ARTÍCULO

Economistas contra globófobos

Plaza y Janés, Barcelona,
271 págs. 16,5 €
Anagrama, Barcelona
Trad. de Jaime Zulaika
208 págs. 12,5 €
 

En la catarata de libros sobre globalización hay, no hace falta decirlo, mucho de muy poco interés. Pero, a veces, aparecen libros útiles y los dos que reseñamos lo son, sin duda. Además, como veremos, se complementan.

Xavier Sala i Martín es un prestigioso profesor de economía, conocido en los medios académicos, sobre todo, por sus trabajos en materia de crecimiento económicoXavier Sala i Martín ha sido profesor en Yale y es actualmente profesor en la Universidad de Columbia, en Nueva York, y en la Pompeu Fabra, en Barcelona. Ha publicado, en colaboración con Robert J. Barro, profesor en Harvard, varios artículos notables sobre crecimiento económico, y un libro, Economic Growth (MIT Press, Cambridge, Massachusetts, 1998). En España ha publicado recientemente una nueva edición de un excelente manual para estudiantes, Apuntes de crecimiento económico (Bosch, Barcelona, 2000). Cuando se menciona a Sala es habitual recordar que se trata del único economista español (y, desde luego, el único catalán) que aparece en la lista de los 100 investigadores económicos más citados en las revistas de la profesión y, además, en un lugar muy respetable: a octubre de 2002, ocupaba el lugar nº 20, con 692 citas entre 1992 y 2002 (el nº 1 de la lista tiene 1.717 citas y el último, 390; el colega de Sala, Robert J. Barro, ocupa el lugar nº 13 con 778 citas). Esta lista puede consultarse en www.in-cities.com., que se ha hecho casi famoso después de publicar, en 2002, un estudio«The Disturbing Rise of Global Income Inequality», Universidad de Columbia, 2002; este trabajo puede obtenerse a través de Internet: http://www.columbia.edu/~xs23/papers/GlobalIncomeInequality.htm., con resultados muy a contracorriente, sobre globalización y desigualdad. Este estudio ha sido comentado y discutido en grandes medios de comunicación (The Economist, The New York Times, entre otros) e, incluso –¡máximo reconocimiento!– ha sido citado en una conferencia por el presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Alan Greenspan. Su libro, Economía liberal para no economistas y no liberales , responde a su título: es sencillo, a veces muy divertido, y aclara, sin perder rigor, algunos puntos cruciales de la discusión entre antiglobalizadores y liberales.

La globalización liberal, a favor yen contra es un libro muy distinto. Recoge un debate celebrado en septiembre de 2001, días antes de los atentados de Nueva York y Washington, entre Susan George, la autora del famoso y, en el sentido más propio del término, infame Informe LuganoEl «Informe Lugano» fue comentado en Revista de libros , nº 62 (febrero de 2002), por José Luis Oller., y Martín Wolf, el jefe de los comentaristas económicos del Financial Times ; su lectura ayuda a entender –aunque no del todo, porque no es fácil– las ideas de Susan George y la dificultad de cualquier argumento racional para desmontar posiciones ancladas en prejuicios y construidas, en lo fundamental, sobre la ignorancia o la interpretación más torticera imaginable de los datos disponibles.

Los argumentos de Sala se organizan en dos tandas. La primera, que abarca los primeros siete capítulos, explica los fundamentos de la economía de mercado, recogiendo ideas muy viejas, pero siempre actuales, que se remontan a Adam Smith, pero apoyándose en el ejemplo de las dos Alemanias y las dos Coreas para mostrar que «¡ni adrede!», como dice Sala, se habría podido realizar un experimento con resultados tan contundentes a favor del capitalismo frente a la economía colectivista y la planificación: en definitiva, a favor del capitalismo y en contra del socialismo.

Sala se apresura, de todos modos, a aclarar que ese triunfo de la economía de mercado no significa que el Estado no tenga un papel que desempeñar. Lo tiene, y muy importante, en, por lo menos, cuatro campos: 1) la defensa de los derechos de propiedad; 2) la garantía del mantenimiento de la competencia entre empresas; 3) la provisión o la regulación de la producción o del consumo de bienes «problemáticos» (que son de tres tipos: los bienes que los economistas llaman «públicos» –como los servicios de la defensa nacional–, aquellos cuyo consumo o cuya producción afecta a terceras personas, que son los bienes sujetos a «externalidades», y los que son públicos, pero, a la vez, pueden consumirse o aprovecharse de forma privada y que Sala llama «comunales» –por ejemplo, los recursos pesqueros o las carreteras–); finalmente, 4) el establecimiento de las reglas y condiciones que aseguran la igualdad de oportunidades –¡no de resultados!– entre los ciudadanos. Tras esta preparación del terreno, llegamos a la globalización.

GLOBALIZACIÓN, POBREZA Y DESIGUALDADES

Sala resume los argumentos de los «globófobos» (el término es del propio Sala) en cuatro apartados: 1) la globalización socava o hace imposible la democracia; 2) estimula la explotación infantil; 3) destruye el medio ambiente a escala planetaria; y, finalmente, el argumento estrella: 4) incrementa las desigualdades de renta y seguirá haciéndolo en el futuro, cada vez más, si nadie pone remedio.

La tesis según la cual la globalización dificulta o socava la democracia y es responsable de la explotación –incluso sexual– infantil en el mundo en desarrollo o emergente es, sencillamente, grotesca. Como la más elemental inspección de los hechos demuestra, no existe relación alguna entre participación en la globalización y presencia o ausencia de democracia y, menos aún, entre esa participación y el trabajo infantil o la explotación, en cualquier sentido, de los niños. Y, si la hay, es altamente probable que su significado sea inverso al que predican los «globófobos»Sala cita el caso de Vietnam, págs. 101102, que parece muy claro..

Sin embargo, el corazón del argumento antiglobalizador está en el supuesto incremento de la pobreza y la desigualdad en el mundo como consecuencia de la globalización capitalista o «liberal», algo que recuerda, dicho sea de paso, el argumento de la pauperización progresiva e irremediable del proletariado bajo el capitalismo, que era la tesis central del marxismo clásico. Pero pobreza y desigualdad son, desde luego, conceptos muy distintos y lo primero que hay que hacer es tratar de precisarlos.

Cualquier definición de pobreza es, por supuesto, convencional, es decir, exige definir un umbral de ingresos por debajo del cual se encuentran los pobres. Durante las últimas décadas se ha utilizado con frecuencia un dólar USA diario para definir el estado de extrema pobreza, pero, claro, podemos situarlo en cualquier otro nivel.

Según cálculos del propio SalaSala ha publicado varios artículos dedicados a discutir la convergencia de renta entre naciones y regiones. En 1994 publicó «La riqueza de las regiones. Evidencia y teoría sobre crecimiento regional y convergencia», en Moneda y Crédito , nº 198, donde las regiones pueden ser consideradas «naciones» con fuerte movilidad de capital, trabajo, similares preferencias, etc. En 2002 publicó, como ya hemos indicado, «The Disturbing Rise of Global Income Inequality», que se cita en la pág. 110, nota 2, del libro que comentamos., la población con ingresos inferiores a un dólar USA diario de 1985 (500 dólares anuales de 2002), es decir, la población en situación de miseria extrema, al límite, prácticamente, de la subsistencia, pasó del 20% del total mundial en 1970 al 5% a finales de los años noventa. Si, en vez de un dólar, tomamos la referencia de dos dólares USA diarios de 1985 (1.000 dólares anuales en 2002), los pobres pasaron del 44% de la población mundial al 18%. Las estadísticas disponibles nos dicen, así pues, que durante los últimos treinta años la pobreza en el mundo ha disminuido de forma significativa. Que esto sea aún muy insuficiente (una renta per cápita de 1.000 dólares USA es, evidentemente, muy baja) y que las situaciones de extrema miseria que existen, muy por debajo de ese umbral, provoquen auténtico escándalo moral es otra cuestión, y ambas consideraciones son perfectamente compatibles entre sí.

Medir la desigualdad es más complicado que medir la pobreza y los resultados de cualquier análisis, sea cual sea el método utilizado, están más abiertos a la ambigüedad, a la interpretación y, por ello, a la discusión. Cuando se dice que la globalización incrementa la desigualdad, se puede estar diciendo dos cosas distintas : que aumenta la desigualdad entre países (como si la renta per cápita de cada país fuese, digamos, la renta de una persona, sin distinguir si el país tiene uno o mil millones de habitantes), o que incrementa la desigualdad entre personas (considerando rentas per cápita de segmentos de la población mundial, sin distinción de nacionalidades: por ejemplo, los 500 millones más pobres comparados con los 500 millones más ricos, o los 100 millones más pobres comparados con los 10 millones más ricos, o cualquier otra combinación que mida la dispersión de rentas entre diferentes segmentos de la población mundial). Por supuesto, también pueden estar diciéndose las dos cosas a la vez. Pues bien, mientras que los datos confirman que la desigualdad entre países ha aumentado en los últimos treinta años, no parecen confirmar, según Sala –había ya estudios del Banco MundialPaul Collier y David Dollar, Globalization, Growth and Poverty: Building an Inclusive World Economy , World Bank y Oxford University Press, 2001. Otro economista del Banco Mundial, Branko Milanovic, ha criticado muy duramente a Sala, rechazando sus conclusiones, sobre la base de supuestas insuficiencias y ligerezas estadísticas; pero Milanovic no parece realmente convincente (puede consultarse su página en Internet: www.worldbank.org/research/inequality).que llegaban a resultados similares–, que haya aumentado también la desigualdad entre personas, que es, parece obvio, la que más nos tiene que importarEl índice de desigualdad entre personas que recoge Sala (pág. 111) refleja tanto «las diferencias en el tamaño de población [a la que afecta la renta per cápita de cada país] como las desigualdades entre ciudadanos dentro de un mismo país», pág. 109, nota 2..

La explicación es sencilla. Durante los últimos veinte años, varios de los países más poblados de la tierra –entre ellos, sobre todo, China, pero también India y algunos otros países asiáticos (que suman más del 50% de la población mundial)– han aumentado su renta per cápita a una velocidad muy superior a aquella con la que han aumentado la suya los países más ricos, de forma que, en términos comparativos o relativos, se ha producido una mejora notable y rápida para una parte muy importante de la población mundial. Que la distancia entre la renta media del conjunto de los países más ricos (salvo algunas excepciones, los que integran la OCDE) y la renta media de, digamos, los veinte países más pobres se haya ensanchado considerablemente no puede producir, como es obvio, ninguna satisfacción. Pero mucho más significativo es el hecho de que la renta media de, pongamos, los mil millones de personas más pobres del mundo es, hoy, una proporción mayor de la renta media de los mil millones de personas más ricas que hace treinta años. Dicho de otro modo, la renta media de los mil millones más pobres no sólo es considerablemente superior (en términos reales, por supuesto) a la de hace veinte o treinta años, sino que, además, está a menor distancia relativa de la renta media de los restantes cinco mil millones que tienen más renta que ellosPara que no quede ninguna ambigüedad en la anterior afirmación, hay que precisar que el hecho de que la renta per cápita de los mil millones más pobres sea ahora una proporción mayor que hace treinta años de la renta per cápita de los mil millones más ricos es compatible con un aumento de la distancia entre ambas en términos absolutos . Para muchos el ejemplo será del todo innecesario, pero aquí va para los que no lo sea. Supongamos que el año 0 la renta per cápita media de los 1.000 millones de personas más ricas del planeta era de 10.000 dólares USA; y la de los 1.000 millones más pobres, sólo 500 dólares. Durante treinta años, la renta de los más ricos crece a una tasa media anual acumulativa del 2,5%, mientras que la de los más pobres crece al 6,5% (esta diferencia en las tasas de crecimiento se acerca bastante a la que se ha dado realmente durante las últimas décadas entre los países más ricos y los países en desarrollo de mayor crecimiento). Pues bien, al cabo de esos treinta años, la renta media per cápita de los ricos será casi 21.000 dólares, y la de los pobres, unos 3.300 dólares. De este modo, en el año 0 la renta per cápita de los pobres era el 5% de la de los ricos, mientras que en el año 30 será casi el 16% y, en este sentido, la desigualdad ha disminuido. Sin embargo, la diferencia absoluta en dólares (que suponemos de valor constante) era de 9.500 dólares en el año 0 y de 17.600 en el año 30, es decir, casi se ha doblado: en este sentido, la desigualdad ha aumentado..

En todo caso, es cierto que una parte no pequeña de la población mundial sigue en una miseria espantosa, cuando no en el límite de la supervivencia. Sin embargo, el argumento según el cual la globalización sería la responsable de la desastrosa evolución económica de algunos países, sobre todo en África, sencillamente no tiene fundamento y, según cómo se exprese, puede llegar a ser un verdadero disparate. La desgraciada evolución de los países más miserables no viene de su participación en la globalización, sino de todo lo contrario, de su no participación. De hecho, los países emergentes y en desarrollo de mayor crecimiento económico y de mejor evolución en sus índices de bienestar social (mejoras en la educación, en sanidad, en seguridad, etc.) durante los últimos decenios son, en general, aquellos que más han participado en la globalización (midiendo esta participación por su apertura al exterior: por ejemplo, la suma de exportaciones e importaciones respecto a PIB, o la proporción de inversiones extranjeras a PIB).

La segunda vacuna que Sala trata de inocular en el lector para que pueda defenderse del virus globófobo es que la economía de mercado no es un juego de suma cero en el que lo que uno pierde, otro debe ganarlo –aunque esto también puede ocurrir y ocurre en sentido microeconómico y a corto plazo–, sino que es un juego en el que, si hay competencia y los intercambios se desarrollan en libertad, todo el mundo sale ganando a largo plazo: negar esto es negar la evidencia histórica. Finalmente, Sala comenta, además, otras cuestiones muy debatidas. Por ejemplo, lo que llama «economía de las ideas», el tratamiento que debe darse al derecho de propiedad sobre las ideas y la tecnología, una cuestión muy compleja si se intenta lograr un equilibrio entre protección de ese derecho (estímulo a la innovación y a la investigación) y la defensa de los consumidores y de la competencia; o el impuesto Tobin¡Qué manía de traducir tax, que en español es «impuesto», por «tasa», que es el precio fijado por la administración para la prestación de un servicio público! Peor todavía es la traducción de taxation por «tasación», que se encuentra por lo menos dos veces en el libro de Wolf y George, págs. 28 y 30.y su inutilidad para lograr los objetivos que pretenden los antiglobalizadores (y otros que no lo son tanto); o sobre las características de la economía rusa actual, un extraño artefacto, mezcla del viejo sistema colectivista soviético, estructuras mafiosas de intercambio, protección y monopolio y mecanismos de mercado, pero no, en modo alguno, una economía de mercado «normal», comparable a las que conocemos en Occidente, por lo que carece de sentido poner a Rusia como ejemplo del fracaso del mercado y de la globalización.

POBRE WOLF

Pasemos ahora al debate entre Wolf y George. Los argumentos que maneja Martin Wolf en su discusión con Susan George son muy parecidos a los que usa Sala en su libro, lo que no nos puede extrañar siendo ambos (Sala y Wolf) economistas solventes, aunque sus historiales sean diferentes y pertenezcan, digamos, al mismo bando en esta guerra. Para no repetirnos, es más interesante decir algo en este comentario sobre los argumentos de la líder antiglobalizadora.

Para empezar, Susan George afirma ser partidaria de la economía de mercado y no haber defendido jamás el socialismo colectivista o la planificación de tipo soviético. Su posición contraria a la globalización se asienta, dice, en el mismo marco político que defienden los liberales, es decir, economía de mercado y democracia. La diferencia estaría en que, para George, la globalización «liberal» (por cierto, la única experiencia de globalización «no liberal» fue la llamada «división internacional socialista del trabajo», auspiciada y dirigida por la Unión Soviética entre el final de la segunda guerra mundial y el derrumbe de los años noventa, cuyos resultados todos conocemos) ha concedido un poder exagerado, despótico, incontrolado, a las grandes multinacionales y es ese poder, que se impone a Estados y a organizaciones internacionales, el que amenaza el futuro de la humanidad. ¿Cómo es posible? ¿En qué consiste esa amenaza?

Según George, la globalización «liberal» priva de recursos fiscales a los gobiernos, imposibilitando que éstos desempeñen sus funciones más imprescindibles, aquellas que los mismos liberales consideran necesarias; esquilma los recursos naturales y degrada irracionalmente el medio ambiente; favorece la explotación de los más indefensos: mujeres y niños; financia dictaduras de todo tipo, porque la democracia, supuestamente, hace más difíciles o menos provechosos los negocios; concede un poder excesivo e irresponsable a las instituciones financieras internacionales y a los mercados financieros, que son sólo otra cara del gran capitalismo mundial, etc. Por supuesto, George cree también que la globalización incrementa la pobreza y las desigualdades de renta, sin aceptar lo que nos dicen las estadísticas sobre pobreza, ni precisar a qué desigualdad se refiere (cuestión que, como muestra Sala, es muy importante para saber de qué estamos hablando).

El pobre Martin Wolf trata de ser paciente y didáctico. Intenta que George tenga en cuenta ciertas evidencias, que reconsidere algunas de sus «acusaciones» o interpretaciones. Pero nos tememos que no lo consigue nunca, ni siquiera cuando pilla a George en algún renuncio que ella no consigue disimular: por ejemplo, cuando reconoce que, a pesar de que es uno de sus argumentos importantes, no sabe nada acerca de la evolución de los beneficios de las empresas en el PIB de los países desarrolladosLa globalización liberal , pág. 63., o cuando debe aceptar que sus datos sobre fiscalidad están equivocadosId., págs. 30 y ss..

Realmente, no se entiende bien qué propone George de no ser, en resumidas cuentas, incrementar drásticamente el poder político frente al poder del mercado. Aunque no está del todo claro, parece que propone introducir más controles en el manejo de las economías nacionales, restringir los intercambios internacionales de mercancías y servicios, poner trabas a la circulación de capitales, incluso a las inversiones directas, promover sistemas legales para que los deudores puedan no pagar sus deudas cuando lo estimen necesario y convertir a las instituciones financieras internacionales en inmensas ONG bajo el control de no se sabe qué apóstoles de la caridad universal, responsables ante tampoco se sabe quién.
 

GLOBÓFOBOS Y CRÍTICOS DE LA GLOBALIZACIÓN

Se nos podría decir, y sería difícil no aceptar la observación, que hay versiones más moderadas, inteligentes y respetables de las críticas contra la «globalización liberal». Por ejemplo, si nos concentramos en los problemas de ajuste o adaptación (de las economías, de las empresas y de las personas) en el corto y medio plazo, es cierto que puede no darse el automatismo entre apertura al exterior y crecimiento económico, o entre crecimiento económico y reducción de la desigualdad que, a veces, los liberales proglobalizadores parecen dar por supuestoPueden verse, por ejemplo, las conferencias de Pranab Bardhan, «Social Justice in the Global Economy», International Labour Organization, ILO Social Policy Lectures, septiembre de 2000, en www.ilo.org/public/english/bureau/inst/papers/sopolecs/bardhan/index.htm.. Y hay economistas académicos, que nadie considera antiliberales, que mantienen opiniones muy críticas sobre algunos aspectos del proceso de integración económica internacional de las últimas décadas, como, por ejemplo, el mantenimiento de barreras comerciales por parte de los países más ricos, que dificultan un aumento más rápido de las exportaciones de los países pobres, la política de subsidios agrarios en Estados Unidos o la Unión Europea, las reglas sobre propiedad intelectual en algunos sectores –como el farmacéutico–, o la falta de regulación de los movimientos de capitales a corto plazoAlan Deardorff, «What Might Globalization's Critics Believe?», Research Seminar in International Economics, The University of Michigan, Discussion Paper no. 492, diciembre de 2002, págs. 9-10.. La visión, o visiones, que George defiende con tanto ardor no son, sin embargo, ni moderadas, ni muy inteligentes. Algunas de estas ideas parecen haber resucitado porque a comienzos de los noventa parecían ya muertas y enterradas.

Hace ya cuarenta años, Peter BauerPeter Bauer, fallecido en mayo de 2002, fue, durante treinta años, profesor de la London School of Economics y escribió varios libros fundamentales sobre desarrollo económico: The Economics of Underdeveloped Countries (1957), Two Views on Aid to Developing Countries (1966), Dissent on Development (1972), Equality, the Third World,and Economic Delusion (1981) y Reality andRhetoric: Studies in the Economics of Development (1984)., el patriarca del pensamiento liberal sobre desarrollo económico durante la segunda mitad del siglo XX , negaba lo inexorable de los «círculos viciosos de pobreza» (la idea de que los países pobres no pueden acumular capital suficiente para salir de su pobreza si no reciben ayuda exterior), sosteniendo que, por el contrario, en muchos casos, la ayuda exterior podía convertirse en un serio obstáculo para el desarrollo debido a causas difíciles de cuantificar o conceptualizar, pero no por ello menos reales, como la corrupción, los efectos disuasorios de la ayuda sobre el necesario esfuerzo fiscal de los países que la reciben o, simplemente, el despilfarro o la ineficacia en la aplicación de fondos, que se gastan sin condicionalidad y sin control. Sostenía también que la planificación central, o remedos tercermundistas del modelo soviético, no ayudaría a los países pobres, sino todo lo contrario, al multiplicar y exacerbar la ineficiencia en el uso de los recursos, y que la economía internacional no era un juego «de suma cero», en el que lo que un país gana otro debe necesariamente perderlo, sino un juego «de suma positiva», en el que todos podían ganar. Se atrevió, incluso, a «denunciar» el papel, que consideraba nefasto en este campo, de los clérigos «progresistas»: «Hay una verdad profunda en la máxima de Pascal, según la cual, esforzarse para pensar con claridad es el comienzo de una conducta moral [...] [esos clérigos activistas] buscan un nuevo papel para ellos mismos, dada la erosión generalizada o el derrumbamiento de las creencias tradicionales»Citado por Thomas Sowell, «Standing Fast against Planning and Poverty», recensión de Reality and Rhetoric: Studies in the Economics of Development, de Peter Bauer, Reason Magazine , diciembre de 1984, págs. 4546; puede consultarse en www.cato.org/special/friedman/sowell.html..

Los economistas que defienden, hoy, la vigencia de las ideas liberales para entender y juzgar la globalización y para guiar la política económica internacional y la ayuda al desarrollo son, en mayor o menor medida, discípulos de Bauer. Pero también parecen serlo, sólo que todo al revés, muchos globófobos, cuyas ideas parecen ser los errores y los prejuicios que Bauer identificó y discutió hace décadas. Como si el tiempo no hubiera pasado y no hubiera lección alguna que sacar de la experiencia.

Los antiglobalizadores, y George entre ellos, deben de ser gente feliz. Quieren «un mundo mejor y más justo», pero no consideran necesario decir, con alguna precisión, cuál, ni quieren entretenerse en minucias estadísticas, ni desean perder tiempo echando la vista atrás para recordar el resultado de las experiencias «no liberales» de más intervención, más control, más proteccionismo, más designio político y menos mercado que se han conocido durante el último siglo. Así, pueden irse a la cama todos los días con muy buena conciencia, bajo el dulce y reconfortante supuesto de que siempre serán otros los que paguen las facturas, todas las facturas, incluidas las morales.

01/03/2003

 
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