ARTÍCULO

La busca... en Bruselas

Espasa Calpe, Madrid
282 pp. 24,30 €
 

El madrileño José Ovejero ha venido labrándose desde mediados de los noventa un excelente perfil de escritor: un autor de obra continuada y no escasa, diversificada por la poesía, la narración breve y larga, y el relato de viajes, y con una exigente actitud tanto en la trascendencia de los temas abordados como en el tratamiento formal. Dentro de la narrativa, por ejemplo, sus obras tienen la marca de una originalidad notable, sin caer nunca en el vanguardismo, como se ve en el arte de entrelazar cuentos de Qué raros son los hombres (2000), o en el enfoque distanciado de la novela Un mal año para Miki (2003). La literatura no consiste para él, además, en un juego o entretenimiento inocente, y su propósito de ejercer el papel de conciencia de la realidad salta a la vista en dos novelas tan intensas como Añoranza del héroe (1997) y Huir de Palermo (1999). Con estas características, José Ovejero está en ese sector de nuestros escritores que publican en editoriales solventes y logran una limitada respuesta, o, si se quiere, un buen reconocimiento sin llegar a la difusión de otros con muchos menos méritos. Seguramente tal estatus, en tiempos como estos de famoseo y trivialidad mediática, le ha llevado a pretender una mayor repercusión, la de un premio comercial destacado, el Primavera, que ha obtenido con Las vidas ajenas. Este dato no resulta indiferente para la ideación de la novela. Por una parte, mantiene vivo el impulso creativo sustancial del autor y, por otra, preserva una buena dosis de convencionalidad. En efecto, Las vidas ajenas participa de la misma voluntad testimonial, crítica, y diríase que social de los restantes títulos del madrileño, y tampoco falta en ella la dimensión existencial, acompañada de desgarramientos psicológicos, típica de su escritura narrativa.A la vez, la novela tiene un fondo anecdótico bastante simple, algo así como una historia de intriga basada en unos hechos delictivos, a pesar del muestrario de recursos técnicos utilizado en su desarrollo. Ovejero cuenta con algo de detallismo, no mucho, el chantaje que unas cuantas personas de la marginalidad bruselense traman contra un poderoso hombre de negocios, Lebeaux, empresario sin escrúpulos, traficante de diamantes con la delictiva complicidad de las mafias políticas y militares que estrujan sin escrúpulos al tercer mundo. La impunidad de Lebeaux tiene un pilar en el abogado Degand, diestro en marrullerías y violencias para sortear la justicia, y en nadar en una corrupción de dimensiones internacionales. Los chantajistas son unos pobres diablos, unos pintorescos chapuzas que quieren doblegar a Lebeaux con un pretexto fútil. Este grupo de fantasiosos rebeldes está formado por un matrimonio, Claude y Marlene, él ocupado en recoger los restos de viviendas y locales desahuciados y ella peluquera; por otra pareja, Chantal, camarera, y su hija Amelie, la pequeña a cuyo cuidado se entrega al máximo, y por Daniel, hermano de Chantal, a quien Claude contrata como ayudante en su trabajo. Este núcleo se amplía con un ex policía y torturador congoleño, ahora refugiado político, que exhibe como talismán un diente de Lumumba, y proporciona una pistola a Daniel; y se completa, en fin, con alguien ajeno al chantaje y que ofrece a Chantal una ilusión de futuro, Rachid, un taxista de raíces tunecinas integrado en la cultura europea. Asumen estos personajes, en conjunto, la representación del sector humilde de la sociedad moderna, ese conglomerado de situaciones para el que ya no vale la división entre burgueses y proletarios y en el cual entran desde la marginalidad social hasta las ocupaciones modestas, pero que, tanto antaño como hogaño, malvive en un entorno de sangrante indiferencia, hostil («Así eran las cosas en Bélgica: no había sitio para las personas. Las echaban de sus casas como se sacaría a un animal de una madriguera»). Un deseo de cambio, de mejora, de escapar de la miseria o de hallar una luz de esperanza afecta a todos ellos.Y ese perfil los convierte en modelo de la vida urbana actual, flanqueados, para que el modelo resulte veraz, por la abundante emigración laboral de países no industrializados aludida en el texto (árabes, norteafricanos, turcos, kurdos, armenios, un tercio de la población de Bruselas, sentidos como una amenaza). Así las cosas, esta quimera de salir de la miseria y vencer la frustración material y moral recupera con tinte del día el viejo daguerrotipo de la trilogía madrileña barojiana, al punto –supongo que casual, pero muy significativo– de que un tipo central de La lucha por la vida reaparece aquí: Claude se define como «trapero».Y tampoco falta ahora el dilema planteado por don Pío de qué hacer, si ceder a la abulia o aplicar una voluntad decidida, algo que Chantal afronta con clara conciencia para salvarse de su precaria situación, evitando la fábula de un príncipe azul: «Tengo yo que buscar sola la salida», dice la mujer, y se reafirma en su empeño: «Voy a salir yo por mis propios pasos». Ovejero hace, pues, la «busca» de nuestros días, con clara voluntad notarial de denuncia, sólo que adaptando la mala vida de un siglo atrás a las circunstancias actuales, pintando algunos rasgos del presente (Daniel es drogadicto, Chantal robó coches con una banda de delincuentes), localizando el conflicto en una ciudad emblemática de la nueva Europa y poniéndolo en el contexto de la economía globalizada. Sin ignorar las inclinaciones personales que motivan las conductas, el autor señala un culpable; el medio es el que lleva a la delincuencia, y de ahí el valor del libro como alegato contra la sociedad del capitalismo avanzado. En este sentido, la novela tiene gran fuerza por el dramatismo de las situaciones, por la viveza con que habla de la violencia y por la pesimista lección que desprende: ninguna esperanza cabe a los desfavorecidos mientras los especuladores se muevan con una absoluta impunidad. En realidad, los ricos de la novela se ríen de los pobres. Es importante esta perspectiva burlesca dentro del patetismo del zafio chantaje contado. Porque el plan urdido por la pandilla no resiste la prueba de la verosimilitud si se le aplica un criterio realista, y los propios personajes tienen no poco de figuras guiñolescas.Toda la historia pide esta comprensión algo esperpéntica, pues si no el argumento hace agua: ni la trama ni los actores son creíbles. Pero ni siquiera suponiendo que ese enfoque algo sainetesco responda al propósito indicado, el efecto es del todo bueno, pues para lograr completa eficacia habría hecho falta entrar de lleno en lo grotesco. En consecuencia, la excentricidad, atolondramiento o simpleza de los personajes no permite atribuirles un papel representativo. Fiel a la mencionada exigencia formal, Ovejero despliega a lo largo del libro recursos narrativos varios y diversos registros estilísticos, y evita el relato tradicional que presente en orden progresivo el fracasado chantaje y los comportamientos de los implicados. Dispone seis bloques que van centrando la atención en los distintos personajes; otro más, el final, retoma uno de ellos, Degand, para rematar la acción mediante una sorpresa que corrobora la corrupción como norma de la clase alta. Ese sistema tiene el inconveniente de crear confusión en la historia y de exigirle al lector un esfuerzo algo gratuito para relacionar en un conjunto lo dicho acerca de cada personaje.Y, además, en el fondo, no evita que lo contado sea una historia de intriga encarnada en psicologías bastante definidas. En conjunto, Las vidas ajenas resulta más interesante que conseguida, o, al menos, no alcanza el grado de comunicación sorprendente conseguido por Ovejero en otros libros suyos. Sigue quedando en pie el mérito de una literatura reflexiva, y un aliento ético, cualidades ausentes con demasiada frecuencia ahora en nuestros narradores. Por todo ello, aunque esta novela no llegue todo lo alto que se espera del autor, sí hay que concederle el crédito debido a una obra en marcha que se sitúa entre las más atractivas que tenemos hoy en día entre nosotros.

01/11/2005

 
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