ARTÍCULO

La Biblia, las Biblias

 

En este libro, Henry Wansbrough guía a sus lectores de manera experta por la fascinante historia de cómo llegó la Biblia hasta nosotros, tal y como afirma en su prefacio, con objeto de clarificar las cosas a esos estudiantes estadounidenses que le escucharon en cierta ocasión una conferencia y que se pensaban que la versión del rey Jaime había caído sin más del cielo. Comienza con breves apuntes sobre los orígenes de los principales documentos que conforman las Sagradas Escrituras, la Ley y los Profetas, las cartas de Pablo y, con un detalle ligeramente mayor, los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento, el campo que le interesa especialmente. Esto da paso a una rápida y sencilla introducción al complejo problema de establecer a partir de los manuscritos conservados una aproximación al texto original de la Biblia, en hebreo, arameo y griego.
El segundo capítulo aborda el tema de «Quién queda dentro y quién fuera», la formación del Canon, por qué, por ejemplo, el Evangelio de Tomás, a pesar de toda su supuesta antigüedad e interés, quedó fuera, mientras que el Apocalipsis de Juan consiguió entrar, y por qué la solución de Marción al problema del Canon –mantener únicamente una versión expurgada de las diez cartas de Pablo y el Evangelio de Lucas– fue considerada absolutamente inaceptable para la Iglesia católica. La Biblia cristiana, aunque escrita en, o traducida al, griego, se transmitió a la cristiandad occidental por medio de la traducción latina de san Jerónimo de 384. Y es bueno que se nos recuerde en el tercer capítulo cuáles son los orígenes de la Vulgata y cuál ha sido su enorme influencia en la religión, la política, el arte y la cultura occidentales durante un milenio y medio.
En este punto del relato de How the Bible Came to Us (Cómo llegó hasta nosotros la Biblia), el énfasis se pone en el pronombre personal: nosotros, esto es, los cristianos de habla inglesa a los que Henry Wansbrough les ha hecho un servicio tan grande como editor de la Nueva Biblia de Jerusalén publicada por la misma editorial de su último libro. Nos habla de la labor pionera de algunos de sus predecesores, como Wycliffe, Tyndale y Coverdale, para verter la Biblia en una prosa inglesa idiomática y viva, y a pesar de que estas personas representan a los instigadores del protestantismo antipapal, cuenta la historia sin polémica ni prejuicios. Como es bien sabido, la Inquisición prohibió en 1551 todas las traducciones en lengua vernácula, por lo que versiones españolas como las de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera hubieron de publicarse en Londres, Basilea o Amsterdam. Pero la prohibición no se aplicó en la In­gla­terra de Isabel I y aparecieron una serie de traducciones que culminaron en la famosa Versión Autorizada de 1611, publicada durante el reinado de su sucesor, Eduardo I de Inglaterra y VI de Escocia. Durante el mismo período nació incluso en Francia una versión inglesa católica, auspiciada por los jesuitas para así ayudar a la reconversión de Inglaterra a la verdadera fe, la Biblia de Douai-Rheims (1582 y 1610).
Lo que fue la Vulgata para el cristianismo latino habría de llegar a ser la Versión Autorizada para el mundo anglófono. Difícilmente puede infravalorarse su influencia, junto con la de Shakespeare, en el desarrollo de la lengua inglesa, y sus pasajes más amados, como el Sermón de la Montaña o el Himno al Amor en el capítulo 13 de Corintios 1,siguen leyéndose con frecuencia en las iglesias. La expansión misionera protestante de los si­glos XVIII y XIX conoció la formación de la British and Foreign Bible Society y su infatigable labor de traducción de las Escrituras a todas las lenguas autóctonas del imperio británico. Los empeños de los misioneros, combinados con el emergente movimiento ecuménico, dieron lugar a la publicación de nuevas versiones inglesas en el siglo XX, como la American Revised Standard Version de 1952, que es más accesible y más precisa que la versión del rey Jaime, pero que sigue encuadrándose en la misma tradición majestuosa de Biblias encargadas por la Iglesia. Desde entonces se ha revisado (NRSV 1990), con un lenguaje más rico, evitando términos con una innecesaria carga de género y con la participación de expertos católicos. Más rompedoras con respecto a la tradición fueron la New English Bible de 1970, que ofrecía versiones extremadamente originales en muchos pasajes, revisada en 1989 (REB) y la Today’s English Version de 1976, que simplificaba el lenguaje y se acercaba al inglés hablado moderno. Y, finalmente, no deberíamos olvidar la edición inglesa de la Biblia de Jerusalén, cuya revisión más reciente, de 1985, con una traducción directa de las lenguas originales y ya sin la intermediación del francés, fue supervisada personalmente por el propio Wansbrough.
El último capítulo del libro es, en muchos sentidos, el más inspirado. Describe cómo la Reforma empujó a la Iglesia católica hacia una postura reac­cio­na­ria no sólo en cuanto a las traducciones en lengua vernácula, sino también en lo relativo a la autoridad de las Escrituras, respondiendo al lema protestante de Sola Scriptura con los decretos de Trento que hablaban de dos fuentes de revelación idénticas –las Escrituras y la Tradición– y reservaba la correcta interpretación bíblica a la autoridad de la Iglesia. En otro gesto de reacción, esta vez hacia los estudios bíblicos radicales, principalmente alemanes, del si­glo XIX, Pío X creó la Comisión Bíblica Pontificia como un perro guardián antimodernista. Pero todo esto cambió extraordinariamente con la convocatoria del Concilio Vaticano II por parte de Juan XXIII. Su último decreto, la Constitución Dogmática sobre la Revelación Divina (Dei Verbum), considera que sólo Dios es la única fuente del amor autorrevelado y que las Escrituras son la forma escrita de la tradición viva de la fe. No debería olvidarse que la Comisión de Fe y Constitución del Concilio Mundial de Iglesias, reunido en Montreal dos años antes, había realizado un movimiento ireneico similar para poner fin a antiguos conflictos sobre la autoridad de la Biblia. El texto vaticano habla generosamente del trabajo de estudiosos y teólogos en la interpretación de las Escrituras y concluye animando a los fieles a leer la Biblia en traducciones de las lenguas originales a sus propios idiomas, incluidas las versiones ecuménicas. Desde 1965, en numerosas partes del mundo, y quizás especialmente en las comunidades de base de Latinoamérica, los católicos han pasado a ser lectores de la Biblia incluso más entusiastas que sus hermanos y hermanas protestantes. Y la Comisión Bíblica Pontificia, uno de cuyos miembros es Henry Wansbrough, ya ha dejado de ser un perro guardián reaccionario, y ahora es la portadora de una antorcha para una fe creíble en la Palabra de Dios para la iglesia y el mundo del siglo XXI. 

Traducción de Luis Gago.

01/01/2008

 
COMENTARIOS

Ferran Zamora 01/03/15 13:01
recensión de un libro del benedictino biblista inglés Henry WANSBROUGH

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