ARTÍCULO

La casa vacía de Revel

 

Me han fascinado siempre las memorias, las autobiografías, los libros de recuerdos por la arrogancia casi biológica que supone en la mayoría de los casos embarcarse en operación semejante; es decir, para publicar un tomo –¿se han fijado que son siempre anormalmente gruesos?– sobre la vida de uno, hay que tener, para comenzar, una excelente opinión de sí mismo. Muestras existen, sin duda, altamente cualificadas. Churchill se ganó su derecho a escribir memorias y Azaña también. Cuando uno ha sido alguien, testigo privilegiado de algo, o cuando se sabe cultivar esa fórmula que se podría llamar «Yo y mi tiempo», siempre con más atención a lo segundo que a lo primero, puede que haya asunto.

No todas las exigencias anteriores concurren, sin embargo, en el volumen Mémoires, ou le voleur dans la maison vide (Memorias, o el ladrón en la casa vacía) del escritor francés Jean François Revel, publicado por Albin Michel, París. ¿Qué interés puede tener que Revel nos comunique que su padre «era un bebedor de fondo»? ¿En qué pudo ello modificar el destino de un autor de algún interés, sin duda, pero no exactamente uno de los forjadores del siglo XX?

En realidad, el escritor se pasea entre el género más propiamente de memorias –cuando trata preferentemente de su tiempo– y el de la autobiografía –cuando nos habla de una novia que se llamaba Claudia y era italiana–. Y es bien consciente de ello porque, en su momento, nos suministra su propia teoría instantánea sobre lo que puede ser este tipo de narrativa personal, al afirmar que, como el Renan de juventud, él aspira más a una narración que a una documentación, a la literatura que a la historia de las cosas. Es decir, a moverse a su antojo, lo que, racheadamente, produce páginas de sátira demoledora.

Pero también las memorias de Revel tienen una justificación más allá de la buena opinión del autor sobre sí mismo. Y ésa es la de que él fue el primero o de los primeros en darse cuenta de que el comunismo era un engañabobos tan grande como la torre Eiffel. Un récord manifiesto en precocidad intelectual, mejorando a Francisco Franco. Aunque ello no obsta, sin embargo, para que en 648 páginas, en las que hay profusa mención de su obra publicada, no incluya referencia alguna a Comment finissent les démocraties, libro de 1983 en el que alertaba sobre el previsible aniquilamiento de la Europa liberal bajo la amenaza de Moscú. Revel adivinó muy pronto que el comunismo soviético era un fraude, pero no, según parece, que tuviera los pies de Gorbachov; es decir, de barro.

La obra, en lo mejor que tiene, es un recorrido por los ambientes periodísticos e intelectuales del París de los años sesenta a los ochenta, con insistente mención del semanario L'Express, que dirigió el autor entre 1978 y 1981. Los personajes van y vienen, como en una puesta al día asistemática de un mundo de «mandarines» contemporáneos. Así, nos habla con nutritivo sarcasmo de que la fórmula parisina del éxito es la de «no equivocarse jamás –Raymond Aron-o «hacerlo siempre» –Alain Minc–, autor como él de un volumen donde no queda títere europeo con cabeza ante la inminente agresión soviética.

O, también, como cuando acusa a Sartre de ser «el mayor causante del desastre cultural de la Francia de la posguerra», sin que por ello se aplique, en la habitual tarea de demolición tan propia de nuestros días contra el autor de El ser y la nada, a cantar las excelencias de Camus. El «pied noir», nieto de española, ni siquiera es mencionado en el texto, quizá porque su anticomunismo fue tan temprano como el del propio autor.

Pero su bestia favorita es el presidente Mitterrand, al que en una serie de inefables viñetas caracteriza con estupenda vanidad como uno «que quiso conocerme» cuando era líder socialista, pero que jamás «ponía en práctica ninguno de mis consejos», y cuya «conversación versaba exclusivamente sobre sus recuerdos personales o táctica política». En la valoración del presidente –traicionero, mentiroso, avaro, desprovisto de toda vocación intelectual, analfabeto en cualquier idioma excepto el francés– resaltan, con todo, apuntes de trazo más fino, como cuando lo califica de «hombre nacido para la oposición», que se supera en el juego a la contra, que no debía haber llegado a presidente, porque era el poder lo que ambicionaba, y, no ejercerlo, cosa que le aburría.

Al lado del barrenamiento del personaje palidecen picardías menores como llamar «Lenin de provincias» al ex ministro de Defensa socialista Jean Pierre Chevenement; decir de uno de sus sucesores, Charles Hernu, que «en vez de cerebro tenía una vasta corriente de aire»; o, ya en el colmo del mal gusto, que las piernas de Carmen Romero, señora de González, eran, por su delgadez, todo menos una invitación al erotismo.

Recupera, sin embargo, su gran tono acerbo al estigmatizar a una profesión y a un gremio: periodismo y periodistas, a los que, por la nula información que procura sobre cómo se hacía L'Express, se diría que perteneciera más como intelectual residente que como hombre de oficio. «Jamás he visto una profesión más ciega ante el foso que separa su práctica de sus principios, menos conocedora de sí misma y, a la vez, menos cuidadosa y más falsificadora de las apariencias». Tanto como muchos libros de memorias.

El tono general de la obra, con su va y viene que busca lo temático haciendo acrobacias con la cronología, lo da la autosatisfacción del iconoclasta –«lo del 68 ya lo había visto yo en Estados Unidos»-de aquel que es a la vez «insider» y «outsider», que no se resigna, orgulloso, a pagar el peaje beato de las convenciones –casi siempre de izquierdas–, pero que, sin embargo, es constantemente invitado por los barones de la ciudadela intelectual a desempeñar importantes puestos en el interior de ese mundo que con tanto acíbar excomulga.

Y en ese sentimiento de superioridad sobre sus pares –que más parecen nones– acentúa un cosmopolitismo, que, según el autor, es sólo mera apariencia en el palurdismo de la cultura oficial francesa. Por ello, se ufana de vastos conocimientos en materia de hispanidad, italianismo y lusofonía, lo que no le impide escribir que a los españoles en México se les llama «cachupines», que una expresión muy típica mexicana –país donde residió tres años– consiste en decir que alguien es «muy listo» para indicar que lo es, o que un famoso dictador venezolano se llamaba «Pedro Jiménez», lo que suponemos que no se refiere a Curro Jiménez, sino a Pérez Jiménez, don Marcos.

El subtítulo de la obra, con su ladrón que entra en la casa y se encuentra que está vacía, que es la vida según algún proverbio por lo menos budista, es un perfecto frontis para el libro. En «casa» de Revel hay excelentes y crueles viñetas de transeúntes o vecinos diversos, un yo opíparo, y una grave disincronía entre lo que a él le parece importante o gracioso porque le ocurrió a él o se le ha ocurrido a él, y lo que puede pensar un lector, en todo caso, de fuera del hexágono. El autor seguramente tiene buena memoria, pero no hace méritos suficientes para que se le recuerde por ella.

01/04/1997

 
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