ARTÍCULO

La lista de García Márquez

 

Este libro, aunque quizá no fuera ese el principal propósito de Ángel Esteban (Zaragoza, 1963) y de Stéphanie Panichelli (Bruselas, 1978), relata los esfuerzos que durante años ha hecho Gabriel García Márquez para acercarse a Fidel Castro, y para tratar de convertirse en su «amigo».

Cuenta cómo Gabriel García Márquez participó como testigo satisfecho en un juicio revolucionario (que se saldó con una ejecución); cómo Gabriel García Márquez trabajó para la agencia de noticias gubernamental cubana Prensa Latina, de la que acabó saliendo abruptamente; cómo se lavó las manos en el tristemente célebre caso Padilla (secundado por Julio Cortázar); cómo cerró los ojos ante los campos de reeducación, ante los intelectuales presos, ante la miseria, ante los exiliados, ante el racismo, ante los balseros, ante la falta absoluta de libertad...; cerrar los ojos era la condición para conseguir que el dictador cubano le otorgará al final su confianza, le adoptara como hombre fiel y le permitiera el acceso a su cerrado círculo de poder. Cuenta cómo «Gabo estaba convencido de que el líder cubano era diferente a los caudillos, héroes, dictadores o canallas que habían pululado por la historia de Latinoamérica desde el siglo XIX , e intuía que sólo a través de él esa revolución, todavía joven, podría cosechar frutos en el resto de los países americanos». En treinta y tantos años García Márquez no ha cambiado ni un ápice sus convicciones: nada de lo que ha visto le ha hecho modificar su opinión. No ver nada es natural cuando se tienen cerrados los ojos.

Fidel Castro, sabiéndolo entregado, se hizo querer y le rechazó una y otra vez: e incluso le impidió publicar en la isla alguno de sus libros, como Elotoño del patriarca. Pero la imparable fama de García Márquez como escritor, que no paró de crecer tras el éxito de Cien años de soledad, le hizo entender al dictador cubano que el escritor colombiano podría servir a sus intereses: podría ocupar el lugar de correveidile de su Revolución, de paraguas de prestigio para el chaparrón de su dictadura. Castro atrajo poco a poco a García Márquez a su área de influencia. Cuando García Márquez consiguió el Premio Nobel, Fidel ya estaba convencido de que le iba a sacar un alto rendimiento. Y García Márquez, como el burro con la zanahoria, una zanahoria que no había parado de solicitar, se rindió, dócil, a la voluntad del tirano caribeño.

La fascinación que el poder de Castro ejerce sobre García Márquez podría resulta comprensible, pero lo que no resulta nada comprensible es su anhelo, del que se jacta, de ser juez y de convertirse en encarnación de la Justicia. Siguiendo a Esteban y a Panichelli se puede afirmar que García Márquez está encantado por su capacidad de influir en Castro sobre el destino de los opositores. Es cuando menos paradójico que un escritor que afirma que le repugna la pena de muerte se quedara enganchado cuando vio que Castro ejecutaba (¡podía ejecutar impunemente!) a quien se le antojara. Y ha seguido haciéndolo hasta muy recientemente: basta recordar el caso del secuestrador del avión en la ruta La Habana-Nueva Gerona. El inmenso poder de Castro, no sujeto a ningún tipo de estamento –ni elecciones, ni leyes, ni parlamentos, ni partidos políticos, ni prensa libre–, sedujo a García Márquez, que quiso, desde el primer momento, formar parte de esa forma de justicia.

En esa ausencia de legalidad encontró García Márquez una buena excusa moral para justificar su proximidad a Castro: se convertiría en una suerte de Schindler, hombre bueno junto al hombre malo, que decidiría, en la sombra, en la intimidad siniestra, quién puede salvarse y quién no. García Márquez presume de ese poder. Pero ¿reflexiona García Márquez alguna vez sobre ese poder? ¿Piensa en aquellos que no reciben su caprichosa bendición? Sólo por la banalidad con la que se aborda este asunto, Gabo y Fidel. El paisaje de una amistad es un libro terrorífico. Es, sin lugar a dudas, el asunto más importante, pero no es el único.

Se cuenta que el autor de Noticia de un secuestro «fue invitado dos veces a recibir la presidencia de su país, pero se negó por completo». Y merece la pena preguntarse: ¿quién se la ofreció? ¿Se presentó García Márquez a algunas elecciones? Misterio sin resolver de esta hagiografía. Aunque hay más misterios: ¿será posible que Castro, Mitterrand o Clinton sean más interesantes como hombres de letras que, por ejemplo, Vargas Llosa o Milan Kundera? Y ¿son más interesantes como hombres de letras que como gobernantes? García Márquez hace ver que sí: afirma que una de las razones que más le atan al dictador caribeño es su gran capacidad lectora, y Esteban y Panichelli así lo certifican, como artículo de fe. De fe o de astrología, porque los autores no dudan en explicar el carácter de Fidel Castro por su signo zodiacal, Leo: «El león es siempre orgulloso, arrogante, tiene un afán de superación desmedido y unas aptitudes sensacionales para el liderazgo. No es tímido ni introvertido, suele hipnotizar con sus virtudes a sus amigos y familiares hasta dominarlos casi por completo...». Ante las evidencias que muestran los movimientos de los planetas hay que abandonar la inteligencia en cualquier análisis político o histórico.

Esteban y Petruchelli no dudan en criticar determinados modos del dictador cubano, pero siempre acaban encontrando una justificación: las democracias occidentales tampoco son una maravilla, el bloqueo estadounidense, los gusanos de Miami, las mentiras de los disidentes, la circunstancia excepcional, el enorme apoyo del pueblo... Eso explica que en Gabo y Fidel.El paisaje de una amistad se les otorgue más valor a los chistes cubanos que a los testimonios de las víctimas de la dictadura: Raúl Rivero y los otros setenta y ocho intelectuales cubanos encarcelados hace unos meses por Castro merecen una mención mínima en una nota a pie de página.

Muchas veces se ha repetido que García Márquez escribía para que le quisieran más... pero creo que para conseguir el afecto de Castro no merece la pena ni escribir una línea.

01/03/2004

 
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