ARTÍCULO

Juego de identidades

Ediciones Destino, Barcelona, 1997
186 págs.
 

El interés de La flaqueza del bolchevique, finalista del premio Nadal, y tercera novela de Lorenzo Silva, se cimenta sobre el problema de la identidad humana, de si ésta es una o compartida, de si el hombre «es» sólo cuando ama o vive en los demás y, en definitiva, si el «yo» es un fragmento del «nosotros». Aparte de esta idea central, se sugieren una serie de sutiles juegos mentales acerca de la verdad y su oponente, del paralelismo espacio-temporal, de la vieja idea del mundo circular, del eterno retorno, referencias al mito de la transmigración de las almas, etc.

En este aspecto, el argumento se basa en una rara simetría, con el tema de la culpa que tuvo que sentir aquel hipotético bolchevique que asesinara a la adolescente duquesa rusa Olga, hija de Nicolás II, y que deja abierta la posibilidad a la idea de universos paralelos. Por eso, en algún momento de la novela el protagonista recuerda: «Dios es partidario de la simetría, y enemigo de lo incompleto...».

Este problema del hombre incompleto o fragmentado se refleja en la trama novelesca, que en un primer nivel narrativo presenta una historia folletinesca de repulsiones y atracciones a grandes dosis. Un héroe negativo busca la destrucción de una mujer de treinta y tantos años, «la zorra del trajecito de Chanel», dueña del coche al que por despiste le propinó un golpe, pero se convierte en un héroe positivo al mediar el amor sin frontera por una adolescente que le hace cambiar la filosofía acerca de la identidad y el destino del hombre.

Estos personajes, que aún no tienen detrás ningún referente filosófico o moralizante que los defina y que sólo se interpretan a la luz de su extraña historia de amor, son entes tópicos, pues están simplificados y configurados para llevar a cabo otra misión más alta, una tesis acerca de la identidad humana y de la salvación personal. La literatura se pone, pues, al servicio de la filosofía.

Sin embargo, los hechos de esta primera lectura, bien tramados, y dentro de una lógica cotidiana, le prestan credibilidad y verdad a la narración. Es decir, la extraña pareja se inserta en un contexto-verdad que lima las aristas menos creíbles, y da como resultado la lectura de una novela entre psicológica, folletinesca y negra, aceptable. Asimismo, el lenguaje, encanallado y vulgar, se erige en una pieza importante al convertirse en referente del ser solitario y feroz que «debe ser» el protagonista-narrador, para después llevar a cabo su metamorfosis.

Con el final trágico y singular, se configura el escenario para que surja la segunda escenificación. El personaje descreído y cínico, como consecuencia de su amor hacia la adolescente, se transforma en un ser pleno. Este nivel superior de lectura no queda sólo perfilado de forma implícita sino explícita. En esta situación el autor abomina de lo escrito a los dieciocho años, pues, «todo lo que uno padece por sí mismo es mierda que cae en la arena donde nada nace. Lo que uno padece por otro, en cambio es la semilla de la que brota el árbol de la memoria. Y ese árbol sostiene al hombre ante la amenaza de la arena y de la mierda, el olvido y la muerte».

Esta refutación no deja, sin embargo, de ser libresca. No tiene un proceso de desarrollo que la haga creíble, por lo que el protagonista no termina de redimirse a los ojos del lector, al igual que el bolchevique. Preparado, pues, desde el principio para representar esta segunda función, el personaje se queda a medio camino, y no llega a consolidarse como verdadero ni en la primera ni en la segunda caracterización. Sin embargo, sirve para que el libro se abra a un nivel diferente y a una relectura en su totalidad.

Se termina intercalando la realidad cotidiana con la realidad novelada y haciendo literatura dentro de la literatura. Asimismo, el cinismo y la ironía presentes en todo el relato se alían para dejar abierta la duda de si es «verdad» la tesis filosófico-moralizante con la que se pone punto y final a la historia o es sólo una argucia del narrador para «salvarse». En fin, una novela demasiado ambiciosa para ser perfecta, y demasiado perfecta para ser tan ambiciosa.

01/05/1997

 
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