ARTÍCULO

Kracauer: sociología y crítica cultural

Gedisa, Barcelona
Trad. de Miguel Vedda
254 pp. 12,50 €
Gedisa, Barcelona
Trad. de Laura S. Carugati
140 pp. 12,50 €
Gedisa, Barcelona
Trad. de Valeria Grinberg Pla
190 pp. 16 €
 

La editorial Gedisa ofrece en los tres libros que aquí se reseñan una muy valiosa muestra de la obra de la primera etapa de Siegfried Kracauer (1889-1966), que éste desarrolló en la convulsa Alemania del período de entreguerras. Las cuidadas ediciones que se ponen a disposición del lector en español, con sus correspondientes y muy bien informados preámbulos y ultílogos, vienen a sumarse a las de las obras de Marx, Simmel o Löwith que completan de momento la benemérita serie de teoría social en la colección Dimensión Clásica. Centrada por ahora en un elenco muy selecto de autores alemanes, la serie supone un loable esfuerzo que hay que apreciar en lo que vale en estos agitados tiempos editoriales y que, como tal, es de esperar que tenga en el futuro la continuidad que merece.
Conocido en nuestro país sobre todo por sus escritos sobre cine, de los que existen algunas traduccionesDe Caligari a Hitler: una historia psicológica del cine alemán, Barcelona, Paidós, 1995; Teoría del cine: la redención de la realidad física, Barcelona, Paidós, 1996; Estéticas sin territorio, Murcia, Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Murcia, 2006. Para una visión de conjunto de su obra, el curioso lector puede acudir al ensayo de Enzo Traverso, Siegfried Kracauer: itinerario de un intelectual nómada, trad. de Anna Montero, Valencia, Institución Alfonso el Magnánimo, 1998., la obra propiamente sociológica de Kracauer ha pasado mucho más inadvertida, por no decir que ignorada casi por completo. No es extraña esa escasa proyección, que sin duda obedece a que sus pocos trabajos sociológicos no constituyen un cuerpo lo suficientemente consolidado como para formar parte del canon de la disciplina. La trayectoria de Kracauer fue la de varios intelectuales judíos alemanes de la República de Weimar a quienes la ascensión nazi les quebró trágicamente la existencia. Discípulo y admirador de Georg Simmel, ejerció como periodista en Fráncfort tras trabajar en un estudio de arquitectura muniqués. Fue en las páginas de Frankfurter Zeitung donde afiló su pluma y la puso al servicio del análisis de la vida social alemana y de la crítica cultural de la modernidad. La llegada de Hitler al poder lo forzó a un primer exilio parisiense en 1933, que dos años después del estallido de la Segunda Guerra Mundial terminó, como el de tantos otros de sus colegas, en Estados Unidos. Allí acabaría sus días como ciudadano estadounidense, profesor y director del departamento de investigación social aplicada de la neoyorquina Universidad de Columbia.
De su biografía intelectual y su peripecia vital se colige que hay que conectar el nombre de Kracauer con los de Adorno, Löwenthal o Rosenzweig, con quienes mantuvo vínculos de amistad y compartió el amargo destino del exilio. Hay quien lo adscribe, en efecto, a la Escuela de Fráncfort. Casi con seguridad, el fruto más logrado del análisis social de Kracauer es la monografía Los empleados, aparecida en 1930 con prólogo de Walter Benjamin, fielmente reproducido en la edición española. Los ensayos de crítica de la cultura escritos durante los años veinte para el suplemento cultural del antedicho periódico fueron finalmente editados por el propio Kracauer en 1963 durante su exilio estadounidense bajo el título El ornamento de la masa. Ya en esos primeros artículos y ensayos es posible advertir que Kracauer estaba dotado de una particular sensibilidad para captar los fenómenos de la cultura de masas que tan destacado papel tuvieron en la formación del totalitarismo nacionalsocialista y que tanto llegarían a interesar a algunos intelectuales alemanes de su tiempo. De hecho, fue esa inclinación al análisis de la cultura de masas y, en particular, al cine la que terminó por desarrollar con más amplitud en su período de exilio norteamericano.
El tema del estudio sobre los empleados alemanes –o, para ser más precisos, berlineses– son las consideradas nuevas clases medias de oficinistas, vendedores, representantes y administrativos que van cobrando relevancia social a medida que la estructura ocupacional se transforma y diferencia con el desarrollo de las sociedades industriales. Desde luego, no es Kracauer quien inaugura en Alemania la preocupación intelectual por esta categoría social, que ya desde finales del siglo XIX había sido objeto de atención por parte de prominentes economistas como Bücher, Adler o Lederer. En el ambiente intelectual alemán del momento, la discusión sobre las nuevas clases medias no era asunto banal. Y no podía serlo en la medida en que, como poco, el crecimiento de las clases medias ponía en cuestión la supuesta polarización de la estructura de clases del capitalismo prevista por las formas más pedestres de marxismo. El problema no era tanto la contumaz supervivencia de una pequeña burguesía de propietarios como el imprevisto aumento de amplios segmentos de empleados en el sector de los servicios.
El foco de atención se centró por ello en esos «estratos capitalistas intermedios» que, lejos de ser una categoría social residual, eran un sector que medraba con el cambio sectorial y los procesos concomitantes de racionalización, mecanización y especialización del trabajo. Pese a su condición de asalariados, los pujantes sectores de la banca, el comercio y el transporte fueron incorporando a una cantidad cada vez más numerosa de empleados que no se identificaban, ni objetiva ni subjetivamente, con el proletariado obrero. La mayoría de ellos realizaba un trabajo no manual y disfrutaba de condiciones laborales más benignas que las del típico operario industrial. Ahora bien, ¿estaban estos empleados destinados a convertirse en miembros de la clase obrera merced a un proceso de proletarización, o despuntaban, en cambio, como una categoría social emergente plenamente diferenciada de los trabajadores, con sus propios intereses y su propia autoconciencia? La sociología y la ciencia política han vertido desde entonces verdaderos ríos de tinta para tratar de elucidar la intrincada naturaleza de estas nuevas clases medias –los white collar estadounidenses o los trabajadores acomodados británicos–, su coherencia como categoría social, sus representaciones ideológicas y sus posiciones políticas. Y hasta casi el mismo día de hoy siguen los especialistas en estratificación social discutiendo la cuestión.
A Kracauer no le cumple enredarse en las sutilezas de esa discusiónAunque Kracauer pensaba que no era posible «poner en duda la proletarización de los empleados» (p. 114), era muy consciente de las diferencias que los separaban de la clase obrera, en particular en lo que se refiere a sus representaciones y formas de autoconciencia. En todo caso, como afirma en el prefacio, su intención al publicar el libro no era otra que «estimular la discusión pública».. Pero se suma a la corriente de interés para darle un tratamiento sin duda menos sesudo que el de los economistas académicos, aunque aderezado con todo el colorido de un cuadro detallado: la penetrante capacidad de observación del autor se pone aquí al servicio de una cuidada descripción de las formas de vida de aquel estrato social tan característico de su tiempo. El inventario que Kracauer nos brinda de esas formas de vida incluye los métodos de selección de personal –con una incipiente apuesta por el credencialismo–, el ubicuo papel de los sindicatos, los procedimientos de negociación colectiva y resolución de conflictos o las ilusorias representaciones colectivas de los empleados. No escapan a su lente fenómenos que tanta trascendencia han demostrado tener posteriormente, como la feminización del sector o los conflictos intergeneracionales. En un lugar muy destacado de aquel inventario se encuentran las prácticas que les ocupan el tiempo de ocio a los empleados y su ávido consumo de los productos que les sirve la cultura de masas.
El lector no debería sorprenderse de que alguien como Kracauer vea la supuesta falsa conciencia de los empleados ligada a su situación de desamparo espiritual (léase alienación o cosificación). Ese desamparo –pensemos en Weber o Kafka– no es sino una consecuencia de los procesos de burocratización del trabajo tan característicos de los empleados –pensemos también en Taylor y Fayol– y no encuentra más salida que la emulación vicaria de los modelos que ofrece la cultura de masas. El «brillo fingido de las presuntas alturas sociales», sea en el cine, los periódicos y revistas, la radio, la música o el deporte, es una potente anestesia para mitigar las aflicciones de una multitud espiritualmente desamparada como la de los empleados.
El efecto narcótico o hipnotizante de la cultura de masas es uno de los tópicos preferidos de las corrientes intelectuales que relacionamos con la Escuela de Fráncfort. No en vano todos los autores que de uno u otro modo identificamos con esas corrientes asistieron, espantados, al uso que los nazis hicieron de los medios de masas para alcanzar el poder y mantenerse en él. Pero, en manos de estos autores, la crítica cultural desborda con creces el análisis del triunfo político y social del nacionalsocialismo para convertirse en una impugnación radical de la modernidad. Es muy posible que la tesis que da unidad y sentido a los ensayos de crítica cultural reunidos en El ornamento de la masa sea la idea, tan querida por los pensadores de Fráncfort, de que el consumo de los productos de la moderna cultura de masas aparta la atención de las condiciones reales de vida. Aquí encuentran cabida la fotografía, los viajes y el baile, los libros de éxito, los espectáculos populares como el cabaret y la opereta, y la práctica del deporte. Todos ellos constituyen los ornamentos de la masa que Kracauer se empeña en diseccionar. Y, aunque el placer estético que procuran los espectáculos de masas es legítimo, el autor nos advierte de que «el consumo impensado de las figuras ornamentales» sirve para desviar «la transformación del orden vigente» (p. 64). En ese sentido, tales figuras suponen un retorno a contenidos de sentido mitológico cuyo destino es la más pura irrealidad.
El segundo volumen de El ornamento de la masa –subtitulado Construcciones y perspectivas– se nutre de una colección de ensayos sobre grandes pensadores alemanes, como Scheler, Weber, Troeltsch, Simmel o Benjamin, y literatos, como Kafka. Estos ensayos nos muestran la fragua intelectual de Kracauer y en ellos se le revelan al lector tanto los cimientos sobre los que se propone levantar su crítica cultural como el instrumental que juzga más adecuado para ejercerla. Las premisas de las que parte son, por ejemplo, que la realidad es siempre construcción, que la experiencia común aparece como vivencia despojada de sustancia y que la crítica ha de entenderse siempre como una empresa de redención. Premisas tan exigentes requieren herramientas bien calibradas, entre las que destacan la indagación de los signos, la atención permanente a lo singular y la vigilancia tenaz de los impulsos de lo inadvertido. Una profunda desconfianza de las concepciones totalizadoras es la salvaguarda constante de un método que depende del postulado según el cual «el lugar que ocupa una época en el proceso de la historia se puede determinar de modo más concluyente a partir del análisis de sus discretas expresiones superficiales que a partir de los juicios que la época hace sobre sí misma» (El ornamento de la masa 1, p. 51). Cabe apuntar aquí que tratar de descifrar grandes tendencias sociales mediante la lectura de fenómenos culturales triviales es una tarea tan arriesgada y peligrosa que, por lo general, hoy ha sido desalojada de la ciencia social mainstream y situada en sus márgenes.
La obra de Kracauer pertenece, en efecto, a la prehistoria de la ciencia social tal y como ha llegado a desarrollarse en nuestros días. Su monografía sobre los empleados berlineses constituye una audaz incursión en el territorio del informe etnográfico realizada con una vocación más bien naturalista. El propio autor anuncia desde el principio del libro que su propósito es adentrarse en una suerte de terra incognita: la vida de los empleados –nos avisa– es en realidad menos conocida, incluso para ellos mismos, que la de muchas tribus primitivas. Los métodos principales a los que recurre para obtener información son la observación y la entrevista o, por mejor decir, la pura conversación. En su empeño, Kracauer evita la descripción densa; a cambio, dibuja un rico y detallado paisaje en el que manda siempre lo concreto y a menudo corresponde a la anécdota la tarea de ilustrar y sostener sus tesis. A nuestro autor no le incumbe ni parece interesarle de forma particular comprobar o confutar teorías; tampoco validar sus inferencias, establecer regularidades, sentar generalizaciones o determinar el alcance de sus conclusiones. Por ello nunca se acerca a lo que él mismo llama «las alentadoras verificaciones estadísticas»; es más, con una actitud muy de su tiempoComo no podía ser de otro modo, dado el propio contexto intelectual del que procede Kracauer, las afinidades con el psicoanálisis son tan abundantes como obvias en su obra., piensa que «sólo es posible acceder a la realidad a partir de sus extremos».
El resultado de todo ello es un ensayismo mestizo, una especie de producto híbrido que combina con agilidad el reportaje periodístico de calidadLa primera publicación del trabajo apareció, de hecho, en el suplemento literario de Frankfurter Zeitung. y la etnografía coetánea. Sus logros, que por cierto no son pocos, descansan en un sentido del olfato sociológico muy desarrollado y en una intuición aguda para la crítica cultural. Es Kracauer, en este sentido, un genuino artesano de la ciencia social premoderna, un practicante esforzado que se desempeña con unos utensilios que hoy se nos antojan muy rudimentarios. Su momento es, así, radicalmente diferente al nuestro, dominado ya de forma se diría que irreversible por la sobreabundancia de información y la aplicación de métodos muy sofisticados para manejarla y analizarla.
Su amigo Walter Benjamin tildó a Siegfried Kracauer de «trapero» intelectual, aludiendo a su habilidad para ir recogiendo y combinando de forma aparentemente arbitraria jirones discursivos con los que iluminar los fragmentos de realidad a los que se enfrentaba. Podemos pensar asimismo en Kracauer como en un representante ilustre de lo que Charles Wright Mills llamó la imaginación sociológica, es decir, un autor cuya práctica lo alejó por igual del empirismo abstracto y de la gran teoría. En nuestro tiempo, posiblemente su obra interese e inspire más a los filósofos y críticos de la cultura que a los científicos sociales profesionales.

01/06/2010

 
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