ARTÍCULO

Primavera de tigres

Algaida, Sevilla
304 pp. 18 €
Algaida, Sevilla
410 pp. 21 €
 

Los dos últimos libros galardonados con el Premio «Tigre Juan» tienen mucho de novela de iniciación, de Bildungsroman, que diría un refitolero, de comienzo de camino por la vida de elementos de colegio de «niños bien», aunque luego la cosa se complicará en el caso de La cara de Marte, de Esther Bendahan; y de preludio vital para seres de barriada, si bien después el asunto irá a más, en Niños de tiza, de David Torres. Sea como fuere, se trata de libros vigorosos, bien mantenidos en su progreso, con tramas sustanciosas, y estilos sutiles en ambos casos, con mayor tensión lírica en Bendahan, e importante uso de la elipsis rotunda con deuda de la novela negra en el caso de Torres.
La cara de Marte es la historia de un fracaso matrimonial que lleva al elemento masculino de la pareja a reconstruir el último curso de su adolescencia (iniciado con la agonía de Franco) en un colegio de campo en el Madrid que buscaba expansión por la carretera de La Coruña. Allí comparte aulas con una muchacha, a la que ahora intenta recuperar, y un tercero en discordia. Un personaje «de verdad», Andrés, hijo de aquella Yolanda Pina con quien Blas de Otero compartiera vida conyugal en sus años cubanos. Entre los tres jóvenes se crea una relación sustentada –obviamente– en amores y celos, y la música de Simon & Garfunkel o Leonard Cohen como telón de fondo. La acción termina desplazándose hacia Hervás, y su judería, como punto de observación de La cara de Marte, como eje esotérico de una acción poderosa, en la que el contrapunto humano (aparte de los protagonistas per se) viene dada por un claustro escolar como trazado por don Francisco de Quevedo, y en el que Esther Bendahan –seguramente hace bien– deja muy poco títere con cabeza. Salvo, curiosamente, en el personaje del capellán del centro, un personaje representativo de una época en que el clero tenía el don de la ubicuidad. Tan en todas partes estaba que el llamado «El Mobo» incluso ayuda a rescatar al alumno Andrés del centro psiquiátrico donde se hallaba internado. Esta escena, quizá, con ecos de relatos «juveniles», chirría un poco en el conjunto –por lo demás riguroso– del libro. En él se ve moderadamente borrosa la figura del elemento femenino de la pareja abocada al desastre conyugal, dentro de un conjunto dramáticamente sutil en el que el dolor adolescente alcanza matices muy marcados en la edad adulta.
Y para recuperar la edad primaveral por excelencia, en este caso barrial, zona de San Blas y, por ahí seguido, vuelve al «ring» de su niñez Roberto Esteban (personaje creado por David Torres), púgil fracasado y con tendencia a la dipsomanía. Un elemento, como la cita de Pablo Neruda, con esencias marseanas (del Juan Marsé de Un día volveré, por ejemplo). Roberto Esteban, con ese tono autobiográfico de la novela picaresca comme il faut, remueve los cimientos de la memoria y reconstruye sus recuerdos de niño de barrio durante la Transición, con todos aquellos aprendices de adulto que alternaban la nocilla con el caballo o jaco. Estos son los que ahora redescubre Roberto Esteban al volver y enfrentarse a una trama que de pronto se ha hecho novela negra, y hay también un tal Romero, y su ex, Lola, y un conjunto de sicarios de baja estofa revoloteando alrededor de nuestro héroe, un sujeto bragado y aquí descrito con ese estilo elíptico de los grandes de la «negrura». Estilo, diálogos y descripciones rotundos con esas maneras en las que se altera la lírica (esa cierta lírica dolorida que suele acompañar a la infancia) con el coloquialismo que hace las veces de escupitajo (cuando la vida se pone los ropones del adulto). En todo caso, el David Torres más logrado es aquel que se asoma a los recovecos ilustrados de los niños de tiza, de los muchachos tizosos, de aquellos años en que yonquis y camellos comenzaban a poblar de zombies la periferia madrileña (en Chamberí y Salamanca, las víctimas de aquella utopía mal entendida estaban ocultas en los armarios de la desolación disimulada); el que se adentra en el territorio del crimen –aun siendo el más chapucero, como en esta novela– ya parece más previsible. E incluso así cabe agradecer a David Torres esta segunda vuelta de tuerca a un libro generoso, y ni siquiera incontinente, por la contención expresiva de que hace gala. Dos apreciables «Tigre Juan», pues, para la historia de un premio ya consolidado.

01/12/2008

 
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