ARTÍCULO

Una novela-premio

Finalista Premio Nadal 2002 Destino, Barcelona
312 págs. 15,90 €
 


Distinguida como finalista en la última convocatoria del Nadal (cuyo podio más alto fue ocupado por Los estados carenciales de Ángela Vallvey), la novela de José Luis de Juan narra la historia de Agustín Claver, un capitán del ejército español educado en los valores de la lealtad y la obediencia que, sin embargo, un buen día decide abandonar las certezas del orden establecido y afiliarse a las ideas subversivas de Bakunin. Son los tiempos inmediatamente posteriores a la primera guerra mundial y, a pesar de que la neutralidad conseguida por España ha reportado al país notables beneficios industriales, se respira en el ambiente una progresiva tensión entre la clase dominante y las nuevas fuerzas anarquistas. En este contexto, Agustín, destinado en Palma de Mallorca tras haber combatido junto a las tropas españolas derrotadas en Annual en 1921, es captado por una célula revolucionaria cuyo nombre es, precisamente, Kaleidoscopio. Su misión en esta nueva vida de conspirador, a la que da pábulo un librero catalán que le proporciona lecturas sediciosas, consistirá en procurarse explosivos almacenados en las bodegas del propio ejército (en el ínterin, Claver también organiza un batallón de boy-scouts rebeldes). De esta manera, Kaleidoscopio, que persigue como último objetivo la voladura de la catedral, siembra la ciudad con cargas de dinamita. A medida que van desarrollándose los acontecimientos y explotando las bombas, aparecen los demás personajes que intervienen en la conjura: Arón, jefe de la célula, amén de odontólogo; Thompson, espía inglés con innumerables conexiones internacionales; Catalina Dupont, femme fatale, fumadora de puros y la primera mujer que no le exige a Claver remuneración por sus favores sexuales; Heinrich Borst, escurridizo sicario alemán; el teniente Homar, dinamitero, pederasta-gay y monitor de los scouts; Lorenzo Verga, inescrupuloso financiero dispuesto a apoyar cualquier insurrección con tal de ver enriquecidas sus arcas privadas; Formiguera, un inspector de policía rudo e intuitivo como el que más. Por último, un ex-compañero de guerra, Santiago Despuig, proporciona, a través de una serie de cartas comprometedoras, mandadas con desaprensión e impunidad inauditas desde distintos cuarteles, un panorama histórico del rumbo que toman los sucesos en el frente de Marruecos, al tiempo que su voz se erige en una especie de conciencia aleccionadora de Claver, a quien alienta a seguir con las acciones anarquistas.

A propósito de esta y otras novelas con argumentos similares, concebidas y escritas para ser presentadas a certámenes literarios de mayor o menor renombre, resulta imposible no señalar la existencia de una serie de convenciones estilísticas y temáticas configuradoras de lo que podría denominarse, tentativamente y a riesgo de incurrir en las arbitrariedades propias de las generalizaciones, «poética del premio». Porque a estas alturas es patente la vigencia de una concepción narrativa que privilegia el éxito comercial de la publicación sobre cualquier otro valor de la obra, y que parte de un presupuesto fundamental (compartido, al menos, por el autor y el editor): cuanto más simple y directo sea el mensaje del texto promovido, tanto mayor será la difusión masiva que alcance. Postulado que en la práctica efectiva de la escritura se traduce, con mucha frecuencia, en una esquematización a partir de la novela negra norteamericana, con sus personajes arquetípicos y sus situaciones representativas, y de ahí en adelante en la introducción de un conjunto de elementos, todos ellos caracterizadores de la novela-premio: lenguaje estandarizado, sintaxis simplificada (mucho diálogo, oraciones simples y el destierro casi absoluto de las subordinadas), proyección lineal de la historia, inclusión obligada de un par de escenas sexuales, reiteradas sobreexplicaciones, ausencia de ambigüedades, etcétera. El resultado es un friso literario (más de la arquitectura soviética que de los clásicos, más televisivo que faraónico) donde no hay profundidad ni volumen, donde los espías y los conspiradores son espías y conspiradores porque han sido introducidos esquemáticamente en el texto, no porque en realidad desarrollen actos de confabulación o espionaje. En esta poética, más allá de los clichés, nadie parece tener ganas de reírse, los malos no tienen nunca ningún escrúpulo y los buenos son capaces de frases como ésta: «Pero yo les desbarataré los planes. Voy a revelar quién se esconde tras la banda criminal que asola la ciudad y que ha usurpado para sus fines el ideal anarquista» (pág. 296). Semejante simplificación provoca un acartonamiento o caricatura, una mengua en la verosimilitud que, irremediablemente, degenera en pastiche.

Por desgracia, como ya hemos venido anticipando, tenemos que decir que José Luis de Juan (autor, por otra parte, de pasajes tan inquietantes y sólidos como los que figuran en la novela Este latente mundo) ha cedido a la tentación de la novela-premio. Si no fuera por las prisas que imponen los plazos de participación en los concursos, difícilmente podrían entenderse algunos descuidos notables (por ejemplo, en la pág. 256 aparece en pie una torreta que ha sido previamente derribada en la pág. 252). Pero esto es lo de menos. Lo que se le puede reprochar a un autor como De Juan es que haya escrito un texto de manual. Y al ser de manual, Kaleidoscopio es paradigmáticamente antiliterario, si se acepta que la literatura debe desbordar las convenciones, o cuando menos proponérselo.

01/09/2002

 
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