ARTÍCULO

Las confesiones de Juan Gil-Albert

 

La cultura, en nuestros días, padece un acentuado síndrome de actualidad. Su papel de algo fungible, que se agota en el acto mismo del consumo (el rasgo capital, según opinión de José María Pozuelo que suscribo), prevalece sobre la idea de continuidad y progreso característica del humanismo occidental. La cultura se consume y se renueva por otro producto igual de perecedero. Sólo contemplamos un carrusel de nombres famosos durante un trimestre. De este modo, las figuras notables del pasado inmediato se oscurecen y las que informan la tradición se pierden en una nebulosa, la propia tradición se desvanece en buena medida y nada más que de tarde en tarde se procede a la recuperación de algún que otro nombre, también con frecuencia a instancias del mercado cultural, del tiovivo de la actualidad.
El alicantino Juan Gil-Albert (19041994), poeta, narrador y ensayista, muestra bien la contingencia a que se ve sometido el trabajo intelectual. Exiliado al acabar la guerra, fue uno de los primeros trasterrados que tomaron la decisión polémica de volver a su país, ya en los años cuarenta. Llevó en su Levante natal una vida discreta, propia del exilio interior. Su obra apenas se conoció, en parte por la fineza de un modo de escribir en las antípodas de los hábitos literarios al uso en la posguerra, cuando las letras estaban urgidas por motivaciones circunstanciales. Luego, desde los años setenta y hasta su fallecimiento, Gil-Albert tuvo una etapa de reconocimiento porque entonces se valoró –tal vez incluso se sobrevaloró– su fervoroso estilismo. Y, más tarde, lo natural cuando se impone el contexto que antes señalaba: la vuelta a las catacumbas de un escritor más o menos grande, no uno de los mayores, pero en cualquier caso notable.
Acaso al amparo del centenario de su nacimiento, Juan Gil-Albert tenga ahora la posibilidad de una nueva vida pública, temo que no muy dilatada, pero sí del todo oportuna. A ello contribuirá la afortunada iniciativa de la Editorial Tusquets de hacer un tomo con tres de sus escritos autobiográficos, que este mismo sello ya había difundido en volúmenes sueltos hace un cuarto de siglo. Esos textos, independientes pero conectados por su inspiración memorialística, son Memorabilia, Drama patrio y Los días están contados.
Estas obras tienen registros y texturas comunes, pero también rasgos diferenciadores. Los días están contados despliega una reflexión vital sosegada y senequista, en la que el autor se encarama hasta cimas de emocionalidad, con un sentimiento elegíaco muy vivo y contenido. También figura ahí el ensayo «Viscontiniana», con finas observaciones sobre los impulsos creativos del cineasta italiano, sobre las relaciones entre cine y literatura a propósito de la versión que el viejo director neorrealista hizo de Muerte en Venecia, de Thomas Mann, y sobre el poderoso imperio de los sentidos, que Gil-Albert aprovecha para explayarse acerca de un motivo literario ajeno, el de la homosexualidad, que lo era también suyo, tanto literario como vital.
Más todavía al ensayo se inclina Drama patrio. Se sostiene, es cierto, en impresiones y recuerdos personales, pero éstos son el cañamazo para dar una interpretación, o, mejor, una respuesta contundente a la falacia de los veinticinco años de paz jaleados por el franquismo en 1964. Esta efeméride propagandística incitó el escrito de Gil-Albert, que se inicia con el recuerdo del retorno a su patria y con la presentación de algunas claves reveladoras del estado del país. El propio autor advierte que sus páginas son un «informe» sobre España; no imparcial, pero tampoco parcial, aclara. En efecto, el propósito confeso del memorialista («Yo he pretendido presentar la verdad, vivida, en su existencia pasional. No es una interpretación personal, es más que eso, me expresa a mí»), tan sugestivo y prometedor, pronto toma por desgracia el derrotero de una bastante pobre interpretación de corte sociológico o histórico. Simple divulgación, carente del menor rigor. Por ejemplo, el que le hubiera evitado la disparatada afirmación de que Azorín no dedicó «durante los años franquistas [...] una sola palabra de loa al vencedor», o la pintoresca versión de las causas de la muerte de Miguel Hernández. En fin, mejor hubiera sido prescindir de las páginas torpes e inexactas, sin siquiera la gracia del comentario subjetivo y arbitrario, de Drama patrio, aunque sólo fuera para no empañar el interés informativo y la belleza expresiva de Memorabilia, la obra que abre este volumen.
Son las doscientas páginas que suman las cinco secuencias de Memorabilia un plástico y lúcido recorrido por el primer tercio del pasado siglo, desde la infancia alcoyana del escritor hasta la madurez valenciana en tiempos de la guerra, pasando por el Madrid republicano, en plena efervescencia cultural de los amenes de la Edad de Plata. Y con un corolario dramático, la marcha obligada al exilio («creíamos que era un paréntesis, una sala de espera») y su primer duro episodio, el internamiento en el campo francés de Argelès, entre alambradas y bajo la mirada impasible u hostil de gigantes senegaleses negros; una amarga experiencia que Gil-Albert refiere con la intensidad requerida por aquellos angustiosos momentos, semejante a la que dio lugar a una emotiva narración de Manuel Andújar o a un intenso relato de Silvia Mistral, la escritora republicana desaparecida este mismo verano entre una indiferencia absoluta, hija del olvido en que han venido a parar la vida y la obra de tantos creadores trasterrados, a excepción de un pequeño puñado que han sobrevivido a los efectos de la distancia.
Se inicia Memorabilia bajo la advocación de Marcel Proust, y es su entrega a la vivencia del tiempo lo que le da una intensidad especial. La elaborada, minuciosamente trabajada prosa de GilAlbert, atenta al adjetivo novedoso y revelador, se recrea en la suerte de plasmar el mundo refinado de su acomodada familia, la ciudad y el campo levantinos, los paisajes, los modos de vida. Como en una reactualización del mismo impulso que originó la búsqueda del tiempo perdido proustiana, también Gil-Albert monta su relato (él mismo lo llama así) tratando de alcanzar un «sentido intrínseco, puramente esencial y antidescriptivo» (pág. 35) de su experiencia. De ello surge el rescate cordial de una época, transido, también aquí, de emoción elegíaca.
Tal enfoque no quita nada al interés noticioso de los recuerdos. Lo cual es esperable por las especiales circunstancias históricas que la suerte, la suerte de desventurado desenlace, le deparó al autor conocer. Fue Gil-Albert uno de los promotores de la revista republicana Hora de España, editada en Valencia desde poco después de comenzar la sublevación militar. Aporta valioso testimonio de cómo se fraguó esta hermosa y gran publicación, y no menos valioso de las incertidumbres de la ciudad mediterránea convertida en capital de hecho de la República, residencia ocasional de artistas e intelectuales republicanos y marco del Congreso de Intelectuales Antifascistas. La figura de aquellos nombres y de otros del momento, a quienes Gil-Albert había tratado ya antes durante un par de años de estancia madrileña, ocupa un buen espacio y arroja algunos de los pasajes más notables del libro. Aparecen los maestros, Antonio Machado y Juan Ramón, y los entonces jóvenes Alberti y María Teresa León, Altolaguirre, Prados o Cernuda..., y el pintor Ramón Gaya, que los ha sobrevivido. Hace de ellos retratos iluminadores, de escueto y vigoroso trazo, y no elude juicios literarios discutibles, pero siempre penetrantes. Así, el dictamen un poco rotundo sobre Alberti («al contrario de lo que suele creerse, no es un innovador, no aporta nada nuevo al curso de nuestra poesía») o esta consideración a propósito de Manuel Altolaguirre, el esmerado editor de parte de la gente del 27, que no es para echar en saco roto: «Altolaguirre es, para mí, el único poeta propiamente lírico de su generación; la poesía española suele ser conceptuosa, barroca, trascendente, artística, pero es menos frecuente que sea eso, lírica».
No hay que quitar importancia a esta vertiente informativa de los recuerdos de Gil-Albert, pero sobre ella se imponen los pasajes inspirados por una creatividad como desinteresada, por la intención de bucear en algo esencial, en los modos en que se desenvuelve la existencia. La voluntad de ser, los caminos para construirse una personalidad, los escenarios de la peripecia externa del autor: todo ello se capta con frecuencia mediante una prosa de gran belleza, musical; una prosa en que destaca la alta calidad de página, como suele decirse.

01/01/2005

 
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