de Ronald Reagan y, en opinión de Krugman, también el triunfo del ala más derechista y reaccionaria del Partido Republicano) era darle la vuelta a los avances del New Deal de Roosevelt y de su continuación con Truman (en materia fiscal, en protección social y en poder sindical), avances que el sucesor de Truman, el republicano Eisenhower, nunca pretendió combatir, ni rebajar; y que la condición necesaria para esa larga hegemonía republicana ha sido el cambio en el voto de los blancos de los Estados sureños, que pasaron, a partir de los años ochenta, del Partido Demócrata al Republicano. Este cambio en el voto del sur de Estados Unidos Hay varias delimitaciones de lo que en términos políticos se denomina «el Sur» en Estados Unidos. La más «estricta» o más restringida se refiere al llamado «Deep South», el «Sur Profundo» que, en la práctica, viene definido por la alta proporción de población negra o «afroamericana». Con datos del censo de 2000, los cinco Estados del «Deep South» son Mississippi (36% de población negra), Luisiana (33%), Carolina del Sur (30%), Georgia (29%) y Alabama (26%), excluyéndose de esta relación Washington DC, que tiene una proporción de población negra superior al 60%, pero no tiene representación con voto ni en el Senado, ni en la Cámara de Representantes. El cambio de voto al que da tanta importancia Krugman es el que se produce, a partir de 1980, en esos cinco Estados, que disponen actualmente de 47 votos electorales para la elección presidencial sobre un total de 538. Desde la reelección de Reagan en 1984, y con las excepciones de 1992 y 1996, en los que hubo un reparto entre ambos partidos favorable, de todos modos, a los republicanos, la totalidad de los votos electorales de esos cinco Estados ha ido siempre al candidato presidencial republicano. Pero también ha habido movimientos en sentido contrario que Krugman no menciona, por ejemplo, el cambio de voto republicano a demócrata en dos Estados clave por su número de votos presidenciales, Illinois y California (76 votos electorales en la actualidad), que han pasado de votar republicano entre 1976 y 1988 a votar siempre demócrata a partir de 1992, un cambio de mayor impacto para la elección presidencial que el de los Estados del «Deep South». expresaba y sigue expresando, en su opinión, la reacción de una gran parte de la población blanca contra las políticas de derechos civiles y de integración racial promovidas por los presidentes demócratas, Kennedy y Johnson, en los años sesenta del pasado siglo. Conocido por sus opiniones tajantes y, a veces, un tanto provocativas, Krugman no defrauda a sus lectores, porque lo que viene a decir es que la explicación última del dominio conservador en la vida política de Estados Unidos en las últimas décadas está en el racismo de una parte significativa de la población blanca en unos cuantos Estados de antigua obediencia demócrataLa fidelidad demócrata de los Estados que lucharon por la Confederación contra el Norte y el republicano Lincoln era, obviamente, una correosa, lejana y paradójica herencia de la guerra civil..
Pero el peso de la extrema derecha dentro del Partido Republicano tiene, en su opinión, otra clave, y esa otra clave sería, literalmente, una «conspiración», y no piense el lector que decir esto es exagerar o deformar lo que dice nuestro autorEl capítulo 6 (pp. 101-123) de The Conscience of a Liberal está dedicado a explicar el origen, composición, medios, forma de actuar y capacidad de influencia del «movimiento conservador», pero hay referencias a la «conspiración» de la extrema derecha republicana a lo largo de todo el libro, y una sección del capítulo 8 (pp. 163-169) se titula «La vasta conspiración».. Krugman cree que en los años setenta del pasado siglo, es decir, en el decenio anterior al triunfo de Reagan, fue tomando cuerpo un «movimiento conservador» integrado por centros de estudio y de formación de opinión y de propuestas políticas (lo que en inglés llaman think tanks), medios de comunicación, centros académicos, etc., financiados por ultraconservadores y reaccionarios ricos, empresas y entidades de diferente naturaleza, cuyo objeto era y es desmontar el sistema fiscal progresivo legado del New Deal, frenar cualquier avance hacia una más amplia y más potente seguridad social, en particular cualquier avance hacia un sistema público y universal de salud, y contener asimismo el avance de los sindicatos y su papel en las negociaciones salariales y, en general, en la defensa de los derechos de los trabajadores. Este «movimiento conservador» funciona, según Krugman, como impulsor de ideas reaccionarias, promotor y protector de sus agentes (dando empleos, publicando libros, financiando trabajos de lobby entre senadores y congresistas, etc.) y trabaja incansablemente contra las ideas e iniciativas progresivas y «liberales». Más que un movimiento de opinión o un conjunto de corrientes intelectuales con intenciones políticas –algo que parecería tan legítimo en la derecha como en la izquierda–, Krugman lo entiende y lo describe, siguiendo una tradición del populismo norteamericanoRichard Hofstadter, The Age of Reform, From Bryan to F.D.R., Nueva York, Vintage ­Books, 1955, pp. 70 y ss., como una conjura ilegítima que explicaría algunos triunfos conservadores y algunos sonados fracasos demócratas durante el período del que se ocupa el libro Un caso muy destacado de triunfo «conspirativo» lo encuentra Krugman en el fracasado intento del presidente Clinton (dirigido o codirigido por su esposa) en su primer mandato por establecer un sistema público universal de salud..
The Conscience of a Liberal no salva casi nada de lo que se ha hecho en la política norteamericana desde 1980. Esto pasa por un curioso tour de force en cuanto a la presidencia del demócrata Bill Clinton, que duró ocho años, casi un tercio del período cuya historia política se analiza. Se diría que fue poco más que un sueño, a pesar de que durante su mandato se llevó a cabo, en 1996, una profunda, exitosa y nada «liberal» o izquierdista reforma en los mecanismos de «protección social» tradicionales, que Krugman, por cierto, literalmente, ni menciona. Podría argüirse, para justificar la leve presencia de Clinton en el libro de Krugman, que pasó seis de sus ocho años de presidente maniatado por un Congreso (Senado y Cámara de Representantes) dominado por el Partido Republicano, que fue, en realidad, un presidente demócrata dominado por el huracán conservador, pero podría recordarse que Reagan –el personaje más veces citado en el libro y, para Krugman, el padre fundador de esta época ominosa– gobernó sus ocho años con mayoría demócrata en la Cámara de Representantes y, entre 1986 y 1989, también con mayoría demócrata en el Senado, y Krugman tampoco lo mencionaKrugman menciona la reforma, en 1996, del sistema de ayudas fiscales denominado Earned Income Tax Credit a favor de los grupos de menores ingresos acometida durante la presidencia de Clinton, como demostración de las diferencias entre los presidentes republicanos y los demócratas, pero evita aclarar que esa reforma se produjo en el marco de otra reforma más amplia y profunda en los subsidios de la seguridad social, que terminó con algunos de los programas de asistencia implantados durante el New Deal de Roosevelt, y significó un cambio de orientación muy importante hacia las ayudas condicionadas. Esta reforma, que fue muy combatida desde la izquierda –no sabemos si Krugman se pronunció sobre ella– ha dado excelentes resultados, pero Krugman pasa por encima de todo esto..

EL AUMENTO DE LAS DESIGUALDADES

La materia fundamental de la crítica de Krugman es el aumento en las de­si­gual­dades económicas en Estados Unidos durante el último cuarto de siglo, resultado, en su opinión, de una política que ha tenido como objetivo favorecer a los más ricos, desmontar y rebajar las políticas de protección social y desarrollar una labor de zapa, cuando no un combate abierto contra los sindicatos y su papel social. Con todas las complicaciones y todos los matices que los especialistas puedan señalar, los datos disponibles avalan, en principio, la realidad de ese aumento en las desigualdades en Estados Unidos durante los últimos treinta años, tanto si medimos la distribución de rentas antes del pago de impuestos como, más significativo, después del pago de impuestosLos datos y estudios disponibles para medir la distribución del ingreso en Estados Unidos provienen fundamentalmente de dos fuentes: el United States Census Bureau, que publica estudios muy detallados sobre la distribución de rentas entre las unidades familiares u hogares (households) ordenados por sus ingresos antes de pagar impuestos, y el Congressional Budget Office, que, tomando también las unidades familiares u hogares, considera las rentas de capital y no sólo las del trabajo y, además, ofrece datos después de pagar impuestos, teniendo en cuenta no sólo el impuesto sobre la renta, sino, además, otros impuestos federales (contribuciones sociales e impuesto de sociedades, entre otros), por lo que puede considerarse que los datos del Congressional Budget Office son más completos y refinados que los que publica el United States Census Bureau. Aunque es tedioso, lo mejor es ofrecer algunos datos: ‑En 1980, la renta media, después de impuestos, del 1% más rico era 23 veces la renta media del 20% más pobre. En 2005 ha pasado a ser 70 veces. ‑En 1980, la renta media, después de impuestos, del 5% más rico era 11 veces la renta media del 20% más pobre. En 2005 ha pasado a ser 24 veces. ‑En 1980, la renta media, después de impuestos, del 10% más rico era 8,5 veces la renta media del 20% más pobre. En 2005 ha pasado a ser 16 veces. ‑En 1980, la renta media, después de impuestos, del 20% más rico era 6,7 veces la renta media del 20% más pobre. En 2005 ha pasado a ser 11 veces. ‑En 1980, la renta media, después de impuestos, del 10% más rico era 2,9 veces la renta media del 20% intermedio, es decir, el tramo de contribuyentes comprendidos entre el 40% más pobre y el 40% más rico. En 2005 ha pasado a ser 4,9 veces. Estos datos están tomados del documento del Congressional Budget Office Historical Effective Federal Tax Rates 1979 to 2005, diciembre de 2007, tabla 1. Puede consultarse en www.cbo.gov/ftpdocs/88xx/doc8885/12-11-HistoricalTaxRates.pdf..
Podemos empezar por la evolución de los tipos impositivos efectivos (deuda fiscal total respecto a renta declarada totalÍdem, nota 1, p. 1.). Pues bien, el tipo efectivo sobre contribuyentes individuales ha caído, entre 1980 y 2005, para todos los grupos: 6,7 puntos de reducción para el 20% de menores ingresos y 2,4 puntos de reducción para el 20% de mayores ingresos; pero la reducción fue de 2,9 puntos para el 1% de más ricos y de 2,2 puntos para el 10% de más ricosÍdem, tabla 1..
También podemos fijarnos en la participación en la renta total después del pago de impuestos. Para los tres escalones situados más arriba en la distribución (el 1%, el 5%, el 10% de mayores ingresos), su participación en la renta total después de impuestos fue mayor en 2005 que en 19807,7%, 18,4% y 27,9% en 1980 y 15,6%, 27,8% y 37,4%, respectivamente, en 2005.. Si consideramos el 20% de mayores ingresos, la renta total de ese grupo después de pagar impuestos era el 42,8% de la renta total en 1980, y el 51,6% en 2005Congressional Budget Office, Historical ­Effec­tive Federal Tax Rates 1979 to 2005, ta­bla 1C.. Si nos fijamos ahora en los escalones de más bajos ingresos (el 20% de menores ingresos y el 20% que le sigue), su renta después de pagar impuestos era, para la suma de ambos, el 18,9% de toda la renta en 1980 y el 14,4% en 2005. Finalmente, puede mencionarse que la medida sintética o global más conocida y utilizada de la mayor o menor igualdad en la distribución de la renta, el índice Gini, muestra, según el elaborado por el United States Census Bureau, un claro aumento de la desigualdadEl índice se mueve entre 0 y 1. La distribución es más igualitaria cuanto más bajo sea el valor numérico del índice, y menos igualitaria cuanto más alto sea: un valor de 1 indicaría perfecta desigualdad –toda la renta en manos de una sola persona o de un solo grupo de personas si medimos la distribución por grupos y no individualmente–, mientras que un valor muy bajo, cercano a cero, indicaría una distribución muy igualitaria. El índice global pasó de 0,40 en 1980 a 0,47 en 2005..
Si sumamos la recaudación del income tax y la del impuesto de sociedades (corporate tax) y la comparamos con el PIB de Estados Unidos, los datos muestran una menor «presión fiscal» en 2006 que en 1980, pero es una disminución de pequeña cuantía: en 1980 esa suma alcanzó el 11,4% del PIB y en 2006, el 10,7%, una caída proporcionalmente parecida a la del conjunto de los ingresos por impuestosdel Gobierno federal, que bajaron del 19% del PIB en 1980 al 18,4% en 2006. En ese período, el único impuesto federal cuya recaudación aumentó como proporción del PIB fueron las cuotas de la seguridad social, del 5,8% al 6,4% del PIB. Por otra parte, la recaudación agregada del income tax y del corporate tax pasó del 59% al 58% del total de ingresos federales por impuestos entre 1980 y 2006, una caída, pero tampoco muy significativaCongressional Budget Office, Revenues, Outlays, Surpluses, Deficits and Debt Held by the Public, 1962 to 2006, cuadros disponibles en Internet en las páginas del Congressional Budget Office: www.cbo.gov..
Finalmente, ¿cuánto contribuye cada grupo a la recaudación fiscal? Las estimaciones publicadas por el United States Census Bureau muestran lo siguiente: el 50% de los contribuyentes con menores ingresos aportaron en 1986 cerca del 7% de la recaudación total del impuesto sobre la renta y sólo algo más del 3% en 2005; por su parte, el 5% de mayores ingresos pasó de aportar el 42% de lo recaudado en 1986 al 59% en 2005, un aumento de 17 puntos, cuando su participación en la renta total declarada antes de impuestos pasó, según esa misma estimación, del 28% al 37%, un aumento de 9 puntos, de forma que por cada punto en que ha aumentado su participación en la renta antes de impuestos, su aportación a la recaudación lo ha hecho en 1,87 puntos, lo que indicaría un mayor «esfuerzo fiscal» para ese grupoTabla 1C citada en la nota 13 anterior.. Para el 1% con mayores ingresos, su participación en la renta total declarada pasó del 15% al 28% entre 1986 y 2005, un aumento de 13 puntos, mientras que su aportación al impuesto sobre la renta pasó del 25% al 39%, un aumento –muy parecido– de 14 puntos. En 2005, el 10% de contribuyentes con mayores ingresos (12 millones de declaraciones) aportaron el 70% de toda la recaudación del income tax frente a sólo el 54% en 1986. Para el 60% de los declarantes, los tres quintos de menores ingresos, el tipo efectivo en el income tax en 2005 fue negativo (es decir, los contribuyentes recibieron pagos netos del fisco) o no pasó del 3%Hay que tener en cuenta, además, que, con datos para 2004, más de cuarenta millones de declarantes no tienen que pagar cuota alguna en el impuesto sobre la renta y que otros quince millones no ganan lo suficiente como para estar obligados a presentar declaración, de forma que cerca de sesenta millones de norteamericanos no pagan impuesto sobre la renta: The Tax Foundation, 9 de junio de 2005, disponible en Internet en http://www.taxfoundation.org/news/show/542.html..
Estos datos indican que la presión fiscal ha disminuido para todos los grupos y que, a la vez, se ha producido, efectivamente, un aumento en las desigualdades. Sin embargo, hay, por lo menos, dos consideraciones que merece la pena mencionar. La primera es la siguiente: con datos del Congressional Budget OfficeTabla 1C citada en nota 13 anterior. sobre renta media después de impuestos en el escalón del 10% de rentas más altas, puede comprobarse, descomponiendo este escalón en dos tramos, el 1% superior y el restante 9%, que gran parte de la «escapada» de ese grupo hacia rentas altísimas se concentra en ese 1%: el resto de ese escalón también registra una mejora relativa, pero mucho más moderada. Si pudiera irse más allá, descomponiendo, a su vez, ese tramo del 1%, que son 1,1 millones de contribuyentes, podría comprobarse cuántos hogares o contribuyentes son realmente «responsables» del aumento más llamativo en la desigualdad; no lo sabemos, pero es razonable pensar que se trate de una fracción de ese 1%; de hecho, Krugman se refiere al 0,1% de los contribuyentes como los verdaderos protagonistas de esta historia, unas cien mil familias (de un total de más de 130 millones de contribuyentes)The Conscience of a Liberal, p. 259..
La segunda consideración es la que desde hace años viene haciendo Thomas SowellSowell menciona estudios realizados por la agencia tributaria federal, el Internal Revenue Service y por la Universidad de Mi­chigan. a quienes sostienen el argumento de la creciente desigualdad y del estancamiento, en términos reales, de los ingresos de los grupos situados en los niveles inferiores de la distribución. Sowell afirma que los individuos y los hogares situados en un quinto determinado (los sucesivos grupos de 20% de contribuyentes en que se divide el total o 100% de los mismos, en orden ascendente o descendente de su renta), no permanecen siempre en ese mismo quinto (de hecho, hay estudios que muestran bastante movilidad), por lo que el supuesto –que suele ser tácito o implícito– de que los hogares e individuos nunca cambian de grupo lleva a conclusiones erróneas sobre su situación relativa real a lo largo del tiempo; y también es erróneo, según Sowell, considerar que el tamaño de los hogares, que son la unidad de elaboración y cálculo de las escalas de distribución de la renta, tienen siempre el mismo número de individuos, otro supuesto –también tácito o implícito casi siempre– que puede llevar, asimismo, a conclusiones equivocadas en cuanto a la situación relativa en el tiempo de hogares e individuosThomas Sowell, «Income Confusion», Jewish World Review, 20 de noviembre de 2007, disponible en: http://jewishworldreview.com/cols/sowell..

OMISIONES...

Pero aceptemos que se ha producido, efectivamente, un aumento en las de­si­gual­dades económicas en Estados Unidos durante el último cuarto de siglo. Parecería, entonces, que hay que hacerse, por lo menos, tres preguntas. ¿Qué factores o políticas lo explican o han contribuido a ese resultado? ¿Qué otras cosas han ocurrido en la economía estadounidense a la vez que, o aparte del, aumento en las desigualdades? ¿Cómo ha afectado a la economía el aumento en las desigualdades?
En cuanto a la primera pregunta, la cuestión es qué responsabilidad atribuir a factores cuyo desarrollo e influencia son independientes de la intención del Gobierno de favorecer a unos grupos o a otros, y qué responsabilidad atribuir al diseño de una política fiscal y social orientada, por las razones que sean, a favorecer a ciertos grupos. Krugman discute The Conscience of a Liberal, capítulo 7, «The Great Divergence», pp. 124-152. la influencia de la revolución tecnológica, la apertura al comercio internacional, la presión de los inmigrantes sobre los salarios y la decadencia sindical para llegar a una conclusión que es, por un lado, obvia, y por otro, muy insuficiente: si, con todos esos factores en marcha, la política fiscal hubiera actuado contundentemente contra los grupos de rentas más altas, las desigualdades no habrían llegado tan lejos, de modo que, en resumidas cuentas, todos aquellos factores que son decisivos y lo único importante es la política fiscal del Partido Republicano, dominado por la derecha reaccionaria y por la «conjura del movimiento conservador».
Pero, podemos preguntarnos: el crecimiento económico, la creación de empleo, la absorción de inmigrantes, el desarrollo tecnológico, ¿habrían sido los mismos con la política fiscal muy agresiva que habría sido necesaria para impedir la «escapada» de rentas después de impuestos de los escalones situados muy arriba en la distribución? En The Conscience of a Liberal no se plantea esta pregunta y, lógicamente, no hay ninguna respuesta. Parece que la condena de la política que ha permitido el aumento en las desigualdades se justifica, para Krugman, no por sus efectos sobre el crecimiento económico, el empleo, etc., sino por la desigualdad misma y, debemos suponer, sus consecuencias morales, sociales, etc.
Leyendo The Conscience of a Liberal se diría que desde 1980 –tampoco aquí debe creer el lector que estamos exagerando o deformando lo que dice o insinúa KrugmanThe Conscience of a Liberal, pp. 127-131.– lo único que se ha producido en Estados Unidos es un inmenso desastre «social», en el que algunos, muy pocos, han conseguido elevarse a alturas estratosféricas de ingresos y riqueza (lo que es, sin duda, cierto para un grupo muy pequeño situado en la cúspide de la distribución), mientras la mayoría apenas habría conseguido mejorar sus niveles de renta y bienestar más allá de lo que ya tenía a mediados de los años setenta, es decir, hace cerca de cuarenta años (lo que es, con seguridad, falso). Krugman no considera adecuado o necesario recordar que el crecimiento económico en Estados Unidos desde 1980, año de la llegada al poder de Reagan, ha sido el gran motor de la economía mundial, superando significativamente al conseguido en la Unión Europea. Entre 1980 y 2006, el PIB en Estados Unidos creció a una tasa anual acumulativa del 3,23%; entre 1980 y 2000 la tasa anual acumulativa fue del 3,4%, igual que en el decenio de los años noventa, ocupado por las dos presidencias de Clinton. Para la Unión Europea de quince países, las tasas de crecimiento real del PIB fueron del 2,3% anual acumulativo para 1980-2006, del 2,6% entre 1980 y 1990, y del 2,5% entre 1990 y 2000Las tasas se han calculado a partir de los datos de PIB en dólares del año 2000 que publica, tanto para Estados Unidos como para la Unión Europea de quince miembros, el Economic Research Service del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, accesibles por Internet..
A Krugman tampoco le parece importante señalar que entre 1980 y 2005, la Unión Europea (quince países) aumentó su empleo en 34 millones, un 24% del empleo total registrado en 1980, mientras que, en ese mismo período, en Estados Unidos el empleo civil (excluyendo, por consiguiente, todas las fuerzas armadas) aumentó en 43 millones, un 43%; o que entre 1995 y 2005 la tasa de desempleo media en la Unión Europea (quince) fue del 8,5% y de 5,0% en Estados Unidos, y que la tasa de participación laboral se ha mantenido durante los últimos veinte años en Estados Unidos siempre muy por encima (hasta más de diez puntos) de la correspondiente tasa en la Unión Europea. También podría haber recordado la enorme inmigración que Estados Unidos ha absorbido durante las últimas tres décadas –aunque nadie lo sabe con precisión por el volumen de ilegales, debe de estar por los treinta millones– muy superior a la que ha absorbido la Unión Europea en ese períodoLos datos sobre empleo, desempleo y participación laboral en Estados Unidos están tomados del United States Department of Labor, Bureau of Labor Statistics: www.bls.gov/cps/home.htm; para la Unión Europea (quince miembros) son datos de Eurostat, Employment Analysis y los informes anuales sobre la situación económica y monetaria, disponibles en: www.ec.europa.eu/eurostat..
Finalmente, es también significativa la ausencia de cualquier comentario sobre la evolución de los gastos «sociales» del Gobierno federal, que no parecen ajustarse al sentido de las denuncias de Krugman. Entre 1980 y 2006, el gasto total del Gobierno federal creció, en dólares corrientes, 4,9 veces, mientras que las transferencias sociales a personas crecieron 5,8 veces y la parte de esas transferencias financiada no con las contribuciones del sistema de la seguridad social, sino con impuestos, creció 6 vecesBureau of Economic Analysis, National Income and Product Accounts Table, Tabla 3.1, publicado el 29 de noviembre de 2007 y disponible en: www.bea.gov/national/nipaweb/TablePrint.asp.. Estos datos indican que la idea, moneda común en muchas discusiones y que flota a lo largo del libro de Krugman, de una especie de colapso en la política de protección social en Estados Unidos durante las últimas tres décadas es, por lo menos, muy exagerada.

...Y ALGUNAS TRAMPAS

The Conscience of a Liberal es un libro bien construido, que alcanza, seguramente, el objetivo que pretendía su autor: agitar a favor del triunfo demócrata en las próximas elecciones presidenciales, sin conceder nada al adversario republicano y presentando un gran tema, la implantación en Estados Unidos de un sistema sanitario público «a la europea», como banderín de enganche y proyecto político central de los demócratas y del presidente o la presidenta (demócrata, según él espera) que tomará posesión en enero de 2009. Es un manifiesto político y, como tal, selectivo en sus datos y sesgado en sus juicios. Pero esto tampoco es nuevo en Krugman.
De las muchas polémicas que Krugman ha suscitado, la más sonada fue, quizá, la que sostuvo en 2005 con el public editor o «defensor del lector» del New York Times, Daniel Okrent, quien, en su despedida, lo acusó de «tener la inquietante costumbre de moldear, recortar y seleccionar las cifras que cita de forma tal que agrada a sus acólitos, pero lo deja expuesto a ataques sustanciales»Daniel Okrent, The New York Times, 22 de mayo de 2005.. Krugman rechazó, naturalmente, la acusación y se desparramó un cruce de reproches entre ambos y de contribuciones de varios espontáneos, simpatizantes de uno o de otro, donde salieron a relucir errores o afirmaciones claramente exageradas de Krugman y su escasa disposición –casi invencible reticencia, según Okrent– a reconocerlos, pero tampoco, ni en cantidad, ni en calidad, tan graves o frecuentes como para poner fin a su carrera de colaborador-estrella del periódicoDe las intervenciones contrarias a Krugman, fue interesante la que publicó Donald Luskin en National Review, 1 de junio de 2005, «Krugman Smackdown!» («Krugman abofeteado!»), con un listado de errores en datos, exageraciones y afirmaciones poco fundadas..
Pero lo inquietante de Krugman no es que pueda cometer errores con las cifras, lo que le puede suceder a cualquiera, o que, a veces, se permita exageraciones retóricas, un pecado venial incluso si lo cometen profesores de PrincetonEn 2002 escribió que el asunto Enron (la quiebra fraudulenta de esa empresa, que era un gigante del sector energético) sería, mucho más que el 11 de septiembre, «el punto de inflexión» para la sociedad norteamericana: The New York Times, 29 de enero de 2002. En otra ocasión inventó (The New York Times, 10 de agosto de 2004) unas «hurrahs!» al candidato demócrata a las elecciones presidenciales de 2004, John Kerry, en la Bolsa de Chicago: Donald Luskin, art. cit.. Lo inquietante, y más grave que lo que dijo el defensor del lector del New York Times, es su tendencia a olvidar los hechos que complican la eficacia de su argumento, o lo desmienten, o a sesgar su presentación en función de sus intereses, digamos, dialécticos, o sus preferencias políticas. No se trata de que Krugman mienta o falsifique datos: es demasiado inteligente para eso; su técnica de manipulación es más refinada, más difícil de resistir.
Ya señalamos antes que en The Conscience of a Liberal está por completo ausente la brillante evolución económica norteamericana en crecimiento y en empleo de los últimos veinticinco años, tanto en términos absolutos como comparados, por ejemplo, con la Unión Europea. Otra cuestión llamativa es que Krugman no analiza, y ni siquiera menciona, algunos factores que, según la mayoría de los especialistas, de variado color político, han tenido una influencia negativa muy importante sobre las rentas en los escalones más bajos de la distribución: suele citarse, muy especialmente, el aumento espectacular en el número de familias monoparentales, sobre todo entre la población afroamericana, casi siempre madres solas con hijos a su cargo. El efecto grueso de estas omisiones y de otras que podrían citarse es presentar, del modo más simplista posible, el aumento en las desigualdades como resultado de una política fiscal reaccionaria, orientada a favorecer a los más ricos a costa de la inmensa mayoría de los ciudadanos, sin referencia alguna al conjunto de la política económica y a sus resultados, sin que nada de lo ocurrido sea defendible bajo ningún punto de vista, ni nadie, salvo los gobiernos republicanos, sea responsable de nada.
A veces, las omisiones de Krugman son peores, pues se acercan, verdaderamente, al «juego sucio». Nada menos que en cuatro ocasionesThe Conscience of a Liberal, pp. 12, 65, 178 y 183. recuerda que Ronald Reagan hizo, en 1980, su discurso inaugural de campaña en un pueblo del estado de Mississippi, Philadelphia, de gran simbolismo político por haber sido el lugar donde, en 1964, fueron asesinados tres activistas de los derechos civiles, sugiriendo, así, un guiño de Reagan al voto racista del «Deep South», feudo, hasta entonces, de los demócratas. Pero omite mencionar que Reagan se presentó en aquella campaña con el apoyo explícito de varios importantes líderes negros, uno de ellos el sucesor en Atlanta de Martin Luther King, lo que da, obviamente, un significado muy diferente a aquel acto electoral: no era un guiño, una promesa solapada a los racistas y a sus simpatizantes, sino una llamada al voto tradicionalmente demócrata de los Estados sureños desde una nueva plataforma republicana de integración racial y reconciliaciónPejman Yousefadeh, «The Innocent Mistakes of Paul Krugman», www.crosstabs.org/stories/history/the_innocent_mistakes_of_paul_krugman..
La descripción de una sociedad en la que las desigualdades han crecido brutalmente y en la que los políticos, publicistas y agitadores más reaccionarios y fanáticos han mantenido su hegemonía durante casi tres décadas se compadece mal, por otra parte, con la evolución reciente de una serie de indicadores de la sociedad norteamericana. Durante los últimos diez años, los niveles de criminalidad, de consumo de drogas, de dependencia de los subsidios de la seguridad social –que algo tuvieron que ver en la llegada al poder de Reagan, una consideración también ausente del argumento de Krugman–, de natalidad y abortos, y de calidad educativa han empezado a mostrar mejoras importantes, aunque siempre pueden caber dudas sobre su permanencia. Por ejemplo, la delincuencia violenta contra personas y propiedades alcanzó, para el conjunto de Estados Unidos, en 2005, el nivel más bajo desde 1973; el número de personas dependientes de los subsidios ha bajado, desde 1996, en casi todos los Estados entre un 30 y un 90%, a la vez que aumentaba el empleo de madres solteras; el número de abortos ha alcanzado en 2005 el nivel más bajo desde 1970; la tasa de abandonos en la educación secundaria está al nivel más bajo de los últimos treinta años. Pero, quizás, el indicador más significativo sea la evolución de la natalidad, que ha alcanzado en 2006 la tasa que asegura el mantenimiento de la población por primera vez desde 1971, un dato que sería verdaderamente extraordinario y anormal si fuera cierto que más de la mitad de la población tiene sus ingresos reales estancados o decrecientes y es víctima de una política social reaccionaria diseñada sólo para acomodar a los más ricosPeter Wehner y Yuval Levin, «Crime, Drugs, Welfare - and Other Good News», Commentary, diciembre de 2007, disponible en: www.commentarymagazine.com/viewarticle.cfm/Crime-Drugs-Welfare-and-Other-Good-News-10999; The Washington Post, 21 de diciembre de 2007, p. A11. Es cierto que otros indicadores, como la población penitenciaria o en centros de detención ha seguido subiendo y es ahora (2006), en términos relativos, más del triple de la que existía en 1980, aunque algo parecido ha ocurrido en otros países occidentales La tasa total de encarcelamiento o detención por cada cien mil residentes ha pasado en Estados Unidos de 221 personas en 1980 a 737 en 2005: se triplicó entre 1980 y 1995 (de 0,5 millones de encarcelados en 1980 a 1,6 millones en 1995) y ha crecido más lentamente, un 22%, entre 1995 y 2005; estos datos son accesibles por Internet en el Bureau of Justice Statistics del United States Department of Justice, en un boletín que se publica anualmente, el último correspondiente a 2006: http://www.ojp.usdoj.gov/bjs/abstract/p06.htm.. Quizá Krugman considera que todos los indicadores que parecen mostrar una evolución positiva no significan gran cosa frente al agravio moral que implica el aumento en la desigualdad. Sea como sea, no dejan de ser omisiones que sesgan la presentación del problema y la información que se da al lector.
Finalmente, en cuanto a la conjura contra la mayoría que significa, según Krugman, el «movimiento conservador» y la llamada «derecha religiosa», hay una especie de autismo político en su denuncia que la hace muy chocante. Porque es cierto que la derecha (en Estados Unidos la derecha religiosa es mucho más importante que la derecha laica, que también existe, desde luego) está ahora mejor organizada que hace treinta o cuarenta años y que dispone de universidades, medios de comunicación, think-tanks, pu­bli­cis­tas, etc. Pero en los medios de comunicación y en el mundo académico «el movimiento de izquierda» o «liberal» (en el sentido norteamericano) es todavía más fuerte y activo que su adversario; y en cuanto a los movimientos religiosos que desempeñan un ­papel político conservador o de extrema derecha, siempre ha existido y actualmente –parece– está creciendo con fuerza una «izquierda religiosa» aliada a movimientos sindicales y sociales de izquierda o de extrema izquierda, cuya influencia no es despreciableLas fundaciones del magnate de la especulación financiera George Soros (el Open Society Institute y la Soros Foundations Network), son ejemplos de think-tanks «liberales» en el sentido de Krugman y, desde luego, furiosamente anti-Bush. En cuanto a la «izquierda religiosa», puede leerse Steven Malanga, «The Religious Left Reborn», City Journal, otoño de 2007, disponible en: http://www.cityjournal.org/html/17_4_religious_left.html..

FRANCIA COMO MODELO

En el penúltimo capítulo del libro –el último es la confesión de fe igualitaria del autor– nos aguarda una sorpresa: Francia puede o debe ser, en opinión de Paul Krugman, un modelo para Estados Unidos. Francia lleva más de una década mostrando bajas tasas de crecimiento, muy alto desempleo de jóvenes y de mayores de cincuenta años, continuados y crecientes déficits públicos, incremento acelerado de la deuda pública (se ha doblado desde el Tratado de Maastricht de 1992) y problemas de integración racial y social no menos graves, en algunas zonas, que los que padece Estados Unidos. Pero, aunque admite que Francia ha cometido «algunos importantes errores» en materia de empleoThe Conscience of a Liberal, p. 256; se refiere a la situación de los mayores de cincuenta y cuatro años, afectados, igual que los menores de veinticinco, por una muy alta tasa de paro., Krugman admira y envidia su política fiscal fuertemente progresiva, la potencia de sus sindicatos (incluidos, quizá, sus sindicatos del sector público, que defienden con éxito a los funcionarios o cuasifuncionarios más privilegiados de Europa), su sanidad pública y todo su sistema de seguridad social.
Francia es un país envidiable por muchas cosas, pero esta declaración, precisamente en 2007, el año en que los franceses le dieron a Sarkozy el claro mandato de sacarles de ese marco de políticas supuestamente «progresivas», confirma que Krugman, aparte de ser un profesor famoso en una universidad de gran prestigio, es un consejero político y económico provocador, «de mucho peligro», como dicen algunos castizos. Si Estados Unidos hubiera seguido durante las últimas décadas una política «a la francesa» (o, para el caso, «a la alemana») de bajo crecimiento y alto desempleo, ten­dría­mos, hoy, problemas mucho, mucho más graves en la Unión Europea y en Estados Unidos y en todas partes que los que ya tenemos, que no son pocos.
Parece ser que Bill Clinton prefirió no hacer a Krugman miembro de su Consejo de Asesores Económicos. Suponemos que el próximo presidente o la próxima presidenta demócrata se lo pensará dos veces antes de enmendarle la plana. Si, contra las expectativas, el próximo presidente es republicano... no será el caso.

 

01/04/2008

 
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