ARTÍCULO

La carrera imperial de Estados Unidos

 

Coloso explora la historia del imperio norteamericano y expone las razones que aconsejan la perpetuación de su dominio mundial en el futuro inmediato. En razón de esta doble pretensión, en sí misma nada objetable, el libro está muy nítidamente dividido en dos partes. La primera de ellas es la más extensa, y constituye una descripción del peculiar desarrollo del «antiimperialismo imperial» de Estados Unidos, desde su fundación como país, tras una exitosa revolución anticolonial, hasta su actual implicación en el Oriente Medio con la invasión y ocupación militar de Irak. La segunda parte consiste en una consideración de las funciones que los imperios desempeñaron en el pasado reciente, en particular el británico, y que deberían desempeñar en la actualidad, sobre todo si Estados Unidos aceptase finalmente protagonizar sin reservas el papel de imperio benefactor que las circunstancias aconsejan. En opinión del autor, la historia, la política y ciertos objetivos de orden moral aconsejan que Estados Unidos abandone su tradicional reticencia a ejercer esta función arbitral y de control en beneficio de una posición decididamente imperialista. Cierran el libro unas reflexiones en las que se expone sin tapujos la teoría a favor de un imperio norteamericano universal.Ya no es a Hegel sino al Kant de la paz perpetua a quien vemos sobre su cabeza, por obra y gracia de uno de los más reputados historiadores británicos.

Los primeros capítulos ofrecen al lector una interesante, pero en ningún caso novedosa, síntesis de la peculiar carrera imperial de Estados Unidos. En efecto, la joven república, autodefinida como un «empire of freedom», excluyó en un principio la adquisición de territorios más allá de la frontera oeste. Su cometido era otro. Como es bien sabido, uno de los pleitos entre las trece colonias británicas de Norteamérica y la política imperial británica consistía en el radical desacuerdo acerca de la expansión hacia el oeste, con mayor precisión hacia las cuencas del Ohio y del Mississippi. El gobierno británico prefería, por razones muy diversas, mantener la concordia con las naciones indias aliadas y, como consecuencia de ello, demarcar la frontera entre sus territorios y los de los colonos blancos; mientras que los dirigentes de la sublevación y, luego, de la joven república que nació con la «revolución» anticolonial no tenían la menor intención de limitar el potencial futuro de los Estados, es decir, la frontera agrícola. Con la compra a los franceses de la Luisiana en 1803, un enorme territorio que tiene poco que ver con el mucho más modesto del actual Estado, aquellas energías expansivas se canalizaron en esa dirección con mucha mayor facilidad, prolongando el éxodo indio que ya había empezado mucho antes. Estos hechos, y con posterioridad un conjunto de reafirmaciones de aquella primigenia voluntad expansiva, como la expedición de Lewis y Clark, las compras de California y Alaska, la delimitación definitiva de la frontera con el Canadá británico, la incorporación de Texas y la invasión e incorporación de territorio mexicano, definen a la perfección el sentido histórico de una expansión por tierra sólo comparable a la de la Rusia zarista hacia el Cáucaso y Siberia. Para los dirigentes norteamericanos, la reducción de las poblaciones nativas no constituyó nunca un acto de derecho internacional, sino el ejercicio del derecho a la apropiación de un territorio considerado desde un principio como propio. No por casualidad, cuando las trece colonias estaban todavía bajo dominio británico, el mismo Thomas Jefferson había dibujado personalmente un mapa de los futuros Estados más allá de los Apalaches, a los que dio nombres bíblicos o clásicos, sin rastro de la toponimia establecida por los pobladores nativos, lo cual señalaba sin tapujos el camino a seguir. El complemento de la expansión hacia el oeste fue la doctrina Monroe, destinada a cercenar la influencia de los viejos imperios europeos sobre sus antiguas colonias y el resto de lo que la tradición intelectual norteamericana denomina «las Américas». La afirmación del espacio propio era, de nuevo, un acto de antiimperialismo, aunque acrecentase la influencia de la joven república sobre los destinos del conjunto del continente.

Sólo a finales del siglo XIX, con el viraje del presidente McKinley que dio lugar a la implicación en las guerras de España contra los separatistas cubanos y filipinos, Estados Unidos romperá con su política de no favorecer la anexión de territorios al margen de su espacio natural de expansión. Se trataron en realidad de dos desarrollos en paralelo: por un lado, la formación de una línea de comunicación transoceánica a través del Pacífico, que explica el eco que encontraron en Washington las peticiones de los azucareros norteamericanos establecidos en Hawai, de la que Filipinas iba ser, y en cierto sentido fue, el último eslabón; por otro, la abierta implicación colonial, que Teddy Roosevelt encarnó como nadie. Esta última motivación puede comprenderse únicamente en función de complejos desarrollos de la política interior del país. La conexión de la política de Jim Crow (leyes con una fuerte carga racista discriminadora en el sur) y las nuevas responsabilidades en la conducción de pueblos de otras razas en Filipinas y más tarde en todo el Caribe, sobre todo con la ocupación militar de Haití en los años 1916 a 1935, es de pura lógica colonial con contenido racial muy explícito. Cuando estas políticas que dominaron el paso de los siglos XIX al XX seguían su curso, Estados Unidos se vio obligado a implicarse en dos guerras de una dimensión nunca vista en Europa y su mundo de influencia. Su potencial humano y militar decantó el fiel de la balanza a favor de las alianzas que hegemonizaba Estados Unidos. Si, tras la Gran Guerra, la crisis económica interna y el antiimperialismo posterior del presidente Frank Delano Roosevelt congelaron temporalmente una implicación más decidida en la política internacional y, por supuesto, la adquisición de territorios ajenos, el fin de la segunda guerra debe leerse de modo completamente distinto. En el escenario de aquel mundo en ruinas –algunas no ajenas al proyecto Manhattan para el uso militar de la energía atómica (cuando escribo estas líneas se cumplen los sesenta años de aquel acto de inexcusable barbarie)–, Estados Unidos tuvo que asumir de manera inevitable graves responsabilidades. En pocas palabras, la tarea de cuajar una alianza militar y política nueva frente al poderoso rival y antiguo aliado durante la guerra. En aquel contexto de rivalidad, contención y demarcación de áreas de intereses, se realizó el mayor experimento imperial de Estados Unidos desde su fundación: la reconstrucción de Japón y Alemania, operaciones diseñadas con poco entusiasmo inicial (compensado en parte por la performance proconsular del general Douglas McArthur en el primero de ellos) pero muy exitosas a la postre. Este es un momento culminante: el aparente nacimiento de una potencia mundial que, paradójicamente, domina tan solo medio mundo.

En el contexto de la llamada Guerra Fría, la falta de nuevo de convicción intervencionista convertirá la mayoría de las operaciones de política exterior, diseñadas para reafirmar su hegemonía, en un fracaso estrepitoso. La derrota en Vietnam es el mayor ejemplo, el condicionante crucial de toda la política militar hasta el presente. La indecisión se prolonga sin solución de continuidad hasta el Irak de estos días, una fallida operación a medio camino entre la política tradicional de intervenir sin asumir la «construcción de naciones», en la terminología neocon del presente, y las crecientes obligaciones militares contra un enemigo cuyos contornos sorprendentemente se desconocían. Para Niall Ferguson, el análisis de esta trayectoria es claro: la república norteamericana nunca se ha podido liberar del ethos antiimperial que la domina desde sus orígenes más remotos, la principal razón de sus fracasos e insuficiencias.

La segunda parte del libro está dedicada a justificar, con razones históricas, militares, financieras e, incluso, morales, que el mundo sería un lugar más habitable si Estados Unidos hubiese superado el complejo que le inhibe de la función a la que, por su peso político y económico, por sus valores, está llamado a desempeñar.Y altera para ello el lema leninista, que el mismo Ferguson recuerda: cuanto más tarde, peor. Despegados ya de la reconstrucción histórica del desarrollo del gigante, los capítulos que siguen consisten en una sorprendente suma de elementos, históricos y políticos, sin una distinción clara entre lo uno y lo otro. Se coloca al imperio americano entre Scila y Caribdis.A Scila lo encarna el imperio británico, al que Ferguson dedicó un reciente libro. «"Reluctant" imperialists», como es sabido, allá donde fueron se quedaron hasta que les echaron entre 1947 y 1956. Para Ferguson, el imperio británico esparció por la Tierra bendiciones de las que todavía hoy nos congratulamos: liberalismo político en pequeñas pero decisivas dosis; liberalismo económico a manos llenas. Caribdis es una figura mitológica a la que pocos quieren y a la que menos todavía son capaces de definir. Me refiero, claro está, a la Unión Europea, ésta sí, un imperio envuelto en harapos, aunque tenga la despensa llena de productos agrícolas de la campagne que arruinan sus finanzas y su capacidad de actuar. Si el primero tuvo en Gladstone, Chamberlain y Rhodes sus cerebros inspiradores, la segunda debe contentarse con Obelix y Astérix en versión updated, esto es, José Bové y Jacques Chirac. De la nostalgia de los buenos viejos tiempos victorianos y de la constatación poco caritativa de las carencias de la Unión Europea –y el libro está escrito antes de los referendos en que ésta se hizo el haraquiri– cae por su peso lo que tiene que caer: es preferible que el imperialismo antiimperialista vele por nosotros antes que los bárbaros entren de nuevo en Roma.

Finalizado este recorrido merece la pena realizar unas breves consideraciones finales. A mi parecer, el autor cae en la trampa usual de los libros sobre imperios en la historia, un género literario de éxito popular asegurado. En pocas palabras: todos los imperios guardan enormes analogías entre ellos, en su actuación y en las legitimaciones que esgrimen, pero sus fines ocultos dependen en última instancia del sustrato social sobre el que se edificaron. ¿Por qué razón el imperio chino Ming no se lanzó a conquistas ultramarinas para las que estaba sobradamente preparado, como demostró el almirante Cheng Ho en el siglo XV ? La respuesta puede parecer obvia, pero no es más que sentido común historiográfico: porque los valores de la sociedad china, incluidos los de sus grupos dirigentes, estaban basados en otras prioridades. Para comprenderlos a fondo, no obstante, es preciso ir mucho más allá de la lógica imperial de la corte o de las motivaciones más evidentes de la geopolítica del momento, es preciso adentrarse en otros planos de la práctica social.Lo que sucede es que la idea de imperio que articula el libro de Ferguson es bastante pobre, cuando menos precipitada y bastante sesgada. Un imperio no puede ser entendido sólo como la acción del Estado y de los grandes grupos financieros o empresariales que lo rodean con el abrazo del oso. La literatura histórica reciente de calidad está librándose con mucho esfuerzo de esta herencia del pasado imperial –excúseme la redundancia– de la disciplina. Un imperio es, sobre todo, una situación imperial y colonial, un campo donde se encuentran muchos sujetos y donde se anudan muchos planos de la realidad social, donde se dirimen intereses pero igualmente ideas y valores. Es sobre todo una relación entre sujetos con capacidades distintas, que evolucionan con el tiempo señalando los límites al poder de unos y las capacidades de otros. Uno de aquellos valores es justamente el ideal antiimperial de los antiguos súbditos de ingleses, franceses, españoles, portugueses, rusos y alemanes en el resto del mundo, la dialéctica que condiciona a todos en el mundo de hoy. Por esta razón, muchos de los fines del imperialismo tradicional se resuelven por otros medios (con la hegemonía en las instituciones de regulación internacional, por ejemplo), forjando situaciones de desigualdad al tiempo que se excluyen situaciones de dominio directo, al antiguo modo, sobre poblaciones y territorios ajenos. Entendidas las cosas así, dibujando un campo de estudio más amplio, quizá resulte más fácil comprender la paradoja de una inmensa superioridad económica y militar y la debilidad de las manifestaciones explícitas del imperialismo político intervencionista. Si la reflexión sobre los imperios hubiese incitado al autor a un tratamiento más generoso con el conjunto de relaciones y sujetos históricos que constituye el reto de las ciencias sociales,sus observaciones hubiesen ganado profundidad.

Ferguson no nos presenta esta vez un libro de historiador, sino un material que corresponde a un género literario distinto. Las cartas están marcadas desde la primera página y todo nos encamina a su predecible final, pues se excluye el riesgo de la investigación que desarrolla una hipótesis de resolución por definición problemática. Un final con receta, claro está, a la espera de que unos oportunos hearings (las sesiones de preguntas del Senado estadounidense) repitan la historia de Cenicienta vivida por otro historiador británico, Paul Kennedy, especialista en política internacional y que enseña actualmente en la Universidad de Yale, quien tuvo la magistral idea de sacar el polvo al libro pionero de esta saga literaria. Me refiero a The Decline and Fall of the Roman Empire (1776) del gran Edward Gibbon, alguien que, quizá porque prefería Ginebra y la libertad de los suizos al Londres de la época, cuando los británicos estaban engolfándose en Bengala, decidió escribir un libro sobre el ineluctable fin de las construcciones humanas que son los imperios. El libro de Paul Kennedy de 1989 ( TheRise and Fall of the Great Powers), que situaba al imperialismo estadounidense en el comienzo de un declive irreversible y que fue abiertamente contestado por su compatriota, era un trabajo de solvente artesanía de un muy buen especialista en relaciones internacionales, a pesar de la patente linealidad y levedad de su argumento central. El de Ferguson, a diferencia de aquél, es precipitado y está resuelto en demasiadas ocasiones con materiales procedentes de sus libros anteriores sobre finanzas o sobre el imperio británico. La utilidad de la primera parte, la dedicada al desarrollo interno de Estados Unidos y a su paradójica implicación internacional, se ve lamentablemente perjudicada por el deslavazado tratamiento de la segunda, en la que afloran las debilidades que acabamos de mencionar, las conceptuales y las formales, que todo es uno en el trabajo intelectual. Si el águila americana debe decidirse a volar, el libro de Ferguson no parece que vaya a aportarle una motivación fundamentada.

01/11/2005

 
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