ARTÍCULO

El problema Negrín

Crítica, Barcelona
Trad. de Marita Gomis y Gabriela Ellena Castellotti
480 pp. 29,50 €
Temas de Hoy, Madrid
432 pp. 22 €
 

En 1939 Juan Negrín se había convertido en la figura pública más vilipendiada de España. Mientras que Franco era detestado fundamentalmente por los republicanos, pero gozaba de prestigio y tenía incluso un cierto carisma en su propio bando, Negrín era vilipendiado no sólo por los nacionales, sino también por un alto porcentaje de republicanos, denunciado por el sinsentido de la continuación de la guerra y, muy especialmente, por ser un títere de los soviéticos. En el exilio le hicieron el vacío otros grupos republicanos y finalmente fue expulsado de su propio partido. Negrín fue denunciado no sólo por todos los historiadores franquistas, sino también por muchos autores republicanos y algunos historiadores por lo demás favorables a los republicanos. Su antiguo colega socialista Luis Araquistáin lo tildó de «el hombre más funesto e irresponsable que ha tenido España desde hace muchos siglos». Y para aumentar la lista de insultos, fue acusado de monstruosas costumbres personales y sexuales.
Cuando la historiografía de la Guerra Civil empezó a revestirse de rigor académico durante los años sesenta, quedó claro que se necesitaba un retrato más equilibrado de Negrín, pero se carecía de documentación. La apertura parcial de los archivos soviéticos en los años noventa posibilitó por primera vez un entendimiento más objetivo de la relación entre Negrín y los soviéticos y, en mi propio caso, cambió mi valoración de su política.
Por otro lado, Negrín escribió sorprendentemente poco sobre sí mismo, sus creencias políticas y sus propias políticas: menos que Franco, en realidad. En una época en que los políticos españoles eran famosos por su retórica inacabable, él no era un retórico, hablaba muy pobremente en público y dio pocos discursos. Sin embargo, en una época en que sólo una pequeñísima élite de españoles sabían otros idiomas, él fue un notable lingüista; fue por ese motivo por lo que algunos de sus amigos, como el médico y diplomático Marcelino Pascua, pensaban que descuidaba su propio idioma. Negrín llegó incluso a describirse como alguien que padecía de «grafofobia». En 2002 su archivo personal pasó a estar al cuidado de su nieta, Carmen Negrín Fetter (que, después de que su madre se viera aquejada de esclerosis múltiple, fue adoptada junto con su hermano por su abuelo y la que fuera su compañera durante años, Feliciana López). Posteriormente puso este material a disposición de los estudiosos, aunque parece que guarda mayor relación con su vida personal que con asuntos políticos.
La biografía no es un género en el que brille la historiografía española contemporánea. No sólo produce proporcionalmente menos estudios de este tipo que en otros países, sino que raramente va más allá de una aproximación a favor o en contra, de la hagiografía o la denuncia (generalmente lo primero). Existen algunas distinguidas excepciones a esta generalización, pero no muchas. Más o menos en el extremo opuesto se sitúa la ingente literatura biográfica en inglés, que constituye una importante rama de la historiografía, casi hasta el punto de dedicar una atención excesiva a este campo. Lo cierto es que la biografía es un ámbito complejo en el que es difícil alcanzar la plena objetividad.
En la última parte del siglo XX han aparecido diversas memorias y obras apologéticas sobre Negrín, como las de Mariano Ansó, Joan Llarch y Santiago Álvarez, pero la primera aproximación fruto de una investigación más seria fue el breve trabajo colectivo de Manuel Tuñón de Lara, Ricardo Miralles y Bonifacio S. Díaz Chico, Juan Negrín. El hombre necesario (1996). Se trataba también de una obra apologética, publicada por el Gobierno de su Canarias natal, pero al mismo tiempo se esforzaba por alcanzar un nivel académico y evitaba caer en el dogmatismo en determinados aspectos fundamentales. Dedicaba unas sucintas doscientas páginas a la vida y la carrera política de Negrín (principalmente, por supuesto, esta última), y reservaba sus cincuenta últimas páginas al primer estudio sistemático de su carrera como científico, el único aspecto en el que el libro permanece insuperado.
Ahora contamos con las tres primeras biografías sistemáticas a cargo de estudiosos profesionales: la obra de Miralles aparecida en 2003; la de Enrique Moradiellos, Don Juan Negrín, en 2006 (recensionada por Gabriel Jackson en Revista de Libros, núm. 129, septiembre de 2007); y la del propio Jackson dos años más tarde. Todos ellos abordan su tema del mismo modo, con gran simpatía y con una preocupación por rehabilitar a Negrín como un gran estadista español independiente, aunque las tres difieren considerablemente en su estilo y su formato. El largo estudio de Moradiellos es la única biografía de grandes dimensiones que intenta abordar todos los aspectos de su vida. Los libros de Miralles y Jackson ofrecen menos detalles biográficos y se decantan por un tratamiento de carácter más temático.
El libro de Miralles es el más corto de los tres, pero tiene la ventaja de ser el que enfoca más nítidamente su tema. Se abre con una introducción al debate político e historiográfico sobre Negrín, enmarcando los principales problemas al principio y planteando luego un primer capítulo que recorre ágilmente en tan solo veinte páginas toda la vida de Negrín hasta su entrada en el gobierno de Largo Caballero en septiembre de 1936. El libro de Jackson es más extenso y contiene más detalles biográficos que el de Miralles (pero considerablemente menos que el de Moradiellos). Comienza con un capítulo sobre «Juan Negrín como persona», seguido de una sección más breve sobre su carrera como científico. Ambas obras dedican lógicamente el grueso de su espacio a sus cruciales dos años y medio en el gobierno republicano durante la guerra. Ambos cubren esto dentro de un marco temático. Varios de los capítulos de Jackson consisten en estudios de una serie de los principales problemas a que hubo de enfrentarse Negrín, como la supresión del POUM, las decisivas relaciones con Indalecio Prieto y su vinculación con los asesores informales a los que Jackson llama con el término estadounidense (acuñado por Andrew Jackson), «Don Juan Negrín y su Kitchen Cabinet». Ambos libros se cierran con capítulos breves sobre los diecisiete años de la vida de Negrín tras el fin de la guerra.
Ciertos aspectos importantes de la vida de Negrín no podrán ser nunca probablemente dilucidados del todo por los historiadores, ya que no dejó tras de sí documentación adecuada. Nacido en el seno de una acomodada familia de clase media-alta de Canarias, recibió una educación médica avanzada en Alemania y ganó la cátedra de Fisiología en la Complutense (entonces la Universidad Central) a la muy temprana edad de treinta años, abriendo más tarde una consulta privada y una pequeña clínica. Al menos hasta la edad de treinta y cuatro años fue un activo investigador médico, publicando un total de diecinueve artículos científicos entre 1911 y 1926, quizá no un ritmo de producción muy rápido pero ciertamente una cifra respetable, y a finales de los años veinte ya había formado su escuela de estudios fisiológicos, que produjo varios científicos distinguidos. Negrín también se dedicó cada vez más a la gestión universitaria, desempeñando un importante papel en la construcción de la nueva Ciudad Universitaria. Durante los primeros treinta y cinco años de su vida mostró muy poco interés por la política, pero la experiencia de la dictadura de Primo de Rivera empezó a cambiar esa situación. En 1929 se afilió al PSOE, su primera y única identidad partidista, como hicieron otros miles de personas durante los dos años siguientes. Posteriormente, Negrín fue elegido diputado de las Cortes Constituyentes y el resto, como suele decirse, es historia. Aunque prestó una cierta atención a cuestiones científicas en sus últimos años, nunca llegó a retomar su carrera académica y científica.
¿Cuáles eran exactamente las convicciones políticas personales de Negrín? Condenado durante años como un criptocomunista, los historiadores más apologéticos se van al otro extremo, sugiriendo que en el fondo era un «liberal» y un «demócrata». En ningún momento mostró ningún interés por el marxismo o el colectivismo revolucionario (como algo distinto de la nacionalización estatal), pero tampoco existe ninguna prueba de que fuera un «demócrata». Después de que las primeras elecciones plenamente movilizadas y democráticas de la historia española fueran perdidas por la izquierda en 1933, Negrín fue la persona elegida por los socialistas para pedirle al presidente Alcalá-Zamora que los resultados fueran anulados (algo que este último, con una cierta exageración, describe como un intento de «golpe de Estado»). Más tarde colaboró en la insurrección revolucionaria de 1934. Negrín no era ni un comunista ni un demócrata liberal, sino un socialista español sectario de su tiempo, aunque obviamente no un revolucionario del corte de Largo Caballero. En la fatídica división del PSOE durante 1935-1936, Negrín no hizo causa común con el atribulado moderado Julián Besteiro, que es lo que habría hecho de haber sido un demócrata, sino que fue más bien partidario de Indalecio Prieto, que encabezaba el grupo conocido como «centrista», que oscilaba entre la socialdemocracia y el radicalismo, dependiendo del tema que se tratara, aunque en la última fase de la Guerra Civil ambos políticos se convirtieron en rivales implacables.
Cabe preguntarse si la mejor etiqueta para Negrín no sería algo parecido a «progresista radical». Aunque se convirtió rápidamente en un líder entre los socialistas, en las Cortes destacó en temas financieros y administrativos (como había hecho en la universidad) y fue inicialmente más una suerte de «técnico» que una figura de primera línea. No hay pruebas de que desempeñara nunca un destacado papel en la creciente radicalización de los asuntos españoles, aparte de la ya mencionada iniciativa de 1933. La revolución en la zona republicana durante los primeros meses de la Guerra Civil, con su violencia y desórdenes masivos, le resultaba sin duda repugnante, pero nunca vaciló en su compromiso con la izquierda. Negrín era un hombre de una educación y sofisticación de una amplitud infrecuente, pero no era en absoluto uno de los centristas liberales que aguardaron el final de la Guerra Civil en Buenos Aires o París. Negrín estaba hecho de una pasta más dura. Más tarde señaló en varias ocasiones (correctamente, a mi juicio) que había tenido menos que ver con la llegada de la Guerra Civil que cualquier otro de los líderes izquierdistas en activo, y que lo que estaba haciendo simplemente era intentar afrontar las consecuencias. Al menos hasta cierto punto parece haber aceptado la tesis, común a ambos bandos, de que España había sido «invadida» por una potencia o potencias extranjeras, y que la victoria del otro bando significaba el final de cualquier posibilidad de una España moderna y próspera. Negrín creía en esto tan firmemente como lo hacía Franco: una de esas imágenes especulares de la Guerra Civil.
Cuando fue nombrado primer ministro en mayo de 1937, Negrín se convirtió en el gran animador de la victoria, con el líder de su antigua facción, Prieto, ejerciendo de ministro de Defensa Nacional, a cargo de los asuntos militares. En ese momento la guerra llevaba en una especie de punto muerto desde hacía seis meses, y una victoria republicana seguía siendo claramente plausible, aunque no del todo probable. Las tablas se vieron rotas por la conquista de la zona norte republicana por parte de Franco, completada a finales de octubre, que empezó a inclinar la balanza de fuerzas a favor de los nacionales. La batalla de Teruel, seguida de la ofensiva de Franco a comienzos de la primavera de 1938, modificó el curso de los acontecimientos de manera aún más decisiva, dividiendo en dos lo que quedaba de la zona republicana.
Tanto Negrín como Prieto eran emocionalmente ciclotímicos, pero el primero tendía más hacia el optimismo y el segundo, dado el muy decepcionante curso de la guerra, hacia el pesimismo y hacia una crítica creciente de la política gubernamental, lo que dio lugar a la ruptura entre los dos, mucho más amarga por parte de Prieto que de Negrín. Además, Prieto, al contrario que Negrín, escribía casi constantemente y durante las dos próximas décadas embellecería su versión de los hechos para desacreditar a su antiguo compañero. Para añadir heridas al insulto, tras el final de la guerra fue Prieto quien se hizo con el control del yate Vita, cargado con objetos de valor procedentes de las confiscaciones y el saqueo a gran escala en la zona republicana (reunidos por una «Caja de reparaciones» estatal, aunque secciones de la FAI-CNT se largaron con su parte del botín), que Negrín había enviado a México para ayudar a los exiliados republicanos.
Aunque Jackson dedica todo un capítulo a las relaciones entre Negrín y Prieto, no lo hace mucho mejor con este último que otros comentaristas históricos. Existen varias biografías de Prieto, todas ellas laudatorias, que fracasan por completo a la hora de realizar un análisis crítico del dirigente socialista, que aparece presentado normalmente como un moderado en contraste con Largo Caballero. La realidad es que las políticas de Prieto fueron tan ciclotímicas como su personalidad, dando bandazos de un lado a otro. Encabezó la acusación contra Alfonso XIII que contribuyó a derribar el sistema parlamentario en 1923 y más tarde se convirtió en un reformista socialdemócrata en 1931-1933. Participante activo en la insurrección de 1934, después se convirtió (dicho sea en su honor) en uno de sus críticos más feroces, pero sólo mucho tiempo después. Denunció un sectarismo extremo durante la primavera de 1936, pero se negó a postularse valerosamente como candidato a primer ministro (aunque Negrín le animó a hacerlo), un paso que podría haber contribuido a evitar la Guerra Civil. A pesar de ello, participó en la represión de la derecha que convirtió las elecciones parciales de Cuenca y Granada en mayo de 1936 en fraudes con una sola lista de candidatos, mientras que miembros de su escolta llevaron a cabo el asesinato de Calvo Sotelo y fueron ocultados más tarde por él. Fue responsable como cualquier otro de la llegada de la Guerra Civil y durante el conflicto Prieto instó en ocasiones la adopción de medidas mucho más radicales que Negrín, como el bombardeo deliberado de barcos de guerra alemanes para precipitar un conflicto más amplio. Prieto estaba lejos de ser el persistente moderado retratado por la literatura hagiográfica.
¿Cuáles eran las diferencias entre Prieto y Negrín? En 1937 ambos acordaron que la ayuda soviética resultaba indispensable para ganar la guerra, pero durante el año siguiente Prieto se irritó cada vez más con el aumento de la influencia comunista y soviética y pensaba que su antiguo partidario, y ahora presidente, se mostraba demasiado complaciente. Además, en 1938 Prieto simplemente había dejado de compartir la fe de Negrín en la victoria, o al menos la determinación de alcanzarla, lo que dio lugar a la expulsión de Prieto del Gobierno y a la brecha creciente que se abrió entre los dos.
Negrín no era un criptocomunista, pero al contrario que otros destacados dirigentes socialistas, situaba la victoria en la contienda por encima de cualquier otra cosa, para lo que consideraba que una ayuda soviética continuada a gran escala resultaba indispensable, como de hecho así era. Miralles y Jackson concluyen ambos que en septiembre-octubre de 1936 la idea de trasladar la mayor parte de las reservas españolas de oro, primero a Cartagena y luego a Moscú, nació en el círculo de Negrín y sus colegas, no entre los soviéticos. Del mismo modo, fue elegido como primer ministro en mayo de 1937 por Azaña, el presidente de la República, y por los prietistas, no por los comunistas. Existía una convergencia natural en las prioridades militares entre Negrín y los comunistas, ya que ambos insistían en la contienda militar por encima de todo. Documentos soviéticos revelan que los asesores del Comintern y los especialistas militares del Ejército Rojo lo consideraron una mejora trascendental sobre Largo Caballero como primer ministro, pero no siempre se mostraron satisfechos cuando, especialmente en asuntos domésticos, se negaba a aceptar todos sus consejos. Negrín no tenía más intención de entregar la República a Stalin de la que tenía Franco de entregar su propio movimiento a Hitler. Por otro lado, los comunistas lograron una cierta preponderancia en asuntos militares y de seguridad con el gobierno de Negrín, posibilitando una extensa represión por parte de la izquierda revolucionaria, aunque no una hegemonía absoluta. Hay que reconocer que, dado el extremismo incendiario de la izquierda ultrarrevolucionaria en España, algunos de estos objetivos comunistas habrían sido perseguidos por muchos otros gobiernos.
La ironía del papel de Negrín como líder durante la guerra es que el presidente de la República lo había buscado originalmente como primer ministro con vistas a que un líder más moderado y sofisticado internacionalmente pudiera avanzar en la dirección de una paz negociada. Un año después, Azaña quería deshacerse de él, prefiriendo un presidente del gobierno que concediera prioridad a las negociaciones, pero se dio cuenta de que no había nadie que quisiera intentar ocupar su puesto. Unos líderes débiles e incompetentes fue la seña de identidad de la izquierda española durante los años treinta; en comparación, Negrín parecía un gigante. En la segunda mitad de 1938, sin embargo, cada vez más sectores de opinión republicanos empezaron a concluir que la política de Negrín era soberbia y destructiva, que la guerra se había convertido en una causa perdida y que seguir resistiendo no suponía más que una matanza innecesaria. Después de Múnich, Negrín empezó a acercarse a la misma conclusión, al menos en cierta medida, y buscó medios para la paz, pero Franco no estaba dispuesto a aceptar nada que no fuera una rendición absoluta.
A comienzos de 1939 el resto de los partidos izquierdistas se habían vuelto firmemente en contra de los comunistas, cuya política de guerra consideraban más soviética que española, y aquéllos se encontraron cada vez más aislados. Al contrario, la idea postulada por los escritores republicanos anticomunistas de que Stalin había «abandonado» a la República y que buscaba incitar a otros partidos a una revuelta armada contra Negrín con objeto de evitar a los comunistas la vergüenza de la rendición no se ve corroborada por pruebas. Aunque la ayuda soviética disminuyó, Stalin no ofreció ninguna política alternativa y se mostró deseoso de proporcionar más ayuda militar incluso durante la fase final. Siguió situando la seguridad colectiva en lo más alto de la agenda internacional soviética hasta abril de 1939, y la República formaba parte de esa agenda.
Ni Miralles ni Jackson se muestran dispuestos a analizar seriamente las complejidades de la política soviética en España, sin duda por miedo de manchar más a Negrín con una brocha soviética. Se conforman con la idea de que Stalin estaba interesado fundamentalmente sólo en el antifascismo y la seguridad colectiva, lo que no es incorrecto sino sencillamente incompleto.
La personalidad de Negrín siguió siendo siempre esquiva, en comparación con las personalidades nítidamente perfiladas de Azaña, Prieto o Largo Caballero. En algunos sentidos fue una persona curiosamente formal. Como dijo Mariano Ansó, su ministro de Justicia, «no tuteaba jamás a nadie», y este parece haber sido literalmente el caso a juzgar por notas personales dirigidas a sus personas más cercanas. Como catedrático y científico, su plan de trabajo estaba organizado cuidadosamente, pero sus costumbres personales pasaron a ser en el Gobierno cada vez más irregulares, y a veces se enfrascaba en largos y fenéticos estallidos de actividad incesante, seguidos de un retiro de golpe de varios días. Amante de las artes, los libros y la literatura, Negrín fue también un innegable bon vivant y un epicúreo. Sus críticos lo acusaron de gula, incluida una prolongada bulimia, y de un satirismo que dio lugar a orgías sexuales con varias prostitutas a la vez. Pero sus biógrafos señalan que no hay pruebas fiables con las que respaldar o valorar ninguna de estas acusaciones. Jackson sugiere que con la presión de la guerra algunas de sus costumbres personales pasaron a ser algo irregulares, y que eso es probablemente lo máximo que puede decirse. La salud de Negrín ya estaba empezando a resentirse, con dolencias cardíacas y digestivas, y los problemas de corazón minaron seriamente su salud en sus últimos años.
Suele ser difícil sustentar una biografía de gran extensión y a muchos lectores les gustaría saber probablemente más sobre sus actividades posteriores a la guerra, a pesar de que este período carece de la importancia histórica de sus trascendentales años como primer ministro en Valencia y Barcelona. Al contrario que muchos de sus colegas, no publicó casi nada para defender sus políticas ni criticó a sus numerosos rivales y críticos, aunque seguía considerándose el jefe del legítimo Gobierno republicano. Durante la Segunda Guerra Mundial hubo al menos un limitado paralelismo entre Negrín y los dirigentes en el exilio de la República Checa, uno de los cuales, Jan Masaryk, pasó a ser su amigo personal, pero este último disfrutó de un fuerte apoyo por parte de sus compatriotas políticos, mientras que a Negrín se le hizo virtualmente el vacío. Cuando lo que quedaba de las Cortes republicanas se reunieron en Ciudad de México en 1945 y se creó el primer Gobierno en el exilio, a Negrín se le negó su presidencia, por lo que rehusó aceptar una cartera. Gracias a Prieto y a otros fue expulsado posteriormente del Partido Socialista (que, hace unos años, lo readmitió oficialmente como miembro como parte de la rehabilitación contemporánea de Negrín). El único relato detallado de este período final de su vida se encontrará en el extenso estudio de Moradiellos.
Estas biografías se hallan lejos de resolver todos los problemas y complejidades de la vida y la carrera de Negrín, algunas de las cuales quedarán probablemente para siempre fuera del alcance de los historiadores. Como es característico de la mayoría de las biografías españolas, ambas se muestran reacias a verter críticas sobre la persona objeto de su estudio, por lo que no brindan trabajos plenamente críticos y equilibrados pero, junto con la detallada biografía de Moradiellos, representan un avance decisivo con respecto a la literatura anterior y proporcionan una norma con arreglo a la cual deberán ser juzgados todos los estudios posteriores sobre Negrín.
 


Traducción de Luis Gago
 

Este texto ha sido escrito por Stanley G. Payne especialmente para Revista de Libros.

01/07/2009

 
COMENTARIOS

eugenio rodriguez 08/10/13 09:22
pero hombre ¡si le echaron del PSOE! Si hablan mal de él los personajes de más talla moral como Besteiro... Si no volvió a la investigación...

ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
2 + 2  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE STANLEY G. PAYNE
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL