ARTÍCULO

La amenaza mexicana

Paidós, Barcelona
Trad. de Albino Santos Mosquera
488 págs. 26,92 €
 

Samuel Huntington es uno de los agitadores intelectuales más eficaces del mundo. Cada palabra suya suscita un torrente de controversias. Su nombre va seguido de la polémica. El debate alrededor de su idea del choque de las civilizaciones ha servido para construir toda una industria. El argumento básico es conocido: una vez que había desaparecido el enemigo comunista, se despejaba el terreno para un nuevo enfrentamiento histórico. No se trataba ya de la batalla entre proyectos económicos o potencias militares. La nueva historia estaría marcada por el enfrentamiento entre Occidente y su principal adversario cultural: el islamismo. Quienes declaraban que el fin del comunismo era la victoria irreversible de la democracia liberal cometían un grave error de juicio. La historia seguiría caminando entre pleitos. La cultura, las religiones, la sangre incendiarían los nuevos enfrentamientos. Ahora Huntington dispara un nuevo pronóstico: la guerra de las culturas se librará también dentro de Estados Unidos. No será el choque de la sociedad norteamericana contra algún grupo fundamentalista que adora a Alá, sino contra un grupo de emigrantes que come tacos. Los mexicano-americanos son el peligro. El idioma español, el arma destructiva. Después de haber derrotado a los talibanes en Afganistán, teniendo el control de Bagdad, Huntington pide a los norteamericanos que vuelvan su mirada a Los Ángeles, la capital de esa amenaza que pone en riesgo la supervivencia de Estados Unidos.
El grito de alarma sería insignificante si no proviniera del politólogo más famoso de Estados Unidos. Samuel Huntington ha sido, sin duda, uno de los académicos más influyentes en ese país durante los últimos cuarenta años. Sus numerosos libros se reeditan anualmente en amplias tiradas. El choque de civilizaciones se ha traducido a veintiséis idiomas. No se trata de un intelectual mediático que aparezca constantemente en televisión y escriba regularmente en la prensa. Es un maestro tímido que escribe artículos provocadores en revistas especializadas que pronto engorda para convertirlos en libro. Su expresión es clara, libre de la jerga del académico, cargada de sentencias severas que frecuentemente desafían el lugar común. La distinción política más importante –escribía en las primeras líneas de su libro sobre el cambio y orden político– no es el tipo de gobierno sino el grado de gobierno. Del brazo, dictadores y demócratas ven, a lo lejos, las sociedades perdidas en la anarquía. Desde sus primeros trabajos, Huntington ha sido un generalizador eficaz: parte de una intuición, una tesis dilatada y contundente expresada con tino. Los hechos y las pruebas vienen después. Es el caso de su choque de las civilizaciones: recogiendo algunos datos (no muchos y manejados con poco rigor), pescando citas, indagando en muchas zonas sin entrar en profundidad en ninguna, arriba a conclusiones categóricas. Lo cierto es que su fama no ha estado acompañada de prestigio académico. La guerra de las civilizaciones es, en realidad, guerra de ignorancias, decía Edward Said. Desde su primer trabajo sobre el militarismo, los libros de Huntington han recibido reseñas demoledoras acompañadas de excelentes ventas. El Stephen King de la politología norteamericana ha preferido siempre la hipótesis estruendosa y catastrófica a la prueba estricta y el argumento sereno.
El argumento de Huntington sobre la amenaza mexicano-americana se publicó primero en marzo, en la revista Foreign Policy, que él mismo fundó hace tiempo. Ahora se ha publicado como un grueso libro que lleva por título la pregunta ¿Quiénes somos? La idea central es que Estados Unidos ha sido, desde su origen, una nación blanca y protestante que ha incorporado con éxito las más diversas migraciones porque éstas han estado dispuestas a aceptar un paquete de compromisos elementales: el idioma inglés, la religiosidad, la noción británica del Estado de Derecho, una ética protestante del trabajo, el individualismo. Las muchas oleadas migratorias que han llegado a sus playas han aportado sabores, palabras, pigmentos a la comunidad norteamericana. Pero han insertado su vida en el marco de los valores constitutivos de la identidad estadounidense. Eso ha sido así desde el nacimiento de Estados Unidos: una identidad cultural que funda la unidad política. Ahora, a principios del siglo XXI , ese país está amenazado por un grupo de extraños: los mexicanos. Es un grave error, sostiene Huntington, tratar igual a los emigrantes, sin detenerse a examinar sus diferencias culturales. La emigración hispana, particularmente la mexicana, difiere fundamentalmente del resto, constituyendo una amenaza única para la supervivencia del país.
¿Cuáles son esas diferencias? Huntington ofrece seis elementos distintivos: contigüidad, dimensión, ilegalidad, concentración, persistencia e historia. Los mexicanos no cruzan el océano para llegar a Estados Unidos. No abandonan definitivamente sus familias, cargando su memoria en las espaldas. Cruzan una frontera cargada de peligros, pero tienen a un paso el retorno a su patria. Los mexicanos que viven en Estados Unidos no rompen nunca con su patria de origen. Son muchísimos y tienden a concentrarse en algunos estados, particularmente en California y los territorios que alguna vez pertenecieron a México. Ahí se incuba el peligro mayor: está naciendo un pueblo dentro del pueblo norteamericano. El año pasado, subraya con alarma Huntington, la mayoría de los bebés nacidos en California era de origen hispano: más Josés que Michaels. Y, a diferencia del resto de las migraciones que se han establecido en Estados Unidos a lo largo de los siglos, los mexicanos podrían tener razones para fundar una reclamación territorial. Después de todo, Texas, Nuevo México, Arizona y California formaron parte de México hasta mediados del siglo XIX . El fantasma de la escisión aterroriza a Huntington.
Se trata, en efecto, de un fantasma, porque no existe por ninguna parte. Su pesadilla es que en las montañas de California se trama una conspiración para redactar (en español, por supuesto) un acta de independencia frente a los Estados Unidos. «Los mexicanos y mexicanoestadounidenses pueden reclamar, y de hecho reclaman, derechos históricos sobre territorio estadounidense». ¿De dónde saca don Samuel tan peregrina idea? Nadie en México ni en los Estados Unidos reclama la recuperación de los terrenos que un tiempo fueron mexicanos. Nadie. Los mexicanos que viven en los Estados Unidos, lejos de lo que sostiene Huntington, se incorporan con éxito a la vida norteamericana. Las palabras, en lugar de separar a los emigrantes y conformar el germen de una nación independiente, los unen crecientemente a los Estados Unidos. Roberto Suro, director del Pew Hispanic Center de la ciudad de Washington, ha mostrado que, tras una generación en los Estados Unidos, la transición del español al inglés es prácticamente completa. Huntington imagina una sociedad extraña y hermética que no se asimila a su patria. Su imaginación simplemente no corresponde a la realidad. De acuerdo con el censo del año 2000 en los Estados Unidos, en menos del 10% de las casas de origen hispano no se hablaba inglés. Y entre los niños, apenas un 2% seguía sin comprender ese idioma. El miedo de que el inglés desaparecerá en los Estados Unidos no tiene el menor respaldo. De hecho, afirma el propio Suro, el aprendizaje del idioma inglés parece ser más rápido entre los hispanos que lo que fue con aquellos emigrantes que tanto idealiza Huntington. En todo caso, la convicción generalizada de quienes viven en los Estados Unidos es que el dominio del idioma inglés es esencial para tener éxito en ese país Sobre el tema de la asimilación puede verse el documento del Woodrow Wilson Center for Scholars y el Migration Policy Institute, Philippa Strum y Andrew Selee (eds.), The Hispanic Challenge? What We Know About Latino Immigration , Washington, 2004..
El profesor de Harvard oprime nuevamente el botón de la alarma. Ve un país formándose en el suyo. Un país cultural y económicamente diferente, que habla un idioma distinto, una nación que conserva sus tradiciones sin adoptar las prácticas de su nueva casa, un país que mantiene su lealtad a otra bandera y que se resiste a llamarse americano. A Huntington no le preocupan los turbantes sino los mariachis. Le alarma que las banderas de México ondeen en los estadios de Los Ángeles, que los mexicanos de California desprecien (según él) la cultura americana, que Vicente Fox trate como héroes a los emigrantes-reconquistadores y que se declare gobernante de 123 millones de mexicanos: cien en México y veintitrés en Estados Unidos. Para Huntington el asunto no es una broma: puede ser el fin de los Estados Unidos, por lo menos de la nación que ha existido desde hace tres siglos.
La mortalidad de su país es su obsesión. Ninguna sociedad es inmortal y, recordando a Rousseau, dice: «Si Esparta y Roma han perecido, ¿qué Estado puede tener la esperanza de que durará siempre?». Estados Unidos es mortal y, al parecer, la enfermedad exterminadora está ya en sus entrañas: son los tumores de una cultura extraña que no puede convivir armónicamente en el cuerpo americano. El profesor de Harvard escribe como un patriota preocupado por el futuro de su país. Así lo advierte desde el primer momento: «Este libro está influido por mis propias identidades como patriota y como académico. Como patriota, siento una honda preocupación por la unidad y la fuerza de mi país entendido como una sociedad basada en la libertad, la igualdad, la ley y los derechos individuales. Como académico, creo que la evolución histórica de la identidad estadounidense y su estado actual son cuestiones fascinantes y de gran importancia que requieren un estudio y un análisis en profundidad». Entiendo, añade Huntington, que estas dos identidades pueden entrar en conflicto. Es cierto: el patriota melancólico aniquila al académico.
Los aspavientos del doctor Huntington son claramente infundados. Los estudios serios que se han hecho sobre el comportamiento de la comunidad de origen hispano en los Estados Unidos contradicen esa imagen de pueblo inasimilable. Richard Alba y Victor Nee, en su libro Remaking the American Mainstream, apuntan que, si bien es cierto que hay algunos pueblos fronterizos donde el aprendizaje del inglés es lento, en el ámbito nacional los mexicanos que llegan a los Estados Unidos se aplican a hablarlo lo más pronto posible. Para la tercera generación, el 60% de los niños mexico-americanos hablan solamente inglés en casa. David Broooks, autor de Bobos in Paradise , un observador atentísimo de las costumbres de la sociedad norteamericana, advertía que los patrones de consumo de los mexico-americanos son muy parecidos a los de los angloprotestantes de los que ejerce de portavoz Huntington El libro de Alba y Nee fue publicado por la Universidad de Harvard en 2003. Los comentarios de Brooks aparecieron en The New York Times el 24 de febrero de este año..
Como sus libros previos, este estudio es una combinación de instinto, inflamada demagogia conservadora, datos y frases hilvanados caprichosamente y simple ignorancia. Será, de cualquier manera, munición de un nuevo antimexicanismo que –éste sí– puede convertirse en una amenaza seria.
Los problemas del libro son, en efecto, muchos. La revista Foreign Policy recibió una catarata de reacciones. Un volumen reciente (Fernando Escalante (coord.) Otro sueño americano. En torno a «¿Quiénes somos?» de Samuel Huntington , Barcelona, Paidós, 2004) ha reunido críticas sólidas a la obra de Huntington. Para el coordinador, lo más grave del libro es su impostura académica: «En el fondo no tiene mucha importancia que el profesor Huntington sea un creyente más o menos entusiasta o que quiera hacer proselitismo, no tiene importancia que le inspiren miedo los mexicanos, que no sepa hablar español, que sea partidario de un raro aislacionismo imperial; lo grave es la impostura, el intento de hacer pasar sus prejuicios por verdades demostradas». Tiene razón: el hombre de Boston cree que el mero hecho de desplegar estadísticas y números es prueba suficiente de rigor.
Quizá buena parte del problema provenga de su noción de cultura. Huntington caza la cultura como quien atrapa una esencia. Cultura es destino. La identidad de las culturas aparece de ese modo como una fuerza tan poderosa como el imperio de los genes o el ímpetu de las mareas. La cultura resulta una prisión de la que uno no puede escapar –o, si se trata de su cultura entrañable, como un fortín que debe ser resguardado de los invasores. Como hay una cultura norteamericana, hay una cultura mexicana. Algo así como un mamífero frente a un pájaro. Naturalmente, los animales podrán estar cerca, comer uno al lado del otro, pero nunca podrán aparearse.
En el caso de los Estados Unidos, Huntington sostiene que se trata de una cultura que sigue siendo esencialmente la de los colonos del XVII y XVIII : «La cultura central de Estados Unidos ha sido y sigue siendo principalmente en el momento actual la cultura de los colonos de los siglos XVII y XVIII que fundaron la sociedad norteamericana. Los elementos nucleares de esa cultura pueden ser definidos de modos diversos, pero incluyen la religión cristiana, los valores y el moralismo protestantes, una ética del trabajo, la lengua inglesa, las tradiciones británicas en materia de ley, justicia y limitación del poder gubernamental, y un legado artístico, literario, filosófico y musical europeo».
El molde puede aceptar algunas mezclas extrañas, pero otras no. La cultura mexicana, en definitiva, no puede asimilarse a la del norte. Es esencialmente otra. Muchos han dado prueba de que los datos de la migración prueban algo muy distinto: los mexicanos adoptan los patrones cívicos, económicos y lingüísticos del país al que arriban con relativa facilidad. Apenas en la segunda generación, el inglés se convierte ya en lengua predominante de las comunidades mexico-americanas y su conducta cívica y política no es ninguna extravagancia. Pero eso no importa mucho: los otros son otros, irremediablemente otros.
Vale preguntar, si es cierto lo que afirma Huntington, y los mexicanos que viven en los Estados Unidos son realmente un peligro para la supervivencia de los Estados Unidos, ¿cuál es la recomendación política concreta que se desprende de su investigación? Huntington no se hace cargo de las consecuencias de su argumento. Fiel a su vocación por la catástrofe, apunta el debate en términos dramáticos: la vida de la patria está en riesgo por la invasión silenciosa de una comunidad incompatible con nuestros valores. Si el patriota ve en peligro a su nación, ¿qué recomienda? ¿Qué debe hacerse? ¿Esterilización de los morenos? ¿Prohibición del español? ¿Castigo a quien porte símbolos del pueblo amenazante? ¿Clausura hermética de la frontera para que ni uno solo pueda colarse a la ciudadela angloprotestante? ¿Expulsión inmediata de los invasores?
También vale la pena detenerse en otro aspecto del argumento huntingtoniano: las fuentes mexicanas de Huntington. Los mexicanos debemos estar agradecidos al profesor Huntington porque ha revelado, con enorme claridad, las intoxicaciones que produce el nacionalismo que sigue vivo en algunos círculos. Para el profesor Huntington los mexicanos son, ya lo he dicho, un cáncer que amenaza a su patria. Los morenos que hablan español, adoran a la virgen de Guadalupe, vitorean a la selección mexicana y sueñan con regresar a su país de origen, son un peligro gravísimo que pone en riesgo la supervivencia de la única potencia. El alegato podrá ofendernos, pero no debería sorprendernos. Lo mismo han dicho los mexicanos durante décadas sobre sus vecinos: la cultura norteamericana es incompatible con la cultura mexicana y supone un peligro para la permanencia de nuestra identidad. Ese idioma extraño, de ese culto sospechoso, esa devoción por el lucro pone en riesgo nuestra cultura de siglos. Unos huntingtonianos oaxaqueños, por ejemplo, lograron hace unos cuantos años impedir que un McDonald's se estableciera en la sagrada ciudad de Oaxaca. Ese era precisamente su argumento: las hamburguesas representaban un peligro mortal para la ancestral cultura de los mexicanos.
Los nacionalistas de todas partes se entienden bien. No es raro que, para fundar sus alegatos, Huntington haya buscado el respaldo de una buena cantidad de académicos y literatos mexicanos. Una pesada tradición mexicana ha enfatizado precisamente la diferencia supuestamente esencial de nuestras culturas: la Reforma y la Contrarreforma; católicos y protestantes; sociedad de mercado frente a sociedad patrimonialista; tiempo lineal contra tiempos paralelos; la fiesta contra el trabajo. Ahí está la larga tradición de mexicanistas que han pretendido cazar la identidad: José Vasconcelos, Samuel Ramos, el primer Octavio Paz, Carlos Fuentes, Jorge Portilla, Rodolfo Usigli, Guillermo Bonfil. Todos en la cacería de la identidad profunda del mexicano, todos persiguiendo la esencia, la marca característica de México, aquello que lo hace único, aquello que lo hace irremediablemente distinto de lo otro.
Preciosa consecuencia: nuestra biblioteca de estudios sobre lo mexicano ha desembocado en un panfleto contra México. ¿No ha insistido Carlos Fuentes una y otra vez en que México está reconquistando los territorios perdidos por la fuerza de su cultura? Huntington lo ha tomado en serio. Sin preocuparse mucho por los datos y los hechos, Fuentes y Huntington ven el mismo futuro: uno lo celebra, el otro lo maldice. Huntington habla de una invasión cuasi militar de los mexicanos: «Si un millón de soldados mexicanos trataran cada año de invadir Estados Unidos y más de 150.000 de ellos lo lograran y se establecieran en territorio estadounidense, y el gobierno mexicano exigiera entonces que Estados Unidos reconociera la legalidad de dicha invasión, los estadounidenses se sentirían indignados y movilizarían todos los recursos necesarios para expulsar a los invasores y restablecer la integridad de sus fronteras. Sin embargo, todos los años se produce una invasión demográfica comparable, mientras el propio presidente de México preconiza la legalización de la misma y los dirigentes políticos estadounidenses pasan la cuestión por alto o aceptan incluso la eliminación de la frontera como un fin a largo plazo».
No es muy distinto el retrato de Fuentes, quien habla de una especie de invasión en desagravio a la vieja injusticia histórica: «Hace 150 años, los Estados Unidos entraron a México y ocuparon la mitad de nuestro territorio. Hoy, México entra de regreso a los Estados Unidos pacíficamente y crea centros de la hispanidad de Texas a California y de los Grandes Lagos y Chicago hasta Nueva York»Carlos Fuentes, «Migraciones», Nexos (mayo de 2000). . Es sabido: los identitarios terminan expidiendo certificados de expulsión. Al recluir la identidad colectiva en un catálogo breve de señas características, consagran una idea falsa de lo propio: inventan un estereotipo y deportan al extraño. Por eso, para Huntington, el ateo es irremediablemente un extraño en su patria. Para él son extranjeros Ernest Hemingway, Frank Zappa, Frank Lloyd Wright, Robert Frost, Thomas Alba Edison, Ambrose Bierce, Henry Louis Mencken, Woody Allen, Carl Sagan. Algo muy semejante decían los nacionalistas mexicanos que expulsaban de la familia nacional a los afrancesados, a los agringados que se atrevían a desafiar el mito nacional: cría identitarios y engendrarás xenófobos.

Samuel Huntington habla de la sopa de tomate de la cultura norteamericana. A esa sopa cultural se le pueden añadir especias y aderezos, y la sopa de tomate seguirá siendo sopa de tomate. El profesor se equivoca en términos culinarios tanto como se equivoca en términos culturales: una base de tomate puede servir para preparar un caldo de camarón, un gazpacho andaluz o una sopa tailandesa de tomate y coco. La cocina justamente es el espacio en el que desaparecen las identidades originales para producir una mezcla de sabores, una identidad nueva y pasajera, si se quiere seguir usando ese lenguaje de identidades. Así sucede en la cocina de la cultura y de la historia: los sabores, los colores, las costumbres riñen, se fecundan, se transforman. Viven.

 

01/11/2004

 
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