ARTÍCULO

Soufflé marino

Alfaguara, Madrid, 590 págs.
 

No hay nada de reprobable en que se vendan muchos ejemplares del mismo libro. Eso sí, es triste que, como regla general (que admite gozosas excepciones), los libros más vendidos tengan poca o ninguna altura estética, pero esa circunstancia, que no es nueva en absoluto, no debería conducir al ceñudo anatema y a la pérdida de compostura crítica. Ocurre, sin embargo, que, por diversas circunstancias cuya reseña sería demasiado prolija, en la actualidad existe una notable tentación mixtificadora, consistente en presentar la novela exitosa de turno bajo el estandarte de la buena o la mejor literatura. Como es bien sabido, esta dolorosa confusión no es sólo el resultado de una campaña publicitaria orquestada a fin de halagar al lector habitual de estos libros, sino que también es favorecida por una manera nueva de disponer y adornar materiales harto conocidos. El producto final sigue siendo una obra de entretenimiento pero que se resiste a permanecer en el lugar que naturalmente le corresponde por gracia del envoltorio culturalista (o mejor: documentado) que lo pertrecha o de las febles aspiraciones de trascendencia que lo barnizan.

El caso de Pérez Reverte es ejemplar en este sentido, y más aún lo es esta última novela, que invoca desde sus propias páginas toda la gran literatura de tema o ambiente marino, de Homero a Conrad. Si se añaden las continuas referencias al jazz y al cine negro (al parecer todas ellas prestigiosas por sí mismas), la documentación histórica y la omnipresente jerga marinera, entonces el pastiche está dispuesto para que el incauto lo eleve a los altares, haciendo propia la vanidad ajena. Y sin embargo, es muy difícil contemplar La carta esférica como otra cosa que no sea una narración de aventuras, amor e intriga, incapaz de trascender los tópicos de su género y, además, cuestionable en lo que se refiere a su eficacia como lectura digestible. Lo paradójico es que justamente aquellos elementos destinados a proporcionar mayor empaque estético son los que, manipulados con torpeza, dañan más seriamente la fluidez y el encanto de la peripecia.

La novela narra las aventuras de Manuel Coy, un marinero mercante que, obligado a permanecer en tierra tras la suspensión de su permiso de piloto, se ve envuelto en la búsqueda de un navío jesuita, el Dei Gloria, hundido frente a las costas murcianas en 1767. Los misterios que rodean la carga y los motivos del periplo del barco, los conflictos con otros buscadores menos escrupulosos y, sobre todo, la relación sentimental que va fraguándose entre Coy y Tánger Soto, su patrona en la aventura, son los mimbres que componen la armazón novelesca. Como se puede deducir, el relato se desarrolla conforme a planteamientos convencionales: hay un misterio que resolver, una serie de peripecias que se suceden mientras avanza la indagación en torno a la incógnita y, de forma paralela, una historia de amor entre los protagonistas. Nada habría que objetar si el autor hubiera decidido dejar ahí la cosa, pero la realidad es que no ha sido así, y lo que hubiera constituido un correcto relato de género se ha manipulado para parecer lo que no es. Para tedio de todos.

En primer lugar la novela ofrece un número excesivo de páginas (el bulto como ambición) que no se justifica bajo criterio alguno. Sí se puede comprender esa desmesura si consideramos que la mayoría de las secuencias prescindibles responden a dos objetivos prioritarios, aunque falaces. El primero de ellos es la búsqueda de verosimilitud, no sólo la histórica sino también aquella que permite aceptar la condición y oficio de los personajes. A tal fin el narrador (luego hablaremos de él) destina un generoso espacio para el memorial histórico y el dato erudito, casi siempre puesto en boca de personajes, quienes en tal coyuntura no se comunican, sino que se sermonean. Por otra parte, la profusión cansina de tecnicismos marineros, utilizados bajo la inocente creencia de que así se hace palpable el contexto marítimo, conduce directamente al hartazgo.

El otro propósito, cuya búsqueda degenera en exceso, consiste en generar espejismos de profundidad. Ya hemos citado la abundancia de alusiones a libros, música o películas que de forma explícita van apareciendo para crear un trasfondo intelectualmente prestigioso (no es lo mismo un rudo marinero que un rudo marinero que se deleita con Miles Davis y Melville). El problema no estriba en el manejo de esos elementos, sino en la incapacidad para integrarlos naturalmente en la ficción, de manera que formen parte imprescindible y coherente de la misma. Y algo similar puede decirse del otro cauce destinado a la dignificación artística, como es el empleo de un estilo que oscila entre cierta quejumbre estoica mal aprendida de la novela negra y el conato ingenioso del best seller de curso legal. Toda una retórica importada de diversas fuentes para conformar una prosa plagada de tópicos cuando aspira lo sentencioso (sí: Coy y Tánger son dos barcos que se cruzan en la noche) o bien sencillamente relamida cuando toca emocionarse («estos álbums (sic) formatearon para siempre el disquete de mi infancia», confiesa Tánger Soto).

Hay que insistir en que todos estos afanes pretenciosos constituyen un aparejo que lastra la buena marcha de una narración absolutamente lineal, como corresponde al género. No obstante, el narrador intenta también conferir cierta novedad a esa forma de contar, comenzando cada capítulo in medias res, para inmediatamente volver hacia atrás y rellenar el molesto vacío. Un recurso de lo más sencillo que no tiene razón de ser y que, como tantos otros aspectos del libro, incurre en trivialidad con la continua repetición. Por otro lado, ese procedimiento o cualquier otro está manejado, por fuerza, con arbitrariedad, si tenemos en cuenta que el narrador es un personaje muy secundario, el cartógrafo Néstor Perona, cuya función de relator exhaustivo no queda justificada en momento alguno. De este modo, el lector espera infructuosamente que el narrador aclare o sugiera cómo y por qué motivo él es el depositario, no sólo de la historia, sino también de los pensamientos más íntimos del protagonista.

Es muy posible que el lector avezado piense, al acabar estas páginas, que para tal viaje no se necesitaban alforjas. El abrupto final de la novela, con gran fanfarria hollywoodiense de sorpresa y traiciones, confirma la sensación que asalta desde el primer momento: que aunque sea postre a gusto de muchos, el principal ingrediente del soufflé es aire, y además, casi siempre se deshincha en el empeño.

01/06/2000

 
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