ARTÍCULO

La belleza consiste en transformar el mundo

 

Antonio Fernández Molina (Alcázar de San Juan, 1927Zaragoza, 2005) ha sido uno de los mayores polígrafos españoles de la segunda mitad del siglo XX : novelista, ensayista, aforista, cuentista, dramaturgo y, sobre todo, poeta. Era, además, como él mismo gustaba de definirse, «un poeta que pintaba», esto es, un sucesor de la mejor tradición de escritores artistas, o al revés, en la que militan Miguel Ángel y Dalí,Alberti y Max Ernst, Picasso y Apollinaire, entre muchos otros. En cualquiera de sus vertientes, la creación artística era para Fernández Molina un buril inacabable con el que operaba una transformación radical del mundo. En el ámbito literario, inspirado por las vanguardias y, en particular, por el postismo, específica decantación manchega del surrealismo, esa transformación pasa por que los estímulos exteriores, aprehendidos por la mirada, y los delirios interiores, catalizados por el sueño y la imaginación, muden en palabra y constituyan un nuevo orbe, pleno de humor, amor y dolor. «La belleza consiste en transformar el mundo», escribió Fernández Molina en El cuello cercenado, en fecha tan temprana como 1954. Mucho de este polifacetismo y de este afán recreador se advierte en Vientos en la veleta. Notas autobiográficas, cuentos y otros caprichos, un volumen póstumo y misceláneo compilado, según nos indica el editor y prologuista, Raúl Herrero, en homenaje al autor ciudadrealeño. En él se reúnen múltiples materiales sin otro hilván que su palabra fluyente y proteica: relatos, memorias, fragmentos de diario, crónicas de viajes, breves ensayos sobre arte y literatura, críticas de pintura, dibujos y poemas manuscritos, aforismos, conferencias y artículos diversos. El libro resulta ameno por su variedad e interesante a ratos: los poemas son excelentes; los relatos funcionan razonablemente bien; cierto aire lúdico y humorístico salpimenta la prosa; las informaciones sobre los pintores-poetas son pertinentes (y nos permiten descubrir a un magnífico escritor,Wols); y algunas opiniones, por lo provocadoras o insólitas –como la que afirma el valor objetivo del texto, que «tiene una realidad en sí más allá de nuestros gustos particulares [...] [un mérito] que está por encima de nuestras apreciaciones»–, suscitan un saludable debate íntimo en el lector.También resulta meritorio el recuerdo del deslumbramiento con que el autor descubrió la literatura, y su noble insistencia en sus orígenes campesinos y en las penalidades que sufriera en su juventud para abrirse paso en el camino del arte. Sin embargo, cabe preguntarse si éste es el mejor homenaje que haya podido rendírsele a Fernández Molina. Porque el libro es un totum revolutum carente de la más mínima articulación –fragmentario no es sinónimo de caótico– y con graves defectos estructurales: no se entiende, por ejemplo, que 74 páginas de las 253 del volumen estén dedicadas a notas biográficas, muchas de las cuales se refieren a autores tan fácilmente localizables en las enciclopedias como Cervantes, Shakespeare, Leonardo da Vinci o García Márquez. Por otra parte, se echa en falta un verdadero trabajo de edición. En Vientos en la veleta, la puntuación es deficiente y abundan las erratas, algunas tan llamativas como llamar «Dostoieski» a Dostoievski, «Alberto Caneiro» a uno de los heterónimos de Pessoa, o «Antonio Pordua» a quien supongo es el poeta ítalo-argentino Antonio Porchia (con la incoherencia añadida de que tal poeta no aparece –no puede aparecer– en la nota biográfica correspondiente).A ello colabora la prosa desmañada de Fernández Molina, que, imbuido del entusiasmo de sus maestros románticos, siempre prefirió la espontaneidad a la pulcritud.Así, el autor de Las fuerzas iniciales incurre en una puntuación azarosa, en una sintaxis imprecisa y hasta en ambigüedades involuntariamente cómicas, como cuando cierra un apunte autobiográfico titulado «Conferencias» especificando que las ha impartido en «Madrid, Guadalajara, Aranjuez, Alcalá de Henares, Soria, Nueva York y otras poblaciones de menos habitantes».
Para celebrar su faceta de narrador, se ha publicado también en 2005 Las huellas del equilibrista, una antología de sus mejores relatos, en edición de José Luis Calvo Carilla. Estos cuentos –los más antiguos de los cuales se remontan a principios de los años sesenta– acreditan a Fernández Molina como uno de los precursores del realismo mágico. En casi todos asistimos a un inteligente maridaje de realismo y enigma: lo fantástico y lo surreal irrumpen en lo cotidiano. En «Un día difícil», por ejemplo, la tercera pieza del libro, el protagonista abre la ventana y ve el campo lleno de cadáveres, pero, como no es cosa de amargarse el día, se sienta en su habitación y se dedica a poner en orden su ropa. Situaciones minuciosamente descritas –casi fotografiadas– y en apariencia racionales se revelan de pronto absurdas. Pero estos hechos incomprensibles no se narran con un lenguaje roto o experimental, sino con otro austero y hasta convencional, sin alardes sintácticos, que no busca impresionar, sino transmitir una sensación de normalidad, casi de rutina, lo cual potencia su efecto poético.Abrazado a la imaginación, Fernández Molina aspira a alcanzar «el otro lado» de la realidad: cruza espejos, puertas, ventanas, muros, y practica transformaciones constantes. Las huellas del equilibrista está plagado de inversiones, trastrueques y rupturas o imposibilidades lógicas: escaleras que sólo tienen peldaños impares; dinero que sólo sirve para ser pobre; lluvia y piedras que caen hacia arriba; ruiseñores que viven en el agua y peces en el aire; gente que habla por el tubo anal, oye por los ojos y ve por las orejas. El propio cuerpo del narrador sufre de estas subversiones ontológicas y se deshace. Ocurre asimismo que tira de algo –un hilo, un cabo, la lengua– y las cosas se enrollan o desaparecen, tras volverse un ovillo irreconocible. Un manto de violencia recubre estas mutaciones –sobre todo las de los cuentos de En Cejunta y Gamud (1969)–, y la muerte las culmina en no pocas ocasiones.También el sueño las acompaña –otro rasgo propio de la filiación surrealista de su autor–, y no sólo por la bruma onírica que las envuelve, sino porque muchas piezas refieren lo sucedido mientras se duerme. Así sucede en «Manojo de sueños I» y «Manojo de sueños II». Otros cuentos se titulan «El sueño de Manuel Sombrero», «[Sueño de Edgardo]», «Sueños», «El sueño y el caballo» y «Teoría del sueño».
El ánimo voraz de Fernández Molina se revela en el diferente tenor y en los múltiples mecanismos expresivos de sus cuentos. Junto a algunos extensos –«El sueño de Manuel Sombrero», «El sueño y el caballo», «Y», «Aquella época»–, encontramos también microrrelatos, que son, probablemente, los más certeros.Transcribo el rimbaldiano «Otro»: «No soy yo, pero sus conocidos me saludan en la calle. Como en su misma mesa. A la noche me acuesto en su cama. Su mujer no le es infiel. Realmente somos iguales y yo mismo podría confundirme». En muchas composiciones se advierte el gusto por lo rural de Fernández Molina –esa modalidad contemporánea de la horaciana «alabanza de aldea», tan característica suya–, pero otras discurren por las poliédricas trochas urbanas. Hay fabulaciones metaliterarias, como la de «El viejo de la barba», en la que a un anciano le crece la barba siempre que tropieza con una coma o un punto y coma en la lectura. Hay cuentos articulados como muñecas rusas; o más narrativos, de irisaciones elegíacas; o más líricos, hasta el punto de que en alguno, como «Las mangas del chaleco», se mezclan la poesía y la prosa. Hay, en fin, relatos que se aproximan a lo escénico, y que se ofrecen como pasos o sainetes, de carácter irracional, emparentados con el teatro del absurdo –así, «Diálogo lunático»–, y hasta bestiarios fantásticos, como varios de los inéditos finales.Todos ellos conforman un cosmos delirante y cercano, perturbador y profuso, que apela a nuestra capacidad para creer otras cosas: para crear otras cosas.

01/03/2006

 
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