ARTÍCULO

Adultos, abstenerse

Areté, Barcelona, 299 págs.
 

No sé si atribuir la publicación, en una colección dirigida a adultos, de la novela juvenil La Ciudad de las Bestias, a una sagaz estrategia comercial, o si, en calidad de lector engañado debería demandar donde corresponda –pero no sé en qué lugar– a la editorial Areté por el delito, no tipificado, de desvergüenza cultural.

Cierto que la cosa es más sencilla. Isabel Allende es una autora de éxito, una marca de fábrica cuyos consumidores se cuentan con cifras de muchos ceros. Y esta es una razón, muy poderosa, para no restringir su público. Los editores acaso pensaron, no sin fundamento, que si el lector habitual de Isabel Allende había gozado con su escritura hogareña, sentimental, con pálpitos de fantasía y sagas familiares de espíritus bondadosos que vienen del otro mundo para endulzar la merienda, también podía disfrutar de esta narración para adolescentes, y en consecuencia no había necesidad de editarla en una colección juvenil, que sería su lugar natural. Tentado estoy de decir que, al proceder así, Areté ha cometido fraude.

Bien. La Ciudad de las Bestias es una novela juvenil. Es más, es una novela escrita, según indica el epígrafe, para disfrute de Alejandro, Andrea y Nicole; ellos le pidieron a Isabel Allende que les contara esta historia. Ignoro las edades que ocultan esos nombres, pero dado que el protagonista, de quince años, se llama Alexander, y tiene dos hermanas más pequeñas, Andrea y Nicole, se puede afirmar que ninguno ha dejado atrás la adolescencia. Esta novela, por tanto, ha brotado a requerimiento de una proposición de entretenimiento familiar, cosa que en sí no es buena ni mala, pero fuera de esas paredes protectoras su índole literaria se resiente bastante.

Isabel Allende, que pasa por ser una escritora subalterna del llamado realismo mágico, muestra aquí una imaginación adscrita a los más previsibles rudimentos de una novela amazónica. El pretexto para situar a un chico de quince años en una expedición, financiada por National Geographic, en busca de una extraña bestia, no es otro que la enfermedad de su madre, que obliga al padre, incapaz por sí mismo de atender a sus hijos, a enviar al chico con su estrafalaria abuela Kate Cold, una prestigiosa periodista y viajera, que siempre viste «los mismos pantalones bolsudos y un chaleco sin mangas (sic), con bolsillos por todos lados, donde llevaba lo indispensable para sobrevivir en caso de cataclismo». Esta intrépida señora incorpora a Alexander a la peligrosa expedición selvática, como si se tratara de una visita al parque.

En una aldea del río Negro, entre Venezuela y Brasil, el último reducto de civilización antes de adentrarse en la selva, Alexander conoce a Nadia, una chica de doce o trece años, hija de otro expedicionario, que también la añade al grupo, junto con su monito Borobá, incrementando así el segmento juvenil de la expedición. Lo que sigue es una amable y pesada peripecia, muy contaminada de las producciones Disney, con malvados que resultan buenos, histéricos que se revelan valientes, una bondadosa doctora que oculta perversos propósitos, soldados atolondrados puestos ahí para recibir flechas invisibles, un plan indescriptiblemente maligno de exterminio y aprovechamiento de la tierra de los indios, y, claro está, una tribu, «la gente de la neblina», cuya filosofía de la bondad dejaría en un pasmo de idiotez las páginas de Rousseau sobre el buen salvaje, guardiana de unas bestias arcaicas que hablan, conservan la memoria de la humanidad, y alcanzan a vivir siglos en un valle, en una especie de Shangri-La fuera del tiempo, del progreso y de la corrupción de la historia.

Es evidente que los únicos miembros de la expedición que verán a esas bestias serán Alexander y Nadia, ya que ellos consiguen «ver con el corazón», y esta experiencia servirá para que los chicos, que han compartido maravillas, han afrontado peligros y se han iniciado en ritos chamánicos, se despidan en la última página con el fervor de recordarse toda la vida. Todo muy bonito y conmovedor. Lástima que el autor de esta recensión, bien a su pesar, esté hoy lejos de la niñez, y no pueda simpatizar con esas efusiones.

Incluso considerando la pertinencia juvenil de La Ciudad de las Bestias, Isabel Allende se muestra muy mimética de lo políticamente correcto. La narración está sembrada de tópicos discursos sobre los indios y de las buenas intenciones de los chicos, que resultan inverosímiles al dotarles de una increíble entereza, y en la medida en que, frente a los otros miembros de la expedición, terminan imponiendo sus ideas, todo nos lleva a una suerte de celebración de la adolescencia como edad de un poder secreto, cuyos beneficios se pierden con el crecimiento. Ese poder lo transporta Alexander en su corazón y en su flauta, que al tocarla hipnotiza con su música a animales, indios y bestias, en una versión degradada de Orfeo.

Pero todo aquí está degradado. La antropología es un medio para alcanzar la fama, la expedición es un vehículo para la emancipación espiritual de Alexander, y el régimen de aventuras en el Amazonas no es otra cosa que unas vacaciones en un espacio un poco más exótico. Es posible que, con algo menos de ramplonería juvenil y algo más de imaginación, La Ciudad de las Bestias pudiera haber conseguido, al menos, la gracia de entretener. Tampoco. El estilo de Isabel Allende no logra agitar la acción, cuando ésta lo necesita, y además usa de expresiones tipo «Había decidido a los tres años que no le gustaba el pescado», capaz de hacer sonrojar al más pétreo lector. Por cierto que la prosa de Allende está muy irrigada por el verbo decidir, lo que parece una consigna de superación. Sus personajes siempre están decidiendo. Alexander, en otro momento, sufre una alteración: «La adolescencia era un lío, lo peor de lo peor, decidió». Al lector le corresponde ahora ejercer con propiedad el verbo decidir, o abstenerse.

01/11/2002

 
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