ARTÍCULO

Tablado de las melancolías

Comunidad de Madrid, Visor Libros, Madrid, 278 págs.
 

Juego limpio fue la segunda novela de María Teresa León, publicada en su exilio bonaerense en 1959. Cuenta una historia de la guerra civil en el Madrid asediado: Camilo, un fraile harto de esconderse en una carbonera, decide camuflar su condición alistándose en las Guerrillas del Teatro, con las que la Alianza de Intelectuales Antifascistas ofrece cultura y entretenimiento a los combatientes. En ellas vivirá una vida distinta, conocerá el amor de una cómica, Angelines, y verá morir, con ella, sus nuevas creencias y esperanzas.

Durante la guerra, la autora había sido secretaria de las Guerrillas, así que la novela incorpora numerosos hechos vividos que después había de recordar también en Memoria de la melancolía (1970) o que contaron otros textos propios y ajenos: así, la evacuación de los cuadros del Museo del Prado (págs. 151-153) o la historia de su perro Niebla, perdido al tiempo que las tropas franquistas alcanzaban el Mediterráneo (págs. 172182). Transitan por las páginas de Juego limpio, junto con los de ficción, muchos personajes reales, los que protagonizaron los episodios históricos que ofician de trasfondo y los que se codearon con María Teresa León en aquellas tareas de militancia cultural, y alimentan, por ello, las vidas imaginadas de los protagonistas: Alberti, Santiago Ontañón, León Felipe... Ella misma figura en el relato, disimulada por lo general tras su cargo de secretaria y sólo fugazmente con su nombre propio (pág. 77). Según cuenta en su autobiografía, fue un reencuentro con la actriz Juana Cáceres (en la novela, sólo Juana), lo que la decidió a escribir la obra.

Estructuran la novela varios relatos entrecruzados, a modo de mosaico de testimonios. Las voces predominantes son la del protagonista, Camilo, y la de Claudio Ortiz, responsable de las Guerrillas. También contribuye al relato, aunque en menor grado, la protagonista femenina, Angelines. Frente a ellos, cuatro personajes representan la perspectiva de los nacionales: el falangista Xavier Mora, que se pasa al otro lado del frente en los primeros capítulos de la obra (quizá por eso una enigmática letra cursiva distingue su relato), y tres emboscados de la quinta columna. Pero el conjunto de sus voces no actúa como contrapeso efectivo a las de los republicanos; más bien confirma su discurso. Mora describe el frío siniestro de Burgos, sede del mando de Franco, donde hasta el verdugo es más fiel a las leyes que los matones falangistas (págs. 214-217), y los quintacolumnistas conspiran en un subterráneo apestado por el hedor de una cloaca. A Camilo el amor y el calor humano lo arrastran al otro bando, pero ellos están atrincherados en hipocresías, rencores y desvaríos que dibujan un submundo insoportable.

Los dos narradores principales representan de forma inequívoca la perspectiva que rige el relato, la de quienes defendieron la República y, sobre todo, la de quienes la añoran. Juego limpio es menos novela de la guerra civil que del exilio: sus temas son la nostalgia de lo que fue y el análisis obsesivo de las razones del fracaso. Camilo rememora en 1939 su experiencia de la guerra, del todo ajena a la vida monástica en que ha reingresado. Es ahora «un pobre fraile anonadado y vacío, un traje que anda por estos corredores, aterrado de que alguien se dé cuenta de lo lejos de todo esto que vivo» (pág. 198). Como el exiliado, sólo pervive al recordar lo ya perdido con la derrota. Su relato atiende una y otra vez a los resortes de la memoria, a sus certezas y perplejidades, a los dolores que renueva y a la vida que recupera, la única verdadera que él ha conocido. La suya es una memoria de la melancolía que anticipa la que debía firmar una década más tarde su creadora. En el diálogo que cierra la novela, Camilo afronta la derrota con un transparente «volveremos», que declara la esperanza que alienta en todos los que sufrieron «las turbias victorias de los hombres».

Claudio Ortiz, por su parte, es el ideólogo, indagador tan pertinaz de las causas del desastre que Juan se dice harta de «sus solos de política» (pág. 139). En el primero diserta sobre la responsabilidad por el fracaso de la República y el inicio de la guerra (págs. 55-67); en el último, disecciona sus últimos estertores (págs. 256-263). Lo caracteriza, pues, esa interrogación obsesiva de los porqués de la derrota, propia de la cultura del exilio. Es también él quien ofrece una clave posible para interpretar el título de la novela, más allá de la contraposición obvia entre la limpieza del arte teatral, que finge para cultivar, y el odio frío y sucio del submundo de los traidores, que mienten para arrasar: «Somos el preludio de algo espantoso, porque la guerra ya no tiene nada de caballeresco ni es cortesía, ni siquiera juego limpio y bárbaro, la guerra es únicamente la pelea de dos perros rabiosos» (pág. 95).

Sin duda, la reflexión dolorida y nostálgica, más que ideológica, lastra el desarrollo estrictamente novelesco de la obra. Aquí y allá destellan algunas escenas en que se aprecia el vigor de un talento narrativo sofocado generalmente por aquélla. Así, el diálogo en que cochero y carnicero regatean –la pena frente al negocio– sobre el caballo muerto durante el bombardeo (págs. 113-114). Pero tales atisbos vivaces de lo que bullía en el Madrid asediado apenas perturban el discurrir ensimismado de esas conciencias desterradas en su aflicción. Juego limpio parece, en esta nueva edición española, más que una novela digna, un monumento erigido a la memoria del destierro. Luis García Montero le ha antepuesto un prólogo perspicaz, con mucho de homenaje.

01/03/2001

 
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