ARTÍCULO

Por la boca muere el pez

Seix Barral, Barcelona, 348 págs.
Premio Biblioteca Breve 2004
 

En esta novela se nos cuenta, o mejor dicho: se nos quiere contar, la peripecia de un grupo de estudiantes universitarios durante la dictadura instaurada en Chile en otro igualmente ominoso 11 de septiembre, el de 1973. Es un grupo de jóvenes que intentan luchar contra esa dictadura desde la clandestinidad, y que a todo lo que llegan es a distribuir panfletos y octavillas antirrégimen, así como a grafitear consignas de resistencia en muros y fachadas de Santiago. Amén de ello, hasta falsificar cartas de adhesión de notables intelectuales franceses –valga Jean Paul Sartre como ejemplo– a la causa de la libertad del pueblo chileno. Años después, uno de los protagonistas, Pablo, quien hace tiempo que vive en París, recibe allá una llamada telefónica informándole de la muerte de su madre.

Su regreso para el entierro es el pretexto que desencadena la espiral de los recuerdos y la busca de motivos de culpabilidad entre algunos de sus compañeros de antaño, en la universidad.

Pablo, por cierto, se gana mal la vida en una agencia de traducciones que algunas compañías francesas «pagan a precio de oro para apoyar sus conquistas en los mercados latinoamericanos» (pág. 19), una afirmación que cualquier conocedor de los precios miserables que se pagan en el mercado de la traducción no tiene más remedio que tomar cum grano salis. Y en todo caso, sus jefes debieran vigilar con mucha atención las traducciones que produce, pues el bilingüismo ha hecho entretanto estragos en su castellano: mientras al Sena lo sigue llamando el Sena (pág. 210), al Somme y al Marne los llama «la Somme [...] la Marne» (pág. 85). Aunque quizá sea por eso que le pagan tan mal. O también por lo que confunde en materia de nombres, llamando Véronique dos veces a quien entremedias llama Valérie (págs. 73-74). O por escribir algo así como «sentado ya en la mesa» (pág. 60) con un clamoroso desconocimiento de las preposiciones de su idioma dizque materno. O por perpetrar la desidia de bautizar como «Arco de La Défense» (pág. 211) a lo que claramente no es «l'Arc» sino «l'Arche», el Arca de La Defensa.

El autor ha invertido bastante ingenio en las cartas-pastiche de Sartre, la Duras, Françoise Sagan, Costa-Gavras, Robbe-Grillet, y hasta ha pergeñado algunas divertidas de la Bardot y de Platini; pero curiosamente lo que mejor le ha salido son las cartas de la madre de Pablo a su hijo en París, tanto que no descarto que sean cuasi transcripciones literales de cartas auténticas. Una cosa es tratar de épater le bourgeois, y otra reproducir la escritura de una correspondencia familiar. Esas cartas de la madre son lo más rescatable del libro, por no decir lo único. Con lo cual llegamos al meollo de nuestra reseña.

Tomemos en cuenta lo que ha destacado el jurado de este nuevo premio Biblioteca Breve, citando adpedem litterae de la contraportada de La burla del tiempo. Una novela, según allí se dice, que «retoma el tema de la disyuntiva entre regreso y exilio, ambientado en una de las generaciones inmediatamente posteriores a la entronización de la dictadura golpista en Chile, tras la recuperación de una memoria que no es más que el encuentro con su propia infancia». Santo y bueno, sólo que: a) en esta novela no se retoma en ningún momento el tema de la disyuntiva entre regreso y exilio; b) ¿cuántas generaciones ha habido en Chile posteriores al golpe de Estado del felón Pinochet? (y eso prescindiendo de que la novela está ambientada en una juventud que vivía inmersa en la dictadura); y c) la recuperación de memoria que en ella tiene lugar no es un encuentro con la propia infancia, sino con una ya madura adolescencia. Pero sigamos citando de la contraportada y la opinión del jurado (ojo, del jurado, no del departamento de relaciones públicas de la editorial, que sería comprensible que se expresara así): «Una arriesgada apuesta formal por la oralidad, con un estilo nítido y preciso, un ritmo trepidante y una mirada irónica que seducen al lector y le impiden dejar la lectura». Santo y bueno una vez más, sólo que: a) la arriesgada apuesta formal por la oralidad tiene precedentes ilustres: baste pensar en alguno tan lejano como La casa verde de Mario Vargas Llosa, que es de nada menos que 1966; b) lo del estilo nítido y preciso resulta duro de deglutir si tenemos en cuenta que la pretendida transcripción coral de los diálogos es a veces tan inteligible como las instrucciones de uso de un cepillo eléctrico de dientes en finés, siendo sin embargo algo que se podría haber obviado, sencillamente con un buen sistema de puntuación; c) si se llama trepidante al ritmo de la narración, debe de ser pensando en el baile de San Vito, no en una articulación fulminante de las escenas; y d) pocas veces se ha sentido uno menos seducido por lo que el jurado llama «una mirada irónica», y pocas veces le ha costado a uno tanto esfuerzo terminar de leer un libro: casi no hay nada en él que incite a seguir leyéndolo, en esa prosa que parece un chicle especial para rumiantes.

Por la boca muere el pez, sería la conclusión. Pero permítaseme una muestra del estilo confuso de esta novela. Bastará citar sus seis primeras líneas: «Dos de la tarde, invierno, rue Simart. Un mensaje en la pantalla de mi celular: "urge llames padre". Un número de teléfono. De Chile. No es el de la casa de mis padres. Es otro celular. Tengo que alquilar algo. Espero frente al número indicado. El teléfono vuelve a sonar». Como se pone de manifiesto después, el primer número que se menciona sí es el de un teléfono, y se dice expresamente, pero el segundo es el de la casa de la rue Simart donde el protagonista quiere alquilar algo. Lo malo es que el lector únicamente lo descubre bastantes líneas más adelante, porque en principio, y con los elementos que le da el autor, piensa que lo del alquiler se refiere a alguna tarjeta telefónica para celulares, y que el narrador tiene la vista clavada en el número telefónico chileno que apareció en pantalla, y que su fijación en él casi provoca telepáticamente la nueva llamada.

¡Qué novela tan mala, por todos los dioses! Una de dos: o se establecen criterios de calidad mínimos para premios literarios, o los críticos deberíamos decretar un boicot absoluto a reseñar las novelas que obtengan dichos premios. Y es que yo no sé cómo reaccionan interiormente otros compañeros de la tarea crítica, a lo mejor no con la frustración que uno, pero para mí es tremendo cuando me doy cuenta de que el jurado me ha querido tomar el pelo: «No puede ser –me digo–, no puede ser que de las equis docenas de novelas presentadas al premio, esta, ¡ésta!, sea la mejor, ¡no puede ser!». Por más que la reflexión que sigue luego no hace sino empeorar las cosas: «¿Y si fuera verdad..., y si fuera verdad que sí, ¡que sí!, que es la mejor?».

Uno piensa en el Biblioteca Breve de 1961, Dos días de setiembre de Caballero Bonald, el de 1962, Laciudad y los perros, de Vargas Llosa; el de 1965, Últimas tardes conTeresa, de Juan Marsé; y el de 1968, País portátil, de Adriano González León, y uno incluso se anima a añadir, a contrapelo de su gusto personal, el de 1964: Tres tristes tigres, de Cabrera Infante. Y cuando uno piensa en ellos no tiene más remedio que decirse: qué bajo hemos caído.

01/05/2004

 
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