ARTÍCULO

El almuerzo desnudo de la generación X

Plaza y Janés, Barcelona, 1998
181 págs.
 

La agenda de los amigos muertos no es un libro común, no es ficción, no es una novela, tampoco es un libro de memorias, ni el cuaderno de bitácora de la historia de una autodestrucción. Es la revisión viva y terrible a un suceso real y cercano, entrañable y fatal, hilado con la emoción aterradora de una madre que repasa la existencia de su hija, enganchada a la heroína desde la adolescencia, y que muere víctima del sida en plena juventud.

Raquel Heredia se confiesa brutalmente en estas páginas, que no hay que juzgar desde un punto de vista literario, no creo que existiera vocación estética deliberada en este libro de trágica confidencia, de escritura convulsa, sino que es ejemplo de claro testimonio, una forma de ahuyentar los demonios del sufrimiento, de ordenar la memoria directa del dolor en las difíciles relaciones con su hija yonqui, y es, por encima de todo, un gran canto elegíaco a las dificultades del amor.

En el panorama del mundo periodístico español hablar de Raquel Heredia es mencionar a una de las personas que mejor conocen el desarrollo de la transición española, cronista parlamentaria y fundadora de la Unión de Periodistas. Reconocida reportera y entrevistadora, ha defendido la libertad de expresión desde distintas organizaciones periodísticas, en las que ha tomado parte muy activa. Ha publicado sus crónicas en el libro El túnel: historias depasillos. En 1978 fue galardonada con un premio Ondas. Miembro de la primera junta directiva democrática de la Asociación de Prensa de Madrid. Ha sido colaboradora habitual en televisión y radio, así como columnista en distintos diarios y revistas.

La narración de esos momentos que conoce sobradamente Heredia, queda en un segundo plano para dejar paso a la crónica emocional de una historia que busca sus raíces en las dificultades de una mujer que tiene que afrontar una vida solitaria asumiendo las responsabilidades con sus hijos y un nivel exigente en el medio profesional periodístico, durante los años del tardofranquismo a la democracia.

Con pluma afilada y con una gran carga emocional, analiza minuciosamente los diversos estadios por los que pasa su hija Ada, y el ambiente del que se rodea, disecciona todo un entramado de relaciones interpersonales cuya degradación crece proporcionalmente al nivel de enganche al caballo, o a la ausencia de la dosis salvadora. El proceso de despersonalización, la ausencia de algún afecto salvador y eficaz, hace que en los sucesivos intentos de limpiarse de heroína, Ada recaiga, una y otra vez, en su adicción. Esta sustancia será su único acompañante hasta el final, nunca le dejará, no importa marido ni hijos, la única realidad que estará siempre a su lado será la heroína. Y también su madre, porque los lazos que prueban un afecto indestructible quedan de manifiesto en tantos seres que por encima de todos los sufrimientos posibles, por encima de todas las humillaciones posibles, permanecen al lado de esos enfermos. Esas madres que intentan devolver la vida a unos hijos cuyo cordón umbilical ha quedado definitivamente unido a la droga.

Ya Burroughs, en su Almuerzo desnudo, aparecido en 1959, habla de ese aspecto de carne de prestado que adquieren los afortunados que se libran de la Enfermedad. La mayoría de los supervivientes no recuerdan su delirio con detalle. La bajada a los infiernos es total. El comerciante de droga no vende su producto al consumidor, vende el consumidor a su producto. No mejora ni simplifica su mercado. Degrada y simplifica a su cliente. El rostro de la heroína es la faz de la necesidad total. Y a esta cuenta terrible hay que añadir el suma y sigue del sida.

Síntoma de la posmodernidad, aparece el retrato de tantos seres que son víctimas de las llamadas «filosofías de la violencia». Ya decía Locke que la libertad y la autonomía corren paralelos al poder de razonar del individuo, y que los seres humanos tienen derecho a pensar y actuar individualmente «dentro de la recta norma de la razón y la conciencia». Pero la época de la posmodernidad cuestiona, problematiza, desafía y erosiona la idea del ser humano centrado, unitario y marcadamente racional. Ahora es sustituido por un ser irracional y en conflicto, porque el universo que le rodea ya no es ordenado, sino caótico, inabarcable, y desentendido de las exigencias humanas.

En España Elena Soriano escribió en 1986 un estremecedor libro, Testimonio materno, que narraba sucesos que guardan cierta similitud con la experiencia que Heredia nos ofrece aquí. La agenda de los amigos muertos es la memoria de una parte de una generación que ha desaparecido por efecto de la sobredosis o del sida, esos jóvenes que son fruto del baby boom español y que apuraron hasta las heces vivir una existencia de sexo, drogas y rock and roll, y que, como una película rota, no tiene un final feliz.

01/05/1998

 
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