ARTÍCULO

Mi nombre es Nadie

Calambur, Madrid
Trad. de Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre
180 pp. 15 €
 

Si João Cabral de Melo Neto, perteneciente a la generación poética brasileña del 45, es bastante conocido en nuestro país tanto por las diversas traducciones y antologías de su obra como por su presencia física en Barcelona o en Sevilla, otros miembros de aquel grupo poético no lo han sido tanto. Por ello es singularmente atractiva la edición de una antología del poeta Lêdo Ivo (Maceio, Estado de Alagoas, 1924), cuya voz personalísima puede, finalmente, ser apreciada por los aficionados y degustadores de la mejor poesía. Lo que caracteriza a la generación del 45, en Brasil, fue su crítica a determinadas veleidades de la vanguardia modernista y su vuelta a los orígenes, a lo ancestral y auténtico, al terruño natal. En este sentido, el poeta alagoano, que reivindica descender de los caetés, tribu indígena que practicó el canibalismo con el célebre obispo Sardinha, recordado por Oswald de Andrade en su Manifiesto antropófago de 1928, es un singular representante de un decir poético que aúna lo popular y lo simbólico, el canto colectivo y el sentimiento individual, la expresión cotidiana y la sabiduría atávica.
La aldea de sal es una selección de más de sesenta años del quehacer poético de Lêdo Ivo y, por tanto, de la trayectoria de una voz ligada al pueblo y a la tierra del nordeste brasileño. Los primeros poemas, pertenecientes a los años cuarenta, se caracterizan por su aliento colectivo, así como por ser una reflexión sobre la tarea del poeta que trasciende los tiempos, pero no el espacio, ya que permanece sujeto a un lugar que fuera mágico y hoy ha sido de algún modo profanado. «El tiempo no existe en el alma del poeta / todo es universal y contiene todos los tiempos / los poetas, padre mío, son los corazones del mundo», dice en Justificación del poeta. Esta voz, ligada a la tierra y mecida por el oleaje del mar alagoano, clama tanto por las gentes desaparecidas como por los que, estando vivos, son portavoces de una antigua sabiduría: «Si somos grandes, es el cielo quien hace nuestra grandeza. / Si somos humildes, es que nuestros pies están pisando la tierra», explica en su Oda al crepúsculo, quizás el poemario más épico y significativo de esta época.
Las décadas de los años cincuenta y sesenta están marcadas por sus viajes. Lêdo Ivo vivió en París y visitó diversas ciudades europeas entre 1953 y 1954, y en la década siguiente Estados Unidos. Fruto de aquellos viajes son sus poemas Otoño en Washington o la impresionante Oda a la chatarra. Al regresar a Brasil se produce un nuevo encuentro con las tierras y las gentes del nordeste. En los años setenta publicó su espléndida novela poética Nido de cobras y Finisterra, quizá su poemario más conocido, donde la añoranza de la infancia acaba por invadir el espacio que en sus primeros libros ocupaban lo atávico y lo mítico. «Camino entre la multitud y mi nombre es Nadie», confiesa en el poema que da título a este último libro y que presenta a un ser desorientado, a un poeta poblado de imágenes fulgurantes que ha perdido su lenguaje sagrado y no sabe cómo recuperar su voz: «Con las palabras delirantes que aprendí en la escuela / gastada como las suelas de los zapatos / ya no sé cantar el mundo ni expresar mi amor».
Entre los años ochenta y los noventa la poesía de Ivo se vuelve más cotidiana y menos épica. Se celebra la vida de las gentes humildes: los pobres que deambulan por las estaciones de autobuses a la espera de un viaje al infierno de las grandes metrópolis, la llegada del leñador, el asilo de los locos, los caracoles que se deslizan por la arena, las herramientas que descansan en sus estanterías en la tienda de una ciudad olvidada. El viento y los días anónimos parecen haberse llevado el canto antiguo y ya sólo queda un vago recuerdo diluido en la memoria y unos nombres grabados en las tumbas: «Los domingos por la tarde, entre los mausoleos / que parecen flotar en el aire azul suspendidos por el viento, / el silencio de los muertos me dice que nunca no volverán. / De nada sirve llamarlos. Del lugar en el que están no hay regreso. / Sólo nombres sobre lápidas. Solamente nombres. Y el ruido del mar».
El poeta, en su desolación, ha encontrado una sabiduría que tiene mucho que ver con la intuición de su primera juventud, cuando el alma de la tierra brotaba de los surcos y el rumor de los muertos se enredaba a las piedras del camino o a las olas del mar. Las palabras quizá ya no sirvan, pero aun así regresan nuevamente como voces olvidadas, como brisa, y «en la noche helada que las constelaciones arrastra / las palabras desterradas se levantan de sus tumbas / y, en el espacio reservado a las fulguraciones perpetuas, / componen el gran poema del universo».
La trayectoria poética de Lêdo Ivo, como puede apreciarse en esta breve crónica, tiene una coherencia indiscutible que el libro La aldea de sal ha sabido conservar. Su mismo título, tomado del poema Oda al crepúsculo, es un hallazgo, ya que es el mar, sus aromas, la tierra habitada por los hombres y sus voces enterradas los motivos del canto. Los traductores, por lo general, han sabido interpretar con belleza y rigor la voz del poeta. Sin embargo, en algunos casos, su desconocimiento del habla popular nordestina les ha llevado a determinadas soluciones que, a mi manera de ver, no son del todo correctas.

01/11/2010

 
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