ARTÍCULO

Lirismo en el balneario

Huerga y Fierro, Madrid
168 pp. 14 €
 

Recordemos una colección literaria benemérita como «Ocnos» que, desde la Barcelona de los primeros años setenta, ofreció al público español variadas entregas de la mejor poesía hispanoamericana del si­glo xx, de Oliverio Girondo a Heberto Padilla o Enrique Lihn, pasando por Borges, Lezama Lima, Juan Gelman o Roberto Juarroz, entre otros. A menudo, era una insólita oportunidad de acercarse a grandes creadores desconocidos por estos lares. Tal fue el caso de una excelente antología (Surrealistas y otros peruanos insulares, a cargo de Mirko Lauer y Abelardo Oquendo) que permitió descubrir a muchos lectores la gran poesía peruana escrita alrededor del medio siglo, y que según el crítico Julio Ortega apostaba por el radicalismo de la imaginación y un ejercicio verbal autónomo a partir de la insularidad y extrañeza de un mundo personal, arriesgado y riguroso. Eran los sucesores generacionales de Eguren y Vallejo, fundadores éstos de la modernidad literaria –el apogeo de las vanguardias– en el Perú. Entre ellos se encontraba Martín Adán, pseudónimo de Rafael de la Fuente Benavides (Lima, 1908-Lima, 1985).
Ahora se edita por primera vez entre nosotros (en una colección como «Signos/Versión Celeste», que recupera piezas valiosas de las dos vertientes del idioma español) La casa de cartón, título clave entre las obras de culto de la literatura peruana del pasado siglo. Su primera edición apareció en 1928, acompañada de sendos textos de Luis Alberto Sánchez y José Carlos Mariátegui que asimismo se rescatan; este último fue director de la muy importante revista Amauta, donde se había anticipado algún fragmento de esta novela breve que suponía el debut de un joven de veinte años que trataba de romper con el regionalismo imperante reclamándose, como señala el propio Mariátegui, partícipe de la estirpe de Cocteau o Radiguet. La profesora Eva María Valero Juan, al cuidado de la presente edición, nos sitúa en esa vanguardia de lo decadente de aquellos años y nos presenta con acierto en su prólogo la trayectoria de un Martín Adán embebido de literatura y de filosofía tras su paso por el Colegio Alemán de Lima, «extraño estudiante de Derecho que liquidó su futuro prometedor para desembocar en una intensa bohemia».
No fue hasta treinta años después, en 1958, cuando la novela se reeditó. Ya para entonces, con un Martín Adán considerado un raro, pero alabado como poeta y muy tenido en cuenta por la generación limeña en auge (Luis Loayza, Sebastián Salazar Bondy, Julio Ramón Ribeyro), sí llamó la atención esta imaginativa recreación artística del paisaje urbano concebido como correlación de un estado de ánimo donde el elemento más recóndito queda reflejado en el espacio cambiante y fraccionado de la urbe. Así, en 1959, para un jovencísimo Mario Vargas Llosa, La casa de cartón es una obra no descriptiva y no naturalista que, al interiorizar la experiencia y subjetivar la ficción de lo narrado, transmite «impresiones, sensaciones y emociones». Advertimos cómo la superposición de planos que forma este collage de prosas (hasta un total de treinta y nueve fragmentos o secuencias) configura de hecho, a través del contrapunto, la estridencia, incluso la disonancia, una visión de la ciudad, una «marina en relieve tallada a cuchillo», cargada de ironía y de melancolía.
La mirada del colegial adolescente gusta de un ceremonial privado a la hora de construir su aprendizaje plástico, sensual, erótico. Los olores, los reflejos, los colores van dibujando los ecos de las lujurias estivales, la memoria de una niñez cercana de fugitivas vacaciones que amenazan con no volver de esa manera primordial y seductora con que nos arrebataron la primera vez. Un orbe de elixires, colirios, tintas, tizas y jabones parece bañar esa caja de sorpresas que es el balneario de Barranco, centro irradiador desde donde se contempla el verano –y el mundo– que se va. La belleza entrevista, el vaticinio de un devocionario amoroso que nos asalta y exalta se corresponden con toda una iconografía (Stephen Dedalus al fondo, también de manera explícita Paul Morand, Blaise Cendrars, y hasta Adolphe Menjou, el actor de cine mudo) que semeja las páginas de un álbum ornado. Lugar donde caben los letreros y avisos de las vanguardias («Es prohibido pecar en los pasadizos»; «No se permite destruir el local completamente»), las imágenes ramonianas acerca de la noche («La ciudad lame la noche como una gata famélica»; «En la taza de café del firmamento, flotará indisoluble, ingrávido, el terrón de azúcar de la luna») o la traslación a ese balneario desolado y expectante de la intimidad del ser sintiente («Fin de almuerzo que es soledad de calles, y argentino, cálido silencio, y rebrillar de calzadas de redondas piedras auríferas, de piedras de lecho de río, sedientas y acezantes»).
Porque a la postre es la mirada del poeta la que afecta e impregna el malecón, las afueras, los acantilados, las carretas de los heladeros, los postes de la luz que se convierten en peatones, los tranvías con su cargamento de sombreros o un así llamado bulevar Proust. Siempre con el mar océano al fondo. Mar que puede remitirnos al vasto cristal azogado de la «Sinfonía en gris mayor» del maestro Rubén Darío –mar de lenguaje rítmico-, o al mar interior que late en nosotros tras las lecturas de Loti, Salgari o Verne: «El mar es un alma que tuvimos, que no sabemos dónde está, que apenas recordamos nuestra –un alma que siempre es otra en cada uno de los malecones–».
Los ojos, pues, del artífice parecen querer cazarlo todo: «Nuestros ojos, niños incautos y curiosos». El niño novillero que cava su vida y cimenta su alegría en la arena de la playa ha saboreado una eternidad que se desnuda como presencia efímera. La casa de cartón representa la endeble morada de las primeras pérdidas, pérdidas que a pesar del tono lúdico («Es cordura ponerse lírico si la vida se pone fea») duelen y atosigan. El poeta mira, sonríe, dice querer ser feliz de manera pequeña, con un júbilo menor. La biografía cinemática, pictórica, acústica, juguetona del balneario de Barranco y de sus veraneantes es la primera y ya espléndida etapa de un poeta de veras que supo cantar en su rosa creadora la «Derrota inconmensurable / De celestial singladura». 

01/04/2007

 
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