ARTÍCULO

La canción del necesario

Trotta, Madrid, 1996
Trad. J. R. Capella y J. C. González Pont
240
 

Se admiraba Robert Coles, biógrafo de Simone Weil, de su perspicacia «cuando examina el orgullo que sentimos al disculparnos por nuestro orgullo...!». Ese rasgo de de construccionismo moral apunta hacia un carácter esencialmente puro de un pensamiento que, acaso involuntariamente, se erige en el margen, el margen en que necesariamente se instala un verdadero compromiso, el margen de toda ortodoxia.

Weil habla, con las palabras del título del libro ya clásico de Carol Gilligan, con una voz diferente. Diferente en dos sentidos: en primer lugar, por su capacidad de compasión y empatía con los seres humanos; en segundo lugar, porque produce un discurso en cierto modo anómalo. El carácter programático del texto de Echar raíces –¿qué deben hacer los franceses que, desde Londres, resisten frente a la ocupación alemana ahora y en el futuro?– no impide que su texto manifieste el más absoluto talante especulativo. Weil interpreta su misión y la de sus compañeros como «misión espiritual» (p. 169), como un intento de «dirección de la consciencia a la escala de todo un país» (p. 169). Su diagnóstico acerca del estado de la sociedad de su tiempo, de una civilización devaluada, se basa en cuatro síntomas graves: «una falsa concepción de la grandeza», «la degradación del sentimiento de la justicia», la «idolatría del dinero» y la «ausencia de inspiración religiosa» (p. 172). En definitiva, el desarraigo, enfermedad que padece la sociedad francesa –los obreros, los campesinos, el mundo cultural– víctima o colaboracionista de la ocupación alemana, no es otra cosa que el desmembramiento, o la alienación de los objetos, los valores, las personas; la incomprensión en suma de la estructura íntima del mundo. Como condición moral, engendra necesariamente falsas místicas o idolatría.

El procedimiento para dar a su pueblo –y a cualquier otro– aquello que precisa para curarse de su mal es un patriotismo sin idolatría, que pasa por una reconstrucción interior (Simone Weil, no lo olvidemos, fue activista, resistente, filósofa social, anarquista, pacifista, judía, cristiana y mística). Pero esta transformación interior es, al mismo tiempo, una importante transformación de la gramática y la semántica de nuestro mundo sociocultural: «Es quimérico creer –afirma–, debido a la ceguera de los oídos nacionales, que se puede excluir a Hitler de la grandeza sin una transformación total, en los hombres de hoy, de la concepción y el sentido de lo que es grande» (p. 178). El empeño posee sin duda reminiscencias nietzscheanas, aunque con un signo totalmente distinto. Weil optará por un sentido del deber y la compasión como los dos pilares de la ética de reconstrucción. Los derechos, objeto de deseo del liberalismo, son para Simone Weil contingentes y relativos a coordenadas histórico-sociales determinadas. Su visión se acerca más bien a la de pensadores que, como Lévinas, han establecido la prioridad de una ética centrada en un concepto de responsabilidad infinita, innegociable y universal. En el presente de su escritura –y como programa para el futuro– la primera de las responsabilidades es el deber hacia la patria. La patria es naturalmente el objeto en que efectivamente enraizarse. Pero la patria que propone Weil comporta unas características peculiares, que no responden ni a la grandeza de una historia heroica, ni a una sustancia absoluta, ni al orgullo político de un imperio. La patria es sólo otronombre de la nación, algo naturalmente ligado al ser humano por una serie de circunstancias contingentes. El nuevo patriotismo que «necesita el mundo» (p. 121) está «subordinado a la justicia» (p. 125), y se resume en una actitud de compasión, esa forma del amor que –bien lejos del enardecido amor/loor patriótico– conoce y asume los crímenes, las crueldades, las miserias de la historia y la fragilidad del presente o del futuro. La aceptación de la obligación es, como en cualquier otro caso, una actitud de responsabilidad infinita hacia un objeto que paradójicamente no lo es.

Frente a esa patria que enraiza moralmente, el Estado, que la ha suplantado desde el absolutismo, en su exigencia de fidelidad se ha convertido en un «monstruoso» y «triste» objeto de idolatría (p. 109). No obstante, y en este caso diverge profundamente Weil de Nietzsche, ha de ser aceptado y obedecido, en la más perfecta tradición pragmatista, por el bien común. El estado posee un valor instrumental meramente, es el intendente de los bienes de la patria –algo bien lejano del estado proxeneta que promete protección a cambio de parte de las ganancias de los ciudadanos–. El marco en que se instala este texto (que, no debemos olvidar, no es un texto acabado) es un platonismo cristiano que se opone así a toda visión relativista o historicista de la justicia, de la verdad o del valor del ser humano. Un platonismo que resulta incómodo al introductor del libro, Juan Ramón Capella, pero que no está lejos de versiones postmodernas, como la que nos planteaba el propio Derrida en su Espectros de Marx, y que acaso sea el único horizonte virtual de la utopía. Sorprendentemente ausente de libros con títulos tales como A Philosophy of Compassion¿Tendrá razón, después de todo, Dale Spender en aquel célebre Women of Ideas and What Men Have Done to Them?, el texto de Weil es un ejemplo de pensamiento libre, y, como tal, conlleva ciertos riesgos. La contradicción entre el deseo de crear ambientes intelectuales al margen de la vida pública y, al mismo tiempo, la postulación de la necesidad de intervenciones «temporales» en los engranajes estatales, es sólo una muestra, así como la virtual paradoja de su idea de patria conjugada a la de una «unidad europea», cuyas consecuencias en su momento histórico no le pasan desapercibidas. Las paradojas acaso sólo pueden resolverse en un cosmos de ideas. Simone Weil vivió y murió en un mundo bien distinto. Sería deseable que no en vano.

01/01/1997

 
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