ARTÍCULO

Elogio de la imperfección

Ariel, Barcelona
Trad. de Carlos Milla e Isabel Ferrer
240 pp. 19,50 €
 

Kluge es un término inglés que usan los ingenieros para designar algo construido de forma chapucera aunque funcional. En español podríamos traducirlo por «apaño». Con ese nombre se refiere el psicólogo Gary Marcus a la mente humana en un libro en el que pone de manifiesto las incongruencias y fallos de lógica que tiene el cerebro humano. A través de ejemplos como la memoria, el lenguaje o el placer, nos demuestra que incluso un ingeniero lo habría diseñado mejor. Algunos ejemplos sobre la poca fiabilidad del cerebro son verdaderamente inquietantes por sus implicaciones. Según nos demuestra la profesora Elizabeth Loftus, la honradez de un testigo no garantiza su fiabilidad. Por ejemplo, si hemos sido testigos de un accidente de tráfico y nos preguntan: «¿A qué velocidad circulaban los automóviles al estrellarse?», lo normal es que respondamos dando un valor un veinte por ciento más elevado que si nos hubieran preguntado «¿A qué velocidad circulaban los automóviles al colisionar?». Este tipo de hechos suelen ser aprovechados por entrevistadores, fiscales, políticos y demás buscadores de la «verdad». Esta facilidad de manipulación de nuestros juicios es constantemente utilizada por «informadores» interesados en implantar un determinado estado de opinión, desde una elección de compra hasta el alistamiento en una letal aventura guerrera.
Otro ejemplo, realizado por Amos Tversky y Daniel Kahneman, resulta aún más perturbador si cabe, e ilustra cómo un hecho inocuo puede influir en nuestra interpretación del mundo. Si le preguntan «¿Qué porcentaje de países africanos forman parte de la ONU?», probablemente usted no sepa la respuesta exacta e intentará dar un valor aproximado. Ahora bien, si antes de responder a la pregunta le han informado de un valor numérico de algo, como, por ejemplo, de que en la ruleta ha salido el número 10, su respuesta probable será: «El 25%». Sorprendentemente, si el resultado de ese giro de ruleta hubiera sido, por ejemplo, el número 65, su respuesta probable habría sido: «El 45%». El fenómeno, conocido como «anclaje y ajuste», puede repetirse con otras modalidades de cálculo numérico y se interpreta como la predisposición a tomar ese dato aleatorio, el resultado del giro de la ruleta, como punto de referencia a partir del cual «calculamos» la respuesta a la pregunta. La lista de ejemplos podría llevarnos a concluir que somos arcilla moldeable al capricho de los poderosos. Aunque Gary Marcus no entra aquí en este tema, debe saber que no hay mejor antídoto contra la manipulación que el conocimiento, cuanto más vasto mejor, y la sabiduría, hasta donde nuestras capacidades genéticas nos permitan. En ese contexto es fácil entender el celo que muestran organizaciones de todo tipo por alcanzar o mantener el control del sistema educativo en cualquier país.
En esencia, el libro es un lúcido alegato en contra del pretendido diseño inteligente en biología. Sin embargo, no es probable que los admiradores de la perfección humana se sientan alterados por estos argumentos, porque su fe está basada, precisamente, en que un apaño tan tosco, pero que funciona, no podría existir a menos que un ente superior lo haya diseñado así. Es bien sabido que la razón es impotente ante la emoción. Lo paradójico es que este apaño que tenemos por cerebro incluye algún mecanismo por el que necesitamos creer en algo, de forma que nuestra ignorancia quede apaciguada. En cierto modo, esta angustia ante el no saber es el peor fallo de diseño que tiene nuestro cerebro, porque nos lleva a «inventar» el conocimiento que no tenemos. Pero, al mismo tiempo, es también el mejor motor para indagar y progresar. Bien mirado, no parece un fallo tan serio.
Si algo puede criticarse al texto de Gary Marcus es que, ocasionalmente, cae en alguno de los pecados que intenta combatir. Cuando afirma «si bien la evolución nos dotó del razonamiento deliberado, careció de la visión necesaria para asegurarse de que lo utilizásemos sabiamente: nada nos obliga a ser ecuánimes porque en su día no había nadie para prever los peligros», aunque seguramente intentaba hacer una licencia literaria, el sugestionable cerebro de algún lector puede asimilar que la evolución es «alguien con visión, aunque torpe». Conviene recordar que la evolución es un proceso histórico que contemplamos desde el presente y que carece de director, de propósito, de mapa: en definitiva, no es, ha sido. Sin duda habrá evolución mientras haya cambios, pero el proceso y sus resultados no se pueden anticipar desde el presente: serán relatados por quienes existan en el futuro. Los mecanismos genéticos sobre los que tiene lugar el proceso evolutivo han sido tratados por el mismo autor en otro libro, El nacimiento de la mente (Barcelona, Ariel, 2005). Ambos libros solapan argumentos y datos, pero quizá fuera conveniente elaborar un nuevo texto centrado en el proceso que ha llevado a este apaño de cerebro.
Es evidente que somos el resultado de la historia evolutiva. Podríamos haber llegado a ser un apaño diferente con fallos diferentes pero, sin lugar a dudas, un apaño al fin y al cabo. Podría imaginarse un tipo de perfección si nuestro cerebro fuese una adaptación absoluta al medio ambiente en el que viviéramos, incluida la actividad de los demás cerebros, pero, por el momento, los cambios que suceden en el genoma de cada individuo y en el medio externo son independientes entre sí. El escenario evolutivo está definido por el conflicto permanente de adaptación de los seres vivos al medio. Los apaños que no se adaptan desaparecen y así ha sido durante toda la existencia de la vida en este planeta. La autocomplacencia con que solemos analizar nuestra existencia no debería hacernos olvidar que somos una forma de vida, fruto de una historia de cambios aleatorios, y compatible con el escenario actual del planeta. El futuro evolutivo del apaño Homo sapiens no puede predecirse, pero más del 90% de los apaños que alguna vez fueron ya no existen. Por el mero hecho de sobrevivir, el apaño del cerebro ha resultado un éxito hasta ahora. Pero, en todo caso, ¿por qué deberíamos ser perfectos? ¿Cuál es el modelo de perfección?

01/03/2011

 
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