ARTÍCULO

La presencia de Kafka

Edición dirigida por Jordi Llovet Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona.
Traducción de Miguel Sáenz.
1.088 págs. 5.900 ptas.
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona
284 págs. 3.500 ptas.
 

Kafka. Pocos términos de tan escueta pronunciación tienen una resonancia tan intensa. Para muchos, el conjuro que evocan es precisamente el de esos ojos intensos que nos miran desde la carátula de la nueva edición de sus obras.

¿Por qué una nueva edición de Kafka? Esta es quizá la primera pregunta que se plantea ante la empresa acometida por Círculo de Lectores. Y no es una pregunta retórica, ni tampoco tiene una respuesta unívoca e inequívoca. Antes bien, es el exponente, quizá, más claro de la inquietud kafkiana, la inquietud del lector ante una obra plena de sugerencias, plena de posibilidades y, por consiguiente, plena de interpretaciones.

Razón suficiente para proceder a una reedición. Una vez más, en menos de un siglo, una generación se apresta a releer a Kafka –no otra cosa es una nueva traducción, una nueva edición–, con aspiraciones de totalidad, y lo hace de forma simultánea o al menos contemporánea al constante goteo de ediciones parciales, que jamás han dejado de llover sobre el mercado editorial y jamás han dejado de encontrar un público, más grande o más pequeño.

Es precisamente ese estado de gozosa lluvia permanente el que obliga a preguntarse por aquellos aspectos que diferencian la nueva entrega de las anteriores o simultáneas, aquellos que la singularizan y hacen de ella una nueva mirada de los ojos del autor checo, y una nueva mirada sobre ellos.

El primer aspecto ya lo hemos mencionado: la ambición de totalidad. Reunir la obra dispersa, darle la unidad posible. No es, desde luego, la primera vez que se acomete esta tarea. Entre 1960 y 2000, se ha hecho no menos de dos veces, pero en alguna ocasión se trató de recopilaciones de obras ya publicadas por separado, y no, como en este caso, de una nueva edición con una nueva traducción.

Darle, también, cierta unidad de voz. La eterna polémica de las traducciones –si se debe dar a un único escritor la posibilidad de ser escuchado en múltiples voces o si debe aplicarse el adagio: un escritor, un traductor– se resuelve aquí de forma salomónica: cada uno de los tres volúmenes (novelas, diarios, narraciones y fragmentos) ha sido encargado a un traductor (a un traductor de absoluta solvencia, añado), lo que da unidad de voz a los distintos volúmenes y, de paso, permite valorar también las capacidades interpretativas de los intérpretes.

Una segunda diferencia –esencial– de esta edición la constituye el hecho de basarse en la que se nos presenta como única edición crítica del autor en alemán, la Kritische Ausgabe que la editorial Fischer lleva editando desde 1982, en vez de en la edición clásica de Max Brod. Esto conlleva que el lector español vaya a encontrarse por vez primera con algunos cambios en la ordenación de los capítulos –singularmente en El proceso– y otras modificaciones en cuyo detalle no entraremos aquí, porque la propia edición lo explica con claridad.

En tercer lugar, y anticipo ya que es un logro de la nueva edición, es novedosa la forma de presentar el aparato crítico. Ante una empresa de esta envergadura, la tentación de prodigar el aparato filológico es grande, y el probable resultado es el de ahuyentar al lector de a pie, hacerle pensar que el libro que tiene ante los ojos está destinado de antemano al consumo académico. Con muy buen criterio, los editores de las presentes Obras completas han optado por una imprescindible presentación, someramente breve, que enseguida da paso a dos ensayos –biográfico el uno, literario el otro– cuya finalidad es situar a Kafka, y situarlo lejos de los tópicos: para más de un lector español será interesante ver en la biografía de Klaus Wagenbach a un Kafka socialmente activo, apuesto, atractivo, lejano al paradigma de rareza enfermiza que a veces ha querido acompañar su imagen pública, induciendo de antemano una interpretación torcida.

Y después se pasa ya a los textos, los reyes de cualquier edición que se precie. Y se hace lo posible por no perturbar al lector en la lectura: así por ejemplo, es un acierto el empleo de un ínfimo círculo volado para indicar las notas, que figuran en capítulo aparte. La ausencia de las molestas notas al pie y la casi desaparición del signo de llamada revela la apuesta de los editores porque el texto se pueda leer como lo que es, un texto literario, y no un texto filológico-crítico, cosa que sólo es en segunda instancia.

El rigor filológico se deja, pues, a la edición misma –como resultado, no como prolija exposición–, y en ella tienen un papel capital los traductores. En lo que respecta al volumen que comentamos aquí, la traducción de las novelas de Kafka llevada a cabo por Miguel Sáenz responde plenamente, en coherencia con lo que llevamos dicho, a una actitud ante el texto que no confunde el respeto con la sacralidad, y se preocupa de ofrecer al lector el texto ágil que merece leer, en vez del atirantado que en no pocas ocasiones se le ha puesto ante los ojos. Una frase al azar de El desaparecido (América), extraída del capítulo III, permite hacerse una idea de las diferencias: «Después de la cena –así decía ella– iremos inmediatamente, si está usted de acuerdo, a mis habitaciones, para que por lo menos nos libremos nosotros de ese señor Green, ya que papá necesariamente debe ocuparse de él» (D. J. Vogelmann, en una de las más reeditadas traducciones del texto de Kafka). En la traducción de Miguel Sáenz, esta frase se transforma de la siguiente manera: «Después de la cena –dijo ella–, nos iremos a mi cuarto, si le parece, para librarnos al menos de ese señor Green, aunque papá tenga que ocuparse de él». La traducción de Sáenz, apostando por la economía de medios, dice exactamente lo mismo con ocho palabras menos, suprime dos cacofónicos adverbios en-mente y, de paso, corrige un error de interpretación, porque ese al menos no es interpretable como al menos nosotros con el texto original en la mano.

Es un botón de muestra, pero es expresivo de esa clara intención de dar la primacía al buen castellano sobre una mal entendida literalidad, que en su momento inducía a Vogelmann a expresiones como «púsose a verter la sopa dentro de su cuerpo» –expresión apenas corregida en otras ediciones más recientes de otros traductores, posiblemente llevados por la dependencia de las ediciones anteriores– para un simple «y empezó a comerse la sopa».

Viceversa, sin necesidad de recurrir al literalismo Sáenz ha sabido conservar la esencia de lo que podríamos llamar el manierismo kafkiano. Oraciones cuya sintaxis causa extrañeza, aparentes faltas de ilación, diálogos marcadamente antinaturales, han sido conservados en su intención inicial, reforzada precisamente por el contraste con la mucho mayor naturalidad de la expresión. La diferencia de resultados es visible:

«[...] "¿No le aburre esta historia?"
"No", dijo K., "me entretiene".
A lo cual replicó el alcalde: "No se la refiero para su entretenimiento".
"Sólo digo que me entretiene", dijo K., "porque así obtengo la posibilidad de echar un vistazo a ese ridículo embrollo del que en determinadas circunstancias depende la existencia de un hombre."
"Todavía no ha echado usted ningún vistazo, ni se ha enterado de nada"» (El castillo, cap. V, trad. de D. J. Vogelmann).
«[...] "¿Le aburre la historia?" "No", dijo K., "me entretiene".
A lo que el alcalde dijo: "No se la cuento para que se entretenga".
"Solo me entretiene", dijo K., "porque puedo ver la ridícula confusión que, llegado el caso, puede decidir la vida de un hombre".
"Todavía no ha visto nada"» (Ibídem, trad. de Miguel Sáenz).

Lo mismo cabe decir de la precisión con que el traductor ha sido capaz de reflejar la evolución estilística de Kafka en los diez años que separan El desaparecido de El castillo. La sequedad y la densidad crecientes del texto original hallan su perfecto correlato en el texto español, que logra reflejar una «voz» muy distinta en cada uno de los libros. Esto, que puede parecer una obviedad, no lo es si tenemos en cuenta que traducir no menos de ochocientas páginas de un mismo autor lleva siempre consigo un deslizamiento hacia la comodidad. Expresiones que se repiten, y para las que se supone que ya se ha encontrado la solución una vez, giros recurrentes, léxico similar, son tentaciones difíciles de evitar; evitarlas revela un oído muy atento a la sonoridad contextual y una identificación notoria con los cambios en la voz del autor.

El caso de El proceso añade a todo lo dicho, además de los cambios de orden en los capítulos a los que antes hacíamos referencia, la particularidad de que se trata de un texto que ha contado con más traducciones a lo largo del tiempo, y de que entre estas traducciones se halla una, la de Feliú Formosa (1979), que al contrario que los ejemplos mencionados con anterioridad ha resistido perfectamente el paso del tiempo. La comparación entre las traducciones de Formosa y Sáenz es un ejercicio de intenso interés: el texto de 1979 es casi irreprochable, y las diferencias son más de orden léxico que otra cosa. Sin embargo, Sáenz ha dado el paso de deshacer aquellas ambigüedades de comprensión que Formosa mantenía. Ambigüedades de orden pronominal (en el capítulo titulado Primera investigación, Primer interrogatorio en la traducción de Formosa, el juez coge un cuadernillo y K. opina, en el texto de Formosa: «No sirve de nada», como dice literalmente el texto alemán; Sáenz opta por «Eso no le servirá de nada», frase que remite al acto de coger el cuadernillo), pero también ambigüedades interpretativas de mayor calado, como cuando al final del capítulo «Leni» K. besa a Leni y ésta exclama «¡Me ha cambiado!», en la versión de Formosa; no sabemos qué clase de cambio es ese. Sáenz interpreta «La ha cambiado por mí», enlazando el beso con la conversación sostenida líneas atrás en la que K. hablaba de su novia, Elsa. Es una opción por el riesgo, que será opinable, pero tiene la virtud de no trasladar al lector ambigüedades que sólo quien tiene delante el texto original podría resolver. Sáenz asume la responsabilidad de deshacerlas, y da al lector un texto que no le plantea problemas que escapan a su alcance.

Distinta es la cuestión del aspecto gráfico del texto, que el propio editor califica de discutible en la presentación. Una cosa es que sea inaceptable segmentar los párrafos originales y otra considerar que los diálogos entrecomillados responden a algo más que una mera convención de la lengua de origen. Es, en efecto, al menos discutible. Lo mismo cabe decir de las repeticiones léxicas, frecuentísimas no ya en los textos de Kafka, sino en cualesquiera otros en lengua alemana. Cuando el responsable de la edición dice que «la tendencia irreprimible al "arreglo" de las mismas mediante el uso de sinónimos, quedó ya conjurada desde la primera reunión del editor con los traductores», deja en el aire la inquietante idea de que ese «conjuramiento» haya sido más un criterio editorial que un criterio traductor. En cualquier caso, se trata de un afán de apegarse al original que contradice todo lo que decíamos hasta el momento.

¿Quiere decir todo esto que nos hallamos ante una edición «definitiva» de las obras de Kafka? Ojalá no. Cada generación relee, decíamos al comienzo, y lo que cabe desear es que siga haciéndolo. Sí estamos, en cambio, ante una edición notablemente depurada, supongo que deudora, en tanto que tal, de todas las anteriores, y un basamento sólido para las próximas.

Kafka. A la vista está que el conjuro del nombre continúa ejerciendo su magia y causando inquietud. Saludable inquietud la que produce frutos como éstos.

[Mientras se escribía este artículo se ha publicado el 2. o tomo de las Obras completas de Kafka en Círculo de Lectores. Se trata de los Diarios, traducidos por Andrés Sánchez Pascual.]

01/03/2001

 
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