ARTÍCULO

La acción del amor

 

¿Cómo debería reseñarse esta tercera y última entrega de Tu rostro mañana? ¿Tendría que volver a leer los dos primeros tomos (Fiebre y lanza y Baile y sueño) y sólo después leer Veneno y sombra y adiós? En cualquier caso, Veneno y sombra y adiós no es una novela autónoma que tenga sentido completo en sí misma: un lector que no conozca las novelas anteriores no va a entender nada.
Baile y sueño terminaba con dos asuntos pendientes. El primero atañe a Tupra, que quería enseñarle a Deza (protagonista y narrador de Tu rostro mañana) unos misteriosos vídeos. El segundo está relacionado con la «joven» Pérez Nuix, que quería pedirle un favor a Deza: que se haga pasar por un tipo para conseguir librar a su padre de un follón económico, o acaso de algo peor. Ésos parecían que iban a ser los ejes narrativos de la continuación, pero realmente los dos acaban siendo muy secundarios ante el asunto central del libro, que casi puede ser calificado como «de acción»: Deza abandona Londres para instalarse en Madrid con la firme resolución de volver con su mujer, Luisa, y con sus hijos.
En ese retorno a Madrid, el espía Jacques Deza vuelve a encontrarse también con su padre, uno de los personajes más interesantes de la primera parte del libro: su historia en el Madrid sitiado de la Guerra Civil era real­men­te emocionante. El encuentro es triste, porque la salud mental del padre de Deza está deteriorándose rápidamente, pero aun así resultan muy interesantes sus reflexiones sobre có­mo deben comportarse los amantes después de una ruptura: «Luisa es inteligente, y cuando tenga que decepcionarse lo hará, aunque sea de mal grado y se resista y le cueste... Quizá con alguien mediano o que la satisfaga parcialmente tan solo, o incluso que tenga algún elemento que la desagrade, eso puede. Lo que sí me parece es que a ese posible marido, sea como sea, a ese proyecto, a aquel en quien fije la vista, le dará incontables oportunidades, pondrá mucho de su parte, intentará ser comprensiva al máximo, como sin duda lo intentó contigo hasta que superaste el límite, supongo, nunca os he preguntado qué os pasó exactamente». Deza escuchará atentamente a su padre, pero no le hará ni puñetero caso y decidirá, contra los consejos recibidos, intervenir. Intervenir, y mucho.
La Guerra Civil es casi tan importante en Veneno y sombra y adiós como lo era en la primera entrega, Fiebre y lanza, siguiendo la participación de Peter Wheeler y su relación con Ian Fleming, el creador de James Bond. Wheeler reflexiona sobre la guerra española y sobre las demás guerras: «La Guerra, sin embargo, no daba apenas tiempo, ni a las dudas ni a los remordimientos ni a nada. Por ese motivo algunas personas recuerdan los períodos de guerra como los más vitales de su existencia, como los más eufóricos, y hasta los echan de menos luego, en cierto sentido. Las guerras son lo peor, pero en ellas se vive con una intensidad desconocida, lo bueno que tienen es que impiden que la gente se preocupe por tonterías o se deprima, o se dedique a chinchar a los que están alrededor. No hay tiempo para nada de eso, se va de una cosa a otra sin cesar, de una angustia a un sobresalto, de un terror a una explosión de alegría, y todos los días son el último, o más aún, el único. Se marcha, se es hombro con hombro, todo el mundo está ocupado en sobrevivir, en derrotar a la bestia, en salvarse y en salvar a otros, y hay mucho compañerismo si no cunde el pánico. Aquí no cundió. Se lo habrás oído contar a tu padre y a otros, vuestra Guerra fue también así». Esta idea de la guerra, incluida esa hipotética nostalgia, me resulta especialmente desasosegante. Y la idea, expresada en otros momentos de Veneno y sombra y adiós, de que la Guerra Civil española fue diferente a las demás guerras también me resulta muy desasosegante.
Pero el elemento que más diferencia esta tercera entrega de Tu rostro mañana de las anteriores entregas es el arte. Dentro de la trama «de acción» de la novela, el arte ocupa un lugar muy importante. Custardoy es un pintor bastante macarra que sale con Luisa, la mujer que todavía no está separada legalmente de Deza, aunque lo esté emocionalmente, y que se dedica a la copia o a la falsificación o al negocio ful. Deza, pasando de ser un espía «teórico», que se limita a averiguar el comportamiento de la gente por sus palabras y por los gestos de su cara, a ser un espía «de calle», hará un seguimiento de las actividades de Custardoy que lo llevarán a fijarse en algunos cuadros del Museo del Prado, como Camilla Gonzaga, condesa de San Se­gundo, y sus hijos, del Parmigianino, o Las edades y la Muerte, de Hans Baldung Grien.
Quizá las tres partes de Tu rostro mañana respondan también a las «edades» del cuadro del pintor renacentista alemán: la infancia, la madurez, la vejez, acompañadas siempre de la sombra de la muerte, una vieja que parece haber sido atractiva en algún momento.
Las decisiones que toma Deza en Veneno y sombra y adiós hacen que el personaje que se presenta en Fiebre y lanza aparezca bastante cambiado. Las simpatías que generaba su condición de «novato» en un mundo que no conocía, el del espionaje, se convierten en recelo ante sus actuaciones como «hombre de acción». Su deseo de recuperar a Luisa se vuelve bastante obsesivo y siniestro: el cierre de la novela recuerda al de la mejor ficción de Paul Auster, La noche del orácu­lo, en la que el narrador y protagonista, que nos ha vendido una imagen cándida de sí mismo, acaba mostrando su lado más negro, también en relación con la vida sentimental de su mujer. Deza tiene una explicación para su cambio de forma de pensar, para su cambio de comportamiento: «Sí, me había ocurrido algo malo, y no, no me había ocurrido nada malo. Nada anómalo, en todo caso. A uno le hacen daño y se convierte en enemigo. O hace uno daño y se crea un enemigo».
Lo mejor de Tu rostro mañana está en la primera entrega, Fiebre y lanza, y en esta tercera, Veneno y sombra y adiós, en especial a partir del regreso de Deza a Madrid, porque el comienzo es largamente discursivo y sin fondo. Sigo sin entender el sentido de Baile y sueño, y su caída en la especulación por la especulación, que quita la carne a unos personajes que la tenían, que la querían sentir, tocar, disfrutar y también herir.
No creo que Javier Marías (Madrid, 1951) haya conseguido, con este enorme esfuerzo, escribir su mejor novela, que pienso que sigue siendo Todas las almas, en la que se encuentra el origen de Tu rostro mañana y también el origen de Jacques Deza, ese «español» sin nombre que da clases en Oxford; la ciudad que el padre de Deza se empeña en confundir siempre con Londres. 

01/11/2007

 
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