ARTÍCULO

La gran provocadora

Paidós, Barcelona
Trad. de Ana Herrera
592 pp. 28 €
Debate, Barcelona
Trad. de Mercedes Vaquero
288 pp. 14 €
 

Karen Armstrong posee un extraordinario talento para percibir tendencias en la historia y captar su trascendencia. Sus interpretaciones espectaculares y de gran alcance son estimulantes y provocadoras; abren los ojos a nuevos aspectos. Podría decirse que en ocasiones ve corrientes de pensamiento que no están ahí, pero a pesar de que estas interpretaciones magistrales carezcan de justificación, uno desea que sí la tuvieran, ya que poseen un gran valor para ayudarnos a comprender este mundo tan desconcertante. El ámbito de su especialización es asombroso; ha escrito libros individuales sobre el judaísmo, el islam, Buda y Mahoma, además de importantes libros cristianos, interpretaciones de Pablo y de los místicos ingleses. En estos dos libros ahora publicados en España la autora ofrece interpretaciones fascinantemente diferentes. En el primero, la Biblia representa un pequeño movimiento entre varios otros por los que la autora siente una simpatía notoriamente mayor. En el segundo libro, el retrato de la Biblia y su uso por parte de judíos y cristianos se sitúa, por supuesto, en primer plano; pero también recibe un tratamiento mucho más positivo.
En la primera de las dos obras, Armstrong estudia la Edad Axial, cuando los sabios axiales fueron producidos por civilizaciones muy diferentes (china, india, griega y judía), que leyeron el mundo de modos que han enriquecido la experiencia humana y que aún tienen mucho que enseñarnos en la actualidad. La expresión fue acuñada por Karl Jaspers para designar el período 900-200 a.C., pero Armstrong lo amplía considerablemente: la Edad Axial judía no alcanza su florecimiento hasta el siglo I, con el desarrollo del judaísmo rabínico (p. 514), y Mahoma, el último de los maestros axiales, estuvo en activo otro medio milenio más tarde. La introducción de los cuatro nombres que aparecen en el subtítulo del libro (El mundo en la época de Buda, Sócrates, Confucio y Jeremías) resulta atractiva, pero induce a confusión porque, aunque Buda y Sócrates fueron más o menos contemporáneos, Confucio es un siglo anterior y la oscura figura de Jeremías otro siglo más anterior; aun así, el lapso total de los cuatro queda restringido a aproximadamente 620-400 a.C. El tema del libro es, pues, en pocas palabras, la época en que se encontró en estas cuatro grandes civilizaciones un modo de trascender el egoísmo. «Cada una de estas creencias comenzó como un rechazo visceral y por principio de la violencia inusitada de su época» (p. 531), y consistió en el descubrimiento de los valores de la generosidad y el desapego. El tratamiento es cronológico, por siglos, y cada capítulo se ocupa de todas las civilizaciones; podría defenderse con razones fundadas que un estudio continuado de cada una de las civilizaciones habría redundado en una mayor claridad.
Esto ya constituye un fresco muy amplio, pero Armstrong no vacila en ampliarlo aún más, introduciendo la Edad Axial con magistrales observaciones sobre el desarrollo de estas civilizaciones desde sus borrosos orígenes. Estos esbozos han de ser venerados como interpretaciones inspiradas en vez de ser criticados por su exactitud. Por lo que respecta a la Edad Axial propiamente dicha, en India llega inicialmente con el desarrollo del brahman (un concepto complejo descrito acertadamente como un modo de abandonar el ego autoafirmativo, que dará paso al verdadero yoga). Confucio lo encontró posteriormente en la sociedad hierática de China en los rituales de consideración hacia los otros, que se plasmarían en la Regla Dorada. Habían surgido indicios anteriormente, en los profetas de Israel del siglo VIII, que habían hablado de cómo su Dios conducía a Israel «con lazos de amor» (p. 136).
El tratamiento de la antigua religión de Israel por parte de Armstrong es intensamente interesante, sin que el lector cobre conciencia de cuán controvertido es realmente. No existe, por supuesto, ninguna versión generalmente aceptada de una gran parte de la historia de Israel. En este libro se citan constantemente los Salmos como prueba de las concepciones religiosas en Israel, sin ningún intento de fechar los elementos concretos de esta heterogénea colección de plegarias de Israel. La autora es una partidaria incondicional de la escuela «revisionista» de los historiadores bíblicos. Al igual que Baal, Yahvé era un dios de la guerra, y existen numerosos contactos entre las dos divinidades, tanto en la mitología como en el culto, hasta que Josías y su reforma deuteronómica en 620 a.C. empezó a insistir en el estricto monoteísmo, la centralización del santuario en Jerusalén y la destrucción de otros santuarios locales. Este fue realmente el momento de la invención de la religión de Israel, la Ley, los Diez Mandamientos, el mito del Éxodo y la conquista de Canaán, que la escuela revisionista de historiadores piensa que no están en absoluto justificados por la arqueología. No hay que rechazar por completo estas opiniones, pero se presentan de una manera absoluta y exagerada que no resulta muy útil. Hay un trasfondo constante de antipatía hacia el Dios de Israel en los primeros capítulos, llamativamente diferente del tratamiento más favorable en el libro posterior, La historia de la Biblia. Es posible que esto guarde relación con el ritual israelita de sacrificio, ya que la autora no muestra ninguna simpatía por el sacrificio, tan cruel y agresivo, especialmente el cuasisacrificio de Isaac por parte de Abraham. El Dios de Israel es también agresivo para ella, pues condena constantemente a muerte a unos y otros; su respuesta a Job es un «grandilocuente despliegue de poder» (p. 243). En capítulos posteriores la tradición de Israel se ve con mayor simpatía, especialmente durante el período traumático y formativo del exilio babilonio. En La historia de la Biblia, Armstrong se muestra menos hostil, ofreciendo versiones más ajustadas y equilibradas de la evolución de la Biblia, aunque no sin algunos juicios sorprendentes, especialmente sobre el Nuevo Testamento, como que el movimiento de Jesús se vio inspirado por el desastre del año 70 d.C. para escribir una nueva colección de escrituras, o la afirmación perjudicialmente cautelosa de que casi todos los libros del Nuevo Testamento habían sido escritos a mediados del siglo II.
La Grecia clásica no figura entre los libros de que es autora Armstrong y uno sospecha que su experiencia de esta civilización puede que sea un poco menos exhaustiva. El tratamiento de Grecia en la Edad Axial resulta por ello más sorprendente. La civilización griega fue a la larga, en cualquier caso, un fracaso, ya que aunque produjo «algunas contribuciones notables al ideal axial, finalmente no hubo transformacion religiosa» (p. 531). La escasa ortodoxia de su enfoque hace que resulte especialmente cautivador. Nos encontramos con una caracterización fascinante del temor y el pesimismo del mundo clásico griego, tomada del tema recurrente en los mitos griegos de la incapacidad para huir del destino, el carácter siniestro de la muerte, las consecuencias funestas y duraderas del fracaso humano. No hay duda de que se necesita bien una osadía suprema, bien una ignorancia suprema, para tratar a Esparta como un típico ejemplo de una ciudad-estado griega. Además, Armstrong utiliza el tipo de «lectura refleja» que ha resultado extremadamente beneficiosa en los estudios bíblicos, pero que nunca me había encontrado en los estudios de la Grecia clásica. La literatura se ve como una respuesta más o menos deliberada a un problema social o moral. Así, ella ve la amoralidad de los dioses griegos como un reflejo de una crisis de moralidad en la sociedad humana. La inserción por parte de Hesíodo de una Edad Heroica entre las clásicas Edades de Bronce y de Hierro revela una crisis agrícola que acabaría desembocando en «una disputa política por toda Grecia» (p. 202), una transición de los valores aristocráticos a un concepto de justicia social afín al de los primeros profetas hebreos. Solón perteneció a un «círculo de intelectuales independientes» (p. 258), que intervino para solucionar una crisis social entre granjeros y aristócratas. Su «gran avance axial» fue darse cuenta de que debe existir un equilibrio generoso entre todas las clases, una justicia que era parte del orden cósmico. Tras las ceremonias del sacrificio de un buey en las Panateneas se escondía «un horror a la violencia que tenía sus raíces en el corazón de todos los sacrificios cívicos y de la propia civilización» (p. 261). Este tipo de interpretaciones radicales y dramáticas pueden resultar aceptables si proceden de un Gibbon, un Frazer o un Toynbee; pero dejan al lector menos aguerrido jadeante y sin respiración al tiempo que grita: «¡No tan deprisa! ¡No tan deprisa!».
Para cuando llegamos a la Atenas del siglo V nos encontramos ya de lleno en la Edad Axial de Grecia, por lo que la batalla de Salamina aparece representada, de un modo algo artificial, como un triunfo axial: fue sólo un triunfo de la razón o el logos lo que permitió que los atenienses dieran la espalda a los métodos probados de los guerreros hoplitas y se embarcaran en una batalla naval. Por otro lado, la docena de páginas en torno a las grandes tragedias griegas sobre el trasfondo histórico e intelectual de la Atenas de la época forman una brillante presentación del cuestionamiento que se sitúa en el centro mismo del avance de la civilización. Del mismo modo, Platón, y especialmente su ambigua República (que Karl Popper me dijo que era uno de los libros más malvados de la civilización occidental), aparece presentado esclarecedoramente sobre el trasfondo histórico de los últimos estertores de la Grecia clásica. Al final, sin embargo, tanto Platón como Aristóteles son rechazados: «La visión de Platón se había agriado. Se había vuelto coercitiva, intolerante y punitiva» (p. 444). El fallo de Aristóteles fue, evidentemente, confundir al cristianismo con sus pruebas racionales de un Motor Inmóvil, mientras que la Edad Axial había insistido en que la realidad suprema era «inefable, indescriptible e incomprensible» (p. 450). Alejandro Magno aparece despachado incluso más bruscamente como «violento e implacable» (p. 348), sin asomo de mención de su revolucionario reconocimiento de la igualdad de hombres y mujeres de todas las razas.
El minucioso recorrido por la evolución de la religión china e india aparece presentado con empatía y a menudo con admiración. Las principales figuras, como Confucio, Gautama Buda, Zhuangzi y, finalmente, Lao Tse son perfiladas con múltiples anécdotas que les dan vida de manera muy atractiva. El tema axial cobra expresión en el fomento del amor universal por parte de Mozi, en el desarrollo de la compasión por parte de Buda, en los cuatro impulsos fundamentales (benevolencia, justicia, cortesía y sabiduría) de Mencio. Igualmente noble es la insistencia constante en que «lo sublime carece de nombre». No ha de encontrarse en algún Cielo imaginario, sino que está en el interior: el Vacío es «el útero de todo lo existente» (p. 467). Todo esto tiene sus ecos en la teología del misticismo cristiano, y especialmente en la teología apofática de la Iglesia ortodoxa oriental. Sin embargo, para un cristiano, el intento interminablemente fallido de negar el egoísmo humano se convierte en una lectura deprimente, ya que se desarrolla una técnica de autoprivación tras otra para sofocar la preocupación humana por el yo. El yoga es un ataque sistemático al ego. Para Zhuangzi, «el egoísmo era el mayor obstáculo para la iluminación» (p. 409). El «camino» de Lao Tse «sólo podía conocerlo la persona que se había liberado para siempre del deseo» (p. 466).
Es una pena que, en un estudio tan amplio, el cristianismo reciba tan poca atención. La tabla del número de adeptos de las diez grandes religiones, que muestra la enorme preponderancia de cristianos (p. 527), ¿está concebida simplemente para mostrar cuán confundida está la mayoría de la gente? A Jesús se le despacha en no más de media página, como la figura central de «otro de los movimientos del siglo I que intentaban encontrar una nueva forma de ser judío» (p. 517). Este rápido esbozo no es fácil de conciliar con el tratamiento más completo y más favorable (aunque sigue siendo cauteloso) que recibe en La historia de la Biblia. Pablo, que «convirtió el cristianismo en una religión gentil», es merecedor de poco más espacio, dando luego paso a un par de páginas sobre cómo algunas de las ideas de Jesús se integran con las concepciones de otras religiones. Mahoma, como el último de los grandes sabios axiales, recibe al menos un poco más de espacio. Resulta irónico que Armstrong se valga de la kenosis, el término paulino reservado normalmente para el vaciamiento de Cristo en la Encarnación, como su término técnico para la generosidad desprendida que ella admira especialmente. El tratamiento muy básico del cristianismo en La gran transformación desdeña además el hecho de que la mayoría de los lectores, incluso en una sociedad poscristiana, habrán recibido en la forma cristiana su respeto por los valores estudiados a lo largo del libro, y recomendados con tanto entusiasmo en la sección final como la única esperanza para la civilización. Además, resulta difícil comprender cómo un pequeño y extraño movimiento pudo haber inspirado la devoción y atención (y, por supuesto, una serie de aberraciones) descritas en los veinte siglos estudiados en La historia de la Biblia. Desdeñar esta forma cristiana supone, por ende, un empobrecimiento de los valores presentados. La base de la creencia cristiana es que la mayor motivación para el desapego humano es una respuesta en forma de amor al darse él mismo de un Dios amoroso, que personalmente mostró esa generosidad en el regalo de Cristo, el Sirviente e Hijo divino, como un ejemplo de obediencia desapegada. Para los cristianos la fuerza impulsora de su propia kenosis es la convicción de que el pleno florecimiento de la personalidad humana se logra en unión de la kenosis de Cristo.
La historia de la Biblia prosigue este recorrido magistral para adentrarse en la comprensión e interpretación de la Biblia tanto en el cristianismo como en el judaísmo, desplegando de nuevo la misma profusión de saber y la misma capacidad para caracterizar en unas pocas líneas el pensamiento de un escritor o una época. Hay una serie de juicios con los que cabe estar en desacuerdo, pero raras veces algo que sea realmente ridículo (como que los fariseos en la época de Jesús constituían el 1,2% de la población). Resulta fascinante y –para el cristiano– aleccionador observar la variedad de modos en que se ha entendido y utilizado la Biblia. Se lleva a cabo un recorrido vertiginoso por el cristianismo, desde los apologistas, las primeras controversias cristológicas, la lectio divina monástica, algunos claros esbozos de los desarrollos intelectuales de la Edad Media y la Reforma (¿fue Calvino realmente el más influyente de los reformadores protestantes?), hasta las explosiones de la Ilustración, el darwinismo y los movimientos disidentes del siglo XX. La interpretación judía, desde la Mishná hasta el asesinato de Yitzhak Rabin en 1995, es objeto del mismo tratamiento crítico pero tolerante. Se trata, como revela su título original en inglés (The Bible, the biography), de una biografía, en el sentido de que constituye la interpretación selectiva de un tema vivo y polifacético por parte de un solo autor.
¿Destruye esta variedad de interpretaciones la fe en la Biblia como la Palabra de Dios que sirve de guía? Recuerdo ahora el dicho medieval sobre La República de Platón: «Hic liber est in quo quaerit sua dogmata quisque, / Quaerit et invenit dogmata quisque sua» (Este es el libro en el que cada persona busca sus propias creencias, y las encuentra). La reacción de un cristiano en la tradición católica sería «¡Gracias a Dios que la Iglesia guía la interpretación!», pero, ¿ha estado siempre la Iglesia en lo cierto? Ha habido tropiezos, y nadie podría afirmar que los cristianos católicos se han abstenido de utilizar mal la Biblia de maneras que han sido con frecuencia terriblemente contrarias al espíritu cristiano. En sus comentarios finales, sin embargo, Armstrong se sitúa peligrosamente cerca de una interpretación católica de la Biblia.

Traducción de Luis Gago - Texto original para Revista de Libros

01/09/2008

 
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